Mi padre, Beni y yo
—¿Sabes? Esperan el día de mi muerte, cual golondrinas a la primavera —me dice Benedicto Luminaris, mientras se rasca la arrugada barbilla, producto de los años y la desidia de los suyos—. ¿Quién lo iba a decir? Hasta el noventa y ocho, formábamos la familia perfecta. Mis hijos venían prácticamente todos los días. Los domingos,...