El pastorcito
gritaba “¡Viene el lobo!” y reía. Los campesinos corrían, cansados de falsas alarmas.
Hasta que un día, el lobo llegó de verdad.
Sus gritos
desesperados se perdieron en el aire. Nadie se movió. Nadie miró.
El lobo devoró
con calma, sin prisa, sin compasión. Solo quedaron sombras.
El pastorcito,
solo y olvidado, entendió: la verdad traicionada se vuelve eco al que nadie
responde.
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