La importancia del presente

La importancia del presente

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Sábado de abril, tiempo de halagüeñas jornadas que vivifica la sangre de las venas. Las estrellas, del color de las rocas nacaradas, se van despidiendo llegada la madrugada. Está casi amaneciendo, cruje el alba. La matinal bruma huele a llamada, a un amanecer presuroso e inquieto. Un viento sigiloso, apenas ululando, mece suavemente las ramas tras la llovizna de anoche que ha dejado su rúbrica en unas charcas. Aún refulgen las gotas sobre la hierba, acobardadas en su viaje hacia la nada.

Sobre el rectilíneo perfil que se dibuja a lo lejos, allí donde tierra y cielo entretejen horizontes, viene el día jugando con la luz vívidamente, con la premura de una álgida alborada hurgando en los rincones somnolientos de su mente. Vislumbra un cielo de colores todavía indefinidos, prestos al despertar del alba para enmarcar un lienzo mañanero difuminando pinceladas de una impaciente primavera.

El viejo Fulgencio, un hombre de avanzada edad que hace poco tiempo se trasladó de la ciudad al pueblo en busca de dejar transcurrir sus últimos años acunado por la placidez del campo abierto, vislumbra un cielo de colores todavía indefinidos. Una oblicua lluvia garabatea el aire, golpea los cristales y presta al despertar del alba su lenguaje para enmarcar un lienzo mañanero difuminando pinceladas de una primavera aún esquiva.

Sus ojos entreabiertos descubren las primeras siluetas como seductores perfiles y sus poros rezuman ansia trocando su piel en un océano de cálido sudor en la habitación en la que reina una silenciosa sonoridad.

Absorto por la seductora panorámica, admira el cautivador clarear de un típico día de mitad de abril con la mirada perdida en un cielo que va dibujando los primeros destellos en el hechizante embrujo de una nueva jornada. Le estimulan los primeros jirones de luz tenue, auspiciantes advertencias, inmediatamente antes de que se rompa la quietud de las ramas de los árboles y el sueño de los pájaros que las habitan, lanzando al aire sus matinales mensajes como palabras ingrávidas que oscilan en el aire y proclaman la luz incipiente que atraviesa el fino tamiz de las cortinas.

Le acogen los primeros jirones de luz tenue inmediatamente antes de que se rompa la quietud de las ramas de los árboles y el sueño de los pájaros que las habitan, lanzando al aire sus matinales mensajes como palabras ingrávidas que oscilan en el aire y proclaman la luz incipiente. Mientras se despereza escucha cómo habla su alma con sigilo, cómo destilan las nubes mudos sones, cómo el aire es la música del viento en los fascinantes parajes que ve por la ventana entreabierta.

Acunado en una cómplice serenidad la naciente mañana se le muestra con una hechizante persuasión que embriaga de placer su espíritu cuando repara en los montes que rodean su querido pueblo enmarcando una bella estampa de la que se desprende esencia de vida. Son secuelas de los días abrileños.

Cientos de amaneceres siembran sus cotidianos paseos entre encinas, alcornoques, quejigos, matorrales de coscojas, cornicabras y zarzaparrillas
que sin duda lo reconocen y lo reciben sumidos en una bonanza respetuosa con las huellas indelebles que ha ido dejando esculpidas en sus diarias caminatas.

Como hace habitualmente, sale de casa e inicia su paseo cotidiano por un parque natural que se extiende por una serranía cerca de su casa. Necesita ese espacio de libre usufructo donde dejar libre el sentimiento y poner en valor la cómplice soledad que a veces intencionadamente busca para liberar su espíritu de inquietudes y desasosiegos. Poner letra al silencio le embelesa.

Cuando llega a su destino la placidez invade a quemarropa su mente donde anidan las cenizas de pasados fogonazos de su ya prolongada existencia. Masajea su rostro la suave caricia de la brisa primaveral que se incrusta en sus arrugas cinceladas por el tiempo, curtidas por mil retos. El sosiego que le rodea no tiene precio. Inspira con fuerza el aroma a savia viva. Tintinean entre sí, como discutiendo, las hojas de los árboles que entrechocan avarientos de aire, enhiestos cual si trataran de retar al propio viento. Escucha los trinos de pájaros sin nombre que llenan de sonidos un analgésico concierto, devorados por el aire que los plasma enmarcados en un espectáculo cautivador. Un sortilegio vestido de verde le sumerge en fugaces instantes de pálpitos inciertos, como tránsitos tamizados de fragancias que inundan el ambiente con la cada vez más iridiscente luz prendida en el firmamento. Es su presente, su aquí y su ahora, su mágico instante que añora sempiterno, que le hace sentir la piel insurrecta, de nuevo viva, acariciando las hojas con sus ojos, celebrando la estética del camino y olvidando el paso del reloj a cada trecho.

Le centellean los recuerdos y las lágrimas secas y un susurro cuelga de sus labios:

¡Qué privilegio poder llegar a viejo! – murmura.

El deliberado aislamiento le habla a pecho descubierto, sin latidos ajenos. Fosilizados hitos se tornan ecos en su mente cual solitarios silencios que ensordecen. A su edad, la memoria, sin reposo, no sabe ser ella misma. Sabe que el tiempo jamás se detiene en su ortodoxa certidumbre, es inasible en su perseverante avance. Lo nota tan veloz que, mientras lo mece engañoso, lo mataría para no pagar el peaje del olvido. Ansía aprender a vivir solamente ese momento, a desactivar la rutina de los días para hacer del instante concreto un momento perenne, minutos que se nieguen a ser pasado, que avalen que está vivo, aunque no sepa, siquiera, si vivió ayer o si mañana seguirá viviendo. Ha aprendido a desdeñar el ayer y el mañana otorgando al presente su importancia.

Cuando al atardecer vuelve al pueblo, al socaire de las ruinas de un viejo castillo que otrora defendiera la zona, repara, como siempre, en las seductoras siluetas de su querido pueblo y, hurgando entre sus disímiles formas, cree ver matices para intentar refrenar el rápido paso de la existencia.

Adivina que su último gesto no será un adiós sino esa mirada.

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