Buenos amigos

Buenos amigos

Cata Lina

26/07/2026

Alejandro y Santiago trabajaban juntos desde hacía veinte años. El trabajo en la administración del sanatorio era aburrido. Ninguno pensó que terminarían en un trabajo así. Aunque también era bueno compartir con los compañeros y con algunas compañeras que se veían más que buenas.

Alejandro esperaba triunfar en la música: cantar. A sus cuarenta años la ilusión seguía en él. Ese era su sueño, pero no su talento. En el fondo lo sabía, pero seguía soñando. ¡Cómo se puede vivir sin ilusiones! Además, su mamá siempre le decía que cantaba muy bien. Él siempre pensó: “¡La vieja sabe!”.

Santiago creyó que sería médico como su hermano. Él lo hizo bien, se recibió y se especializó en dermatología. Después de un tiempo en el hospital de quemados, comenzó a dedicarse a la dermatología estética. Buen dinero, no todo era vocación. Eso quería: dinero, profesión y sobre todo la admiración de sus padres. Ellos no disimulaban su preferencia y orgullo por su hijo doctor.

No pudo ni con el inicio de la carrera. Lo más cercano a la medicina fue entrar al sanatorio. Su hermano, doce años mayor, tenía contactos y lo recomendó. Entró con dieciocho años recién cumplidos.

Martín era el mejor amigo de Alejandro desde hacía mucho tiempo. Era tres años mayor que él, se conocieron en el club del barrio. Martín lo defendió en una pelea en la cancha, un penal, una mano… lo de costumbre. Siempre pasaba algo, cualquier excusa era buena para que se armara la bronca. Jugaban al fútbol todos los sábados. Al principio con los pibes, después con los veteranos.

Eran un grupo grande, la mayoría ya se habían casado y otros estaban de novios o tenían sus cosas por ahí. Las salidas se achicaban. Era difícil coincidir.

Después del divorcio de Martín se unieron mucho más. Era de los pocos que tenía tiempo para una cerveza después del partido o para organizar un asadito. La separación lo golpeó fuerte al principio. Lo sorprendió, no lo vio venir: su mujer le era infiel y se enteró por la buena voluntad de una vecina. Le dijo que la había visto varias veces con un hombre, que su actitud no era fraternal ni amistosa. Al principio no le creyó. Pensó que era la mala onda de una vieja chismosa que no tenía nada que hacer. Pero también era cierto que era una de sus vecinas más antiguas. Lo conocía desde chico, era amiga de su madre, vivían en el mismo edificio. ¿Mentiría así esa mujer?

Decidió seguirla, le pidió a Alejandro que lo acompañara. Era el único en quien confiaba. La vieron donde había dicho la vecina: un hotel cerca de su casa. Ni siquiera tuvo la astucia o el respeto de hacerlo lejos, donde no fuera descubierta.

La confrontó cuando llegó al departamento que después habitaría solo él. No lo negó. Al contrario, lo aceptó y le dijo que quería el divorcio. Con el tiempo creyó entender que quería terminar y lo que hizo fue hacerse descubrir para que él tomara la decisión. Era posible. No lo sabría nunca. No tuvieron hijos así que nada los unía, no se vieron nunca más.

Pasaron algunos años, ya estaba más tranquilo. Lo aceptó. Hasta se sentía bien estando solo. Con tiempo para sus amigos del club, para Alejandro, para sus pinturas. Era profesor de arte en una escuela secundaria y esperaba, soñaba, poder vivir de sus obras algún día. La docencia era su supervivencia, la pintura su vocación.

Alejandro dividía su tiempo libre entre su familia, su trabajo y sus amigos. Sentía su vida plena. No le pesaba no tener una pareja estable, no se imaginaba casado, con hijos. Con sus sobrinos estaba más que satisfecho. Eran los hijos de su hermana. Era el padrino de su sobrino mayor: un varón de doce años que era su perdición. Su mamá estaba mayor, no tanto, él la veía bien. Grande, pero bien. Le costaba aceptar que no era una cuestión de años, el problema era su corazón. Empezó a traerle problemas hacía mucho. Él la cuidaba. Vivían juntos y solos. Su hermana tenía su propia casa, estaba presente pero no todo el tiempo como él. Su papá se había ido cuando era muy chiquito y nunca más apareció.

