Cartas que nunca llegaron

Cartas que nunca llegaron

Aris Gómez

12/09/2026

La primera carta llegó un martes.

No tenía sello, remitente ni matasellos. Solo su nombre escrito en el sobre con tinta azul.

Elena.

Nada más.

La encontró al volver del trabajo, apoyada sobre el felpudo, perfectamente alineada con la puerta, como si alguien se hubiera agachado con cuidado para dejarla allí.

Elena vivía sola desde hacía siete años.

No era una decisión triste. Al menos, eso se repetía cuando alguien se empeñaba en preguntarle por qué nunca había vuelto a tener pareja. Le gustaba su apartamento, el silencio después de las nueve y la pequeña libertad de no tener que explicar a nadie por qué cenaba cereales algunos domingos.

Dejó las llaves sobre la cómoda y recogió el sobre.

Reconoció la letra inmediatamente.

Era la suya.

Se quedó unos segundos mirándola.

Después se rio.

—Muy gracioso.

Pensó en Clara, su hermana. Era la única persona que podía tener una muestra de su caligrafía y suficiente tiempo libre para organizar una tontería semejante.

Rasgó el sobre.

Dentro había una hoja doblada por la mitad.

Solo decía:

Mañana no cojas el autobús de las 8:15.

Elena volvió a leerlo.

Después miró el reverso.

Nada.

Cogió el teléfono y llamó a Clara.

—¿Qué autobús coges para ir al trabajo? —preguntó su hermana antes incluso de que Elena pudiera acusarla.

—No cambies de tema.

—¿Qué tema?

—La carta.

Hubo silencio.

—¿Qué carta?

Elena terminó colgando enfadada.

A la mañana siguiente llegó tarde a la parada.

Vio marcharse el 8:15 mientras corría por la acera.

—Genial.

Esperó al siguiente.

A las nueve y diez, mientras tomaba café frente al ordenador, uno de sus compañeros entró en la oficina.

—¿Habéis visto lo del autobús?

Elena levantó la cabeza.

Un coche había atravesado un semáforo en rojo y había chocado contra el lateral del 8:15.

No hubo muertos.

Tres pasajeros resultaron heridos.

Elena dejó lentamente la taza sobre la mesa.

Aquella noche encontró otra carta.

Esta vez estaba dentro del buzón.

No llames a mamá esta noche. Espera a mañana.

La rompió.

Llamó a su madre inmediatamente.

Hablaron durante cuarenta minutos.

De recetas, de una vecina que había vuelto a casarse a los setenta y tres años y del dolor que su madre tenía últimamente en una rodilla.

Antes de despedirse, discutieron.

Una tontería.

Elena le dijo que siempre dramatizaba.

Su madre colgó.

A la mañana siguiente llamó para disculparse.

Su madre también.

No ocurrió nada.

Elena sintió alivio.

Aquello demostraba que las cartas no podían predecir el futuro.

Dos días después llegó la tercera.

No abras la puerta a las 22:17.

A las diez y diecisiete exactas sonó el timbre.

Elena se quedó inmóvil en el sofá.

Volvió a sonar.

Se acercó despacio.

—¿Quién es?

—Mensajería.

Miró por la mirilla.

Un hombre sostenía una caja.

Elena abrió.

Era un pedido que había olvidado.

Firmó, cerró la puerta y comenzó a reír.

—Se acabó.

Aquello tenía una explicación. Tenía que tenerla.

Abrió la caja.

Dentro estaba el libro que había comprado.

Y debajo del libro había otro sobre.

Elena dejó caer la caja.

Su nombre.

Su letra.

Sus aes ligeramente inclinadas hacia la izquierda.

Esta vez tuvo miedo antes de abrirlo.

Te dije que no abrieras.

Retrocedió.

Miró hacia la puerta.

Luego hacia la caja.

El mensajero ya se había marchado.

Aquella noche apenas durmió.

Durante las semanas siguientes llegaron nueve cartas.

Algunas anunciaban cosas insignificantes.

Lleva paraguas.

Llovió.

No aparques delante del supermercado.

Un camión golpeó dos coches estacionados allí.

Compra leche antes de volver a casa.

Cuando llegó al supermercado por la tarde, una avería eléctrica había obligado a cerrarlo.

Elena empezó a obedecer.

Después llegó una carta diferente.

No vayas a trabajar mañana.

Llamó diciendo que tenía fiebre.

A las once recibió un mensaje de su jefe.

Había una fuga de gas en el edificio. Habían evacuado las oficinas.

Entonces dejó de preguntarse quién escribía las cartas.

Empezó a necesitarlas.

Cada noche miraba el felpudo.

