La primera carta llegó un martes.
No tenía sello, remitente ni matasellos. Solo su nombre escrito en el sobre con tinta azul.
Elena.
La encontró al volver del trabajo, apoyada sobre el felpudo, perfectamente alineada con la puerta, como si alguien se hubiera agachado con cuidado para dejarla allí.
Elena vivía sola desde hacía siete años. No era una decisión triste. Al menos, eso se repetía cuando alguien se empeñaba en preguntarle por qué nunca había vuelto a tener pareja. Le gustaba su apartamento, el silencio después de las nueve y la pequeña libertad de no tener que explicar a nadie por qué cenaba cereales algunos domingos.
Dejó las llaves sobre la cómoda y recogió el sobre.
Reconoció la letra inmediatamente.
Era la suya.
Se quedó unos segundos mirándola. Después se rio.
—Muy gracioso.
Pensó en Clara, su hermana. Conservaba algunas cartas de cuando Elena estudiaba fuera y era capaz de organizar una broma semejante.
Rasgó el sobre. Dentro había una hoja doblada por la mitad.
Solo decía:
Mañana no cojas el autobús de las 8:15.
Elena volvió a leerlo y miró el reverso. Nada.
Cogió el teléfono y llamó a Clara.
—¿Has dejado algo en mi puerta?
—¿En tu puerta? Estoy en Valencia desde el domingo.
—Una carta.
—¿De quién?
—Eso quisiera saber.
Clara le pidió que se la leyera. Elena estuvo a punto de hacerlo, pero de pronto le pareció absurdo explicar que había recibido una advertencia escrita con su propia letra.
—Déjalo. Será una equivocación.
A la mañana siguiente llegó tarde a la parada. Vio marcharse el autobús de las 8:15 mientras corría por la acera.
—Genial.
Esperó al siguiente.
A las nueve y diez, mientras tomaba café frente al ordenador, uno de sus compañeros entró en la oficina.
—¿Habéis visto lo del autobús?
Elena levantó la cabeza.
Un coche se había saltado un semáforo en rojo y había chocado contra el lateral del autobús de las 8:15. No hubo muertos. Tres pasajeros resultaron heridos.
Elena dejó lentamente la taza sobre la mesa.
Aquella noche encontró otra carta, esta vez dentro del buzón.
No llames a mamá esta noche. Espera a mañana.
La rompió.
Llamó a su madre inmediatamente.
Hablaron durante cuarenta minutos: de recetas, de una vecina que había vuelto a casarse a los setenta y tres años y del dolor que su madre tenía últimamente en una rodilla.
Antes de despedirse, discutieron por una tontería. Elena le dijo que siempre dramatizaba. Su madre colgó.
A la mañana siguiente volvieron a hablar y se disculparon.
Elena sintió alivio. Una discusión podía tenerla cualquier noche. Aquello no demostraba nada.
Dos días después llegó la tercera.
No abras la puerta a las 22:17.
A las diez y diecisiete exactas sonó el timbre.
Elena se quedó inmóvil en el sofá.
Volvió a sonar.
Se acercó despacio.
—¿Quién es?
—Mensajería.
Miró por la mirilla. Un hombre sostenía una caja.
Elena abrió.
Era un pedido que había olvidado. Firmó, cerró la puerta y comenzó a reír.
—Se acabó.
Aquello tenía una explicación. Tenía que tenerla.
Abrió la caja. Dentro estaba el libro que había comprado.
Y debajo del libro había otro sobre.
Elena dejó caer la caja.
Su nombre. Su letra. Sus aes ligeramente inclinadas hacia la izquierda.
Esta vez tuvo miedo antes de abrirlo.
Te dije que no abrieras.
Retrocedió. Miró hacia la puerta, luego hacia la caja.
El mensajero ya se había marchado.
Aquella noche apenas durmió.
Durante las semanas siguientes llegaron nueve cartas. Algunas anunciaban cosas insignificantes.
Lleva paraguas.
Llovió.
No aparques delante del supermercado.
Un camión golpeó dos coches estacionados allí.
Compra leche antes de volver a casa.
Elena lo dejó para última hora. Cuando llegó al supermercado, una avería eléctrica había obligado a cerrarlo.
Empezó a obedecer.
Después llegó una carta diferente.
No vayas a trabajar mañana.
Llamó diciendo que tenía fiebre. A las once recibió un mensaje de su jefe: había una fuga de gas en el edificio y habían evacuado las oficinas.
Entonces dejó de preguntarse quién escribía las cartas.
Empezó a necesitarlas.
Cada noche miraba el felpudo. Cada mañana revisaba el buzón. Si no había ninguna, sentía ansiedad. Si aparecía una, respiraba.
Su vida comenzó a organizarse alrededor de aquellas instrucciones.
No viajes.
Llama a Clara.
Cambia de acera.
No comas eso.
Espera cinco minutos.
Sal ahora.
Elena obedecía.
Y nada malo ocurría.
Hasta que comprendió algo que le produjo todavía más miedo.
Tampoco ocurría nada bueno.
Había dejado de aceptar invitaciones si una carta no se lo indicaba. Ya no improvisaba, no conocía gente, no tomaba decisiones.
