Hay personas que son refugios cubiertos de abismo: caminan entre sombras y se van desvaneciendo por dentro, como si alguien les hubiera apagado el nombre con los dedos húmedos. Todos tan libres. Solo tú atrapado en ti mismo. Un tipo de noche habitando tu propia oscuridad.

Y uno lo sabe. No porque las haya visto antes. Es otra cosa: un modo de mirar cuando creen que están solas; una risa que se corta y pide perdón; la forma en que pronuncian su nombre en voz baja, como si lo delatara. Cómo sostienen el vaso con las dos manos, aunque no haga frío.

Se pasan la vida buscándose en lugares ruidosos. Fiestas donde todos parecen saber algo que uno no. Conversaciones que se olvidan antes de terminar. Creen que se están perdiendo de algo, así que se mueven, se mueven, se mueven— como si moverse fuera lo mismo que llegar. Como si el ruido pudiera cerrar lo que el silencio abrió.

Las ves derrumbarse en pleno día: mirando agujeros en el techo mientras pasan por alto los primeros rayos del sol. Y aun así algo en ti dice: ahí hay alguien. Y te quedas. Aunque todo diga que corras. Y entonces apareces tú. Uno de ellos. El que me condena.

Contigo mis silencios no estorban. No tengo que ser nada. Existir basta. Eres el final de un viaje que no sabía que estaba haciendo: una vuelta larga para encontrarme en un cuarto donde por fin no me juzgan.

Algo se rompió en ti y no lo contaste.

Tal vez ni tú lo notaste. De a poco empezaste a irte aunque seguías aquí. Tu risa empezó a sonar a disculpa. Empezaste a mirar el borde de las cosas con esa atención peligrosa con la que se mira una altura. A dejar la ventana abierta en invierno.

El mundo te ve y ve un problema.

Yo te veo y veo lo que nadie se molesta en ver. El corazón de un extraño sin hogar. Si tan solo pudieras mirar a través de mis ojos, te tendrías en la misma estima que yo. Amarías cada uno de tus detalles.

No porque te vistas de negro significa que hayas renunciado a los colores. No porque estés callado significa que no tengas nada que decir. No porque elijas estar solo significa que no quieras que alguien pregunte cómo estás—y se quede a escuchar la respuesta.

Sientes tanto que no sabes cómo decirlo. Saltas tan alto como puedes y nadie mira. Gritas tan hondo, pero el mundo pasa por tu lado, evitándote, como si el dolor fuera mala educación.

Estás roto, pero eres fuerte. Duermes mal, pero sigues intentando. Te han herido tantas veces y tu corazón sigue ahí, latiendo como un animal terco que no entiende que debería haberse rendido.

Te consideras pequeño. Crees que cada paso adelante es demasiado. Crees que no eres suficiente.

¿Dónde hay un corazón sin cicatrices?

Por eso bajo contigo.

No por valentía. No porque crea que puedo arreglarte. Sino porque alguien tiene que estar ahí cuando te mires al espejo y no reconozcas lo que ves. Y porque contigo yo también existo.

Si tú caes, algo en mí desciende.
Si tú gritas, algo en mí responde.
Si tú callas, yo escucho.
Y si tú dudas, yo sostengo.

Me estoy gastando, lo sé. Hay noches en que no duermo. Hay días en que miro mis manos y no las reconozco: como si hubieran tocado demasiado frío.

A veces me pregunto si cuando esto termine podré volver a ser quien era. Probablemente no. Nadie vuelve intacto de ciertas profundidades.

Pero luego te miro. Y debajo del cansancio, debajo del miedo, debajo de esa voz que te convence de que nadie te ve, todavía está eso que vi la primera vez. Eso que me hizo quedarme cuando habría sido más fácil irme. Eso que el abismo no ha conseguido borrar del todo.

No puedo soltarte. No sé cómo se hace eso. No sé hacerlo sin traicionarme.

Dicen que todo viaje termina. Que algún día se llega y solo quedan las fotos, los recuerdos, esa nostalgia rara de lo que ya fue.

Pero yo no quiero llegar. Quiero seguir bajando. Contigo. Aunque el descenso sea la única forma de no llamarte «pérdida» antes de tiempo.

No lo entiendo: lo siento.

Y yo siento esto: prefiero perderme buscándote que salvarme en un mundo donde te solté.

El cielo pasa de rojo a algo más oscuro. Las luces de la ciudad se encienden una por una. En el departamento de enfrente alguien cocina. En la calle un perro ladra a nada. El mundo sigue. No le importas.

A mí sí.

Y muy adentro tuyo, donde ya casi no llega nada, todavía queda algo. Algo pequeño. Algo que se niega.

Eso vine a cuidar. Eso no voy a soltar.

Hay personas que parecen abismos: se visten de negro, aunque amen los colores, se callan, aunque sus gritos lo atormenten; saltan y saltan y nadie las ve.

Pero algunos las vemos. Y vamos por ellas.

No para salvarlas. Sino para quedarnos.

Y si al final no se vuelve, que al menos no se caiga solo.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS