Es una tarde lúgubre de invierno, ideal para un cuento de terror, con un cielo abovedado, lleno de nubes que de en un momento a otro soltarán un caudal de lluvia estrepitosa. El paisaje, con un color como una hoja de lata vieja, pintaba los cielos. Además, estruendosos estallidos de los relámpagos que en ocasiones solo se lograban escuchar por lo tupido de las nubes…

A la altura donde caminamos los mortales, una pesada niebla que da una sensación de humedad desconcertante a todos, en medio de todo esto, un caminante solitario sin rumbo aparente se ve por la avenida, sin prisa ni pausa, desprovisto de un paraguas para enfrentar la situación inminente.

Perdido en sus pensamientos, va deambulando, como una especie de zombi, no se deja alterar por los primeros goterones recios que se dejan escuchar en la calle, simplemente se resguarda en una fachada antigua que ofrece refugio parcial, levantando la mirada busca algún café o restaurante donde pueda comer algo mientras amaina la lluvia, aunque parece ser que esta será constante por lo menos por las próximas 3 horas.

Encuentra un cafetín de mala muerte a una cuadra, llega prácticamente empapado. Sentándose en una mesita al fondo, donde para recuperar el calor perdido; deja un rastro copioso de gotas de agua a su paso, como su hubieran pasado un trapo mojado y sucio en el suelo. Al percatarse de esto, el encargado, lo observa de mala gana, pensando que tendrá que limpiar el piso antes de lo previsto. Llega a la par del singular personaje que parece un perro callejero todo mojado y de mala manera le menciona que para poder quedarse en el lugar deberá ordenar algo. A lo que contesta nuestro personaje sin incomodarse que le traiga un café expreso doble y alguna porción de pastel si tuviera.

La calle se ve como un río que lleva en su corriente los afanes de muchos en ese día, personas corriendo por ambos lados de la avenida cubriéndose con periódicos, paraguas; se ven algunos sombreros volar por el viento corriendo detrás de ellos los infortunados dueños.

En la mesa del cafetín, Eduardo, nuestro mojado amigo, observa cómo se eleva lentamente el vapor de su bebida, olfateando su delicioso aroma.

Observa detrás de unos empañados cristales las diferentes escenas en la calle, a través de ellos pueden verse todo como en cámara lenta, como chocan las gotas de lluvia con las paredes y ventanas de los edificios, como los vehículos salpican a los transeúntes sin ninguna empatía y, como todos tienen por primera respuesta el enojarse y diciéndose palabrotas los unos a los otros.

Él, resguardado de momento en ese rincón medio sucio, pero que le ofrecía calor y una bebida caliente para el cuerpo, estaba simplemente ajeno a todo, como si no fuera parte de la obra de teatro, a la que todos llamamos vida.

Al terminar su expreso doble y dejando más de la mitad de alguna especie de pan duro con merengue que el mesero había llamado pastel. Eduardo se levanta y deja una moneda dorada en la mesa. Sale antes de que el mesero se percate del rincón vacío, este empieza a echar maldiciones pesando que el extraño y mojado cliente se había escapado sin pagar. Resignado a su suerte, llega a la mesa a limpiar cuando nota la moneda, le clava los ojos fijamente y está perplejo, le hinca el diente por reflejo, aunque no sepa para qué. Luego simplemente la deja caer en un cajón del mostrador, aun maldiciendo por la supuesta perdida que acaba de tener.

Aun lloviendo, nuestro amigo sigue deambulando por la calle, a paso cachazudo, no se inmuta por la lluvia que ahora se ha vuelto más bien en una llovizna fina, como pequeños alfileres de agua. Eduardo es medio calvo y el agua le corre por toda la mollera.

A su paso todas las personas parecieran correr mucho más rápido que él. A dos cuadras del cafetín, Eduardo coge al vuelo un folio de documentos que se le resbaló a un parroquiano que salía corriendo de un local, nuestro amigo los intercepto justo antes que cayeran en un charco de agua y se destruyeran. El agradecido joven le comento que eran unos papeles superimportantes y debía llevarlos con su jefe de inmediato, que de eso dependía de que no le despidieran.

Eduardo le dio el folio y sin que se diera cuenta, llevo su mano a la gabardina del atolondrado chaval, dejándole caer una moneda de las suyas, como la que dejo en el cafetín.

Si hubiéremos querido seguir a nuestro enigmático hombre no habríamos tenido éxito, al dar una vuelta en una callejuela se fue, desvaneciéndose por completo envuelto en la misma bruma como le vimos aparecer horas antes.

