La lluvia de mayo en Fort Wayne siempre traía consigo el olor a metal húmedo de las viejas zonas industriales y el aroma dulzón, casi mareante, que se escapaba de las destilerías de mi familia. Para la mayoría de los habitantes de la ciudad, los Wilkins y los Daugherty incluidos, mi apellido —los Cordell— significaba estatus, vallas publicitarias gigantescas a los lados de la autopista y botellas de bourbon premium en los estantes más altos de los bares. Para mí, sin embargo, sólo significaba el zumbido constante de los camiones de reparto y una casa demasiado grande en los suburbios del norte, donde el silencio se medía en metros cuadrados.
Esa mañana, el Jaguar negro de mi padre, el cual yo conducía con una mezcla de culpa y apatía, se detuvo frente a la acera de una pequeña casa de dos plantas en el vecindario.
La puerta principal se abrió de golpe y Angeline Wilkins salió corriendo bajo el aguacero, protegiéndose la cabeza con una mochila gastada. Detrás de ella, a través de la ventana de la cocina, se alcanzaba a ver el caos habitual de su hogar: su madre sirviendo cereal a toda prisa y sus dos hermanos menores peleando por el control remoto de la televisión.
Angeline se subió al asiento del copiloto, exhalando un suspiro que empañó instantáneamente el cristal. Olía a jabón barato, a café recalentado y a esa energía eléctrica y caótica que me fascinaba y me aterraba a partes iguales.
—Si vuelvo a escuchar a mis hermanos gritar antes de las ocho de la mañana, juro que me mudo a vivir a la biblioteca pública —dijo ella, acomodándose el cabello castaño y húmedo mientras me dedicaba una sonrisa cansada, pero genuina.
—Siempre puedes mudarte a la destilería. Hay espacio de sobra entre los barriles de roble —respondí, esbozando una media sonrisa mientras ponía el auto en marcha.
—Tentador, pero tu padre me pondría a pagar renta con trabajo forzado.
Me había pedido que la pasara a buscar porque su novio tuvo que dejar su carro en el taller, yo cedí como de costumbre. Ese era nuestro ritmo. Una complicidad construida a base de viajes diarios a la preparatoria Northrop High, de tareas compartidas y de silencios cómodos. Miré de reojo el perfil de Angeline mientras cruzábamos el puente sobre el río St. Marys. Ella tenía la mirada fija en su teléfono, sus dedos moviéndose con rapidez sobre la pantalla. La luz del dispositivo iluminaba la ligera línea de frustración en su entrecejo.
No necesitaba preguntar para saber con quién hablaba. Solo había una persona capaz de borrarle la sonrisa en menos de dos segundos.
—¿Alan? —pregunté, manteniendo la vista en el camino, aunque mis manos se tensaron un poco más sobre el volante de cuero.
Angeline soltó un suspiro pesado, dejando caer el teléfono en su regazo.
—Tuvimos otra pelea anoche. Dice que no paso suficiente tiempo con él, pero cuando estamos juntos, solo habla de los entrenamientos o se queda callado. Luego me acusa de ser la que está distante. No lo entiendo, Edgar. De verdad que no.
«Déjalo», pensé. Las palabras quemaban en mi garganta, como el alcohol puro que su familia vendía al mundo pero que yo evitaba probar. «Déjalo y date cuenta de que hay alguien que no necesita competir por tu atención».
Pero, como siempre, me tragué el orgullo y el dolor. Yo era el mejor amigo. El chico rico del auto seguro que siempre estaba ahí para recoger los pedazos.
—Alan es un idiota, Angie. Ya te lo he dicho —dije en su lugar, con una voz más suave de lo que pretendía—. No deberías dejar que te consuma la energía de esa manera.
—Es complicado —murmuró ella, mirando el paisaje gris a través de la ventanilla—. Llevamos mucho tiempo juntos. Él… él tiene presiones en casa. Su padre es duro con él.
Siempre había una excusa para Alan Daugherty. Siempre había un trasfondo trágico que Angeline se sentía obligada a reparar.
Minutos después, el auto entró en el estacionamiento de Northrop High. El edificio de ladrillo rojo de la preparatoria se alzaba como una fortaleza bajo el cielo plomizo de Indiana. Cientos de estudiantes caminaban a toda prisa entre los charcos, divididos en las micro-sociedades habituales de la adolescencia.
