Cuando desapareció el arte de humedecer la yema.
Recuerdo su dedo de monja torcido cómo un esqueje, lechoso, huesudo, frío, con la uña limada hasta rozar la yema. Lo veo alzarse con velocidad hacia su lengua granulada, que asoma tímidamente la cabeza entre ese par de dátiles maduros. Acaricia con precisión milimétrica (adquirida con el hábito y años en la escuela) varias de sus papilas humedeciendo el dedo exento de saliva y rápidamente, sin ni si...