No digas nada, César.
«La noche devoraba la poca luz que aún había. El frío golpeaba mi cuerpo y lo encogía… Ya no está mi madre para abrigarme por las noches, me decía. Ahora tengo un carrito con mis cosas, unas ascuas que calientan poco y un océano de reproches que me enfría. El odio pudo conmigo. Yo, que...