A la mañana siguiente el tiempo ha mejorado un poco, el Sol ha logrado salir a alumbrar las calles del poblado que se sienten como témpano de hielo aún, por la noche tan húmeda y fría que le precedió a este nuevo día.

En medio del parque, que aún presenta varios charcos de agua debido a la tormenta de ayer, se observa un césped muy agradecido por las pasadas lluvias y los rayos de sol de esta mañana. Se ven a varios trabajadores municipales limpiando el lugar, recogiendo las hojas que la lluvia arrancó de los árboles cercanos y secando las bancas del parque para poderlas ofrecer a los paseantes y viajeros de este día.

Entre el batallón de trabajadores hay un ancianito curioso, que limpia las bancas con una vieja toalla, luego la exprime lo más fuerte que puede para volverla a pasar y al final un paño seco para dejar perfectamente los asientos, mientras que los demás de la cuadrilla, afanosamente solo hacen las cosas para terminar lo antes posible sus tareas. Cuando está por terminar la última banca del parque, el anciano nota una sombra detrás de él y voltea. Es el encargado de la cuadrilla municipal que le regaña por demorar tanto con su trabajo, atrasando a todos para irse de ese sitio; el viejo objeta diciendo que está haciendo su trabajo lo mejor posible y eso lleva su tiempo, pero el jefe se da la vuelta sin prestarle atención ni respeto y lo amenaza con dejarle sin trabajo.

El anciano baja la mirada, frustrado, en ese instante le tocan nuevamente el hombro y este se voltea otra vez, Es Eduardo, esta vez con un viejo bombín en su cabeza y un traje crema un poco raído y viejo, levanta el sombrero saludando al octogenario colega y le agradece por su trabajo tan bien hecho esa mañana en el parque donde él se dispone a pasar el día tomando el Sol y disfrutando de una buena lectura; luego le entrega en su mano dos monedas a manera de pago de su trabajo, a lo que el anciano no desea recibirlas, pero Eduardo con una mirada hipnótica le convence de tomarlas.

Así pasan los días, el invierno deja paso a la primavera y se ha corrido el rumor en el lugar del excéntrico multimillonario que anda por ahí regalando monedas de oro sólido a quienes él cree las merecen.

Se le ve por momentos fugaces y nadie en realidad le reconoce hasta que hace entrega de la moneda o la desliza sin que el suertudo se percate de ella. Pero cuando alguien le busca no se le encuentra ni debajo de las piedras, hasta los hoteleros se han puesto de acuerdo para comparar las listas de todos sus huéspedes, cosa que debería ser privada por completo, y ni así tienen la menor idea del nombre o paradero del anónimo benefactor.

A todos los que han recibido alguna moneda les ha cambiado la vida, desde aquel tabernero que de tan mala gana le atendió, que con la moneda al escuchar por las calles lo estaba sucediendo, la llevo con un joyero y al venderla por peso ha logrado dejar el cafetín a un su sobrino e irse a las colinas donde hace lo que en realidad le gusta, arar la tierra y cultivar las mejores legumbres de la toda la región. Al anciano que le dio dos monedas en el parque, se ha jubilado y se ha ido con la esposa a un crucero alrededor del mundo, inició una empresa de limpieza y mantenimiento de parques que ha contratado el ayuntamiento y quien era su antiguo jefe, ahora es uno de sus empleados…

Eduardo se ha dado a la fuga por un buen tiempo, tratando que las multitudes desaparezcan en su búsqueda y su memoria se borre por algún juego de futbol, como es la costumbre en aquellos suelos. En uno de sus paseos sin rumbo se ha topado con una niñita que vende fruta en una esquina cerca de la parada del autobús, le mueve a ternura la enclenque figura vestida de harapos sucios y descalza, que de inmediato mete su mano al monedero sacando una de las preciadas piezas de oro que todo mundo comenta, se agacha para verle bien el rostro a la niña y le saluda para tener de respuesta una amplia sonrisa de parte de la dulce, pero raquítica vendedora, esta le promociona sus productos con una frase a modo del vendedor más grande del mundo: “¡Buena y fresca fruta dulce para su vida, señor! ¡Cómprela ya!”…

El viejo benefactor toma el vaso con la fruta y devuelve la sonrisa que la vendedora le ha dado con ella, le paga con dinero normal y además le desliza la moneda dorada a su pequeña mano. Ella la ve y acto seguido voltea a ver a Eduardo diciéndole: “Señor, se le ha caído esto de más, debe tener cuidado.” Entonces Eduardo la voltea a ver con ojos de ternura indicando que la moneda es para ella, para que cambie su vida o por lo menos su vestimenta. La pequeña niña se le queda viendo con extrañeza a la moneda y se rasca la cabeza, en un par de segundos intenta devolverla nuevamente diciendo que ella está bien, que no necesita nada de eso, que ella está muy contenta de vender fruta y así conocer personas tan interesantes con el viejecito de las monedas de oro.

