En claustro umbrío, de la noche ornado,
mi pecho escucha el sideral concierto;
pues de Yahvé, en su soplo consagrado,
nació este afán de penetrar lo incierto.
No en vano, a imagen suya levantados,
somos reflejos del divino fuego;
y aun los secretos, por los siglos velados,
llaman mi espíritu con mudo ruego.
Atenea, de oliva coronada,
y Hermes, ladrón de arcanos y caminos,
mostraron que la mente iluminada
halla en mil sendas sus celestes signos.
Atlas antiguo, no sólo de la esfera,
mas del saber, titán de grave frente,
sobre sus hombros, con paciencia austera,
sostuvo el peso de la idea ardiente.
No desdeñó Prometeo, condenado,
la lumbre hurtada al cielo refulgente;
que aun del abismo, en sombras sepultado,
brotó una llama para humana mente.
¡Oh Musae nocturnae! Si el grimorio
esconde nombres que el vulgo desconfía,
también del ébano y del purgatorio
extrae el sabio oculta pedrería.
Pues no hay tiniebla que, en su seno frío,
carezca de un fulgor que algo enseñare;
y aun de Hécate, en su pálido atavío,
puede el prudente aquello discernir que amare.
Los atlantes del número y la estrella,
Pitágoras y Orfeo visionario,
trazaron en la música más bella
la cifra del misterio originario.
Y Tales, con su cálamo severo,
e Hipatia, mártir de la inteligencia,
leyeron en el cosmos venidero
la gramática inmensa de la esencia.
No porque oscuro sea, lo prohibido
merece ser por siempre aborrecido;
que el oro, entre carbones escondido,
suele nacer del antro ennegrecido.
Mas sea siempre divinidad quien dé la medida,
fanal supremo del humano anhelo;
que no es soberbia la sed concedida,
sino el espejo de su mismo cielo.
Porque dios alguno sembró, con mano soberana,
en barro y luz, la inquietud infinita;
y así la mente, peregrina y humana,
persigue la verdad descrita.
Anhelo conocer cuanto hay hecho,
los mares, los vacíos, las edades;
y abrir, con reverencia en el pecho,
los sellos de las altas potestades.
Si al fin descifro alguna estrella ignota,
o escucho el eco de una ley secreta,
diré que fue el diseño cerebral de la deidad
quien me dota de esta hambre sacra,
oscura y siempre inquieta.
Pues quiso hasta Bafomet, artífice de lo profundo,
que amásemos el libro del universo;
y en cada sombra, en cada arcano mundo,
hallásemos bello, en oculto, en el verso.
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