No había nada en la heladera que pudiera hacerle mal a su mamá. Para eso tenía sus salidas, para comer lo que quería y compartir con sus amigos. Desde hacía años solo fumaba afuera de su casa, no quería que el humo le hiciera mal a ella. Su mamá era más que su madre: era su amiga, su compañera y su admiradora número uno.

Martín sabía todo lo que había pasado con ella, Santiago también. El miedo ante cada nueva internación, aceptar a regañadientes que el deterioro avanzaba. No quería verlo, pero igual pasaba. Cada internación venía acompañada de un problema nuevo: caminar más lento, agitarse más rápido, empezar a usar bastón…

Y su bastón era Martín. En él se apoyaba. Lloró tantas veces con él, durante tantos años, cuando sentía que su madre se moría. También con Santiago, pero era diferente. Con Martín era otro vínculo, se conocían desde chicos, casi un hermano.

Alejandro pensó que sería bueno que se conocieran más, le gustaba la idea de encontrarse con los dos a la vez. Compartir salidas, algún viajecito por la costa, ir al fútbol. Le parecía una buena idea. Formar un grupo de tres, con sus amigos más queridos.

Alejandro era amiguero, le gustaba formar grupos, conectar personas. Más de uno de sus amigos se casó con alguna chica que él le presentó. Tenía el don, para los demás, de saber cuándo dos personas podían funcionar juntas. Ninguno de esos amigos se separó, seguían con sus matrimonios.

—Para bien o para mal, me lo deben a mí —decía riendo cuando se encontraba con alguno de ellos.

Insistió mucho con Martín y Santiago. No tenían muchas ganas. Se habían encontrado alguna vez, en algún cumpleaños de Alejandro, pero no tenían interés en tratarse.

—No jodas más, Ale… será tu amigo, pero no me va el tipo… no sé… no me cae —decía Santiago.

—Si vos querés, por mí no hay problema… me da lo mismo. Es por vos —le decía Martín.

Finalmente, después de tanto intentar, lo logró. Se reunieron a almorzar. Un sábado que no tenían partido. Buscaron un lugar que estuviera a igual distancia de los tres, se encontraron y todo fue… magia. Amigos desde siempre. Eso parecían.

Tanto le había hablado a cada uno de ellos del otro, que los muchachos parecían conocerse en cuanto se vieron. No parecía el primer encuentro de los tres. El primero de muchos más. Sus mejores amigos eran ahora amigos también. Se alegró por ellos y por él.

Pasaron casi diez años, hacía meses que todo estaba raro. Se veían poco, ya no tenían tiempo. Cualquier propuesta que hacía recibía evasivas, rechazo. A veces se encontraba solo con Martín, pocas veces.

Salió a cenar con unos compañeros del sanatorio y la charla terminó de madrugada. Cuando volvió, su madre dormía.

Entró sigiloso a su cuarto, no quería despertarla, pero necesitaba saber que estaba bien. Después de la última internación, la veía débil, vulnerable.

Se acercó a su cama y escuchó su respiración, suave y armónica. Sonrió tranquilo y se fue a dormir.

Por la mañana se sorprendió de no ver la luz de su cuarto encendida. Ya no se levantaba a hacerle el desayuno como antes, pero lo saludaba antes de que se fuera a trabajar.

Entró a la habitación, prendió las luces y dijo:

—¡Hola dormilona! ¿No me saludás hoy?

No respondió. Se acercó a su cama. “Por favor, no…”, pensó.

Su respiración suave ya no se sentía. No respiraba. Su mamá había muerto. Cayó de rodillas junto a ella. No podía reaccionar.

De repente entendió que debía buscar ayuda, pero no sabía qué hacer. Tanto tiempo temiendo este momento, pensando en qué tendría que hacer si pasaba. Ahora había pasado… y estaba devastado, aturdido.

Salió de su departamento en busca del encargado, le dijo:

—Creo que mi mamá murió…

Lo que siguió fue confuso. Se sentía dentro de una película, una película mala y olvidable. Ambulancia. Su hermana llegando con su esposo. La cochería.

