¡Cómo ha cambiado todo!
camino por el mismo sitio
pero ya no es el mismo camino…
¡cuántas cosas se ha llevado el tiempo!
solo quedan en los recuerdos.
Y la casa parece vacía…
no sé yo cuanto daría
por escuchar aquella voz
que cuando llegaba me decía:
siéntate a comer «nía»
Allá, al fondo veo el molino
entre árboles escondido,
pero no veo a Pedro, el molinero,
con el saco al hombro
y su batín amarillo.
No escucho el sonido
de aquellos carros del país
que iban cargados de hierba,
de leña, de sacos con piñas,
aquellos carros cantores.
Ya no me huele a betún,
a cuero, a zapatos viejos,
ni escucho aquel tom, tom
del martillo de Meregildo
el zapatero remendón.
Tampoco veo al cartero, mi padre,
llamando puerta por puerta
con su valija de cuero
repartiendo aquellas cartas
que venían del extranjero.
Ahora, en Agosto,
empezarían a sonar
las ruidosas máquinas de mallar:
la de Enrique de Llouguis, o
la de los hermanos del Meirolo.
El paisaje parece dormido
¡cuántas cosas se han perdido!
tampoco veo las vacas
por los prados y caminos,
ellas también se han ido.
Eso que de niña veía,
lo que oía, lo que sentía,
hoy parece dormido,
pero sigue aquí…
porque yo lo he vivido.
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