Acto Seguido

Acto Seguido

UnT1p0

26/05/2026

1

Recuerdo como si fuese hoy aquel día en el que tuve que mudarme de casa de mis padres. Estuvimos discutiendo por semanas y comencé a buscar un piso compartido para salir de allí y ser feliz, de todas maneras tenía que dejar el nido, como dicen.

Después de una última pelea estúpida subí mi cama al camión de mudanzas y el tipo que me ayudaba volvió a decirme que no hacía falta que le ofreciera mi ayuda. Me fui sin despedirme y cerré la puerta del taxi como si fuese el final de una etapa de mi vida.

La boca de quien me regañaba quedó cerrada y su expresión fue de clara decepción. Fue uno de los días que mejor recuerdo porque me lanzaron un florero de cristal a la cabeza, además de que conocí mi último «si, pero no».

Me mudé a un departamento de tres habitaciones con una chica de mi edad; la dueña del lugar. Esta chica era un poco más baja que yo, tenía el pelo rizado hasta los hombros, su piel era clara, ojos cafés, algo de sobrepeso, y, sin embargo, un abdomen plano, caderas anchas y cintura angosta.

Según su historia al prepararse un desayuno solo para ella, al poco tiempo de mudarme, su padre le compró el departamento y ella aprovechó para alquilar dos habitaciones, ya que no tendría que trabajar y se concentraría en sus estudios, que él también pagaba. A fin de cuentas yo estaba financiando los sueños de una persona perezosa.

Solía trabajar medio tiempo como secretario de una jueza, y casi terminaba mi carrera, por lo que no escogí muchas asignaturas. Las cosas estaban tranquilas, todo me iba bien.

La chica del apartamento y yo nos llevamos regular por mucho tiempo. Nos veíamos de vez en cuando, sobre todo cuando llevaba un chico diferente y se esmeraba por una buena impresión. Era como si los probara y se hartara de ellos después de comprobar que no satisfacían sus necesidades.

Sin embargo, lo que más me intrigaba de ella era su forma de probarme; se quedaba en la puerta de su cuarto cuando me veía salir del baño, apoyada en el marco y con su mirada juzgona. Siempre la había evitado porque consideraba que ceder a los deseos era una señal de debilidad, por lo que siempre fui frío y retraído, pero su poca ropa y su personalidad sensual me llamaban como el olor de la comida en una caricatura. Siempre iba vestida con unos shorts de algodón, una blusa muy corta de tirantes y sin ropa interior.

Cuando tenía como seis meses viviendo con esta chica, y en vacaciones del trabajo que coincidieron con las vacaciones de la universidad, noté que nadie más se mudó con nosotros en todo el tiempo que había vivido allí. Solo nosotros. A veces ella invitaba su grupo de amigos, yo siempre fui el antisocial que evitaba entrar en ese grupo a pesar de estar en casa cada vez que se reunían. Ella era demasiado lanzada, me invitaba a beber con ellos, hablar, pasarla bien. Y me negaba porque hacían cosas con las cuales estaba en desacuerdo.

Libertad no es libertinaje.

Una noche me invitó a ver una película en su televisión gigante, de la cual estaba orgullosa. Ese aparato electrónico era demasiado grande, a veces me preguntaba como lo metieron por el pasillo hasta esa pared. Acepté entrar porque había terminado una serie y quería distraerme para no estar aburrido, tal vez luego vería videos para adultos y así dormiría como un ladrillo.

Entré a su habitación y ella estaba sentada en la cama, encorvada, comiendo nachos de un tazón blanco de porcelana. Me invitó a sentarme a su lado, dudé, pero al final me senté en la silla que había al lado de la cama. Después de acordar cuál película veríamos, nos quedamos en silencio mientras veíamos las escenas iniciales. Ella escribía en el teléfono de vez en cuando. Yo solo estaba allí, existiendo. Ella dejó el tazón en su mesita de noche desde que empezó la película y permanecía acostada de lado con el teléfono en mano, hasta que quiso conversar.

—¿Tienes novia? —preguntó con la mirada aún en su teléfono, como demostrando desinterés.

—No. De todas maneras, ahora mismo no es que tenga mucho que ofrecer. —me crucé de brazos, incómodo—. ¿Tú tienes pareja?

—Pareja, novio, novia, podrías ser específico, no me voy a ofender. Pero no, no tengo pareja, novio o esclavo. No es lo mío. —dijo burlándose mientras me miraba por encima del hombro, iluminada por la pantalla de su teléfono y la TV—. Aunque supongo que eso ya lo sabías.

—Pensé que podrías tenerlo por cómo sueles ser con… ciertas personas. —me refería a los amigos que iban de vez en cuando, pero específicamente uno de ellos—. De todas maneras, no es de mi incumbencia.

—Estás celoso ¿Eh, semental? —me dio vergüenza ajena esa burla, intentó ser molesta mientras levantaba las cejas una y otra vez.

—No. Tan solo soy observador. No soy celoso, asi que puedes estar tranquila. —dije, en un intento por terminar la conversación incómoda y continuar viendo la película.

—Entonces, ya que no tenemos pareja ¿Quieres venir a recostarte y dejar tu rigidez? —preguntó con confianza y una sonrisa leve, luego puso su mano dos veces en la manta—. No te voy a morder, al menos no muy fuerte.

Pensé: «Las interacciones de los jóvenes son muy extrañas hoy en día». Jamás había sido invitado con tanta naturalidad a algo que podría acabar mal. Sus ojos grandes y sus labios carnosos me llamaban a descansar junto a ella, y yo caí. Pensé: «Quizás hacerlo no significa nada», sin embargo, el corazón se me aceleró como maquinaria de ferrocarril.

Acepté después de pensarlo un rato.

Sin comprometerme a nada, me subí a la cama con mi ropa de deporte usual que utilizaba como pijama. Pasados unos minutos ya ninguno se concentraba en la película, pues comenzó a acercar su mano izquierda a mi muslo, con lentitud, posándola suavemente, dejándola allí un rato. Estuvo acariciando mi piel con mucha calma mientras observaba su teléfono, sujetándolo con la derecha. Se mordió el labio inferior mientras que yo me mojé los míos en un impulso de nerviosismo. Mi corazón volvió a exaltarse, y algo en mi calzoncillo comenzó a despertar, era normal que sintiera atracción a esa chica, con su cuerpo de diosa y rostro de ángel.

Al notar mi redirección sanguínea, ella pasó su mano sutilmente sobre mi pierna hasta llegar al centro y comenzó a tocarme como si no tuviese prisa, porque en realidad, no la había. Yo se lo permití. Estuvo masajeando lo que tenía en su mano por un buen rato, y cuando sintió que estaba suficientemente sólido, recostó su cabeza en mi abdomen. Continuó tocándome con movimientos repetidos de subida y bajada mientras sentía como los espasmos y la sorpresa se hacían inversamente proporcionales.

Se volteó un momento, sacó su mano del cálido lugar en donde me hacía sentirme vivo y puso su teléfono en la mesa, y como si tuviera más presente aquel lugar que la misma habitación. Abrió un cajón y me lanzó un preservativo, lo cual me sorprendió y no llegué a sujetarlo antes de que me golpeara en la cara, cayendo sobre mis palmas. Ella me miró un momento como queriendo gritar «¿Qué esperas?», así que no tardé mucho más.

Me bajé el pantalón y la ropa interior en un segundo, ella solo se bajó sus pequeñísimas bermudas hasta los muslos y se puso boca abajo sobre la cama, con ambos brazos debajo de su cara. Entendí de inmediato, así que me subí a la cama nuevamente. Me quitaba la camiseta mientras ella levantaba su pelvis hacia mí cuando sentí un escalofrío de esos que recorren todo el cuerpo al despertar. Quizás fue la sangre faltante en mi cerebro o el ambiente con el olor a sudor de chica que podía sentirse dentro del cuarto, pero mi mente estaba nublada y solo podía pensar en aprovecharme de la situación, haciendo todo lo necesario para liberar la tensión que vivir con ella me causaba.

