La comunicación en grados Fahrenheit, un ensayo sobre la posibilidad de la amistad remota por medio de la tecnología partiendo de Fahrenheit 451, novela de Ray Bradbury

La comunicación en grados Fahrenheit, un ensayo sobre la posibilidad de la amistad remota por medio de la tecnología partiendo de Fahrenheit 451, novela de Ray Bradbury

Asier

01/04/2022

Sobre la actualidad y Fahrenheit 451

Laura Fernández, en su prólogo a Fahrenheit 451, nos propone una inventiva de Bradbury en la que predice el cómo se comunican actualmente las personas. Plantea que sin saberlo (recordar que Bradbury es un escritor convulso y no metódico) anticipa la aparición de las redes sociales. Toma como ejemplo a Mildred y a las tres paredes televisión que ocupa en la sala de estar. Ella, desarrolla Laura, ha dejado de ser una escucha pasiva y ha ido aún más allá de los programas de televisión interactivos en los que la audiencia decide, puesto que la sensación de Mildred es que ella es también parte del espectáculo. 

Esta revelación es ahora muy evidente dada la gran variedad de redes sociales y la capacidad de estas para incentivar a cualquier individuo en ser una fuente de contenido que crea sin obligatoriedad de ningún tipo. ¿Quién no se ha sentido importante cuando crea, muchas veces sin esperarlo, un tweet que luego pasa a ser tendencia? Es más, ya no es necesario ni polemizar sobre un tema álgido o dar una opinión controversial, basta el simple ingenio humorístico, aunque este es también reciclado y tomado de plantillas similares, de crear un buen meme. La redes sociales han banalizado la fama y la han reducido a seguidores y número de vistas. Impera la superficialidad y el «hablemos sin saber«, puesto que la inmediatez obliga. Ello, por otra parte, no quita lo bueno de la libertad de expresión; sin embargo, este no es el tema en una distopía. Peor aún, sumidos en esta idea trágica exagerada propia del género, otra analogía surge rápidamente entre Mildred y su familia y nosotros y nuestros seguidores. ¿Para alguien que ha dedicado mucho de su tiempo, aunque sin profundidad y con apenas un intercambio de palabras entre uno de sus cientos de seguidores, en una red social, puede considerar a estos seguidores, si no bien como familia, sí como amistades? Aquí, como en todo, hay una línea gris y depende de cada caso en particular. Bien podría apuntar a lo que Bradbury plantea en Mildred y llevar a la superficialidad de las relaciones tal como plantea la pregunta anterior, en ese caso, dado que hablamos de creadores de contenido medianamente grandes tales como streamers, es prácticamente imposible interactuar de una forma interiorizada con cada persona en particular, en cuyo caso éstas se limitan a ser parte del público observador con algunos aportes casuales que son respondidos o discutidos por el presentador virtual. Pero esta es una relación más parecida a los conductores de televisión y hacia ello no apunta Bradbury, después de todo, para un streamer mediamente famoso, esto pasa a convertirse en un trabajo y tras la transmisión puede regresar a su vida normal donde seguramente conserve relaciones de amistad más convencionales. A lo que apunta Bradbury es al otro lado, no ya del streamer, sino al público muchas veces juvenil que sigue fervientemente a estos nuevos famosos. ¿Para ellos, que comparten una interacción muchas veces a base de interjecciones, pero que han dedicado muchas de sus horas en compañía y un alivio de su ocio y soledad, podrían considerarse estos streamers como sus amigos? Evidentemente que no, Mildred es un buen contrapunto a esto. No obstante, lo planteado en la pregunta tiene un peso, para alguien que ha compartido mucho de su tiempo a través de los años en algunos casos, aunque en un inicio de manera casual mientras almuerza o cena, por ejemplo, pero que gradualmente forma parte de su rutina, no es extraño que adopte una familiaridad a su presencia o compañía. De esta relación algo ambigua, con capacidad de interacción limitada, pero interacción al fin, surge sino una amistad sí un compañerismo. Pero de nuevo, esto no es algo novedoso, pues quién no ha sentido lo mismo (sino pregúntenle a la gente mayor) con algún presentador de televisión cuya presencia ha tomado relevancia en nuestras vidas por su aspecto rutinario. Un presentador de noticias matutinas, por ejemplo, o el comentador deportivo que relata el fútbol hacen un símil bastante bueno, puesto que si alguna vez alguien así por circunstancias de la vida muriera sentiríamos entonces un vacío no ya en nuestra rutina, sino, promovidos por la pérdida de una vida y lo que ella nos obliga a reflexionar, un vacío de un compañero cuya opinión y en cierta forma conversación, si es que su programa promoviese como todos ahora la interacción de llamadas telefónicas o mensajes vía redes sociales, extrañásemos.

