Tus manos, brújulas de un deseo arcano, trazaban mi piel con fervor profano. El aire gemía, febril, expectante, mientras tu boca invadía mi instante. Yo, temerosa del vértigo eterno, quise salvarnos del fuego interno; tu aliento, absorto, buscaba mi centro, y yo, sin huir, te cerraba el encuentro. Detuve tus dedos —astros errantes—, y en...
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