Cada mañana revisaba el buzón.

Si no había ninguna, sentía ansiedad.

Si aparecía una, respiraba.

Su vida comenzó a organizarse alrededor de aquellas instrucciones.

No viajes.

Llama a Clara.

Cambia de acera.

No comas eso.

Espera cinco minutos.

Sal ahora.

Elena obedecía.

Y nada malo ocurría.

Hasta que comprendió algo que le produjo todavía más miedo.

Tampoco ocurría nada bueno.

Había dejado de aceptar invitaciones si una carta no se lo indicaba.

Dejó de improvisar.

Dejó de conocer gente.

Dejó de tomar decisiones.

Vivía esperando instrucciones de una mujer que escribía exactamente igual que ella.

Una madrugada se miró en el espejo del baño.

Tenía cincuenta y dos años.

Durante meses había conseguido evitar accidentes, discusiones, enfermedades y pequeñas desgracias.

Y no recordaba la última vez que había hecho algo simplemente porque quería hacerlo.

Aquella mañana apareció otra carta.

Era más gruesa.

Elena la llevó a la cocina.

Preparó café.

Se sentó.

La abrió.

Hoy conocerás al hombre con el que podrías pasar el resto de tu vida.

El corazón empezó a latirle deprisa.

Continuó leyendo.

A las 18:40 entra en la cafetería de la calle Alcalá.

Elena sonrió.

Por primera vez, una carta no parecía advertirle de un peligro.

Siguió leyendo.

Pero tienes que decidir algo.

Debajo había una última frase.

Si entras, no volverás a recibir cartas.

Pasó todo el día pensando en ello.

A las seis y media estaba frente a la cafetería.

A través del cristal vio mesas ocupadas, camareros corriendo y gente hablando.

Miró el reloj.

18:39.

Entonces lo vio.

Un hombre estaba sentado solo junto a la ventana.

Tenía un libro abierto.

Elena sintió algo absurdo.

La certeza de que era él.

18:40.

Podía entrar.

Podía descubrirlo.

Pero las cartas desaparecerían.

Miró el bolso.

Dentro llevaba la última.

Pensó en accidentes.

En enfermedades.

En todas las cosas que podían ocurrir mañana.

Pensó en vivir sin saber.

18:41.

El hombre levantó la mirada.

Sus ojos se encontraron a través del cristal.

Él sonrió.

Elena dio un paso hacia la puerta.

Después otro hacia atrás.

Y se marchó.

La siguiente carta llegó aquella misma noche.

Elena la abrió con manos temblorosas.

Solo contenía una frase.

Sabía que todavía no estabas preparada.

Pasaron veintitrés años.

Elena obedeció cada carta.

Evitó accidentes.

Evitó pérdidas.

Evitó equivocaciones.

Y llegó a los setenta y cinco años convencida de que había conseguido algo extraordinario:

sobrevivir.

Una tarde de noviembre apareció el último sobre.

Elena ya caminaba despacio.

Se sentó junto a la ventana y lo abrió.

Esta vez había varias páginas.

La primera decía:

Querida Elena:

Ya puedo contarte quién soy.

Continuó leyendo.

Soy tú.

Elena sonrió.

Siempre lo había sabido.

Pero la siguiente frase borró la sonrisa de su rostro.

Tengo noventa y un años mientras escribo esto.

Siguió leyendo.

La mujer que redactaba aquellas cartas explicaba que había pasado toda su vida intentando descubrir qué habría ocurrido si hubiera tomado decisiones diferentes.

Había encontrado una manera imposible —no explicaba cómo— de enviar pequeños mensajes hacia determinados momentos de su pasado.

Primero quiso protegerse.

Evitar accidentes.

Dolores.

Errores.

Después empezó a corregir cada decisión.

Hasta comprender demasiado tarde lo que había hecho.

Elena llegó a la última página.

Las manos le temblaban.

Creí que estaba enviándote instrucciones para salvar nuestra vida.

Me equivoqué.

Te estaba enseñando a tener miedo de vivirla.

Elena dejó de respirar durante unos segundos.

Abajo quedaban tres líneas.

El hombre de aquella cafetería murió hace seis años.

Nunca llegó a conocernos.

Y finalmente:

Perdóname por haberte protegido de todo, incluso de ser feliz.

Elena permaneció mucho tiempo junto a la ventana.

Después buscó papel.

Cogió un bolígrafo azul.

Y escribió:

Mañana no hagas caso a la primera carta.

La dobló.

Introdujo la hoja en un sobre.

Y escribió en el frente un nombre que llevaba toda una vida escribiendo.

Elena.

Entonces comprendió que aquella era la primera carta de todas.

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