Esto para el caso de los streamers o cualquier creador de contenido medianamente famoso, pero, en cambio, ¿para el grueso restante de usuarios de redes sociales, cómo se desarrolla la interacción vía internet? ¿Cómo ocurren las interacciones entre ellos? Primero que nada es preciso aclarar que la mayoría de estas relaciones son una extensión de las relaciones convencionales de la vida diaria. Un grupo de amigos de colegio, para el caso de los menores, tiene, a su vez, una cuenta en cualquiera de las redes sociales donde de la misma manera que la vida diaria tiene agregado a su grupo de amigos. Para el caso de la gente de mayor edad, son estas mismas relaciones y cuentas las que permanecen en el tiempo (una aportación interesante es ver cómo cuando estas relaciones pueriles se acaban, éstas mismas cuentas permanecen en el tiempo supliendo esa distancia propia del término de cursar en un mismo lugar; si bien no con la comunicación propia del contacto físico y con una abrumadora estadística de distanciamiento luego de la separación, sí con la interacción causal por afinidad o en algún caso puntual formando un lazo que permanece pese a la distancia), así como otras nuevas generadas por el nuevo lugar común de socialización. Con ello me refiero, siguiendo el caso de un escolar recién graduado, que tan pronto se deja un lugar para ir a para otro, se agrega, de igual forma, una recopilación nueva de cuentas de usuario de las nuevas personas con las que ha de convivir. Así, pues, cuando el escolar llega al instituto, universidad o, más prolongados en el tiempo, al trabajo, se adquiere las cuentas de usuario de los nuevos compañeros de estudio o trabajo. Esto ha llegado al punto de pasar de ser una acción inercial a una pasiva, pues es necesario este intercambio de alter egos para las labores que se desempeña en estos lugares. Si se es un estudiante muy seguramente habrán de realizar tareas «grupales«, si se es un trabajador, aún con más razón, será cosa común la necesidad de «coordinaciones» o «juntas de dirección«, muchas veces, y más ahora obligados por los tiempos actuales, realizadas remotamente. Lógicamente, para estos casos, más académicos y laborales, es poco probable el uso de una red social destinada generalmente al ocio; hay, como alternativa, muchas otras opciones mejores: mensajería instantánea, como whatsapp, telegram, signal, etc., cuentas de videoconferencia, como zoom, google meet, etc., pero a través de ellas se sigue llevando a cabo la comunicación y puede, luego de las juntas netamente académicas, generarse un comunicación más informal, sobre todo en las primeras. No es extraño desarrollar compañerismo cuando se convive tanto con otras personas aunque éstas nos sean impuestas tomando el caso del trabajo.

En todo caso, a lo que quiero llegar, más allá de estos ejemplos de intromisión de este tipo de comunicación en la vida cotidiana de las personas, es que muchas veces partiendo de una base amistades extendida al ciberespacio se llega a interactuar con gente que enteramente desconocemos físicamente. Desde el más cercano caso del amigo de un amigo al que nunca hemos visto, pero que intercede esta persona en común para invitarlo al chat, hasta las maravillas de la globalización y de las mismas redes sociales que no dejan de «recomendarnos» personas cuyos intereses nos son comunes sólo con el fin de generar tráfico de datos en su sitio web. Así, uno puede bien comunicarse con cualquier persona en cualquier parte del planeta; la globalización no es cosa nueva. Ahora bien, ¿puede surgir una «amistad» entre dos personas que nunca se han visto? Este es el quid del asunto. Respondiendo a esta pregunta y de acuerdo a las conclusiones que lleguemos de ella estaremos en capacidad de decir si es posible (para el caso de Mildred en concreto, para el caso nuestro como generalización) una salvación comunicativa y ya no gregaria como con Mildred para las personas de las paredes televisión.

