La niña llevaba a su hermanito en brazos, lentamente, a través del frío de la Ciudad que una vez se Apagó.
El niño se acurrucaba contra la vieja blusa y la pequeña se esforzaba por cubrirlo del viento.
Hilvanaba una vieja canción, pero las palabras huían de su memoria, expulsadas por un nudo en su pecho.
«No iba así», se decía. «La canción de mamá, la canción que arreglaba todo, no iba así».
Le dolía el estómago y solo podía darle el dedo a su hermano para que lo mordiera.
Arrastraba los pies y los brazos le pesaban. Pero la niña seguía caminando con su tarareo.
Se acercaba la noche y aún no salían de la ciudad mientras pequeños copos de nieve empezaban a arremolinarse. Muy pronto la nevada se hizo tan espesa que le costó caminar.
Buscó dónde resguardarse y encontró un edificio medio derrumbado con solo tres paredes. Entró y se sentó en un rincón, con su hermano en el regazo.
La niña seguía tarareando mientras recordaba haber escuchado sobre una tierra soleada donde las personas todavía cantaban.
Pero ningún canto podía ser más hermoso que la canción de su mamá.
Aún ahora trataba de recordarla para que su hermano también la tuviera. «Si pudiera cantársela, se dormiría tan tranquilo», se decía.
La nieve se acumulaba alrededor y el viento entraba por la pared derruida.
Trató de cubrir a su hermano lo mejor que pudo, pero él se revolvió temblando y rompió en llanto.
La niña acarició la cara del pequeño, se inclinó para que la escuchara y ya no tarareó. Cantó sobre la sonrisa de su madre, el olor de la barba de su padre y su muñeca de trapo.
El niño dejó de llorar como si el hambre callara por un momento y el frío retrocediera apenas.
Ella siguió cantando, pero ya no era solo la canción de su madre; llevaba algo de sí misma, de su hermano y de los días soleados en los que jugaba en el campo.
El niño se durmió y en un lugar lejano alguien recordó una palabra perdida.
Owlorumo asomó la cabeza por el muro caído. Desde lejos, la canción había cruzado el frío y lo había llamado.
La nieve no cesaba, pero el edificio roto guardaba un calor que el invierno no podía apagar.
Se acercó y tocó a la niña con suavidad, pero ella no se movió. Miró al niño entre sus brazos, encendió un pequeño farol y lo colgó en una viga rota, para que la niña no quedara a oscuras.
Entonces sacó un pergamino gastado y recogió los últimos ecos de la canción que aún temblaban entre las tres paredes. Luego tomó con cuidado al niño, protegiéndolo con su manto.
El lecturge salió a la intemperie, miró el farol por última vez y se adentró por la calle vacía de la Ciudad que una vez se Apagó.
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