Le avisó a sus amigos. Los dos lo lamentaron mucho, por lo menos, eso dijeron.

Su cuñado se hizo cargo de todo y con su hermana decidieron que lo mejor era no hacer un velatorio. No tenía sentido según ellos gastar tanto dinero.

—¡Mamá merece una despedida digna! ¡Flores, una misa, la bendición de su ataúd! Quiero lo mejor para ella… 

Tenía sus ahorros, todo para ella. Le encargó un ramo de flores hermoso. No quiso una corona. No. Un ramo. Enorme. Como ella se merecía, como a él le gustaba agasajarla.

Buscó refugio en sus amigos. Santiago le dijo que no podía acompañarlo en el funeral, estaba deprimido después de la ruptura de su último intento de galán maduro con una mujer poco madura… cada vez más jóvenes.

—Te entiendo, estás triste. Pero era mi vieja…

—Perdoname… no puedo… —dijo con voz quebrada.

¿Tan mal lo dejó esa chica para reaccionar así? ¿Para no acompañarlo en un momento como ese?

Habló con Martín y le contó. Daba por descontado que él sí lo acompañaría. Eran muchos más años de amistad, conocía a su mamá, lo acompañó en cada momento de dolor y miedo cuando la veía apagarse.

Sorprendido escuchó que Martín le decía que no podía criticar a Santiago. Qué tenía que entenderlo.

—¿Entenderlo?… ¿de qué hablás?… en un mes tiene otra mina, yo no vuelvo a tener a mi vieja.

—Mirá Alejandro, no voy a poder ir. Pero voy a estar pensando en vos y en ella. Te acompaño a la distancia.

Y cortó. ¿A la distancia? Alejandro sintió que no sólo había perdido a su madre. Había perdido a sus amigos, pero no entendía por qué. Todo sonaba extraño. Irreal.

Decidió no hacer nada. No llamarlos, no acercarse a ellos. Esperar que dieran el primer paso. Que le explicaran qué había pasado. Quería saber por qué lo dejaron solo, pero no quería preguntarles.

Santiago dejó la oficina administrativa y pasó a trabajar en admisión de pacientes. Ya ni se veían. Mejor así. Distancia.

Pasó el tiempo, meses, un par de años. Se acostumbró a no tener a sus mejores amigos. Quedaban los compañeros del trabajo y del club. Salía con ellos cada tanto.

Y estaba su sobrino, a punto de cumplir catorce y ya jugando en las inferiores de un club de primera división. Su orgullo, su alegría.

Lo acompañó a un partido fuera de la ciudad, como tantas otras veces. Un lugar que no frecuentaba, un barrio que no era conocido para él. Vieron una parrilla. Parecía un lindo lugar.

—¿Entramos a comer algo, tío?

—Dale, buena idea.

Se sentaron junto a la ventana. Enfrente del local había una casa pequeña, blanca, con puerta y ventana en color negro. Sencilla. Bien cuidada. Se abrió la puerta. Salió Martín. ¿Qué hacía allí?

Alejandro sabía que no se había mudado.

Detrás de Martín, salió Santiago. Cerraron la puerta. Hablaron un momento en la vereda. Se tomaron de las manos. Luego se dieron un tierno beso en los labios y caminaron en direcciones opuestas. Cada uno por su lado. Juntos, pero no de cara al mundo.

Entendió un poco su alejamiento. Su don de unir parejas funcionó una vez más. ¿Por qué no se sinceraron? ¿Por qué pensaron que no los entendería o que los rechazaría? ¿Por qué eligieron el día más triste de su vida para alejarse? No tendría respuestas para estas preguntas. No las buscaría.

Se entristeció, por el recuerdo de su amistad perdida. Se alegró por ellos, si eran felices.

—¿Tío… qué mirás?

—Nada… nada… ¿hamburguesa con papas fritas?

Almorzaron y charlaron. Su sobrino le contó que había una chica del colegio que le gustaba… Compartieron charla y tiempo.

“Tengo una buena vida…” pensó, mientras escuchaba con atención a su sobrino.

© 2026 – Cata Lina
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