La observé en el medio de la cama, me miraba de manera pícara meciendo su cuerpo de un lado al otro. Quizá por estupidez o la creencia tonta de la existencia de algo más, cerré los ojos para agradecerle al universo y cuando los abrí fui directo a lo que tenía que hacer, y sí, tenía que. Entonces me acerqué, poniendo mi cuerpo sobre ella, sintiendo su suave espalda con mi pecho, olfateando el acondicionador que lograba aromatizar su pelo, besando su cuello desde debajo de su nuca hasta cerca de su mentón. Beso a beso estuvo respirando progresivamente más fuerte hasta que convertí sus sonidos en un leve gemido.

—Deja el juego previo para esa tontería de los noviazgos y hazlo de una maldita vez.

Noté su desesperación, pero no pretendía dejar las cosas a medias. Quería disfrutar de su cuerpo, su olor y sabor en su totalidad, pues suponía que no se me iba a dar la oportunidad de nuevo. Agradezco mi pesimismo por esa manera de ver las cosas, ya que me permitió adentrarme por completo.

—Siempre son ustedes las que buscan el preámbulo a la acción. —dije con la voz casi muda por tener los labios presionados contra su hombro—. Planeo disfrutar esto de inicio a fin.

—Date prisa. —ordenó—. No me hagas esperar.

Siguiendo su comando la sujeté fuertemente, un brazo rodeando su cuello, y el otro su abdomen, y luego de cuidadosamente introducir la llave que abre puertas en las rejas del paraíso, hizo un sonido como si estuviera haciendo mucho esfuerzo. Me preocupó y me detuve para preguntarle, pero me alentó diciendo con la respiración agitada: «No pares, maldita sea», así que nuevamente caí ante sus órdenes. Volví a empujarme contra ella, y el sonido anterior se repitió, pero ligeramente más tenue y relajado. Conforme repetía el movimiento, de ella salían jadeos y suspiros cortos. No estoy seguro si me gustaba más el acto o el control que sentí, las reacciones, la aprobación de alguien a quien admiré mínimamente por su físico y tenacidad.

En su rostro se formó una sonrisa, con el labio inferior mordido y los ojos cerrados. Me sorprendió cuando comenzó a impulsarse levemente hacia atrás, al mismo ritmo con el que mi piel chocaba con la suya.

Si… recuerdo aquel sonido parecido al de un trapo mojado siendo golpeado contra una superficie dura.

El sudor comenzó a notarse en su espalda, y sentí la necesidad de subir su blusa mientras me movía más lento. Cuando se la logré quitar le retiré el pelo que quedó pegado a su frente por la humedad. Al hacerlo, ella me miró directo a los ojos mientras abría las piernas, yo le di paso y la ayudé a quitarse la prenda inferior, ya que estaba sobre ella, y sin darme cuenta ya estábamos posicionados casi como animales.

No me llamó por un nombre típico. No me pidió nada. Logramos fluir como personas con deseos fugaces e intensos de liberación física y emocional. Esa necesidad física que es innegablemente necesaria, no inmediata, pero tan placentera. Y en esa orquesta de sonidos llegué a retirarme hasta mis pensamientos más profundos en vez de concentrarme en lo que estaba devorando frente a mi, con el objetivo de lograr extender el encuentro.

Llegó un momento en el que volví a mis sentidos para ver como ella se lanzaba hacia mí y chocaba sus muslos contra los míos, y mi pelvis contra el epicentro del origen de la humanidad, hasta que llegó ese momento por el cual se lucha, contra el que se pelea durante el acto. Cuando sentí que iba a suceder lo que algunas temen y otras piden, la sujeté contra mí, levantando su cuerpo hasta mi pecho. Ella apretó los dientes y tembló con fuerza, luego, solté ligeramente su cuerpo y la vi caer sin fuerzas a la cama, rebotando dos veces sobre el colchón.

Lo logré, pero no había acabado.

Moví su liviano cuerpo, dándole media vuelta para observar mi obra, respirando fuerte, y vi cómo se formó una sonrisa en su rostro. Me invitó a volver a ella luego de señalar el cajón y no tuve más remedio que volver a cargar el arma, haciendo que la historia se repitiera, yo mirando su rostro, ella tratando de no mirarme. No le importó tener mi sudor sobre ella, al igual que a mí me encendía un poco más el saborear el suyo. La forma en la que apretaba mi espalda y algo más, como me rodeaba con sus piernas, la mordida leve en mi cuello, los besos en su mejilla y frente: Parecía demasiado bueno para ser verdad.

Vi como las estrellas bajaban al cuarto y los créditos subían en fondo negro mientras sujetaba la almohada con ambas manos. Me moví por última vez hacia ella, noté espuma en el epicentro, al igual que cansancio y agotamiento. Ambos habíamos quedado satisfechos con el resultado de tanto tiempo de espera y me moví a un lado para no seguir aplastando aquello que había estado apretando de vez en cuando durante el suceso. Metí el lujo en la basura del cuarto y permanecí al lado de ese increíble cuerpo, maravillado al observar su ser.

Pude ver sus ojos cerrarse y su respiración calmarse, luego vi como su sudor se asentaba y sentí mi corazón ralentizarse. Se quedó inmóvil, y poco a poco cerré los ojos para quedarme dormido.

Al día siguiente decidí no darle importancia a lo sucedido, pensando que sería algo de una vez. Ella tal vez no sería ese tipo de persona que tiene relaciones íntimas con un inquilino, aunque era extraño que nadie se hubiese mudado en todo el tiempo que tenía en el lugar.

Mientras preparaba el desayuno intenté buscar el sitio web donde encontré el departamento, pero no lo encontré. El tocino se cocía perfectamente y el sonido seguramente fue lo que hizo que el sueño que parecía tan placentero se detuviera. Ella salió de la habitación viéndose descansada y algo más que relajada. Llevaba una camisa de pijama a medio poner, no había acabado de abotonarla y pareció adrede ya que no traía ropa interior.

Me torturaba.

Me fijé que no había rastro de la vacante para inquilinos y se acercó a mí rodeando mi cuerpo con sus brazos, apretando levemente, para que sintiera su calidez en mi espalda. Se sintió muy placentero, sin embargo, no dejé de concentrarme en la sartén. Al apagarla, ella me dio algo de espacio para tomar un vaso de agua, situación que aproveché para cuestionarla.

2

Una voz me gritó por dentro, me estaba recomendando que mantuviera la boca cerrada y disfrutara del momento, pero el estúpido que maneja mi cerebro prefirió hacer otra de tantas estupideces. La abordé con frialdad.

—Buen día, usted. —intenté ser lo más neutral posible, ella solo sonrió mientras asentía amablemente—. Noté que el anuncio de la habitación del departamento ya no está en la página ni en la app, me causó curiosidad así que pregunto ¿Lo borraste?

—Así es. —tomó un trago de café mientras yo servía el desayuno, esperando como le estuviera dando tiempo a responder—. Lo que sucede es que desde hace un tiempo siento que hay demasiada gente en casa en cualquier momento dado, no me malentiendas, lo digo por los amigos y los compañeros de clase. Entonces no me hace falta otro inquilino; creo que contigo ya hay suficiente gente abriendo el refrigerador a media noche.

—Son cosas distintas. Pensé que lo que te interesaba era el dinero que te podría proporcionar. —los platos sonaron sobre la mesa del comedor—. No me queda más remedio que suponer que es por otra razón.

—Si, es exactamente lo que crees. —y rodó los ojos hacia atrás—. Quería coger contigo y otra persona podría entorpecer ese deseo.

Noté cuando subió una ceja levemente esperando una contra respuesta.

—No es que quiera llevarte la contraria, pero esa situación no solo me aterra, sino que también me preocupa ¿Debería asustarme? No me gustaría pensar que haces esto con todos los que… Ya sabes, se mudan aquí. —ella me miró de pies a cabeza antes de suspirar, molesta.

—Eres un imbécil. —me arrebató sus cubiertos a lo que yo reaccioné con cruzarme de brazos—. No soy una cualquiera, tengo derecho a disfrutar de mi sexualidad y juventud ¿No estás conforme? idiota. Casi siempre son chicas las que se mudan aquí, y a penas pasan tiempo dentro, lo cual te vuelve un caso especial. No lo digo porque seas un chico, chico sino por el tiempo que pasas aquí, vagando como un perezoso desempleado.

