Sábado de abril, tiempo de halagüeñas jornadas que vivifica la sangre de las venas. Las estrellas, del color de las rocas nacaradas, se van despidiendo llegada la madrugada. Está casi amaneciendo, cruje el alba. La matinal bruma huele a llamada, a un amanecer presuroso e inquieto. Un viento sigiloso, apenas ululando, mece suavemente las ramas tras la llovizna de anoche que ha dejado su rúbrica en unas charcas. Aún refulgen las gotas sobre la hierba, acobardadas en su viaje hacia la nada.
Sobre el rectilíneo perfil que se dibuja a lo lejos, allí donde tierra y cielo entretejen horizontes, viene el día jugando con la luz vívidamente, con la premura de una álgida alborada hurgando en los rincones somnolientos de su mente. Vislumbra un cielo de colores todavía indefinidos, prestos al despertar del alba para enmarcar un lienzo mañanero difuminando pinceladas de una impaciente primavera.
El viejo Fulgencio, un hombre de avanzada edad que hace poco tiempo se trasladó de la
ciudad al pueblo en busca de dejar transcurrir sus últimos años acunado por la placidez del campo abierto, vislumbra un cielo de colores todavía indefinidos. Una oblicua lluvia garabatea el aire,