Sobre Mildred y la banalidad de las relaciones vacías 

Regresemos a Fahrenheit 541 para el caso de Mildred en particular. Para ella la comunicación, como ya se dijo, es a dos vías y no sólo contemplativa, pues hay participación con los presentadores de las paredes televisión, pero ¿qué tipo participación exactamente? ¿Cómo es la comunicación entre ella y estas paredes?

  —[…]Escriben el libreto dejando una parte en blanco. Es una nueva idea. La mujer en el hogar, es decir yo, es la parte que falta. Cuando llega el momento, todos me miran desde las tres paredes y yo digo mi parte. Aquí, por ejemplo, el hombre dice: «¿Qué te parece esta nueva idea, Helen?». Y me mira a mí, sentada aquí en el medio del escenario, ¿comprendes? Y yo digo, digo… —Mildred hizo una pausa y subrayó con el dedo un pasaje del librero—: «¡Magnífico!». Y entonces siguen con la pieza hasta que él dice: «¿Estás de acuerdo con esto, Helen?», y yo digo: «¡Por supuesto!». ¿No es divertido, Guy?
     Montag miraba a Mildred desde el vestíbulo.
     —Por supuesto, muy divertido —dijo Mildred.
     —¿De qué trata la pieza?
   —Acabo de decírtelo. Hay una gente llamada Bob y Ruth y Helen.
      —Oh.   

Como es evidente, la  interacción no es espontánea, sino pautada; es más, Mildred misma dice que representa en lugar de participa en la comunicación al momento en que se siente «… sentada aquí en el medio del escenario«. No hay, pues, intercambio de ideas propia de una comunicación efectiva y lo peor es lo siguiente que ocurre: no hay contenido en la representación del programa. Montag es muy elocuente con ese «Oh«. A pesar de formar parte de ese mundo, a pesar de carecer al igual que Mildred de medios con contenido real, él empieza a darse cuenta del vacío de este entretenimiento. Por supuesto, Montag para ese entonces algo presentía que le faltaba a su vida, dado que robaba libros en secreto y aunque no los leía (aún) empezaba a tener contacto con Clarisse, cuya sola presencia le hacía vislumbrar un vació hondo y tenebroso que necesitaba ser llenado.

Pero de igual manera que nosotros nos desconectamos de la red, Mildred también lo hace, de hecho, su medio de evasión es menos invasivo que el nuestro, porque es difícil competir con las computadoras y los teléfonos inteligentes. Mildred es ama de casa, comparte habitación con Montag, es, en suma, esposa de Montag. ¿Cómo es, pues, la comunicación entre ellos?

Tal vez el medio más invasivo de distracción en Fahrenheit 451 sea los radios de dedal, Mildred está tan acostumbrado a ellos que, nos dice Montag, se ha vuelto una experta lectora de labios, pero esto es algo antiguo, inclusive si se es visto desde nuestra época sería como hablar del pasado, cosa irónica si se considera a Fahrenheit 451 como una obra de ciencia ficción, dado que el usar audífonos es una práctica más que común cuando se quiere aislar del mundo. Ya sea para escuchar radio (cada vez más en desuso), ya sea para escuchar música o simplemente para tenerlos colocados para simular estar escuchando algo con el único fin de evitar ser molestados. Así, pues, cuando uno va lugares públicos donde es inevitable una aglomeración de personas desconocidas (véase los metros, colectivos o lugares de espera) es de ley llevarlos para hacer la estancia más llevadera.

