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Abu Sharia,
Al-Hasayna,
llego excavando a mano
hasta tus muertos
Hasta los cuerpos, los cuerpos, ¡los cuerpos!
Muerto el hermano, el niño, el padre, el abuelo,
Muerta la hermana, la niña, la madre, la abuela,
muertos, muertos, ¡muertos!
Bajo las piedras súbitas llenas de palabrotas,
todavía las bombas caen en lluvia roja
y en el nombre del fuego no hay donde huir
a ningún lado
a ningún lado.
Madre y padre innumerables
llenos de hambre y amor
consuelan besándonos los huesos.
Tocan sus lenguas sin rencor
nuestras astillas blancas sin saber en dónde
quedará Palestina en cuerpo y alma.
Aquí morimos uno al lado del otro.
Bajo los escombros morimos
tomados de las manos.
Dame tu mano, niño.
Dame tu mano, niña.
Dame tu mano, abuelo.
Dame tu mano, abuela.
Dame tu mano, hermano.
Dame tu mano, hermana.
No podemos mirarnos a los ojos,
el polvo ha cerrado nuestros ojos
para no ver en el gesto el sufrimiento.
No puedo verte, niño.
No puedo verte, niña.
No puedo verte, abuelo.
No puedo verte, abuela.
No puedo verte, hermano.
No puedo verte, hermana.
¿Dónde estarás padre, que no puedo verte?
¿Dónde estarás madre, que no puedo verte?
¡Y cómo ansío sus consuelos!
¿Qué vamos a decirnos en la muerte?
¿Hablar del genocidio bajo los escombros?
Pesa sobre nuestros pechos,
pesa sobre nuestros vientres.
Aplastan nuestros brazos y nuestras piernas.
No podemos juntar las manos en plegaria.
Amortajados del martirio, oímos
las risotadas de nuestros verdugos.
Ríen en sus estrellas de seis puntas
mientras beben la leche negra del alba,
la beben de mañana, de tarde, de noche,
la beben y la beben. Emponzoñan
la tierra, el agua, los olivos. Ríen.
Los oímos por la última cavidad de vida que nos queda.
El mundo observa la matanza sin vergüenza.
El genocidio encarnizante llama a silencio.
Suena un tambor de guerra a una corta distancia.
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