Al apagar el motor, la burbuja de aislamiento que compartimos en el auto se rompió. A pocos metros de la entrada principal, apoyado contra la pared de la cafetería y rodeado por un par de miembros del equipo de fútbol americano, estaba Alan. Llevaba su chaqueta típica del equipo, el cabello rubio ligeramente despeinado por el viento y esa postura de superioridad que me revolvía el estómago.
Alan vio mi auto y sus ojos se entrecerraron. No hizo ningún gesto de saludo, simplemente fijó la mirada en Angeline.
—Gracias por el viaje, Ed —dijo Angeline, abriendo la puerta. Su tono había cambiado; la calidez de hace unos minutos se había transformado en una tensión defensiva.
—Cuando quieras, Angie.
Me quedé unos momentos dentro del auto, observando a través del parabrisas cómo Angeline caminaba hacia Alan. Vi el instante exacto en que Alan le reclamaba algo con un gesto brusco de la mano, y cómo ella bajaba la cabeza antes de que él le pasara un brazo por los hombros, un gesto que parecía más de posesión que de afecto.
Me guardé las llaves en el bolsillo de mi abrigo de diseñador, sintiendo el peso muerto de mi propio dinero y de mi propia cobardía. Ajusté la mochila en mis hombros, abrí la puerta y me adentré en la lluvia, listo para pasar otro día siendo el espectador de la historia que moría por protagonizar.
El olor a cera para pisos y desinfectante de pino siempre me golpeaba al cruzar las puertas dobles de Northrop High. Era un contraste violento con el aire húmedo y cargado de lluvia del exterior. Las luces fluorescentes del pasillo principal zumbaban con un tono monótono, iluminando la marea de chaquetas deportivas, mochilas pesadas y caras todavía adormecidas por el inicio de la semana.
Caminaba entre la multitud con paso constante, manteniendo una distancia prudente. Sabía lo que la gente veía cuando me miraba: el abrigo de lana gris oscuro que costaba más que el alquiler mensual de la mayoría de sus compañeros, el cabello perfectamente peinado hacia atrás, la postura de quien no necesita esforzarse para encajar porque, de todos modos, posee la mitad de los bienes raíces comerciales de Fort Wayne. Sin embargo, por dentro, me sentía como un intruso con un disfraz demasiado caro.
Mi primera clase fue Cálculo Avanzado. Me senté en la última fila, cerca de la ventana empañada por la tormenta que ahora azotaba con fuerza los campos de fútbol exteriores. El profesor Miller garabateaba ecuaciones en el pizarrón blanco con un chirrido irritante. Yo ni siquiera abrí el cuaderno. Mi mente estaba tres pasillos más allá, en la clase de Historia del Arte, donde sabía que Angeline estaría dibujando garabatos en los márgenes de sus apuntes mientras intentaba ignorar el dolor de cabeza que le causaba su mañana.
Conocía cada uno de sus gestos. Sabía que, cuando estaba estresada, Angeline se mordía el labio inferior y se acomodaba un mechón de cabello detrás de la oreja izquierda una y otra vez. Sabía que se refugiaba en la risa cuando no quería responder a una pregunta difícil. Y sabía, con una certeza que le dolía en el pecho, que en ese preciso momento probablemente estaba esperando un mensaje de disculpa de Alan que nunca llegaría a tiempo, o que, si llegaba, vendría con condiciones.
La mañana transcurrió como un desfile de horas muertas. Literatura Inglesa, Física, Economía. Para mí, la escuela era un trámite que mi padre consideraba «necesario para mantener los pies en la tierra antes de Yale», aunque ambos sabíamos que la verdadera educación consistiría en aprender a leer balances financieros y a estrechar manos de políticos locales en cenas benéficas.
La cafetería a las doce y media era el epicentro del caos. El eco de cientos de conversaciones se mezclaba con el tintineo de las bandejas de plástico gris y el olor a pizza recalentada.
No solía comer la comida de la escuela, pero ese día no había tenido tiempo de preparar nada. Con una botella de agua y una manzana verde en la mano, recorrí el comedor con la mirada hasta que mis ojos encontraron el cabello castaño de Angeline. Estaba sentada en una de las mesas largas cerca de las ventanas, junto a Alan y tres de sus amigos del equipo de fútbol.