¿Entonces sabes quién soy? Dijo un tanto sorprendido el anciano calvo, si sabes quién soy, debes saber que tengo muchas monedas como esa y yo quiero darte esa a ti. La niña se encogió de hombros y sin decir nada se guardó la moneda en su delantal, esto hizo sentir mejor a Eduardo, pero sentía algo diferente esta vez.

La pequeña niña se volteó de inmediato, el viejo pensó que se iría volando a contarle a todo el mundo sobre la buena suerte que le había tocado con la moneda, pero para su asombro la pequeñita simplemente siguió vendiendo y gritando en la parada de autobuses ofreciendo su fruta a todo el que pasaba.

El anciano, sin entender lo que le ocurría, le pregunto a la chica que, porque no se iba a cambiar su suerte con la moneda de una buena vez, ella con la simpleza que caracteriza a las personas puras de alma, le contesto: “Eso puede esperar, la fruta necesita venderse ahora mismo.”

Eduardo había encontrado quizá lo más extraño con lo que se había topado en todos sus años de andar sin rumbo fijo por el mundo. Una persona que era feliz con la vida que tenía sin importar la pobreza y los trabajos que debía hacer para sobrevivir. Sin decir una palabra, el viejo se alejó dando unos cuantos pasos hacia atrás, como cuando admiras una obra maestra, se comió muy despacio cada trozo de fruta de su vaso y a cada mordida sentía como esa dulzura del fruto le elevaba su energía y ansias por conocer mejor a esa niñata que había logrado sorprenderle.

A partir de esa ocasión, el anciano cada vez más calvo llegaba casi todos los días, en silencio, a esa parada de autobús a observar si estaba la niña. Esta montaba todos los días su venta, unas veces ofrecía fresas y bananos, otras, melón y sandía y cuando no conseguía fruta fresca que despachar, sacaba cacahuates y nueces para su clientela. Ayanti supo que se llamaba, porque así la llamaban algunos de sus más constantes clientes que la saludaban y le dejaban propinas que ella correspondía con una amplia y blanca sonrisa…

Eduardo dejó de visitarla después de un par de días, pero nunca dejo de pensar en ella.

El viejo excéntrico medio loco millonario que regala oro, como le han bautizado las personas, es algo más que eso. En realidad, es un guardián de todos los tesoros del universo, en su monedero están las fortunas ilimitadas del mundo, puede sacar mil monedas de oro en un instante que aun quedara para continuar su labor de ofrecer una mejor vida y prosperidad a más personas por toda la eternidad.

Encargo que le fue dado desde los inicios de los tiempos para equilibrar en ocasiones injustas reglas del mundo, para dar recompensa a aquellos que no tienen quizá la suerte, pero si el empeño de hacer bien las cosas o que simplemente se dieron por vencido demasiado rápido en la vida y tienen potencial. Es una especie de inspiración de los dioses para otorgar aliento, motivación y buena fortuna todos en la tierra, pero con los años las cosas se le han complicado a Eduardo, cada vez es más difícil hacer el trabajo, cada año hay más personas frustradas y tantas personas que ni siquiera intentan hacer las cosas, eso es difícil de cambiar, pero le duele en su corazón a Eduardo, ver que si tan solo muchos pudieran levantar la mirada al cielo y darse cuenta de lo especiales que son, su suerte cambiaria en un instante, sin necesidad de una moneda de oro que le regale el Universo.

Eduardo aparece en muchos sitios, de diferentes formas, se ha ausentado de la ciudad porque debe atender sus oficios en otros lejanos parajes, pero le encanta regresar a este pueblo en específico, no sabemos por qué, quizá le deleitan las calles empedradas, los portales y arcos de tipo colonial o la quietud que ofrece, o quizá porque aquí hay muchos marginados de la suerte que él puede apoyar, al final no sabemos.

Es una tarde calurosa y Eduardo está caminando en la calle, como es habitual en él, pasa por el parque donde se encontró hace ya un tiempo al anciano que le cambio su fortuna con sus monedas, toma agua en una de los bebederos que ofrece la ciudad y se le antoja un poco de fruta fresca, por lo que va a buscar a su vieja conocida, Ayanti.

