Las desconsideradas hilanderas del destino.
El día amenazaba tormenta. Una señora corría tras su sombrero en el andén donde yo reposaba en un banco, con un billete de ida en la mano. Apoyé mi cabeza y cerré los ojos. Estaba cansada, el destino me la había vuelto jugar. Él se marchó sin avisar. No se presentaría a esa cita de...