Pero ello también sirve como demostración para la otra persona en lenguaje no verbal cuando no queremos, en suma, hablar. No es extraño presentarse a una reunión familiar (esto de ejemplo para los más chicos), donde muy seguramente la socialización es obligada, con los auriculares puestos y la música a todo volumen. En casos así, además, ocurre un hecho muy particular. Si es que se habla de familiares lejanos, estos son en muchos casos, sobre todo para la gente joven de la familia, desconocidos entre sí. Aunque no del todo desconocidos, pues son familia. Esa es un área gris donde intrínsecamente se demanda comunicación entre personas que no se conocen, pero que por el resto del día deben convivir filialmente. Pareciera que con estos ejemplos me estoy ahogando en un vaso de agua y en parte es así, puesto que la alternativa más natural y «sencilla» es la de conocerse y comunicarse entre ellos. Los primos pequeños juegan entre sí, los adolescentes sino juegan conversan y departen intereses, los adultos, con más razón, tienen más armas para un conversación casual. Sin embargo, la actualidad nos da más armas aislarnos, no sólo están los auriculares, sino el teléfono mismo. No quiero desviarme del tema, esto es sólo una idea que será retomada más adelante y que ahora debe ser pospuesta porque nos centramos con especial cuidado en Mildred. 

Bien, volvamos al tema que quería tocar con los radio dedales. Durante el día, tanto Montag como Mildred no tienen oportunidad de verse muy seguido, pues uno trabaja y la otra es ama de casa, salidas con el auto y las amigas agregadas. Hay que tener en cuenta también la profesión de Montag. Ser bombero, tanto en realidad (sofocando incendios) como en la ficción (provocándolos), demanda un horario nada homogéneo. Los turnos de Montag pueden ir desde la mañana, recordar la vez que faltó al trabajo cuando enfermó y Mildred le recuerda que hoy tenía que ir temprano, hasta de madrugada que es donde usualmente los bomberos van a incendiar las casas. Montag, más adelante, hace un reflexión curiosa preguntándose si los «trabajos» se llevaban siempre en la noche porque es en la oscuridad donde el fuego destaca más. Es debido, en parte, a esta disparidad de tiempo en común que ellos no pueden verse seguido, nada extraño para cualquier hombre de familia. No es sino cuando pueden, y a esto quería llegar cuando toqué el tema de los radio dedales, que Mildred está pegada a las paredes televisión o con los radio dedales puestos. Son estos últimos quienes la apartan quizá del momento más íntimo de un matrimonio: el momento de charla antes de dormir. Cuanto peor, Mildred duerme con los radio dedales puestos. Se aísla completamente de todo y no da oportunidad de ni siquiera una comunicación superficial, salvo la que es insistida tras superar el esfuerzo de la auto sordera. Cuando Montag llega a casa por las noches se encuentra con esto:

Abrió la puerta del dormitorio.
  […]
         El cuarto no estaba vacío.
         Escuchó.
        El baile delicado de un mosquito zumbaba en el aire; el eléctrico murmullo de una avista animaba el nido tibio, de un raro color rosado. La música se oía casi claramente.

Montag, asimismo, ejemplifica de esta manera hasta donde ha llegado esta dificultad de conversación entre ellos: 

¿No había un viejo chiste acerca de la mujer que habla tanto por teléfono que el marido, desesperado, corre a la tienda más próxima y la llama por teléfono para preguntarle qué cenarían esta noche? Bueno, entonces, ¿por qué no se compraba él una estación caracol transmisora y le hablaba a su mujer, murmuraba, suspiraba, gritaba, aullaba, tarde, de noche? Pero ¿qué podría murmurar, qué podía aullar? ¿Qué podía decir? 