Angeline levantó la vista, como si tuviera un radar para localizarme, y me hizo una seña rápida con la mano, invitándome a acercarme. Dudé un segundo. Podía ir a la biblioteca, o sentarme con los chicos de debate que siempre intentaban reclutarme. Pero la gravedad que ejercía Angeline era demasiado fuerte. Me acerqué a la mesa.
—Miren quién decidió bajar de su torre de marfil —dijo Alan en cuanto me detuve frente a la mesa.
El tono de Alan no era abiertamente hostil, pero llevaba esa condescendencia pasivo-agresiva que manejaba tan bien. Apoyó el brazo sobre el respaldo de la silla de Angeline, un gesto que interpreté de inmediato como una marcación de territorio.
—Hola, Alan. Veo que sigues esforzándote al máximo por ser el alma de la fiesta —respondí de manera calmada, deslizándome en el asiento vacío frente a Angeline.
Angeline miró a ambos, tensando los hombros.
—Edgar me trajo hoy a la escuela, Alan. —intervino ella rápidamente, tratando de disipar la tensión antes de que se acumulara—. Se lo agradecí mucho.
Alan soltó una risa seca, jugando con un tenedor de plástico.
—Sí, claro. El chofer oficial de Fort Wayne. Es un buen servicio que ofreces, Cordell. ¿También das paseos gratis los fines de semana o solo cuando mi novia necesita un rescate?
—Solo cuando el novio oficial no está disponible para hacer su trabajo —replicó Edgar, sosteniendo la mirada azul y fría de Alan.
La mesa se quedó en silencio por un instante. Uno de los amigos de Alan dejó de masticar su sándwich, presintiendo el conflicto. Angeline me miró con una mezcla de advertencia y súplica en los ojos. “No lo hagas”, me decían.
—Alan, basta —dijo Angeline, su voz firme pero con un hilo de cansancio—. No empieces.
—¿Qué? Solo estoy bromeando con el heredero del imperio del alcohol —Alan se encogió de hombros, pero sus ojos delataban una molestia real. Se inclinó hacia delante, invadiendo mi espacio—. Por cierto, Cordell, mi papá dice que tu familia está planeando comprar el terreno del viejo muelle. Dice que van a poner otra de sus bodegas feas de almacenamiento. Qué lástima, a la gente de ese barrio le gustaba ese parque. Pero supongo que el dinero manda, ¿no?
Sonreí, una sonrisa fría y ensayada que había aprendido de mi padre en las reuniones de negocios.
—El progreso requiere espacio, Alan. Y si tu papá está tan preocupado por el parque, tal vez debería haber hecho una oferta mejor. Aunque, por lo que sé de sus finanzas, dudo que pudiera pagar siquiera los impuestos de la propiedad.
Alan se tensó, sus nudillos apretándose alrededor del tenedor de plástico hasta que este se dobló.
—¿Qué dijiste?
—Chicos, ya basta. En serio —Angeline golpeó suavemente la mesa con la palma de la mano, visiblemente frustrada. Miró a Alan con seriedad—. Si vas a seguir con esa actitud, me voy a la biblioteca.
Alan la miró de reojo, midiendo su nivel de enojo. Sabía que si Angeline se iba, él perdería el control de la situación. Soltó un suspiro dramático, levantó las manos en señal de rendición y se puso de pie.
—Como digas, nena. Voy por otra bebida. ¿Quieres algo? —su tono había vuelto a ser extrañamente suave, casi cariñoso, una de esas transiciones rápidas que siempre me parecían manipuladoras.
—No, gracias. Estoy bien —respondió ella, sin mirarlo.
Alan me dio una palmadita en el hombro al pasar a mi lado, con demasiada fuerza para ser un gesto amistoso.
—Nos vemos luego, Cordell. Intenta no aburrir a mi chica con tus millones.
Cuando Alan se alejó hacia las filas de la cafetería, el silencio entre Angeline y yo se volvió denso, casi físico. Tomé la manzana, dándole vueltas entre los dedos, esperando a que ella hablara primero. Sabía que estaba en problemas.