No quisiera dar más detalles del desenlace de esa conversación, esa actitud permaneció durante todo el día. Llegué a preguntarme si ella era bisexual, si yo era el primero con el que decidía mantener ese tipo de relación, y otras cosas que al final de cuentas solo me hacían sentirme aprisionado dentro de mi mente. No volvimos a hablar de eso ni de la noche anterior. Ni siquiera hablamos en general, lo que hizo que cualquier roce que tuvimos fuera muy incómodo.

Estuvimos distantes algún tiempo, aunque luego, sin hablarnos más de lo necesario, sin socializar. Comenzamos a hablar nuevamente cuando se vio en necesidad de alguien que la ayudara a sacar una caja de la parte superior de su armario. Fue una situación singular ver como trataba de solucionar su problema sin pedir ayuda, con su pequeño cuerpo sobre una silla de plástico y un palo de escoba.

Me pareció adorable.

Si lo pienso bien, hasta pareció a propósito, pues su atuendo era casi como si no llevara nada, un short de algodón negro extremadamente corto y la blusa minúscula con tirantes finos sin ropa interior de ninguna clase. Al alzar los brazos, la mayoría de su espalda y la parte baja de sus senos quedaran al descubierto. Definitivamente trataba de torturarme u obligarme a hacer algo sin su permiso. Con tan solo mirarla se me activaban todas las alarmas.

Se hizo a un lado y la ayudé. Pude ver que dentro de la caja había otras coloridas, cajas de objetos dirigidos al placer femenino. En mi sorpresa, abrí los ojos como búho y salí rápidamente de la habitación sin decir ni una sola cosa más.

Esa noche me quedé pensativo, entre los cuales estaba la suposición de que quizás los usaba para apagar las ganas que acumulaba con el tiempo, que prefería no acercarse íntimamente. Divagaba en mi mente, siendo impulsado por mi autoestima deficiente y las malas experiencias con las mujeres de mi pasado. Llegué a pensar que quizás hice algo mal y no se atrevió a decirme, que quizás estaba resentida por la conversación que tuvimos en ese desayuno.

Mis pensamientos se disolvieron dentro de un sueño largo, y el tiempo pasó lento desde entonces. Se sintió como si cada día fuera una semana y cada semana un año, no sabía cómo reaccionar. Entonces, en un intento por distraerme de manera positiva, tomé el final de mis vacaciones de manera positiva y volví a trabajar e ir a la universidad. Aunque se sintió como un sueño, como una vida pasada, me decidí a no pensar demasiado en lo que sucedió, así tal vez podría olvidarme de aquella noche y mi vida seguiría su curso. Supuse que eventualmente tendría una novia pasajera y todo estaría bien, pero el destino tenía otros planes.

Volvimos a hablar, incluso más que antes de esa noche.

Entré al departamento un día como cualquier otro, ella me esperaba en el comedor, usando su portátil y escuchando música independiente. Desde que llegué supe que iba a ser una noche diferente, pues tuvimos una conversación mucho más profunda de lo usual. Aunque inició con el típico saludo con pregunta desinteresada, eventualmente comenzó a desviarse hacia preguntas sobre psicología y opiniones del mundo. Aunque le respondí con lo que quería escuchar, en algún punto comencé a ser honesto, y al parecer ella también. Comencé a entender sus miedos, sus sueños y deseos, sus fantasías, sus artistas preferidos y demás.

Pensar en ella se me hizo agradable y dejé de mirarla como un peligro para mí. Pero igual seguía deseando repetir lo que sucedió, sin forzarlo, pues mi moral y dignidad me impedían ser el hombre lanzado y a la vez desinteresado que las mujeres como ella suelen pedir.

Todo iba bien, aunque algunos pensarían que quizás no tanto. El trabajo se había vuelto una pesadilla y la universidad se había tornado en un manicomio. Me vi harto de incluso existir, y lo único que deseaba a diario era que llegara el fin de semana para poder descansar y dormir el tiempo que mi cuerpo pedía, aunque a veces se volvía imposible entre tareas y proyectos laborales. No es una buena forma de pasar el día a día si solo se espera el fin de semana.

No estaba viviendo, estaba vivo, pero tan solo sobrevivía.

En un momento cualquiera, y como si no fuese importante, ella me envió un mensaje cuando terminaba mi última clase del viernes, ya anochecía y yo no tenía expectativas. Mi plan era dormir.

—«¿Te fue bien?» —el mensaje apareció como un presagio del apocalipsis.

—«No. Todo mal. Voy a casa.» —le contesté, y justo después de enviarlo sentí que «casa» se podría interpretar como si me perteneciera.

—«No tardes.» —mi sorpresa fue más como un signo de interrogación en la existencia porque llegué a preguntarme lo que ella podría querer.

Pude haberle respondido de muchas maneras, pero tan solo atiné a escribirle «OK.» e intentar llegar rápido. Después de bajarme del autobús y caminar hasta el edificio sentí un escalofrío tan helado como para ponerme toda la piel de gallina, y así subí los escalones, sin escuchar el típico ruido del televisor encendido o música en la radio. Aún más extraño, tampoco parecía estar cocinando. Tomé la llave de la puerta y abrí los cerrojos uno a uno hasta que pude empujarla lentamente, escuchando la falta de aceite en las bisagras. Asomé mi cabeza para ver si había algún problema, pero tan sólo estaba ella en el sofá, vestida como de costumbre y escribiendo en su teléfono. Me sentí estúpido por haberme hecho ideas extravagantes y entré cerrando la puerta detrás de mí.

Dejé mi maletín de cuero en el sillón más cercano a la puerta y me quité la chaqueta impermeable negra, dejándola sobre el mismo. Lo hice con cuidado para no llamar mucho su atención.

—¿Todo bien? —preguntó sin dejar de escribir, ni siquiera miró por encima del teléfono.

—Relativamente, fue un día tedioso. —caminé hasta la cocina para tomar un vaso de agua, y aunque escuchaba el agua chocar con el cristal del vaso, continué mirando cómo tecleaba en la pantalla.

—Estás cansado, supongo. Últimamente pareces agotado. —lo dijo casualmente, ya sabía yo que se traía algo entre manos, fue reforzado por verla ponerse de pie aun viendo su teléfono, yo interpreté lo que quería decir de inmediato.

—No estoy cansado, me paso la mayoría del día sentado. —la ironía fue que al decirlo me senté en una silla del comedor, habiendo ingerido el agua—. Es un milagro que no tenga sobrepeso o el trasero más plano que una tabla, a pesar de la poca actividad física que hago.

—¿Puedo ayudarte con eso? —se acercó a mí—. Hazme un favor y no digas ni una sola palabra.

Dejó su teléfono en la mesa y me tomó de la sudadera, haciendo que me pusiera de pie frente a ella. Accedí sin quejas, de todas maneras yo salía ganando. Sin pensarlo dos veces, puso sus labios contra los míos y sentí por primera vez su aliento. Muchos tienden a ignorar la importancia de los besos en las relaciones íntimas, algunos lo evitan, otros lo buscan. Sentí que atravesaba la pared que separa la realidad de la fantasía mientras ella intercambiaba fluidos conmigo, revolviendo su lengua con la mía, succionando la punta de la misma y luego mordiendo mi labio inferior.

Me bajó el pantalón, y agradezco a mi tardanza matutina el no haber usado cinturón. Una mano subió por dentro de mi sudadera, la otra la usó para continuar con el ritual más antiguo. Yo no dudé en tocarla hasta que, sin advertencia, se puso de rodillas frente a mi. Bajó mi ropa interior lentamente, mirándome a los ojos. No se detuvo ni un segundo a pensarlo, tampoco apartó esos ojos cafés de mí y su mirada entraba aún más profundo de lo que yo hubiese deseado llegar en ella.

Mi tórax comenzó a expandirse con desesperación, respiraba efusivamente sabiendo lo próximo que iba a suceder. Ambos vimos como aquella bolsa de tejido blando se llenó por completo hasta quedar en su mayor tono por presión. Ella volvió su mirada hacia mí para hacerme entender que estaba contenta del resultado de sus acciones.