Llega al sitio que recordaba y no ve el puesto de fruta, piensa que seguramente al final la pequeña cambio su suerte con la moneda de oro que le dio y ahora ya no vende fruta en la calle, debe estar mejor, estudiando alguna carrera o simplemente en su casa.

Se topa con varias personas en la parada de autobús y Eduardo no puede dejar de lado su curiosidad, les pregunta a varios si recuerdan a la pequeña niña vendedora y si saben algo de ella, muchos ignoran al longevo hombrecillo de presencia insignificante que va vestido con una camisa de manta arrugada y un sombrero de palma, como si fuera un caribeño perdido en la ciudad, hasta que uno le contesta un tanto sorprendió y cabizbajo que hace días no ve a la niña y supo que fue atropellada a unas calles de ahí, que debe estar en algún hospital, si no murió. Al terminar su oración esta persona solo se le ve que se tapa la cara como no queriendo que nadie le vea descomponerse por una extraña.

Eduardo se sorprende por la noticia, le agradece al buen y afectado hombre por la información otorgándole una moneda dorada por esta y su buena disposición, el transeúnte al verla da un pequeño brinco del asombro y voltea a un lado y a otro para cerciorarse que nadie lo ve, de inmediato se da cuenta de que Eduardo ya no está para poderle agradecer.

Es ya tarde en la ciudad, la noche ha caído y una figura atormentada se vislumbra avanzar anhelantemente rumbo al último hospital del lugar. Es en realidad una covacha con varias ventanas rotas y agujeros en el techo de teja por donde se inundan algunos cuartos en la temporada de invierno.

Entra Eduardo al recinto de la clínica y se da cuenta de golpe que lo único que conoce de la niña es su nombre, nada más. Se acerca al mostrador donde encuentra la poco amigable cara de una persona que se nota que está ahí en contra de sus deseos, que tiene más de 10 horas de mantener casi la misma posición y parece estar en un estado catatónico o ya está lista para irse directamente a la morgue.

Disculpe usted, dice Eduardo, puede brindarme información si está con ustedes un paciente…

Queda en silencio la habitación por espacio de un minuto más o menos sin que la enfermera recepcionista se digne ni siquiera a voltear a ver a Eduardo. Luego solo pregunta: ¿nombre?…

Eduardo proporciona la insignificante información que posee, que en resumidas cuentas es solo el supuesto nombre de la pequeña y que fue atropellada en la calle hace un par de días… La enfermera lo mira con una cara sin sentimientos, entonces Eduardo saca una moneda dorada de su bolsillo y se la entrega guiñándole el ojo suplicante.

La enfermera, al ver la moneda, no da crédito a sus ojos y se levanta de inmediato, tiene enfrente de ella a la figura de tantos chismes callejeros que al final resultaron siendo ciertos. Se apresura en ofrecerle una taza de café amargo que acostumbran en el hospital para mantenerse alertas y le dice que buscara hasta el fin del mundo a la niña…

En ese instante, podemos notar que a Eduardo se le cae un pequeño mechón de su escasa cabellera cana.

Resulta que, si bien la fuente de monedas de oro es ilimitada porque el Universo es infinito, nada es para siempre. Cada vez que Eduardo otorga una moneda de manera equivocada o a una persona que en realidad no la merece, este pierde cabello, al quedarse totalmente calvo este tendrá que dar su monedero a otro que siga con su labor, él ha estado a cargo de esta misión desde que los Dioses Griegos estaban en el poder, ha hecho felices a muchos, pero también se ha equivocado o como en este caso, ha otorgado una moneda para obtener algo que para él es muy importante.

Pasa más de media hora y Eduardo sostiene la taza de esa oscura bebida fría que no se atrevió a probar, está muy cansado. Pensando que seguramente la enfermera se fue de inmediato sin cumplir su promesa de localizar a Ayanti, dejo el café en el buró de recepción y se sentó, cerrando los ojos de cansancio. Eran quizá las 3 de la mañana…

Amanece y los rayos de luz que se logran colar de la cortina rasgada del nosocomio despiertan al cada vez más viejo Eduardo.

