El pastorcito gritaba “¡Viene el lobo!” y reía. Los campesinos corrían, cansados de falsas alarmas. Hasta que un día, el lobo llegó de verdad. Sus gritos desesperados se perdieron en el aire. Nadie se movió. Nadie miró. El lobo devoró con calma, sin prisa, sin compasión. Solo quedaron sombras. El pastorcito, solo y olvidado, entendió:...
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