Mi vida en un árbol
Dos chavales rumanos, por cinco euros y un par de tónicas frescas desmontaron la vivienda en una sola tarde. Aún quedaba casi un mes para el traslado definitivo y ocurrió lo que más me aterraba, vivir atrapada en medio de la desolación. Sacando fuerzas de flaqueza empecé a meter los restos del naufragio en bolsas...