Que no le digan, que no le cuenten.
¡Estaba muerta por supuesto! Y no es que hubiera una intensa y hermosa luz, ni arpas, ni familiares o amigos esperando mi llegada. Simplemente mi cuerpo estaba ahí tirado, hecho añicos. Lo miré sin comprender que estaba fuera, y para cuando me percaté, fue ya imposible volver a él. Miré arriba, hacia la autopista, en...