Sebastián lleva años sin salir de su casa más que para lo absolutamente necesario, se la pasa encerrado en un cuarto de su desvencijada casa que salta a la vista que la última vez que recibió mantenimiento, Sebastián era todavía un joven. Los muros han perdido su color y la humedad los ha ido devorando no tan lentamente como se esperaría. La mayoría de las tejas se han desprendido de su lugar y han dado paso a huecos enormes que apenas si logran resistir las inclemencias del tiempo. La puerta cuelga de sus goznes haciendo que ya no pueda cerrarse por completo y dificultando el poder moverla, y la ventana desapareció hace tanto que nadie se acuerda de qué fue lo que pasó.
Sebastián se apartó de la sociedad desde que murió su esposa y solo ha encontrado refugio en la colección de relojes que se le quedaron de su antiguo trabajo, relojes que en realidad ya ha reparado, armado y desarmado, ajustado y desajustado cualquier cantidad de veces.
La muerte de su esposa solo fue el inicio de la vida tormentosa que lleva Sebastián. Tiempo después de esa tragedia, su hija, pensando en que el ambiente que rodeaba esa casa no era lo mejor para criar a una niña, abandonó a Sebastián, dejándolo a su suerte y así completando la soledad que ahora lo rodea… sin esposa, sin hija y sin nieta.
A Sebastián siempre le interesaron los relojes, ese fue su trabajo y su segundo amor, después de su esposa. Con su hija nunca se sintió tan cercano. Ni siquiera cuando nació su nieta pudo acercarse a ellas, desde siempre había sido una persona que prefería la soledad, su esposa fue la única que logró que se abriera con otro ser humano.
Un día sí y otro también, Sebastián juega con sus relojes, su intención, aunque no lo quiera aceptar ni para sí mismo, es encontrar la forma de poder regresar el tiempo para poder pasar, aunque sea un minuto más. Atrasa las manecillas de todos los relojes hasta llegar al día de la muerte de su esposa, esperando que, por el deseo tan fuerte que tiene de regresar a ese día, se produzca algún tipo de magia que le conceda su último y podría decirse, el único capricho que ha tenido en su vida.
Y sin darse cuenta uno de esos días de jugar con ese ritual tan doloroso, el aire del cuarto enmohecido se hizo denso y un silencio absoluto reinó en el lugar. Sebastián sintiendo el ambiente enrarecido se incorpora e inspecciona el cuarto y se dio cuenta que una de las manchas de humedad que cubrían la pared más cercana comenzó a secarse, y el yeso se restauró hasta adquirir su color rosa original, como el día en que Sebastián y su esposa habían pintado la casa.
Sebastián, quedando maravillado siguió buscando a ver si algo más había cambiado; los hoyos del techo se habían reparado, el hueco de la ventana ahora estaba cubierto. La casa había recuperado su color y esplendor que había tenido en los primeros años de habitada por aquel matrimonio, y, finalmente cuando llegó a la recamara principal, tendida en la cama, su esposa, joven, con la piel tersa y el cabello oscuro esparcido sobre la almohada. Sebastián se arrodilló junto al lecho, sintiendo el aire cálido y perfumado de aquel día. Extendió una mano temblorosa y tocó su mejilla, pero ella no se movió.
Él la llamó, con la voz rota. La sacudió suavemente y ahí fue cuando se dio cuenta que la mujer tenía los ojos abiertos, en ella reinaba una respiración tranquila, como la de alguien durmiendo, pero esos ojos abiertos proyectaban una negrura tan profunda que no era un sueño, sino un vacío.
Ella era una réplica perfecta de su juventud, un cuerpo inmaculado, pero completamente deshabitado. Sebastián había logrado regresar al pasado, sí, pero el tiempo le había concedido solo la cáscara de su amor, reteniendo celosamente aquello que lo hacía amar: el alma, el espíritu, la risa que nunca volvería a sonar en el silencioso cuarto. Había regresado por un minuto más con ella, pero solo encontró un recuerdo sin voz, tan inalcanzable como cuando estaba muerta.
Sebastián se desplomó sobre la cama restaurada, y en el silencio pulcro de la habitación comprendió la crueldad de su capricho; la imposibilidad de regresar al pasado no era física, sino una ley fundamental de la vida. Él había roto el tiempo, pero la muerte se había llevado la esencia, dejando al relojero solo con una estatua de carne, condenado a la soledad eterna en el único lugar donde ya no quedaba nada por recuperar.
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