Tú, en mis amaneceres… siempre tú
El soldado acomodó su almohada para quedar más erguido, más de cara a la ventana. La mañana no se había entibiado, ni lo haría; la temporada de invierno se había empecinado en quedarse un poco más. Afuera, las nubes se veían más cercanas al plomo que al algodón. Sin dejar que la manta descubriera su...