Después de masajear lo que se traía entre manos, lo introdujo en su boca. No sé si fue la falta de oxígeno por hiperventilación, o quizá mi cansancio, pero causó en mí sensaciones que solo había imaginado hasta el momento. Sentí un escalofrío desde mi espalda hasta el cuello y luego volví a sentir como descendía. Se estaba esmerando en hacerme sentir a gusto e incluso hubo un momento en el que sentí se me iba el alma, perdiendo el equilibrio y sujetándome de la mesa. Al notarlo, me empujó a la silla en la que estaba antes y continuó.

En ese momento, y no en otro, trató de ser mucho más lanzada e hizo el mayor intento posible por ir más allá, aunque no llegó muy lejos. Me preocupé mientras ella intentaba forzar algo que no le era humanamente posible. Al notar que ambos pensamos lo mismo, nos salió una carcajada corta y ella se secó las lágrimas causadas por la leve y momentánea asfixia.

Ambos sabíamos lo que continuaba.

No iba a terminar en esa silla ni con insatisfacción unilateral. Iba a resolver lo que ella quería y la razón por la que se esforzaba tanto en utilizar su mano y sus labios al mismo tiempo. Parecía totalmente desesperada, e iba a aprovechar esa situación al máximo para satisfacer mis deseos egoístas de estallarle encima a causa de su cuerpo. Por lo que la detuve mucho antes de que fuese tarde, su lengua se sentía como el toque más refrescante luego de un día soleado, pero debía soportarlo.

Me quité el resto de la ropa y la llevé sujetada por la quijada hacia el cuarto, ella sonreía. Ya estando muy cerca de su rostro y haciéndola sentir mi respiración en su cara, la lancé a la cama sin compasión. Junto a la puerta, me quedé viendo cómo sus encantos rebotaban después de ella. Había encendido el interruptor que causó historias en mi antiguo círculo social, historias que probablemente no se comparan a lo que esa noche sucedió.

Todo empezó con ese rebote.

Al ver que su cuerpo se mecía al compás de la gravedad, no tuve más remedio que tomarla por los muslos hacia el borde de la cama, allí me acerqué a ella, dándole un beso lento y húmedo, incluyendo lengua y mordida al final. Ella hizo un sonido para anunciar lo complacida que estaba, pero deseaba más, y mis deseos también se hacían cada vez más voraces, con cada respiración, con cada gemido o mirada fija. Bajé lentamente a sus senos, sujetando el derecho con la mano izquierda mientras el izquierdo recibía masajes succiones leves. Ella se mordió los labios y me acarició el pelo de manera suave, pero firme.

El ambiente comenzaba a sentirse húmedo, el calor comenzó a hacer de las suyas en los poros y zonas erógenas, causando excitación de glándulas y terminaciones nerviosas diseñadas para identificar el más minúsculo placer. Llevé mis manos a sus muslos y luego de besar su rostro, bajé al abdomen, dejando besos conforme bajaba al centro. Una parada hizo que ella sintiera cosquillas, lengua, ombligo, rechazo involuntario a la sensación que resultaba extrañamente placentera.

Un roce después y el vello afeitado se sintió como una textura tersa en la barbilla y la punta de la nariz. Y después de la lenta bajada, del preámbulo al saborizante de relaciones íntimas, ella levantó las cejas y dio el permiso, a lo que soplé aquel sencillo pero importante amigo de tamaño parecido al de un guisante. Ella se estremeció y pidió rudeza. Y si quería rudeza, se la daría sin que la tuviera que pedir. Cedí a sus peticiones, extendí la lengua y usé la mayor cantidad de superficie para masajearla en movimientos circulares repetidos, con variaciones ligeras y descansos cortos para incorporar succiones leves.

Ella respiró hondo al inicio, me sujetó más fuerte y se mordió el labio inferior, yo la observé como si estuviera inflando mi ego.

—Eres un maldito, si hubiese sabido que lo hacías tan bien, no habría tardado tanto, quisiera haberlo hecho antes. —presionó mi cabeza contra ella—. Y sé que te hice esperar. Solo sigue.

—Las sorpresas son mejores cuando se insinúan ¿No crees? —me dio una bofetada leve y se movió contra mí.

Continué un rato sin pensar en el tiempo que llevaba allí, pero lo hacía más rápido y gradualmente más fuerte, apretando sus muslos contra mí. Y entonces la fuerza con la que me sujetaba aumentó, sus gemidos se hicieron más fuertes, sus espasmos cambiaron a temblores intensos. Su lubricación natural pasó a ser un chorro en mi cara, y en mi asombro, no supe como reaccionar. Estaba increíblemente contento de haber causado eso en una chica por primera vez.

Se estremeció sobre la cama, retorciendo sus piernas y sus brazos, apretó la almohada con los dientes y movió la cadera con pequeños movimientos cortos hacia arriba y abajo. Supe que había logrado algo que nadie más se había tomado el tiempo de inducir.

Esto continuó por unos segundos y ella aumentaba la sensación al rozar la yema de los dedos de mi mano derecha. Continué viendo cómo se retorcía, hasta que se detuvo y comenzó a jadear, su quietud me invitó. Aproveché ese momento para protegernos, y sin aviso previo pude sentir las contracciones que casi aplastan lo que era mío a modo de túnel.

Ella abrió los ojos y se impulsó hacia mí, de pronto, con ambas manos sobre mi abdomen y deteniendo el inevitable castigo del tiempo perdido.

—Espera, no vayas tan rápido. —tomó un momento para respirar, comprendí que ella estaba haciendo un gran esfuerzo por aguantar lo que sucedía entre nosotros—. Eres muy brusco.

—Tú querías esto. —y sujeté sus dos manos detrás de su cuello, ella aceptó su destino, con expresión de esperar lo peor—. Pero tranquila, no planeo que lleguemos lejos, al menos no todo de nosotros.

—Ya entendí, ten cuidado con esa estrella porno entre tus piernas. —me hizo gracia, notándose en mi rostro con una pequeña sonrisa.

—Siempre lo tengo. —me acerqué a su rostro, como añadiendo drama al acto que ya era suficientemente complicado como para describirlo con pocas palabras, y mientras movía mi cadera, susurré—. Pero ahora no está entre mis piernas, sino entre las tuyas.

No le di oportunidad de responder, comencé el acto principal luego de iniciar por el postre. Comí del fruto prohibido, aquello que muchos deseaban y no obtenían porque ella ni siquiera los veía. Ella no veía a través de mí, y empujando de a poco, la alejé del borde del edredón, por lo que tuve que levantarla un poco por los muslos y volver a acercarla a mí. De inmediato trató de detenerme igual que antes, a lo que respondí recostando mi cuerpo sobre ella y moviéndome más fuerte.

Tal vez se me olvidó que teníamos vecinos y el acto se había vuelto algo molesto para oídos sensibles, por lo que tapé su boca con mi mano y la miré a los ojos, aún estando muy cerca. Estuvo mirándome sin desviar la mirada ni un segundo, hasta que sentí que volvía a contraerse y sus pupilas se escondieron en sus párpados superiores. Otra vez tembló descontroladamente hasta que dejó de sentir aquello que muchas no han experimentado. Me sentí más presionado, sentí variaciones en el agarre, la lubricación aumentó. Quité mi mano para besarla nuevamente, pero con mayor entusiasmo mientras me subía a la cama y la ponía de lado.

Respondió positivamente.

Me acarició el pelo de la nuca sin apartar la mirada, yo igual observaba las características de su rostro, como sus ojos grandes, sus pestañas largas, sus cejas bien cuidadas y simples, sus casi imperceptibles ojeras, las pecas en sus pómulos, sus mejillas tan pellizcables, su nariz fina con un piercing entre las fosas nasales, sus labios carnosos y rosa, la forma en la que su expresión me gritaba que no me detuviera, como reacción a nuestra interacción.