Esto demuestra la barrera comunicativa entre ambos. Esto a derivado, junto con la falta de contenido en el entretenimiento, en una falta de seriedad para con todos los asuntos importantes ajenos a ella misma, a pesar de que estos la atañan de forma indirecta o directa, pero a futuro. Esta forma de vivir está generalizada en toda esta sociedad; los anuncios de guerra próxima no les interesan a nadie, puesto que nunca los tocan en su cruda realidad y cuando pasa no es sino cuestión de un tercero, un amigo de un amigo, un vecino o un rumor; ni siquiera les estremecen los aturdidores sonidos de las turbinas de los cazas que van de un lado a otro a todas horas… Por eso no es sino después de que Clarisse muy levemente, quizás el minúsculo empuje que necesitaba Montag para despertar, le hiciese cuestionarse, primero, de si estaba enamorado y, segundo, de si no sentía vacío, que Mildred se ha convertido en una extraña. Esa última reflexión interior de la cita demuestra qué tan alejado está de Mildred, no es ya el problema de si sigue enamorado de ella o no, el asunto es más trágico todavía, es sobre si aún ahora conoce a Mildred, de sí sigue sabiendo cómo es ella o si la entiende o, mejor aún, de si se entienden; la comunicación es bidireccional. 

Y de pronto Mildred le pareció que era tan extraña que era como si no la conociese. Él, Montag, estaba en una casa ajena, como en esos otros viejos chistes acerca de un señor que vuelve borracho a su casa, y se equivoca de puerta, y se equivoca de habitación, y se acuesta con una desconocida, y se levanta temprano a trabajar, y ninguno se ha dado cuenta. 

Cuando Montag incurre en este hecho no puede más que desesperar. Intenta, aunque todo está consumado, hablar con Millie, intentar averiguar cómo se llegó a esto, cómo es que ambos lo permitieron y cómo es que se puede seguir de esta manera sin enloquecer. Sin embargo, no hay mucho que hacer, las cosas son como son y a este punto no puede evitar comprobar no que no está enamorado, sino que ha perdido a Millie en todas las formas posibles, que ella se ha perdido a sí misma y es ahora un cascarón vació.

—¿Millie? —suspiró Montag.
—¡Qué!
          —No pensé que fuera a asustarte. Sólo quería saber…
          —¿Y bien?
          —¿Cuándo nos encontramos? ¿Y dónde?
          —¿Cuándo nos encontramos para qué? —le preguntó Mildred.
           —Quiero decir… por primera vez.
           Montag supo que Mildred fruncía el seño en la oscuridad. Explicó:
           —¿La primera vez que nos encontramos, ¿dónde fue y cuándo?
           —Bueno, fue en… —Mildred se detuvo—. No sé —dijo.
           Montag sentía frío.
           —¿No recuerdas?
           —Hace tanto tiempo.
           —Sólo diez años, nada más. ¡Sólo diez años!
           —No te excites. Estoy tratando de pensar. —La mujer lanzó una curiosa risita que subía y subía—. Gracioso, que gracioso, no recordar cuando se conoció al marido o a la mujer.
            […]
            —No tiene importancia —dijo Mildred, y se levantó, y se fue al cuarto de baño.

La reflexión en esa noche no para, días atrás, tras las recuperación de Millie de una intoxicación, ella lo sorprende en el acto: «—Eh —dijo—. Ese hombre está pensando«, cómo si ello fuese lo más extraño del mundo.

[…]Y recordó que había pensado entonces que si ella se moría, él, Montag, no derramaría ni una lágrima. Pues sería como la muerte de una mujer desconocida, de una cara de la calle, de una imagen del periódico, y de pronto todo le pareció tan falso que se echó a llorar, no ante la idea de la muerte, sino ante la idea de no llorar la muerte.   

Ya no siente pena por él solamente, sino por Mildred, aunque ahora no la reconozca. Entiende que es una culpa compartida, aunque siendo él el primero en despertar recae en que ya no habrá otra oportunidad para enmendarse no por él, sino por ella que no se da cuenta del problema mismo.

«¿Cómo te has vaciado tanto? —se preguntó—. ¿Quién te sacó todo de adentro? ¡Y aquella horrible flor del otro día, el diente de león! Fue el colmo, ¿no es verdad? ¡Qué lástima! ¡No está enamorado de nadie!» ¿Y por qué no?

