Nunca pude precisar el día en que empezaron a aparecer. Durante un tiempo creí que se trataba de un cansancio de la vista, de esos que acometen a quienes pasan demasiadas horas leyendo expedientes, observando rostros ajenos o demorándose en las vidas de los otros más de lo prudente.

Después imaginé que era un defecto del vidrio de los anteojos, una especie de refracción caprichosa. Incluso los cambié. Los nuevos tuvieron la delicadeza de mostrarme exactamente lo mismo.

Las personas caminaban acompañadas. No por fantasmas, porque los fantasmas pertenecen al desván del pasado y estas presencias, en cambio, respiraban una clase de porvenir. Tampoco eran dobles, porque un doble es una copia fiel y ellos nunca repetían nada. Eran las vidas que no habían ocurrido, las sombras que se desprendieron del destino en el preciso instante en que elegimos otro camino.

Al principio sólo advertía una ligera superposición, como si alguien hubiera dibujado otra figura con un lápiz muy tenue sobre la primera. Bastaba distraerse un instante para perderla. Pero, igual que sucede con las constelaciones, una vez que alguien le señala a uno la forma del cielo resulta imposible dejar de verla. 

Desde entonces, cada hombre y cada mujer arrastraban, con la mayor naturalidad del mundo, las existencias que habían abandonado en algún recodo.

El médico del edificio llegaba todas las mañanas con un violín bajo el brazo. No el médico verdadero, desde luego, sino el otro. Caminaba dos pasos detrás, con esa serenidad que tienen quienes nunca debieron justificar una vocación. Mientras el primero saludaba al portero y preguntaba por la salud de los días, el segundo tarareaba una sonata inexistente, recogiendo aplausos que nadie más oía en el aire viciado del pasillo. Durante semanas pensé que aquel violinista imaginario envidiaba al médico; después comprendí que ocurría exactamente al revés. El violinista jamás miraba al médico; era el médico quien, de vez en cuando, volvía la cabeza con una nostalgia tan rápida que cualquier observador sensato habría confundido con un tic.

La jueza que vivía dos cuadras más allá era escoltada por una bailarina. Era una mujer que danzaba por el simple hecho de que el mundo le parecía una música suficiente. Cada mañana, mientras la jueza repasaba mentalmente sentencias y recursos, la otra avanzaba girando sobre las baldosas rotas, saludando a las palomas como si integraran el cuerpo de baile más disciplinado del universo. Nunca tropezaba. Comprendí entonces que la elegancia consiste, quizá, en no haber conocido jamás la obligación.

Con el tiempo aprendí que las vidas descartadas tampoco eran perfectas.

El barrendero del parque llevaba años conversando con un astrónomo. El primero juntaba hojas en un silencio laborioso; el segundo señalaba el firmamento con un entusiasmo infantil, describiendo galaxias que seguramente existían en algún rincón remoto del posible. Discutían con la vehemencia de los hermanos que comparten una misma herencia. A veces barrían juntos las hojas caídas bajo los plátanos; otras veces observaban la luna, como dos viejos que finalmente comprendieron que una misma tristeza admite distintas profesiones.

Fue entonces cuando advertí un detalle extraordinario: las vidas no elegidas también envejecían. Yo había supuesto que permanecerían intactas, congeladas en el instante de la renuncia.

Sin embargo, el violinista comenzó a peinar canas. La bailarina respiraba con más dificultad después de cada giro. El astrónomo necesitó lentes para seguir encontrando constelaciones. Comprendí que el tiempo no distingue entre lo real y lo posible. Todo envejece.

Hasta aquello que nunca ocurrió. La ciudad terminó convirtiéndose para mí en una multitud innumerable. Había hombres que cargaban tres o cuatro existencias alternativas con una resignación casi administrativa. Otros apenas conservaban una. Los más afortunados parecían haber logrado una paz discreta entre quienes fueron y quienes habrían podido ser, caminando rodeados de sí mismos como un rey acompañado por una corte donde nadie conspira.

Los niños eran distintos. Detrás de ellos avanzaban centenares. Un chico que perseguía una pelota arrastraba un océano de futuros: capitán, pastelero, ladrón elegante, equilibrista, inventor de paraguas para peces. Era imposible caminar cerca de un niño sin sentir vértigo.

Los adultos, en cambio, íbamos perdiendo acompañantes. No porque desaparecieran, sino porque los íbamos dejando atrás, en el desierto de nuestras propias decisiones. Una tarde, al cruzarme con la mujer del kiosco, la vi rodeada de todas las que pudo ser: la pianista, la bióloga, la exploradora, la que se fue a vivir a una isla, la que escribió una novela. Ninguna reclamaba nada.

Simplemente llegaban, una por una, para abrazarla con la naturalidad con que el agua vuelve al río. No hubo reproches ni cuentas pendientes; solo la certeza de que el abrazo disolvía la melancolía que tanto nos gusta atribuirle a la vida cuando queremos que parezca más profunda de lo que es.

Aquella noche comprendí por qué podía verlas. No estaban allí para recordarnos lo que habíamos perdido, sino para impedir que creyéramos que una sola decisión alcanza a contener por completo a una persona. Desde entonces camino más despacio. Cuando alguien me decepciona, espero un instante. Siempre aparece, algunos pasos más atrás, la versión de esa misma persona que fue más valiente, más generosa o más feliz de lo que logró ser.

Cuando alguien me deslumbra, también espero. Tarde o temprano asoma el que tuvo miedo, el que llegó tarde, el que lloró escondido en un baño para que nadie lo creyera débil.

Todos somos una multitud educadamente disfrazada de individuo. 

Tal vez nadie sea solamente la persona que llegó hasta aquí. 

Tal vez seamos también todas las vidas que, por amor, por miedo, por azar o por simple distracción, aceptaron quedarse caminando unos pasos detrás de nosotros…  

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