Vivía esperando instrucciones de alguien que escribía exactamente igual que ella.
Una madrugada se miró en el espejo del baño.
Tenía cincuenta y dos años.
Durante meses había conseguido evitar accidentes, discusiones y pequeñas desgracias. Sin embargo, no recordaba la última vez que había hecho algo simplemente porque quería hacerlo.
Aquella mañana apareció otra carta.
Era más gruesa.
Elena la llevó a la cocina, preparó café y se sentó.
Hoy conocerás al hombre con el que podrías pasar el resto de tu vida.
El corazón empezó a latirle deprisa.
Continuó leyendo.
A las 18:40 entra en la cafetería de la calle Alcalá.
Elena sonrió. Por primera vez, una carta no parecía advertirle de un peligro.
Debajo quedaban dos líneas.
Pero tienes que decidir algo.
Si entras, no volverás a recibir cartas.
Pasó todo el día pensando en ello.
A las seis y media estaba frente a la cafetería. A través del cristal vio mesas ocupadas, camareros llevando bandejas y gente hablando.
Miró el reloj.
18:39.
Entonces lo vio.
Un hombre estaba sentado solo junto a la ventana. Tenía un libro abierto.
Elena sintió algo absurdo: la certeza de que era él.
18:40.
Podía entrar. Podía descubrirlo.
Pero las cartas desaparecerían.
Miró el bolso. Dentro llevaba la última.
Pensó en accidentes, en enfermedades, en todas las cosas que podían ocurrir mañana.
Pensó en vivir sin saber.
18:41.
El hombre levantó la mirada. Sus ojos se encontraron a través del cristal.
Él sonrió.
Elena dio un paso hacia la puerta.
Después otro hacia atrás.
Y se marchó.
La siguiente carta llegó aquella misma noche. Elena la abrió con manos temblorosas.
Solo contenía una frase.
Sabía que todavía no estabas preparada.
Pasaron veintitrés años.
Elena obedeció cada carta. Evitó accidentes, encuentros difíciles, decisiones que podrían haber salido mal.
Las invitaciones fueron escaseando. Los domingos se parecían cada vez más unos a otros. Clara dejó de insistir en que la acompañara de viaje.
Y Elena llegó a los setenta y cinco años convencida de que había conseguido algo extraordinario:
sobrevivir.
Una tarde de noviembre apareció un sobre distinto.
Elena ya caminaba despacio. Se sentó junto a la ventana y lo abrió.
Esta vez había varias páginas.
La primera decía:
Querida Elena:
Ya puedo contarte quién soy.
Continuó leyendo.
Soy tú.
Elena sonrió.
Lo había sospechado muchas veces. Verlo escrito le produjo una extraña tranquilidad.
Pero la siguiente frase borró la sonrisa de su rostro.
Tengo noventa y un años mientras escribo esto.
Siguió leyendo.
Su yo futuro explicaba que había pasado años preguntándose qué habría ocurrido si hubiera tomado decisiones diferentes. Había encontrado una manera imposible de enviar mensajes hacia determinados momentos de su pasado.
Primero quiso protegerse.
Evitar accidentes. Dolores. Errores.
Después empezó a corregir cada decisión.
Cada vez que te libraba de algo, encontraba otra cosa que podía hacerte daño. Siempre había una razón para enviarte una carta más.
Elena pasó la página.
Aquel día, frente a la cafetería, intenté dejarte elegir. Quise darte una oportunidad de vivir sin mis advertencias. Pero ya te había enseñado a tener miedo.
Cuando te marchaste, volví a escribirte. Me dije que todavía no estabas preparada. Era más fácil pensar eso que reconocer lo que había hecho.
Elena llegó a la última página.
Las manos le temblaban.
Creí que estaba enviándote instrucciones para salvar nuestra vida.
Me equivoqué.
Te estaba enseñando a tener miedo de vivirla.
Dejó de leer durante unos segundos. Al otro lado de la ventana, una mujer corría para alcanzar a alguien. Cuando lo consiguió, ambos se echaron a reír.
Elena volvió a bajar la mirada.
El hombre de aquella cafetería murió hace seis años.
Nunca llegó a conocernos.
Y finalmente:
Perdóname por haberte protegido de todo, incluso de ser feliz.
Permaneció mucho tiempo junto a la ventana.
Cuando recogió las hojas, descubrió unas líneas en el reverso de la última.
Si quieres responder, escribe tu nombre en un sobre y, debajo, la fecha a la que deseas enviarlo. Déjalo en nuestro buzón antes del amanecer.
No voy a decirte qué debes escribir.
Elena miró la hoja hasta que las letras comenzaron a desdibujarse.
Después buscó papel.
Cogió un bolígrafo azul y escribió:
Mañana no hagas caso a la carta del autobús.
Sal de casa. Equivócate si hace falta.
Dobló la hoja y la introdujo en un sobre.
En el frente escribió su nombre.
Elena.
Debajo puso la fecha de aquel martes, veintitrés años atrás.
Bajó las escaleras sujetándose a la barandilla. El portal estaba en silencio. Abrió su buzón y dejó el sobre dentro.
Antes de cerrar, rozó con los dedos la tinta todavía fresca.
Esta vez, la primera carta diría algo distinto.
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