Más que las barreras comunicativas entre ambos, que es a lo que tira la ciencia ficción de la obra, lo que Montag entrevé, aunque sin saberlo, es lo que más adelante le explica Faber. El problema no es a tecnología misma, sino la falta de contenido y de experiencia, de esa porosidad descrita por Faber encontrada en distintos medios como libros, por ejemplo. Pero dejemos a Montag explicarse, que estas hojas definen el devenir tanto de Montag como Mildred.

Bueno, ¿no había de veras un muro entre él y Mildred? ¡No sólo un muro, sino dos y tres! ¡Y un muro caro, además! ¡Y los tíos, las tías, los primos, los sobrinos que vivían en ese muro, el farfullante hato de monos que no decían nada, nada, y a gritos, a gritos! Desde un comienzo habían sido parientes para Montag. «¿Cómo está el tío Luis?» «¿Quién?» «¿Y la tía Maude?» La imagen más significativa que tenía de Mildred, realmente, era la de una niñita en un bosque sin árboles (¡que raro!), o quizá una niñita en una llanura donde había habido árboles (uno podía sentir el recuerdo de sus sombras alrededor): sentada en el centro de la sala de estar. La sala de estar, qué nombre tan bien aplicado. A cualquier hora que entrase en la casa, alguien estaba hablando con Mildred.

Llegados a este punto Montag hace el intento, una vez más, pero en el sentido opuesto, de regresar a ese mundo de entretenimiento vacío del que hace pocos instantes él formaba parte, mas se da con la sorpresa de que ahora le resulta imposible regresar a como era antes de conocer a Clarisse. Decidido a «hacer algo» encienden las paredes televisión para comprobar la experiencia.

—¡Hay que hacer algo!
—¡Sí, hay que hacer algo!
       —Bueno, ¡basta de hablar entonces!
       —¡Hagámoslo!
       […]
       Montag ya esperaba para ver.
       Un enorme trueno brotó de las paredes. La música bombardeó a Montag con tal volumen que los huesos casi se le despejaron de los tendones. Sintió que le vibraba la mandíbula y que los ojos se le sacudían en las órbitas. Cuando todo terminó, se sintió como un hombre a quien habían tirado por un precipicio, metido en una centrifugadora y arrojado a una catarata que caía en la nada y la nada, y nunca… llegaba… del todo… al fondo… nunca… nunca… del todo… llegaba… al fondo… y la caída era tan rápida que uno no tocaba siquiera las paredes… nunca… llegaba… a nada.
         El trueno agonizó. La música murió.
         —Ya está —dijo Mildred. 

Como afirma posteriormente, era en verdad algo notable. Sentía que algo había sucedido, aunque nada había cambiado realmente. Hace la similitud con la velocidad, compara la experiencia con la misma sensación de traslado y movimiento que otorga ir, por ejemplo, en el metro. Más adelante agrega la adrenalina que conlleva la velocidad al recordar a Mildred en el auto conduciendo a ciento cincuenta kilómetros por hora, donde cualquier ruido era eclipsado por el motor y el viento raspando la carrocería, y, al terminar el viaje, Mildred ya se había puesto los caracoles en las orejas.

El colmo de la frivolidad de los aspectos trágicos de la vida es cuando Mildred le comunica, como quién no quiere la cosa, la muerte de Clarisse. Lo hace como si fuese algo rutinario y encima no duda en revelarle que tendría que habérselo dicho antes, cuando se enteró, pero como agrega enseguida: se olvidó.

