Qué solos estamos…
Llego a la oficina sobre las nueve, en ayunas. Consigo el número cien. A mi derecha, una joven con las cejas permanentemente arqueadas, visiblemente mosqueada por la dilatada espera, examina sus uñas fosforitas. Pasa una hora, pasan dos. Frente a mí, dos italianas hablan con un chico asiático. Una hora, dos, tres; empiezan entonces a hablar sobre sus nacionalidades, trabajos...