El agujero borgiano

El agujero borgiano

María Talero

21/04/2026

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EL AGUJERO BORGIANO

“He comprobado que la décimo cuarta edición de la Encyclopaedia Britannica suprime el artículo sobre John Wilkins”
Borges, Jorge Luis. El idioma analítico de John Wilkins

Llegó agitada, como si la persiguiera un monstruo a pasos agigantados. A duras penas saludó a María cuando le abrió la puerta y la hizo seguir a la salita de su pequeño apartamento, a través de cuyo gran ventanal se veían los edificios de Manhattan, aledaños a la calle 10 de la 4 Avenida.

— ¿Y ahora qué pasó? ¿Qué mosca la picó?

— Ay, María, ¡Will acaba de pasar junto a mi con la novia esa! yo me escondí en la primera cafetería que encontré para que no me viera. ¿Se da cuenta lo que eso significa? ¿sí? ¡Que él está con ella otra vez! Exclamó Sofía con voz entrecortada, intentando retener el llanto.

María la miró con sorna y se puso a cantar el vallenato de Escalona, como si estuviera en una playa colombiana y no en la Gran Manzana: yo pensé que un mejoral iba a curarme este gran dolor, pero que me va a curar si es una pena de amor; mientras se dirigía a la minúscula cocina de donde salió con dos tazones de café que puso sobre la mesa.

— Venga, siéntese y leamos el I Ching, para ver que dice del gringo bobo ese que … ¿cómo es que se llama? Le preguntó con el desparpajo de la costa caribe del que seguía haciendo gala, aunque llevara viviendo más de 40 años en Estados Unidos.

— John Wilkins, le dicen Will, pero se llama John Wilkins, le repitió Sofía, mirando con curiosidad el papel en donde María escribía la pregunta sobre la relación entre ellos dos, al compendio de sabiduría china.

Ninguna de ellas supo interpretar los hexagramas que salieron y Maria cerró El libro de las mutaciones sin más, sugiriéndole enfáticamente a Sofia, olvidarse del gringo ese – que no dejó de llamar bobo – mientras se dispuso a regar con agua las plantas cuyas anchas hojas verdes parecían relucir en contrate con el cemento neoyorquino tras el ventanal.

Resignada, Sofia se paró de la mesa y se acomodó en el sillón al lado de la biblioteca. Allí leyó con detenimiento los lomos de los libros en español hasta que se detuvo en Las Obras completas de Borges. Entusiasmada lo tomó del estante y lo abrió por azar en una página en la que se leía en negrilla el título: El Idioma analítico de John Wilkins. Con el corazón dando un vuelco volvió a leer para cerciorarse de que su miopía no le estuviera jugando una mala pasada, pero en efecto, allí estaba escrito: El- idioma -analítico- de -John- Wilkins.

— Maria, María, ¡mire esto! Exclamó alcanzándole el libro. Ella lo tomó en sus manos y leyó en voz alta, mientras pequeñas gotas de sudor humedecían su frente. La coincidencia la había puesto nerviosa, pero siguió buscando en el texto algún mensaje cifrado que respondiera a la inquietud amorosa de Sofia y su John Wilkins. Sin embargo, el ensayo resultó más bien árido pues Borges analizaba densamente los intentos de Wilkins, un señor inglés muy importante de 1600’s, que quiso crear un nuevo lenguaje universal.

Luego de este incidente y ante el sonsonete de Maria reiterándole que ese gringo no valía la pena, el sentimiento de Sofia fue desvaneciéndose. Al regresar a Bogotá, los alegres reencuentros con amigos sustituyeron los desencantos amorosos de su vida estudiantil en Nueva York, que solo revivía como una anécdota más de su tiempo frenético en esa ciudad. Así fue como una tarde en la que departía con sus amigas, Diana y Susana con quienes se había reunido en la cafetería Oma, en medio de los capuchinos y la conversación, surgió el tema de las coincidencias. Sofía les contó lo sucedido con el gringo John Wilkins y el libro que abrió en la página precisa del ensayo de Borges sobre un tal John Wilkins del siglo XVII. Quiso obtener alguna explicación de parte de sus amigas, proclives a lo esotérico, pero las dos se mostraron sorprendidas e incapaces de sugerir un mensaje.

A los pocos días se volvió a encontrar con Susana en una fiesta de periodistas y allí, en medio del barullo y la música, ésta la condujo a un rincón en donde, sin mediar palabra, le entregó un papel que sacó de su gran bolso. Sofia leyó en voz alta: “El idioma analítico de John Wilkins…”, era el ensayo de Borges. Con un gesto de interrogación en su rostro miró a Susana, que le contó con aire de gravedad:

— Quería sacar una fotocopia en la oficina y tenía que ponerle papel a la máquina. Para ello debía retirar algunas hojas que alguien había dejado en la bandeja y entre ellas ¡voilá! estaba este papel.

Se miraron perplejas entre sí y soltaron al mismo tiempo una carcajada nerviosa por esa coincidencia inexplicable.

Cuentan que desde entonces Sofia deambula con la mirada un poco perdida y expresión de intriga. A algunos les ha dicho que a veces se siente como si flotara dentro de un agujero borgiano, suspendida en un espacio sin gravedad en el que también el tiempo es escurridizo como los relojes que alguna vez pintara Dalí. Nadie sabe cómo dirigirse a ella, ni ayudarle a interpretar el sentido de aquella continua coincidencia en la que un John Wilkins del siglo XVII se filtró en este tiempo y todo por culpa de “ese gringo bobo”, según María.

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