—Mildred, ¿conoces a esa chica de la que te hablé?
—¿Qué chica?
       Mildred estaba casi dormida.
       —La chica de al lado.
       —¿Qué chica de al lado?
       —Ya sabes, esa chica que va al colegio. Clarisse se llama.
       —Oh, sí —dijo la mujer.
       —No la he visto estos últimos días… Cuatro días, exactamente. ¿La has visto tú?
       —No.
       —Había pensado en hablarte de ella. Es curioso.
       —Oh. Ya sé a qué te refieres.
       —Eso pensaba.
       —La chica… —murmuró Mildred en la oscuridad del cuarto.
       —Sí, ¿qué pasa con ella? —preguntó Montag.
       —Iba a decírtelo. Me olvidé. Me olvidé.
       —Dímelo ahora. ¿Qué pasa?
       —Creo que se ha ido.
       —¿Se ha ido?
       —Toda la familia se ha mudado a alguna parte. Pero la chica se ha ido de veras. Creo que se murió.
       —No podemos estar hablando de la misma chica.
       —Sí. La misma. McClellan. La atropelló un coche. Hace cuatro días. No estoy segura. Pero creo que se murió. La familia se fue a otra parte. No sé a dónde. Pero creo que la chica se murió.
        —¡No estás segura!
        —No, no estoy segura. No del todo.
        —¿Por qué no me lo dijiste antes?
        —Me olvidé.
        —¡Hace cuatro días!
        —Me olvidé completamente.
        —Hace cuatro días —murmuró Montag, sin moverse.
        Ambos callaron unos instantes, inmóviles, acostados en la oscuridad.
        —Buenas noches —dijo Mildred.

Si todo lo anterior le daba las razones suficientes a Montag para cuestionarse su situación, el verdadero elemento disruptivo que lo impele a, efectivamente, «hacer algo», es la muerte de Clarisse. Aquella muerte tan intempestiva que ninguno de los lectores primerizos se termina de creer, es la que más que terminar de convencer de escapar de ello, lo obliga a hacerlo. Y lo hará aunque tenga que prescindir de Mildred, lo decide allí mismo. 

Esto en cuanto al despertar de Montag. Ahora bien, estábamos centrándonos en Mildred, dirán algunos, y es verdad, aún lo estamos. Sólo que era indispensable abarcar a Montag para, en comparación, entender la realidad de Mildred, puesto que Montag (al igual que nosotros) fue alguna vez Mildred y si para Montag hubo escape, ¿por qué para Mildred no? ¿Lo habrá para nosotros?

Abro este ensayo citando a Laura Fernandez y su ingeniosa interpretación sobre la predicción de las redes sociales; Neil Gaiman, en su introducción de Fahrenheit 451 en 2013, no dice que «se suele creer, erróneamente, que la ficción especulativa intenta predecir el futuro. […]. La ficción especulativa no trata del futuro, sino del presente […]. Nos lanza una advertencia». De este modo se cumple el adagio de que el futuro es el presente exagerado. Hay, pues, concordancia, aunque parezcan centrarse en tiempo distintos, entre Laura y Neil, la predicción de las redes sociales es el resultado de la exageración de la industria televisiva del presente de Bradbury. Recordar que para esos tiempos la televisión, que no era algo tan antiguo, había desplazado a la radio con una facilidad asombrosa. Pero lo que preocupaba Bradbury realmente, parafraseando a Laura, era que la industria televisiva acabase con la reflexión y la sustituyese con la contemplación vacía. Que la idea de pensar, resumiendo el conocimiento a este hecho primario, se sustituyese con una sarta de estímulos visuales y auditivos sin contenido importante. Así los espectadores querían predispuestos a cualquier manipulación por parte del estado. Esto último no es el tema central en Bradbury y de hecho no profundiza en él, lo deja manifiesto como una situación tácita a diferencia de otras distopías que se centran ella como 1984 y Un Mundo Feliz. Esto está bien, puesto que para Bradbury es importante el individuo o, si se quiere, el modo de escritura del autor lleva más para lo particular que para lo general. Es una característica de los que escriben por instinto por sobre una idea preconcebida.

Siendo así, hay validez entre una comparativa entre Mildred y nosotros, los medios de evasión cambian, pero la evasión permanece. Para una salvación para Mildred hay que cotejar los salvavidas otorgados a Montag y si estos mismos pueden, a su vez, ponerla a flote del abismo de la vacuidad.

