dos nadas

dos nadas

mcp

21/04/2026

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La superficie es lisa, limpia, extensa. Invita al signo. Provocador, el blanco espera.

La cuestión no es qué decir (en realidad, no habría mucho que decir) la cuestión es qué escribir.

Mejor mover la mano y luego ver (quien dice ver dice escuchar) lo que habla el signo. Dejarlo hablar. Seguirle, como quien dice, el tren.

El tren partiría de una nada. De la nada más vacía que se pueda imaginar. El comienzo no sería prometedor pero la fe, la inercia, la carencia de proyectos sustitutos o un amasijo inextricable de otras causas, nos convence. Partamos.

Nota al pie: la primera persona del plural es mentirosa. El sujeto siempre es uno y está solo. Lo que busca el mayestático es ocultarnos, disimular esta intemperie, darnos ánimo.

Partimos. Escribir, dicen, es torear. Pero querer, por más que digan, no es poder. Y este tren no parece tener rumbo. Ni destino.

Cada trazo, curvo o recto, lo que busca es agitar. Mover. Crear, como piedra que arrojada cae al agua y crea círculos concéntricos. El agua estaba quieta y se agitó. Ahora se mueve.

Ahora no. Otra vez el agua quieta. Otra vez nada.

El error, quizás, esté en el uso de ese verbo, crear.

Resumiendo: promediando el viaje, nada.

Aquí es cuando interviene la razón. Con una mano sobre el hombro y ese tonito paternal, se nos pone a aconsejar. Que meditemos, nos conmina. Esta manía de trazar signos sobre un blanco para qué. Tan parecidos a las huellas de las manos primitivas o a las del niño en la pared.

Miramos a ambos lados. Estamos solos (el plural, ya se dijo, es retórico) Respiramos.

Solos. Nadie nos ve. Eso es lo absurdo: que ensayamos monerías para nada. Cuánto tiempo, cuánto texto, cuánta tinta a la basura sobre un tren que viene y va para llegar, quién sabe, alguna vez, a una (¡una!) línea luminosa.

Solo por ir contra el Padre, seguimos.

Traza, Sísifo, un signo, luego otro y otro más. Repechar es sobrehumano.

Una convicción inexplicable nos asalta: si no se trata de fundar cosmogonías, si es nomás querer montar un artificio con palabras y las palabras son fantasmas, sombras, nada, quizás, si las ponemos a bailar (y a tropezar) surja algo bueno.

En eso estamos.

Excepto que alguien llama a la puerta. Es el Padre.

Más tarde, más lúcidos, más burocráticos, releeremos el texto solo para comprobar que, igual que hojas secas, las palabras se nos deshacen en las manos (y en la boca)

La ecuación parece irrefutable: un ser que parte de la nada y dibuja signos falsos sobre nada no tendría más destino que la nada. Si dan ganas de retorcerle el pescuezo a la criatura (tan fea, pobrecita) de arrojarla al retrete, tirar de la cadena y aquí no pasó nada.

No esta vez. No, nos decimos.

Los motivos son confusos. Tal vez no sea todo pérdida. La recurrencia del fracaso quizás nos volvió sabios. O chiflados: como en un espejo, nos miramos en el texto y nos preguntamos en qué difieren nuestras nadas, la nuestra y la del texto.

No esta vez. No, nos decimos. Esta vez nos vamos del brazo de la ficción. La realidad bien se sabe defender sola, Padre.

He aquí, pues, nuestro golem. Deforme, indeciso. Hijo nuestro que estás en la Tierra.

Coda

Esta manera fragmentaria, entrecortada, hosca. Una palabra o a lo sumo dos y no más. Media línea y cuando alumbra. Estos signos vacilantes, ciegos, agua entre los dedos. Este ejercicio reiterado e infecundo de rumiar siempre lo mismo, de maquillarse para salir a escena. Este empecinamiento de obrero. Esta esperanza, esta ilusión, este veneno. Esta rutina burocrática de marioneta infeliz, con sus hilos invisibles que la mueven. Esta pose, este jamás ser uno mismo, este ya no saber quién soy ni adónde pertenezco.

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