Cuando sentí que llegaba mi momento, comencé a moverme más rápido y ella repetía lo mucho que lo deseaba, y vaya que lo deseaba. Sujeté su cuello y después de haber acelerado, me detuve al acercarla a mí, ella seguramente sintió como se hinchaba por momentos y seguía estando a su máxima expansión. Hasta que hice un sonido de gran esfuerzo físico y me separé de su cuerpo.

Respiré un momento y pude recargar.

Por su baja estatura, ella no me resultaba pesada, así que, al acostarme, la puse encima, ella quedaba de espaldas a mí, y ella fue quien lo introdujo. Inició dando pequeños saltos lentos, haciendo que quedara a medio camino, y se sentía estupendo, pero el objetivo no era solo ser estupendo, sino ir más allá. Pasé a moverme contrario a sus saltos y le encantó, así que envolví su cuello con mi brazo y la mano sobrante dando un masaje extra. A los pocos segundos escuché su quejido y sentí como si me saludara ahí dentro. Había llegado a su límite y se desplomó sobre mí.

Pero yo no había acabado.

Nos di media vuelta y comencé a moverme bruscamente, viendo su cara rendida y su falta de resistencia, y al seguir «saludándome» terminé antes de lo anticipado. Pero para ella ya parecía ser suficiente. Necesitaba un descanso de al menos dos minutos para seguir, y tenía que compartir ese momento con ella, por lo que me recosté a su lado. Observé cómo volvía a tener fuerzas y aliento. Ella me miró con media cara oculta por su almohada y me sonrió.

—Me alegra haberle alquilado la habitación. —lo dijo cerrando los ojos sin dejar de sonreír, se sintió lindo ver como los apretó antes de abrirlos.

—Me alegra que lo hayas hecho. —quité el pelo mojado de su rostro—. Me gusta hacer esto contigo. Y… Bueno.

—Oye. —me detuvo poniendo su mano en mi mejilla—. Me encanta como lo haces, me encanta que eres la perfecta unión entre rudo y preocupado, me encanta que seas más acción que palabras. Pero lo que más me gusta es que seas el único con el que siento la necesidad de hacerlo.

—Entonces creo que estamos de acuerdo en una cosa. —dije esperando a que dijera algo romántico.

—Eres increíble. Esto es insuperable y no necesito nada más.

¿Debería haberme ofendido o no darle importancia? Me quedé en silencio. Era obvio que no quería algo serio desde el inicio, y me sentía estúpido por esperar algo más. Después de todo era su inquilino, y ella una chica… Única. Aunque no puedo negar haber querido algo más.

Me limité a sujetar su mano y besar su palma.

Esa noche no continuó con algo más que eso. Se durmió desnuda mientras yo miraba su sudor desaparecer. Besé su espalda y me puse de pie para ir al baño. Me miré al espejo luego de ducharme y me sentí estúpido, y a la vez, un extraño sentimiento de satisfacción, una sensación agridulce que no sabría describir en detalle. El hecho de que ella se hubiese dormido, que tuviese que esperar a que sus deseos volvieran a surgir, significaba que no estaba más que a su merced. Si no deseaba tener algo esa noche, yo no tendría voz ni voto. Pero estaba bien con el intercambio.

Ese fue el inicio, y también el comienzo del final.

Cuando venía muy estresado de clases, o del trabajo, y coincidía que cedía, me ayudaba a liberar mi ser en el sofá de la sala. Yo solo tenía que sentarme y dejar que hiciera lo que tenía que hacer. A veces iban sus amigos a reunirse o beber y cuando se ponía de pie para ir a buscar cerveza, desde el comedor veía como me enseñaba lo que iba a disfrutar esa noche y luego salía guiñando el ojo. Otras veces trataba de cumplir sus fantasías conmigo, como cuando recibió una llamada de su padre, y tuvieron una conversación sumamente larga mientras yo saboreaba su ser.

Ella era una persona totalmente distinta a las que conocía, me enviaba vídeos comprometedores en horas de trabajo y me enseñaba cosas de su cuerpo de vez en cuando, tal vez para hacerla sentir bien y quizás a otras chicas después. Tal vez quería que mejorara mis habilidades, tal vez solo buscaba que la comprendiera más.

Pero poco a poco ese interés disminuyó. Dejó de buscarme tanto como antes, no porque no quisiera, sino por la universidad, o eso quiero creer. Dejamos de frecuentarnos y cuando me gradué, conseguí otro trabajo que ocupaba más de mi tiempo, pero me daba la oportunidad de mudarme. Sin embargo, lo que me impulsó a largarme, fue notar que, ya que me encontraba ausente, ella comenzó a llevar a alguien más a su cuarto para suplir sus necesidades.

En mi cabeza resonó como un eco aquella frase salida de su boca; «No quiero algo más.»

Cientos de veces pensé en esas palabras mientras veía mi colchón meterse al camión de mudanzas, y aquella despedida lejana desde el balcón, con una expresión ambigua de felicidad por mi avance económico o tristeza por mi partida. No fue la última vez que la vi, ni tampoco quedó tal cual.

Poco después de cambiar de apartamento, ella me llamó con un tono de voz que no esperaba escuchar.

3

No soy un tipo muy comunicativo. No soy un tipo complicado. Me cae mal la gente falsa y los desinteresados que te utilizan y luego te desechan como basura. La vida me da lo mismo y solo vivo para poder respirar, no porque quiera algo en realidad.

Al conseguir empleo en una empresa del Estado, esperaba conseguir una razón para seguir adelante más allá de tener la vida resuelta. Llegaron episodios de ansiedad extrema, días en los que me pasaba todo el tiempo libre pensando en cosas sin sentido, comencé a tomar los descansos de fumadores, estuve buscando cosas que me interesan o apasionan.

Pasaron dos años.

Comencé a salir con una chica asiática de pelo corto, estatura media y complexión regular. No era sobresaliente físicamente, sino en el resto de su vida. Era artista, pintaba con un nivel de detalle asombroso y siempre tenía temas que discutir. Ella solía trabajar como profesora de kínder y le encantan los niños, definitivamente sabe lo que quiere hacer por el resto de su vida, yo solo comencé a salir con ella porque necesitaba algo que me hiciera levantarme de la cama cada día, y además me resultó linda y agradable.

No llevábamos mucho tiempo saliendo, aún no me había acostado con ella, planeaba hacerlo el día en que me invitó a cenar. Quería que fuera a un restaurante medianamente caro, su padre le había reservado una mesa porque era un tipo con conexiones y pudiente, con ella me habría ganado la lotería, pero la vida rara vez te pone las cosas tan sencillas.

El día que acordamos vernos comenzó extraño, sabía desde el inicio que algo malo sucedía. Me desperté un minuto antes de que la alarma fuese a sonar, y normalmente me despierto correctamente a la tercera o cuarta alarma. De inmediato mi jefe inmediato me llamó diciendo que por motivo de inspección general, no tenía que ir a trabajar, por lo que tendría el día libre. Poco después el cielo se hizo gris y el ambiente se volvió aún más frío.

Como de costumbre, hice café, pero al no tener algo que hacer, me senté a ver las noticias en la computadora. No pude encontrar algo que llamara mi atención, pero así pasó el día, ningún ruido, ninguna molestia, tan solo yo y el sonido de mi ventilador de techo. Comí unas sobras que dejé la noche anterior y esperaba el momento adecuado para bañarme, vestirme y salir a mi cita, pero de nuevo, la vida tenía otros planes.

Cuando al fin tomé una ducha y salí del baño recibí una llamada de un número no agregado, a pesar de mi escepticismo, la tomé, y para mi sorpresa, habló una voz conocida.

—Si, dígame. —y caminé hasta mi cuarto.

—Hey, hola. No espero que me recuerdes. —su voz parecía quebrarse un poco, sonaba triste.

—Por supuesto que te recuerdo, no sé si eso sea bueno o malo, y no se me podría olvidar nunca el tiempo que pasé en tu departamento. —solté la toalla y me puse ropa interior—. ¿Qué sucede? No suenas muy bien.

—No, no lo estoy. Y tampoco tengo a alguien a quien llamar.

Pensé que la situación sonaba muy seria, el momento se volvió algo extraño. Sujetaba mi celular con mi hombro y mi mejilla mientras buscaba una camiseta, cuando continuó.