Ve nuevamente a la enfermera de hace unas horas y un poco molesto le reclama que si supo algo de la jovencita que le pregunto la noche anterior…

Ya le tengo la información, dijo, pero como le he visto tan cansado y durmiendo plácidamente que decidí no molestarlo, aunque un par de médicos internos me dijeron que debía internarlo porque la verdad no tiene para nada buena cara. De lo otro que me ha dado, no se preocupe que no le he dicho nada a nadie…

Le extendió un folio de inmediato con una funesta sonrisa como la de una hiena al devorar la carroña de su presa. Extendiendo la mano para intentar capturar otra moneda dorada que quisieran otorgarle. Eduardo tomo el folio y se sacó de la camisa de manta que, aún llevada del día anterior, un par de caramelos, desenvolvió uno para sí y el otro de lo dejo en la palma extendida a la entonces furiosa recepcionista que murmuraba toda clase de improperios por la que ella suponía era una mezquina actitud del raro anciano.

Sale Eduardo y en la puerta de la clínica abre el folio, enterándose de que Ayanti fue trasladada de emergencia a un hospital en una ciudad más grande por la gravedad de sus heridas, presentando múltiples fracturas y comprometiendo algunos de sus órganos vitales.

Eduardo está en shock, parece no a reaccionar y se enoja por un instante con la niña en sus adentros, piensa que, porque no cambio su vida, si para eso le concedió la moneda de oro. ¿Por qué continuó vendiendo frutas en la calle donde se expuso a este terrible accidente? Luego recordó que ella desde un inicio le dijo que era feliz haciendo lo que hacía y no pretendía dejar de hacerlo, porque le gustaba ver a las personas contentas con la fruta que ella vendía.

Estamos en la terminal de autobuses, casi como por arte de magia, Eduardo ahora viste un traje casual de lino a cuadros como de caballero de los años sesenta, con pañuelo de seda en el saco y todo. Sin maletas, se dirige a la taquilla para comprar un boleto, pero le indican que están agotados. Le sugieren que tome un taxi, dado que no es tanta la distancia, aunque le saldrá más caro, eso en realidad no le preocupa a Eduardo.

Ya en la esquina, para un taxi diciéndole a donde va, el conductor le lanza una grosería amenazante y se va. Luego de varios intentos fallidos, para un taxi modelo muy antiguo que en realidad había visto años mejores. Eduardo abre la pesada puerta del vehículo con un poco de dificultad y al sentarse aprecia un mancebo muy bien planchado con una camisa blanca que ya parecía transparente de lo vieja y un corbatín de moño, diciendo: “¿A dónde necesita ir el señor?” …

Eduardo le extiende el folio que le habían dado en el hospital y le indica que si le lleva al lugar lo más pronto posible no se arrepentirá de nada y, por la paga, no deberá preocuparse.

No tenga ningún pendiente, que en un par de horas usted estará en esa clínica, como que me llamo Emiliano, dijo el joven taxista, solo tendremos que pasar a alguna estación de servicio porque la verdad este cacharro está casi seco… Eduardo le indico al muchacho que se detuviera en una estación de servicio, que tuviera restaurante al paso, para desayunar, le invito a unos suculentos huevos fritos con jamón que al ver como se los devoraba, el viejo sabía que quizá era la primera comida decente que tenía Emiliano hace días.

Mientras Eduardo disfrutaba de un plato de avena, le hacía algunas preguntas al mozalbete que la fortuna le había dado por chofer en tan importante viaje, entonces te llamas Emiliano, verdad, dijo el anciano, yo soy Eduardo y aprecio mucho que hayas sido tan amable de querer hacer el viaje que la verdad, muchos de tus colegas no aceptaron.

No se preocupe, dijo el joven piloto casi atragantándose un pan con mermelada, me he aprendido bien lo que mi padre siempre me decía, que “quien quiere comer bien debe saber sudar y de buena cara”. Hombre sabio tu padre Emiliano, concluyo Eduardo a la oración.

Esta odisea que enfrentamos amigo debe ser concluida con rapidez, no sé por qué, siento que muchas cosas y vidas dependen de ello.

Eduardo pagó la comida, esta vez con dinero normal, para no alertar a nadie, dejando una sustancial propina. Se subieron al vehículo ahora ya lleno de combustible y después de unos chirridos extraños, un par de explosiones, lograron arrancar; empiezan a alejarse por la carretera rumbo a la gran ciudad y al hospital donde Eduardo anhela llegar a tiempo para estar con Ayanti, la bella niña de la amplia sonrisa, vendedora de frutas…

Han transcurrido apenas unos minutos, pero a Eduardo, ese ser casi sin tiempo, le han parecido horas, han atravesado campiñas hermosas, pero él, que es tan observador ni siquiera se ha dado cuenta de que ha empezado a llover. Entran en la gran ciudad y con ella el implacable tránsito que los hace avanzar más lento que un caracol en un día soleado, Eduardo apresurado le dice a Emiliano que se estacione y dándole un par de monedas de oro se despide del amable muchacho.