—¿Tenías que hacer eso? —preguntó Angeline en un susurro, cruzándose de brazos—. Lo de su papá estuvo de más, Edgar. Sabes que Alan está sensible con el tema del dinero y los problemas de su familia.
—Él empezó, Angie. No voy a sentarme aquí a dejar que me use de alfombra solo porque tiene un mal día. O un mal año. O una mala vida. —la miré fijamente, buscando sus ojos—. ¿Por qué lo defiendes tanto?
—No lo defiendo —dijo ella, desviando la mirada hacia la ventana, donde las gotas de lluvia se deslizaban como lágrimas sobre el vidrio—. Solo… intento que las cosas no escalen. Estoy cansada de pelear, Edgar. Peleo con él en su auto, peleo con mi mamá en la cocina por los gastos de la casa, peleo con mis hermanos por cualquier estupidez. Contigo se supone que es diferente. Se supone que eres mi lugar seguro.
Esas últimas palabras me golpearon como un puñetazo invisible. Lugar seguro. Era el cumplido más hermoso y la maldición más grande que podía recibir. Significaba que ella confiaba en mí plenamente, pero también significaba que estaba atrapado de por vida en la «zona de amigos».
—Lo soy —dije, bajando la voz, permitiendo que la frialdad de mi fachada se derritiera un poco—. Soy tu lugar seguro, Angie. Pero me cuesta mucho verte justificar la forma en que te trata.
Angeline se inclinó un poco más hacia la mesa, acortando la distancia. Sus ojos se suavizaron, y por un segundo, ví en ellos esa vulnerabilidad que solo compartía conmigo.
—Sé que te preocupas por mí —murmuró ella, extendiendo la mano sobre la mesa. Sus dedos rozaron la manga de mi abrigo, apenas un toque sutil, pero suficiente para hacer que mi corazón diera un vuelco—. Pero Alan… él no es una mala persona. Está asustado. Su papá quiere que consiga una beca deportiva sí o sí, y si no lo hace, no sabe qué pasará con su futuro. Solo está bajo mucha presión.
—Todos tenemos presión, Angie —no retiré el brazo; al contrario, giré levemente la mano para que mis dedos casi tocaran los de ella—. La diferencia es cómo decidimos tratar a las personas que nos quieren cuando estamos bajo esa presión.
Angeline guardó silencio. Su mirada bajó hacia el punto donde nuestras manos casi se tocaban. Había una electricidad sutil en el aire, una tensión que iba mucho más allá de una simple amistad. Ella abrió la boca para decir algo, tal vez para admitir que él tenía razón, o tal vez para poner otra barrera defensiva, pero en ese momento la silla al lado de Angeline se movió bruscamente.
Alan había regresado, dejando caer una lata de refresco de cereza sobre la mesa.
—¿De qué hablan? —preguntó, mirando sospechosamente el espacio estrecho entre las manos de ambos.
Angeline retiró la mano rápidamente, llevándola a su cabello en ese gesto familiar de nerviosismo que conocía tan bien.
—De nada. Edgar me estaba ayudando a pensar en un tema para el ensayo de Literatura —mintió ella, con una naturalidad que me dolió un poco.
—Ah, claro. El cerebro Cordell al rescate otra vez —dijo Alan, sentándose y rodeando de nuevo los hombros de Angeline con su brazo, esta vez apretándola un poco más contra su costado—. Bueno, ya sonó el timbre de pre-alerta. Vámonos, Angie. Tenemos clase en el segundo piso.
Angeline se puso de pie, recogiendo su mochila. Antes de darse la vuelta, me miró una última vez. Fue una mirada rápida, cargada de silencios no resueltos, una mezcla de disculpa y una promesa silenciosa de que hablarían más tarde.
—Gracias por el almuerzo, Ed —dijo ella con una media sonrisa.
—De nada, Angie. Nos vemos en la salida —respondí, permaneciendo sentado mientras observaba cómo la pareja se alejaba por el pasillo del comedor.
Me quedé solo en la mesa, mirando la manzana verde intacta. La tensión en mis hombros comenzó a disiparse, dejando en su lugar un frío vacío. Sabía que este juego no duraría para siempre; tarde o primero, la cuerda tendría que romperse. Y solo esperaba estar ahí para atrapar a Angeline cuando cayera.
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