—Quizá me creas loca, pero necesito que nos veamos ¿Dónde estás? —el momento de la verdad.

— En mi departamento. Pero tengo planes y no creo que sea buena idea que nos veamos ahora. —mi expresión en el momento era de aquel que deseaba que milagrosamente me hiciera caso.

—Por favor. Seré breve. —suspiré, sabía que algo malo iba a suceder y aún así decidí aceptar.

—Te enviaré mi ubicación. —tardé unos segundos enviándola y volviendo a ponerme el teléfono al oído—. Vivo en el cuarto piso.

—Estoy a dos minutos, nos vemos. — Y colgó sin dejarme decir otra cosa.

¿Dos minutos? ¿Qué clase de coincidencia era esa? Muchas cosas se estaban alineando de la manera incorrecta. Me quedaban dos horas para asistir a mi cita, y ya había algo deteniéndome. Me puse un pantalón de lino, negro, y justo sonó el timbre de la puerta. Fueron dos minutos.

Caminé hasta la entrada, y al abrirla, pude ver a esa chica que hacía dos años no veía. Algo en mí se encendió nuevamente, como darle color a un lienzo vacío, como darle el verde al pasto. Ella se secó las lágrimas con un pañuelo, para que no se escurriera su maquillaje y me sonrió, yo me detuve un momento a admirarla.

Estaba muy distinta a como la recordaba, más delgada, maquillada, con ropa más formal, con una blusa de secretaria, una falda hasta las rodillas, zapatillas de plataforma y labial rojo escarlata. Su pelo rizado seguía igual, pero sus pendientes destacaban, colgando en sus orejas. No pude evitar sonreír al verla y ella me sonrió de vuelta. Pero no sonreí por el hecho de verla, sino por ver un cambio agradable para mí.

La invité a pasar sin pensarlo demasiado, aún sin medias ni zapatos, ella se sentó en el sofá siguiendo mi señal y terminó de secarse las lágrimas, guardó su pañuelo y me miró fijamente. Yo terminé de abrocharme el cinturón.

—Nunca pensé volver a verte. —dije de manera irónica, su sonrisa se hizo más pronunciada por un momento, luego volvió a tener una expresión neutral.

—Creo que, en el fondo, esperaba volver a verte algún día. —hubo un silencio corto—. Pero seguro quieres saber la razón de mi visita.

—No realmente ¿Quieres agua? —trataba de huir, no quería tener algo que ver con sus decepciones, trataba de mantenerme concentrado en mi cita.

—Si, por favor. Siento que la voy a necesitar.

Caminé al refrigerador, le serví agua y volví para dársela. La vi revisando algo en su teléfono, algo que la hacía enojarse. Dejé el vaso sobre la mesa que estaba frente al sofá y me recosté en la pared, de frente a ella y a unos pocos metros. Luego de un momento ella puso el celular agresivamente sobre el sofá y comenzó a tomar su agua como si la hubiera ofendido.

Cedí.

—De acuerdo ¿Por qué estás aquí realmente? —me crucé de brazos y me preparé para lo peor.

—He estado saliendo con un hombre algo mayor. Ya sabes, unos cuarenta y tantos. Tiene una hija joven, incluso. —yo luchaba por buscarle una salida a la conversación—. Y el tipo está obsesionado con mi trasero.

—De acuerdo ¿Cuál es el objetivo de que me cuentes esto? —ella jamás me había hecho sentir tan incómodo.

—Planeaba dejar que hiciera lo que él quisiera con lo que tanto le gusta, pero el maldito nunca apareció. —se encorvó un poco y sujetó el vaso con ambas manos.

—Siento que es algo que me puede pasar pronto… Recuerda que tengo que salir.

—Me bloqueó en todas sus redes sociales, no contesta mis llamadas, simplemente me excluyó de su vida. —noté el nudo en su garganta, sus ojos comenzaron a humedecerse más de lo normal.

—Lamento que hayas tenido que pasar por eso. Te ofrezco lo que necesites, pero recuerda que debes irte en poco tiempo porque tengo una cita. —lo dije sin remordimiento porque recordé como ella me cambió por alguien más sin siquiera consultarlo, sin avisar, sin pedirme que no me interpusiera.

—Y… ¿Tienes planes de acostarte con ella esta noche? —levanté las cejas, ella sonrió y me miró un rato.

Desvié la mirada.

—No… Quizá. No lo sé. No planeo tan a futuro, la verdad ni siquiera tengo ganas de estar rodeado de gente en un restaurante caro que tendré que pagar. Maldición… —recosté la nuca contra la pared y cerré los ojos un momento.

—Siento que no tienes muchas ganas de ir. Pareciera que tienen algún problema sin resolver entre ustedes. —cruzó las piernas y se sentó adecuadamente, luego dejó el vaso en la mesa.

Me resultó tan atractiva, sus piernas grandes me parecieron muy llamativas con esas pantimedias.

—No, es que hay diferencias. Ella me agrada, pero no la amo. —me pregunté inmediatamente la razón de mi honestidad.

—¿Eso te detuvo antes? El amor no es la única razón para estar en una relación, y por supuesto tampoco lo es para tener sexo. —nuestras miradas se cruzaron de nuevo.

—No soy ese tipo de persona. No quiero hacerle daño.

—Pero si pensaste en acostarte con ella esta noche. —una sonrisa leve se asomó en el lado derecho de su rostro, bajó un poco la cabeza sin dejar de mirarme.

Quise mirar mi teléfono y encontrar un mensaje de ella, algo que me dijera que estaba emocionada por esa noche, que quería devorarme en la cama, que iba a pagar por la cena, que incluso prefería pedir comida a domicilio en vez de cenar fuera.

Cuando cogí mi celular vi algo que me causó enojo, y también algo de pena; ella me había cancelado la cita porque su padre sufrió un pre-infarto. Yo no quería eso. Me estaba dejando en mi casa con un demonio sexual a punto de consumir mi alma, para luego largarse hasta que fuese tiempo suficiente, y yo no pensaba permitirlo.

Prefería ir a acompañarla al hospital que quedarme a repetir el ciclo.

—Necesito que te vayas. No creo que debamos estar hablando de estas cosas. —pensé que hacía lo correcto.

—¿Recuerdas que mencioné lo de la salida cancelada y mi trasero? —preguntó curiosa, la miré con arrepentimiento, pues sabía a dónde se dirigía y no quería escuchar lo próximo—. Resulta que pasa algo.

—¿Qué cosa? Sorpréndeme. —se puso de pie y comenzó a caminar lentamente hacia mí.

—Hace poco, antes de que me cancelara, me hice un lavado especial. —me separé de la pared y comencé a caminar instintivamente hacia atrás, pero a menor velocidad que ella—. Y también hice algo que nunca antes había hecho en mi vida. Pues, es mi primera vez.

—¿De qué estamos hablando exactamente? —mi voz temblorosa anuló cualquier intento de verme seguro de mí.

—Verás, he usado vibradores, consoladores, equipo sadomasoquista, cuerdas, pinzas. —choqué con el final del pasillo, contra la puerta del baño—. Pero nunca usé un tapón anal.

—Eso es muy interesante, de verdad. Pero creo que deberías irte. —mi respiración se sentía agitada y mis latidos más rápidos.

Ella se quedó frente a mí, me miró fijamente y algo en mi mente la interpretaba como el peligro más hermoso que había visto en mi vida.

—No seas un aguafiestas, ambos lo necesitamos y lo sabes. —me sujetó de la camisa y comenzó a besarme el cuello con lentitud, pasando la lengua a ratos, luego bajó su mano a mi entrepierna—. Dices que no quieres, pero tu cuerpo es más honesto.

—Ambos tenemos pareja y esto está mal, yo ni siquiera he tenido… —ella me interrumpió con sus labios contra los míos.

Sus roces comenzaron a ser más y más fuertes, como si quisiera despertarme por completo, y el beso que empezó como una excusa para callarme se convirtió en un gran intercambio de fluidos corporales. Su respiración se hizo tan agitada como la mía, y el beso fue digno del país de la torre Eiffel.

¿Por qué yo?