Emiliano está absorto al ver las monedas en sus manos, tan relucientes y brillantes, se da cuenta de que ha compartido una comida y un camino con el personaje del que había escuchado por largo tiempo en el pueblo, sin saber muy bien que hacer, se queda observando como Eduardo se lanza en medio de los automóviles atravesando imprudentemente las calles, como un loco, pero Eduardo que también ha caminado por esa ciudad repartiendo fortuna sabe exactamente a donde se dirige.

En medio de la lluvia y el barullo de una ciudad cosmopolita se ve dando de brincos a una figura torpe, pero con una agilidad que pocos jóvenes pueden decir que tienen, Eduardo avanza como si supiera que se acaba el tiempo, se topa con algunas personas, las cuales solo le voltean a ver con reprobación por su conducta sin tomarse el tiempo de pensar el porqué de los actos del anciano que deja caer a su paso algunas monedas, a lo cual se arma aún más trifulca en la calle; esto le hace envejecer de un golpe porque sin querer ha otorgado más fortuna de la que debía.

Casi sin fuerzas, el ahora mucho más vetusto, casi calvo Emiliano, se sienta en una acera resoplando por el esfuerzo hecho hace unos instantes. Revisa su bolsillo y saca el monedero de donde se le han salido las piezas de oro y levanta la mirada al cielo, se da cuenta de que únicamente le queda una.

En el hospital, a pesar de haber sido ya pagado su trabajo, ha arribado Emiliano y entra preguntando por el anciano y la niña que han llevado del pueblo. Las enfermeras al verle tan apurado le calman primero, luego le piden el nombre de la paciente, a lo que Emiliano no sabe muy bien como contestar, solo contesta que es una niña que le han traslado de su pueblo natal por un accidente de tránsito, al parecer y que él traía a un viejo muy singular que estaba muy preocupado por ella, pero se ha bajado de su taxi por el excesivo tráfico que habían encontrado.

Preguntan de los ingresos por las señas que ha dado el mozalbete que aún está alterado, pero ahora tomando un poco de agua en la recepción, cuando sale un médico y reconoce que ha atendido a una niña muy delgaducha por politraumatismo y daños internos que habían traído de alguna provincia, que podría ser ella, pero que no se encuentra nada bien.

No puedes ver a la niña, le dicen a Emiliano, está en estado delicado en una sala de observación, el muchacho pregunta si no ha llegado el anciano y solo se ven entre sí las caras, sin poder brindarle una respuesta…

Eduardo, casi sin fuerzas, se ha levantado de la acera, sigue caminando casi sin ánimos, observando como la lluvia amaina y deja paso a algunos pequeños rayos de Sol. Se sacude un poco las vestimentas y respira hondo, como queriendo coger todas las energías del universo dentro de él, da el primer paso, después de ello con fuerzas renovadas, sin prisa, pero sin pausa, determinado a llegar con la niña de la dulce sonrisa.

Se ha formado un barullo en el hospital de repente, una enfermera ha salido del pabellón de observación casi dando de gritos anunciando que la niña de la habitación 75 ha entrado en crisis respiratoria. Aunque Emiliano ignoraba en que habitación estaba Ayanti, sabe en su corazón que se trataba de ella, bajando la mirada, empezó a llorar, aunque no la conocía, siempre la perdida de un infante es algo de lamentar, cae sin fuerzas en una de las sillas de la sala de espera, al mismo momento se ve un grupo de enfermeras y médicos que corren en dirección de donde salió la primera enfermera.

Entra casi muerto Eduardo al hospital; ve a Emiliano en la sala de espera y se da cuenta de que es un muchacho bueno. Emiliano ve al anciano y lo abraza, empieza a llorar en su hombro. Emiliano repara en que ahora el viejo se ve mucho más acabado, como si hubieran transcurrido 10 años para él en los últimos 20 minutos, le invita a sentarse y tomar un poco de agua, pero Eduardo lo aparta de su lado, solo se le escucha: “¡Ayanti, ya voy!”.

