Rezábamos sin parar. 

Algunos entraban en estado de trance por las mantras de los rezos. 

Entonces sucedió la profecía.

El cielo se partió, vimos caer ángeles a la tierra.

Nuestros cantos fueron cada vez más fuertes llegando algunos, a un éxtasis divino.

Era el apocalipsis, Juan se levantaba de entre los muertos. 

Para cumplir aquello que escribió en aquellas escrituras antiguas. 

El cielo partió y con él los demonios salieron a la tierra. 

Los ángeles indescriptibles se hacían presentes entre nosotros. 

Entendimos que éramos seres inferiores, que el hombre no tenía capacidad para analizar lo divino. 

Puesto su conocimiento e imaginación no tenía tal grado de sabiduría. 

Cada vez cantaban más fuerte, cada vez veía el sangrar en sus ojos. 

Los cantos fueron llantos. 

Las almas, arrebatas gritaban desesperadas por no ir a lo incierto. 

Vendas en ojos sangrados daban entender que el fin había llegado.

Ventanas celestiales frente a nuestros ojos se abrieron.

Un aro de luz como el sol salió mientras el cielo seguía crujiendo, era tormenta sin lluvia. 

Venían a juzgarnos. 

Venían por nuestra alma. 

Seres pintados en divino, seres en realidad terroríficos simbolismos, era el fin.

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