—Hablaremos de eso más adelante. —como un perro en celo accedí, fue como si estuviera dejándome seducir de la bestia que me arrancaría el corazón más tarde y se lo comería frente a mis ojos—. Mientras tanto, llévame a tu cuarto.

Ella me siguió.

—Me sorprende que tu habitación esté tan ordenada, al menos para ser un chico. —sonrió mientras se desvestía con bastante rapidez.

En unos pocos segundos, ella había dejado su blusa y su falda en el suelo. Su ropa interior era lencería color vino con encajes y un estilo bastante minimalista, con una tela casi transparente que dejaba ver a la perfección el color de lo que habitaba debajo.

Sentí su mirada sobre mí, sus ojos eran brillosos y grandes, mi corazón latía aún más rápido. No podía apartar la vista de su cuerpo perfecto, su pelo rizado, su escaso y efectivo maquillaje, y de mi mente no salía que estábamos a punto de hacer algo que ninguno había hecho hasta el momento, pero que yo había soñado por demasiado tiempo.

Se movió del extremo de la habitación hasta la puerta, moviendo su cadera de lado a lado y mirándome con la cabeza ligeramente baja. Sus manos llegaron a mis costados, y cuando vine a darme cuenta, lo único que mantenía mi pantalón arriba era la fricción entre la camiseta y la costura. Un pequeño roce hizo que cayera, el cinturón chocó contra el suelo haciendo un sonido metálico. Efusivamente, me quité la prenda superior y salí del enredo del pantalón, ella no dudó en empujarme a la cama, en la que caí como una bolsa de patatas.

Pasó sus manos suavemente por mi pecho, bajando hasta mi abdomen, sus manos cálidas y sus uñas arrancaron lo poco que quedaba de prudencia. Llegando a mi ropa interior, la tomó con ambas manos y me la retiró con suavidad, ella claramente sabía lo que hacía. En mi rostro ella notó una expresión de desaprobación enorme, y más grande, algo que ella comenzó a succionar.

Mientras me atraía hacia su interior, noté que me miraba a los ojos, y no dejó de hacer esos sonidos húmedos con su boca. El calor comenzó a sentirse en esa habitación cerrada, la tarde lluviosa y unos cuantos truenos nos hicieron compañía.

Cada vez que volteaba la mirada o cerraba los ojos tenía flashbacks sobre la chica del apartamento con su blusa de tirantes corta y sus shorts de algodón, moviendo su cuerpo al compás de la música que se reproducía en su televisión inteligente. Mientras que, al mirarla, ella me devolvía la mirada y podía ver una chica desesperada, increíblemente sensual y mucho más decidida que cuando la conocí.

—En serio quiero saber ¿Por qué yo? —se colocó sobre mí y sujetó mis manos, llevándolas a sus sentaderas y acercando su rostro a mi oído derecho.

—Porque tú eres la única persona que me entiende. —susurró al mismo tiempo que sentí algo duro en medio de lo que tenía entre manos, algo parecido a una gema sobre un objeto circular, y supe que era.

—En verdad nunca te he entendido, aunque haya querido, pero no te juzgo, ni siquiera aunque lleves un juguete sexual dentro justo ahora.

—Ayúdame a sacarlo. Me tomé la libertad de traer a la habitación algo que nos ayudará a facilitar la situación. —la obedecí, sujetando aquel objeto con fuerza hasta sacarlo, y miré a mi lado un vial de lubricante sobre la cama.

Ella dejó salir un gemido.

Tomé su cuerpo entre mis brazos y me posé sobre ella, dejando salir respiraciones fuertes entre cada movimiento, pues el nerviosismo era mi dueño. Tomé lo que había sobre la cama y como todo principiante lo apreté con fuerza, dejando salir más que suficiente de su contenido. Ella miró mis manos, al igual que aquello que sujeté después de lubricar mis manos, haciéndolo externamente viscoso.

No quería preguntar sobre posiciones o tomarla en mis brazos, pues siempre había sido más de preguntar y de recibir directivas, así que estando ella en decúbito supino, con las piernas abiertas como puertas de iglesia en domingo, la halé hacia el borde de mi cama tamaño reina y puse el extremo de mi miembro cilíndrico contra su esfínter.

—¡Espera! —exclamó mientras me detenía en seco—. No lo… Espera. Solo espera un momento.

—¿Qué sucede? —cualquiera hubiese estado asustado, pero yo siempre preguntaba una y otra vez como idiota.

—Tengo miedo. —y la noté nerviosa, en mi emoción había dejado de pensar en ella y tuve que mirar su rostro cubierto por sus manos, rostro en el que noté vergüenza.

—¿Estás bien?

—Si, pero no lo sé. Nunca he hecho esto y estoy nerviosa. Quisiera decir que soy una veterana experta que sabe como hacerlo todo… pero no es así. —estuvo un rato mirando a un lado como si le diera vergüenza lo que podría suceder, como si mirarme le fuese a confirmar que era un error el haberme buscado como reemplazo.

Una lucha dentro de mí se inició y acabó en un microsegundo. Me debatí entre seguir adelante, cayendo a mis deseos más bajos y más simples, como si supiera lo que iba a pasar al final, entre eso y usar a alguien en un estado emocional frágil, engañar a mi novia y lamentarme por toda mi vida el acto que sabía que quería cometer durante demasiado tiempo.

No supe como reaccionar por lo que pareció una eternidad, y para ella fue solo un momento.

—Deberíamos detenernos aquí, no creo que debamos continuar considerando tu situación, la mía y la preparación mental y emocional que esto requiere. —ella me miró confusa, un intermedio entre preocupación y enojo—. Ambos tenemos a alguien más, aunque no seamos felices con las cartas que nos dio la vida, debemos hacer las cosas de la manera correcta para estar bien con nosotros mismos.

—Demonios. De verdad que eres un maldito cobarde. —me empujó con ira, como si estuviera tan enojada como carente de ropa y se puso de pie junto a la cama, con ambas manos en la cadera—. No puedo creer que vine para acá, actué como prostituta y te llevé tan lejos, solo para que me niegues esto.

—Tú me pediste que me detuviera ¿Qué te sucede?

—No me sucede nada, idiota. Estoy decepcionada. —suspiró mirando al techo y se sentó en el borde de la cama—. Me gustas.

—Lo sé, si no, no estuvieras aquí. —y le sonreí.

—No, idiota, en serio me gustas, no quiero arruinar el momento. —quise consolarla y volver a avivar la llama de la acción, me sentí culpable.

—Yo no quiero forzarlo, es todo. —dije, muy seguro de mí.

—Quizá. —hubo un silencio abrumador, un momento frío y estático, ella no se movió durante un rato, yo tragué fuerte y pensé en salir de la habitación—. Pero no me voy a ir sin que pase.

Se tiró sobre mí, sentí que había activado un interruptor dentro de ella, nuevamente volvió a su versión más dominante.

Con sus rodillas tocando mis costillas y sus labios contra los míos supe que sin importar a donde quisiera correr, incluso dentro de mi mente, ella se encargaría de llevarme devuelta a ese singular momento.

Tomó mis manos con las suyas y me mantuvo inmóvil con su peso mientras me acariciaba con sus labios, su lengua trazaba líneas en mi cuello y su respiración masajeaba mi piel, poco a poco haciendo que su agarre se hiciera menos fuerte. Movió su pelvis sobre mí, incitando a que sucediera lo que se había planeado. Luego de unos minutos de caricias y toques, de sentir su aliento tan cerca que podría haberlo tocado, quiso iniciar.

—Debes hacerlo lento. —le advertí—. O te va a doler.

—¿Desde cuándo eres tan inteligente? —dijo con sarcasmo, me sonrió de manera pícara y sujetó aquel instrumento de destrucción con su mano derecha, sin cambiar de posición.

—Hazlo lento, no quiero que te hagas daño. —enfaticé.

—¿Podrías callarte? —dejó caer su peso, sin dejar de sujetarlo.

En mi rostro estaba la expresión de aquel que sabe que viene algo grande y no sabe como reaccionar, como el momento previo a una bofetada anunciada, y ella, mordía su labio inferior a ojos cerrados.