Aprovechando la conmoción, Eduardo se cuela en medio de todos, logra tocar la mano de la niña cuando el médico le aparta bruscamente haciéndolo caer. Estando de rodillas en el suelo, Eduardo empieza a recordar todos aquellos amaneceres poéticos que ha vivido a lo largo de los siglos, en su tarea de dar fortuna a los hombres, de todas las personas que ha hecho felices, de todos los líos en que la humanidad se enfrasca por conseguir lo que ellos llaman éxito.

Eduardo se pierde por un segundo que a él le parece tiempo eterno, recuerda como fueron edificadas y destruidas ciudades completas, como ha conocido lo mejor y lo peor de la humanidad.

Y no sabe por qué, pero siente con todo su ser que debe salvar a esa pequeña, en específico, la única que ha conocido que al darle la presea de oro en sus manos, ella simplemente la guardo como un grato recuerdo del fugaz encuentro con la fortuna, feliz completamente de lo que era su existencia, a pesar de sus limitaciones.

Eduardo es sacado de la habitación y dejado en el corredor, los médicos frenéticamente intentan salvar a la niña de una muerte inminente.

El anciano cae sentado en el corredor, ya sin fuerzas, destrozado porque no ha podido salvar a su especial vendedora de fruta, cuando ve caminar sin prisa la figura que él más temía ver en ese lugar…

Eduardo, como ha quedado claro, no es un ser normal, es un enviado del universo para regalar fortuna a los hombres y como tal, puede ver a otros seres que no se muestran como él en la tierra, pero que hacen también su labor. En el corredor del hospital, Eduardo ha visto a un compañero de andanzas en este mundo, “Mors” le gusta hacerse llamar, pero tiene muchos nombres, el más común es muerte.

Mors ve abatido a Eduardo y le brinda la mano para ayudarle a levantar, el anciano que parece envejecer a cada minuto se reincorpora y le pregunta por qué está en ese lugar. Bueno, vengo a hacer lo que hago, este es un hospital muy concurrido y siempre me da trabajo, eso que te importa a ti viejo decrépito, le contesta con airoso desdén.

A Mors, si pudiéramos verle, en realidad nos sorprendería, no tiene nada de parecido como nos han pintado a la muerte. Es un caballero con rasgos muy agraciados, incluso podríamos decir que es bello; vestido con un traje de tres piezas, estilo inglés, de un finísimo casimir, zapatos de charol, como los que se usan para las ocasiones más especiales, en su camisa unos gemelos de oro con rubíes y botones de concha nácar, con un bombín como los de la usanza de los tiempos victorianos, todo un dandi.

Eduardo de forma áspera le pregunta si viene por Ayanti, a lo que su colega sobrenatural saca una minúscula libreta forrada en cuero negro con engarces dorados, la revisa y asiente con la cabeza.

Se queda todo en silencio, como si hubieran atravesado a otra dimensión estos dos personajes, Eduardo se agarra con las manos la cabeza y niega con todas sus fuerzas. No te la lleves, le dice, siento que esa niña tiene mucho aun para dar a este mundo. Hay Eduardo, le contesta Mors con tono condescendiente, tú siempre confías en estos humanos y mira cómo te tienen.

Mors le hace un breve resumen de todas las veces que él ha otorgado fortuna a seres que han sido mezquinos con lo recibido y no han hecho bien a nadie. ¿Recuerdas a ese soldado que le salvaste la vida dándole una moneda al otro que lo tenía en la mira con su rifle a cambio de que le perdonara la vida? ¿Qué hizo años después? Inicio una guerra aún peor… Ese ha sido uno de tus peores desaciertos, amigo.

Esta niña es diferente, puedo sentirlo en lo más profundo de mi ser, replico Eduardo, necesito que viva y que viva por mucho tiempo. Ahora las palabras del anciano parecían más suplicantes, sabiendo que estaba en manos de ese ser sin corazón que se encargaba de segar las vidas del mundo, que tantas veces a lo largo de los siglos le había fallado a Eduardo, pero que aun así lo apreciaba y sabía que solo hacia su trabajo.

Se quedaron nuevamente en silencio ambos, al cabo de un rato, Eduardo se aventura a preguntarle a Mors si lo hará. Este empieza a jugar con sus flacos dedos como maquinando como puede sacar ventaja de todo esto.

Muy bien, me retiraré y no me llevaré a la niña por un largo tiempo, pero deberás darme algo a cambio viejo necio, sentencia con autoridad. Entrégame al menos una de tus monedas de la fortuna, aunque soy la muerte, nunca se sabe cuanto necesitaré un poco de suerte en mi camino, dijo sonriendo, dejando ver unos dientes afilados que no había mostrado antes.

