
Durante años creí que Ernesto Soria era un hombre incapaz de querer. Ahora sospecho que era exactamente al revés.
En todos los barrios hay alguien a quien terminamos inventándole una vida. Al nuestro le tocó Ernesto. Decíamos que era un hombre seco, incapaz de enamorarse, orgulloso hasta para aceptar un favor. Don Félix, que había leído dos libros y desde entonces se sintió autorizado a opinar sobre el alma humana, aseguraba que se trataba de un individualista. Los demás asentíamos con esa seguridad que tienen los barrios para equivocarse. Después de todo, juzgar la vida ajena siempre fue una manera bastante económica de no tener que revisar la propia. La verdad es que nadie sabía nada.
Ernesto era un hombre correcto, y eso, curiosamente, nunca alcanza para evitar los malentendidos. Saludaba a todo el mundo, ayudaba a empujar los autos que no arrancaban y prestaba una escalera con la única condición de que se la devolvieran antes de la lluvia. Podía quedarse una hora escuchando los problemas de un vecino sin mirar el reloj y, sin embargo, había un límite invisible que jamás permitía cruzar. Uno podía compartir con él un café en el club, una charla en la vereda o un vermú de domingo. Pero si la conversación amenazaba con convertirse en amistad, encontraba una excusa y desaparecía con una delicadeza que impedía sentirse ofendido. Si una mujer empezaba a mirarlo con esa mezcla de curiosidad y esperanza con que empiezan casi todas las historias de amor, él, de algún modo, dejaba de estar. Nunca de golpe. Se iba retirando despacio, como quien abandona una habitación para no despertar al que duerme.
Yo también lo juzgué. Supuse, como todos, que había hombres nacidos para vivir solos. Con los años comprendí que existe una diferencia enorme entre un hombre que elige la soledad y otro que aprende a administrarla porque no encuentra una forma menos dolorosa de seguir siendo quien es. Eso lo entendí bastante después.
La última vez que hablé con Ernesto fue una tarde de invierno. Estaba sentado en la plaza, mirando a unos chicos jugar a la pelota con una felicidad desproporcionada para el tamaño de la cancha. Me senté a su lado. Entre hombres del barrio también existen esas amistades discretas que pueden pasarse media hora en silencio sin sentir la obligación de llenarlo con palabras. No sé cómo llegamos a hablar del amor. Tal vez porque, cuando uno envejece, descubre que siempre termina hablando de las mismas tres o cuatro cosas, aunque les cambie el nombre.
Le pregunté, medio en broma:
—¿Y nunca se enamoró de verdad?
Ernesto sonrió. No era una sonrisa triste. Era la serenidad de quien hace mucho tiempo dejó de discutir con el destino.
—Una vez hubo una mujer.
Sonrió apenas.
—Con eso alcanza para aprender algunas cosas.
Después agregó:
—No todos podemos darnos el mismo gasto.
Miré sus zapatos gastados y pensé que hablaba de dinero. En el barrio, cuando alguien menciona los gastos, uno piensa en remedios, alquileres o cuentas atrasadas. Nunca imaginé que pudiera existir otra clase de pobreza. Él no agregó una palabra más, y yo tampoco pregunté. Hay silencios que uno respeta por educación y termina comprendiendo muchos años después.
Los años hicieron lo suyo. Ernesto murió. El barrio siguió funcionando con esa indiferencia involuntaria que tiene la vida para con los muertos. Cambió el dueño del almacén, asfaltaron la calle, tiraron abajo el club donde jugábamos al truco y aparecieron chicos que jamás habían oído pronunciar su nombre. Sin embargo, algunas frases no envejecen. Se quedan esperando que uno tenga la edad suficiente para entenderlas.
Con el tiempo empecé a reconstruir la vida de Ernesto como quien intenta adivinar el dibujo de un vitral después de que se rompieron los vidrios. Pensé en las personas que habían pasado por su historia y en todas las que él había dejado pasar de largo. Imaginé que alguna vez quiso con la naturalidad con que queremos todos, hasta descubrir que cada afecto le arrancaba algo que nunca volvía del todo. Tal vez no fuera un recuerdo. Ni una costumbre. Ni siquiera una alegría. Tal vez fuera una porción de eso que, por falta de una palabra mejor, llamamos alma. Entonces hizo lo único que podía hacer alguien que descubre que amar también puede ser una forma de quedarse sin uno mismo: aprendió a querer de lejos. Desde afuera parecía un hombre incapaz de construir un vínculo; desde adentro, acaso era el único que conocía el verdadero costo de cada abrazo. Nosotros confundíamos esa prudencia con frialdad, como los chicos confunden la economía con la avaricia, sin advertir que hay personas que cuidan lo poco que les queda porque saben exactamente cuánto duele perderlo.
Los griegos imaginaron a Sísifo empujando una piedra para explicar que existen destinos de los que nadie escapa. Nosotros, que vivimos en barrios donde las mitologías se disfrazan de costumbres, preferimos creer que esas cosas ya no suceden. Sin embargo, cada tanto aparece un hombre como Ernesto para recordarnos que los dioses nunca abandonaron el mundo; simplemente aprendieron a esconder sus maldiciones en vidas perfectamente comunes.
Hoy, cuando paso frente a la casa donde vivió, ya no pienso que fue un hombre solo. Pienso que quizá estuvo demasiado acompañado. Que tal vez anduvo repartiendo partes de sí hasta descubrir que un alma también puede agotarse. Y, sin embargo, hay algo que todavía me persigue. No sé si Ernesto estaba maldito o si simplemente había comprendido el amor mejor que nosotros.
Tal vez aquella mujer no lo había condenado. Tal vez sólo le había explicado cómo estaba hecho. Porque el alma no se pierde; el alma se queda viviendo en quienes uno amó.
Y acaso el infierno no consista en repartirla, sino en pasar una vida entera tratando de conservarla.
OPINIONES Y COMENTARIOS