Tuvo mucho cuidado de no ponerlo en el lugar equivocado, que en otros casos sería el lugar correcto. Y una vez estuvo tocando ambas curvas, a punto de llegar a la entrada o salida, suspiró, para presionarlo aún más, haciendo que al menos un tercio se quedara dentro, mientras que aún sujetaba el resto.

De su boca salió un gemido. Se detuvo y me miró, esta vez con los ojos abiertos de par en par y la boca entreabierta, yo no supe como reaccionar, me preocupé pensando que la estaba hiriendo, pero ese pensamiento cambió rápidamente cuando ella me sonrió.

Tomó el frasco de lubricante y vertió una buena cantidad, luego se decidió a continuar. Se levantó y se dejó caer lentamente a un ritmo constante. Sentí como su molestia y dolor desaparecía lentamente, transformándose en una sensación placentera, pero no del todo.

Sus manos volvieron a mi rostro, y sus labios a los míos, pero por alguna razón, a pesar de moverse, besarme y su respiración agitada, no dejaba de sonreír. Yo me vi contagiado por aquella actitud y su sonrisa se me fue colando en mi rostro. Luego de unos minutos me vi en la confianza suficiente para comenzar a acariciarla.

Toqué sus muslos grandes y suaves, y de hecho, toda su piel me resultaba completamente suave. Toqué su vello recién cortado, sentí su calor, subí mis manos a aquello que chocaba contra mí, y sentí una urgencia por apretar, así que lo hice. Siguiendo el ritmo, mi mano izquierda sujetó aquello que aún llevaba lencería, acariciando y apretando, apretando y acariciando.

Me sentí tan bien que me vi impulsado a buscar otro beso, y luego puse mis manos detrás de su cuello, haciéndome tomar el control.

Entre aquellos movimientos pélvicos comencé a notar pequeñas acumulaciones de sudor en su frente y espalda, me hizo sentir mejor, como si su esfuerzo al estar encima me diera la seguridad de que realmente me deseaba y quería llegar al objetivo. Poco a poco tomé más y más control, ella estuvo de acuerdo, pero significó que la inserción de ese tercio se había convertido en mitad, y con eso, una nueva incomodidad.

Después de todo el tiempo que tardamos en llegar a ese punto, ella buscó mis labios desesperadamente y movió su cuerpo contra el mío con emoción, como intentando llegar al final más seguro y directo, y al estar debajo, no pude hacer nada más que caer ante sus intenciones y fruncir el ceño, apretar sus muslos y flexionar el abdomen. Solté aquella carga como rociador de pasto en una mañana soleada, a presión, pero no infinita, sin embargo, bastante.

Ambos sentimos aquel calor, ella se dejó caer sobre mí, y respiramos un rato, sin hablar, tan solo inhalamos el aire húmedo del ambiente dejando que el agotamiento se disipara y el sudor dejara de salir. Luego de un rato, perdí la noción del tiempo al estar absorto dentro de aquella experiencia. Ella comenzó a reír, y con su rizado pelo tocando mi mejilla, la acompañé un momento, riendo. No sabía por qué la carcajada, pero supuse que tenía que ver con una nueva experiencia aterradora que resultó en algo, al menos para mí, genial.

—Me alegro de que lo disfrutaras, y conociéndote, sé que puedes seguir hasta una tercera vez, pero estoy hecha polvo. —entendí que no había llegado al clímax, pero que aún así estaba satisfecha.

—Para mí fue, claramente, un placer. —una estimación de lo obvio.

—Lo noté, y lo sentí, gracias por eso. —y sonreímos.

Se sentía extrañamente bien, cálido, y no por el contacto físico sino por la honestidad de la situación. Me sorprendió que justo después de pensarlo ella se pusiera nuevamente sobre mí para besarme, sus labios tibios y húmedos sobre mi piel me hicieron sentirme como si flotara sobre un campo de margaritas. Fue distinto, ella no había hecho eso al terminar cada uno de nuestros encuentros sexuales, siendo esa la primera vez que lo hacía voluntariamente y sin empuje.

—Vaya, eso fue inusual ¿Estás bien? —dije, sorprendido.

—Estoy cansada, sudada, apestosa y parezco una idiota. No puedo dejar de sonreír y me duele el trasero, pero al mismo tiempo me siento genial. No sé cómo describirlo. —me miró y levantó las cejas.

—No he pasado por tu situación, pero supongo que ha de ser incómodo.

—Lo fue al principio, pero no fue tan malo una vez me acostumbré. —justo iba a decirle lo que pensaba cuando me respondió como si pudiera leer mi mente—. Y sé que no llegué a tenerlo dentro hasta el final, cállate.

—Efectivamente. —le lamí los labios y la sujeté entre mis brazos—. ¿Qué quieres hacer ahora?

—Iré a ducharme. Que me acompañes o no, es asunto tuyo, y deberías ventilar la habitación. —se bajó de mí, haciendo que aquello que tenía dentro saliera haciendo un sonido viscoso, entonces se puso de pie con dificultad y caminó lentamente hacia el baño—. Huele a sexo.

Sentí una satisfacción enorme en ese momento, y no por haber tenido ese momento de liberación con ella, sino por ella en general. Caminé hacia el baño sin deseos de sentirme culpable al día siguiente, llevando una toalla extra de mi armario, y la vi detrás del cristal de la ducha. Me hizo sentirme calmado, como si deseara olvidar que habría un día siguiente, un amanecer nuevo y una nueva jornada laboral.

Ella quitó el vapor del cristal y miró hacía mí, su silueta detrás del cristal borroso y su rostro mirándome fijamente fueron como una invitación al infierno hecha por el mismo diablo, y yo, un demonio recién salido, decidí aceptarla.

Entré junto a ella y dejamos que las cosas sucedieran.

Besos largos, caricias y sonrisas. Me había sentido siempre como basura por mis acciones a pesar de intentar hacer lo correcto, pero pensé que quizá en la situación en la que me encontraba, era la manera más apropiada de sentirme mejor.

Quizás fue el destino, quizá debíamos ser de tal manera, con un espacio invisible entre nosotros, distancia notable pero jamás mencionada, y un paréntesis en el que nuestros cuerpos se unieran de manera efímera. Me perdí en sus ojos café y entre sus grandes piernas, me enredé en su pelo rizado y salté de peca en peca para llegar finalmente al momento en que su boca me devorara, placenteramente lo acepté sabiendo el final.

Posé mis dedos en sus costados sintiendo los espacios entre sus costillas, sentí la textura de sus pómulos con mi nariz, pude olfatear su aroma natural, sentí sus uñas suavemente pasar por mi espalda, a la par que observé como solía mojarse los labios antes de hablar. Vi como levantaba una ceja e inclinaba la cabeza cada vez que me veía hacer algo que consideraba adorable, pero tonto.

Me detuve a recordar que sus manos eran pequeñas y parecían ser de una persona mucho más joven, sin dejar de ser delicada y femenina. Vi que sus pies estaban igual de cuidados, e igual de bellos. Besé la cicatriz de una vacuna en su hombro, besé cada lunar en su cuerpo.

Sabía que si la volvía a ver ese día, volvería a sentir las cosas de las que traté de huir durante tanto tiempo. Ella sabía que trataba de dejar esos sentimientos en el pasado, por eso me buscó, por eso exprimió cada gota de mí una vez tras otra hasta que me quedé dormido como un bebé entre sus brazos.

Al despertar no la vi junto a mí.

No vi su ropa en el suelo, y con un brazo fuera de la cama, boca abajo suspiré.

No me esperaba menos, pero tenía esperanza de que quisiera afrontar las cosas conmigo, al menos para construir un castillo en un barranco, esperando que no cayera algún día dejándonos sin algo por lo que trabajar.

Me senté en la cama, como preguntando un por qué a cualquier ser superior. Caminé por el pasillo con pasos pesados y casi arrastrando los pies, denotando desolación. Alcé la mirada y miré al comedor, donde sorpresiva y agradablemente me esperaba ella, sentada de piernas cruzadas en una silla y con un tazón de cereal en frente. Con su celular en mano, me sonrió como quien extrañó por una eternidad.

Me dijo: «Buen día, Jay».

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