En el Archivo Histórico del Ejército Argentino, hay una sala, en la que el pasado dejó su huella, pero que no figura en los planos. Se entra por la puerta de un armario todo despintado, en el que se guardan las escobas… pero solo si quien la abre, nació un veinticinco de febrero.
Yo, que en los partes militares firmo como Capitán Gumersindo Pereira, nací ese día en este universo. En otros, no nací. En otros, nací muerto. Y en otros, quién sabe…
La sala se llama “Depósito de Batallas que Dudaron”.
La primera vez que entré, a las tres y siete de una madrugada, según el archivo, encontré un uniforme de granadero que no estaba en el inventario.
En la chaqueta de color azul, a la altura del corazón, había un agujero de bala que no atravesaba la tela, pero sí, la atravesaba el tiempo. Al ponérmela, no sentí peso ni abrigo… sentí memoria ajena…
Estaba en Mendoza, en el año 1816, en el campamento del Ejército de los Andes. Pero no era el que figura en los libros: este tenía trece más…
En la carpa central, que estaba rodeada de cuarteles de adobe, José de San Martín miraba un mapa que no era de América. Era un mapa de sí mismo, trazado sobre su pecho, con tinta de color negro amarronado… había trece rutas de cordillera. Doce estaban tachadas… y una, la del centro, decía:
“Por aquí no se cruza. Aquí se espera. Firmado: Capitán Pereira” “¿En su universo crucé?” preguntó San Martín “Sí, General. El 12 de enero de 1817. También libertó medio continente”. “¿Y en el suyo?”, le preguntó a un granadero que era yo pero con canas. Ese yo respondió: “No, mi General. A las tres y siete del 11 de enero, usted soñó que perdíamos. Al despertar, ordenó desmantelar el ejército, murió en Mendoza de viejo y lleno de dudas”…
San Martín asintió y marcó otra ruta en su pecho. “Cada noche sueño una cordillera distinta. En una, el paso de Los Patos está libre. En otra, nos esperan diez mil realistas. En otra, yo no existo y el cruce lo lidera Belgrano. Cuando despierto, debo elegir qué sueño es orden y qué sueño es miedo”.
Me mostró un reloj saboneta de oro, sin marca. Atrás, grabado a cuchillo se podía leer: tres y siete. “Esta es la hora en que todos los San Martín de todos los universos nos despertamos a la vez. Nos reunimos aquí, en el Depósito, para votar. El que tenga más votos, cruza. Los demás, desisten”.
Miré alrededor. Las trece carpas eran trece universos. En cada una había un San Martín distinto: Uno era anciano y firmaba cartas a Bolívar que nunca le envió. Otro era niño y jugaba con soldaditos de plomo que tenían mi cara. Otro era mujer vestida de granadero, y en su pecho la ruta decía: “Por aquí se funda, no se libera”…
“¿Y si empatan?”, pregunté. “Entonces no hay cruce, hay espera, y la espera, Capitán, es otro tipo de batalla… más larga, sin partes de gloria”, me respondió…
A la misma hora exacta, los trece San Martín se pusieron de pie… cada uno sacó su reloj… todos marcaban la misma hora. Votaron en silencio, con la mirada. Doce miraron hacia la cordillera…
Uno, el del centro, el del mapa sin tachar, miró al suelo….
El San Martín de mi universo, el que sí cruzó, se quitó la chaqueta… Tenía el pecho limpio, sin mapas. “En mi universo no hubo votación. Hubo orden. ¡Y la orden fue mía! Ahora entiendo que fue porque los otros doce dudaron un segundo más”.
El San Martín que miró al suelo, habló y dijo: “Yo soñé que al cruzar, Chacabuco se gana, Maipú se gana, pero en 1822, en Guayaquil, me encuentro con Bolívar y no hay abrazo. Hay dos libertadores y un continente que no alcanza. Preferí no cruzar para no tener que elegir después entre la gloria y la guerra civil”.
El saboneta de oro se abrió solo, adentro no tenía engranajes… solamente estaban las agujas marcando la misma hora que aparece en todos los relojes; tres y siete… también había una diminuta llave… San Martín la tomó y me la dio diciéndome, “Usted es el Capitán Pereira de los archivos. Usted sabe qué pasó. Decida qué va a pasar”.
Salí del Depósito con la llave en el bolsillo. Eran las tres y ocho. En el armario de escobas, el uniforme de granadero ya no estaba. En su lugar, había un parte de batalla sin firmar, en el que pude leer: Fecha: 12 de enero de 1817. Resultado: “Pendiente”…
Desde entonces, cada vez que en algún universo un San Martín duda a las tres y siete, la llave en mi bolsillo se pone tibia. Si algún día se enfría, sabré que todos votaron. Que la cordillera se cruzó o no se cruzó, pero de forma unánime. Mientras siga tibia, la batalla se sigue dudando…
Por eso, en este universo, el Cruce de los Andes ocurrió. Pero en el Depósito, todavía está ocurriendo. Y a veces, cuando nieva en Mendoza en pleno enero, es porque doce San Martín contuvieron la respiración a la vez y su aliento se volvió ventisca.
Si alguna vez visito El Plumerillo y veo un granadero que mira el reloj a las tres y siete, no lo saludo, o si… en ambos casos, sabré que estoy votando. Y en alguna carpa, de algún campamento, un San Martín anota mi gesto en el mapa de su pecho…
La llave, sigue tibia… La cordillera, también.
ROXANA
Cuánto cuento cuántico
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