Eduardo titubeó, le dijo a Mors que solo le queda una moneda y no puede darla a alguien que no la merezca, porque si no él desaparecería para siempre, su colega no se inmutó, solo contesto irónicamente: “Dame la moneda y tienes mi palabra de que la niña se salvará y vivirá por mucho, pero si no puedes, que lástima, es una niña tan pequeña, pero la verdad está muy flacucha, quizá morir es lo mejor que le puede pasar” … Quedo todo en silencio nuevamente.

Mor empezó a caminar a la habitación de Ayanti, sabiendo que había derrotado al viejo Eduardo. El anciano deslizó la última moneda sin que Mors se diera cuenta en el bolsillo de su chaqueta y empezó a caminar a la salida. Cuando llego a la recepción se despido de Emiliano dulcemente diciéndole que es un muy buen muchacho de corazón noble, que Ayanti estaría bien, estaba seguro; pero él tendría que irse y no podría quedarse a verla. Emiliano un poco consternado le abraza al viejito que le ve aún más acabado y sin que se lo pidiera le prometió que cuidaría de Ayanti todo el tiempo que fuera necesario.

Se abrió la puerta del hospital y el vetusto hombre se alejó lentamente hasta desaparecer en la noche que ya había caído en la ciudad.

Mors entra a la habitación 75, sin que nadie pueda verlo, contempla a la niña que está ya fría en la cama, los médicos cabizbajos en la habitación saben que ya no la pueden salvar. Cuando Mors intenta sacar la libreta de cuero par tachar el nombre de Ayanti y con ello poner fin a su vida, topan sus dedos con la moneda dorada que Eduardo deposito en su bolsillo.

De inmediato se iluminó la habitación con un relámpago que estallo afuera en el cielo, el trueno desgarrador que se escuchó no dejo escuchar las maldiciones que Mors está profiriendo. ¡Viejo maldito! Estúpido, gritaba para sí mismo, golpeando el suelo con sus zapatos de charol y refunfuñando, dándose la vuelta, salió de la habitación dejando a la niña, porque había dado su palabra y su palabra, como la muerte que es, es inquebrantable.

Ayanti se recuperó milagrosamente, dijeron los médicos, al pasar de una o dos semanas después salió del hospital, donde Emiliano la visitaba casi todos los días, al final la fue a traer en su nuevo y flamante taxi.

Emiliano y Ayanti se hicieron los mejores amigos, recordando a Eduardo constantemente, el viejecito que les cambio la vida. Ayanti aún vende fruta, pero ahora en un lugar muy bonito, es una muchacha que ha crecido muy feliz, como siempre lo ha sido. Emiliano es ahora un señor dueño de una compañía de taxis y buses que llevan a las buenas personas del pueblo a diferentes destinos, trayéndole a Ayanti frutas exóticas para que las venda en su puesto. Ella, en su local, tiene en una pared enmarcada una moneda dorada que cuando le preguntan dice que solo es una baratija que le trae recuerdos de su niñez, pero en realidad es la moneda de oro que hace ya años le entrego Eduardo, que ella nunca cambió porque la verdadera fortuna fue conocerlo.

Eduardo, a pesar de que entrego su última moneda a la misma muerte sin merecerla, su infinito acto de amor le valió para que las fuerzas del Universo le otorgaran una nueva oportunidad en su propia vida y misión, porque en ocasiones es más importante los motivos que llevan a hacer algo que en sí lo que haces…

Ha pasado tanto tiempo de esta historia que parece que nunca ocurrió, pero a pesar de lo increíble que pueda parecer, hay quienes aseguran ver salir de cualquier parte a un anciano caminando pausadamente, que pesar de parecer tener a cuestas todos los años del universo encima, es amable con todas las personas y que, si le simpatizas, quizá te regale una moneda que cambie tu fortuna para siempre.

FIN

  • Eduardo: Nombre que tiene su origen en el nombre germánico ‘Eadweard’, que proviene de dos palabras: ‘hord’, que significa riqueza, y ‘wead’, que significa guardián. Es decir, el nombre Eduardo significa “el guardián de la riqueza».
  • Ayanti: Nombre femenino procedente de la India que significa fortuna o afortunada.
  • Emiliano: es un nombre que deriva de dos ramas lingüísticas, el griego y el latín. En su primera significa ‘hombre con muchas tareas’ y en la segunda corresponde a ‘amable’.
  • Numero 75: Numero primo que según la cultura popular se ha tomado como numero de la suerte.
  • Mors: en la mitología romana es la personificación de la muerte.

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