Tal vez el primer detonante en Montag para su despertar es la aparición, súbita, deliciosa y algo fantasmagórica (tal vez anunciando su partida), de Clarisse. Recordar que incluso lo esperaba en el mismo lugar varias veces en las que no se atrevió a dar el paso hasta finalmente lanzarse a la piscina de queroseno. ¿Es entonces Montag una especie de victima escogida por Clarisse para… conversar? ¿Únicamente Montag estaba predestinado a ser el protagonista de la novela? Sí y no. Obviamente tenía que ser el Montag, dado que así Bradbury lo decidió, pero no solamente por el hecho de ser Montag y que su situación resultase paradójica siendo él bombero, sino porque Clarisse ya había tanteado con varias personas más este tipo de encuentro no para despertar a la gente, y si lo hizo no desde un comienzo, sino por esa necesidad propia de su edad de ampliar su necesidad de comunicación. Sus padres y su tío ya le quedaban chicos. El resultado de estas pesquisas aleatorias fueron todas negativas y así se lo hizo saber:

[…]Usted no es como los otros. He visto unos pocos. Cuando hablo, usted me mira. Cuando dije algo de la luna, usted miró la luna, anoche. Los otros nunca haría eso. Los otros seguirían su camino y me dejarían hablando, o me amenazarían. Nadie tiene tiempo para nadie. Usted es uno de los pocos que me ha hecho caso.

Aunque en ese caso específico se refiere a los bomberos, puesto que ese es el tema de conversación, es ilógico pensar que Clarisse únicamente salga en las noches a buscar bomberos e interceptarlos para conversar. La respuesta a Montag es dada eligiendo al grupo de bomberos con los que Clarisse tuvo ocasión de entrevistarse dentro de toda la gente con la que se encontraba. Éstos eran fáciles de reconocer por el uniforme y el olor, es así como Clarisse pudo separarlos del resto y hacérselo saber a Montag. Entonces es posible que existiese un encuentro de Clarisse con Mildred. Todo indica que no hubo tal encuentro más allá del conocimiento de su existencia de ella hacia Clarisse por ser vecinos, pero justamente por ser vecinos un encuentro como el del Montag era probabilísticamente posible en el tiempo. Si las cosas seguían su rumbo inicial, tarde o temprano se hubiesen cruzado en las mismas circunstancias que con el protagonista. Supongamos que tal encuentro se da, entonces. ¿Cuál sería la reacción de Mildred? No es difícil de colegir, es casi seguro que la ignoraría y ni siquiera la oiría por tener los radio dedales puestos. Este camino, pues, está vedado para Mildred. Ella no podría cruzarlo como hizo Montag.

El segundo detonante surge como consecuencia latente de su profesión y se va gestando desde mucho tiempo atrás, Beatty mismo se lo dice cuando va a visitarlo a casa:

Una vez por lo menos en su vida, el bombero se siente picado de curiosidad. ¿Qué dirán los libros?, se pregunta. Ah, poder rascarse esa picadura, ¿eh? Bueno, Montag, créeme. He leído unos pocos libros en mi juventud, sé de qué se trata. ¡Los libros no dicen nada!  

Aquí Beatty nos revela algo importante que dado la gravedad de la conversación y el contexto de la misma es fácilmente obviable frente a la situación límite de Montag. Beatty nos dice que son justamente los bomberos los que están más cerca de los libros y por ende más cerca de, ya sea por curiosidad, ya sea por otros motivos circunstanciales, leerlos. Nos dice, además, que este es un hecho harto conocido en el cuerpo y se lamenta de que la instrucción de los mismos se haya deteriorado, dice así:

—Todo bombero —dijo—, tarde o temprano, pasa por esto. Solo les falta entender, saber cómo funciona la máquina. Conocer la historia de la profesión. Hoy apenas se le informa a los novatos. Es lamentable.

Seguido a esto Beatty nos lanza un discurso sobre los motivos de la censura y del por qué el mundo de Fahrenheit 541 es tal como es, pero este asunto no nos concierte por el momento. En todo caso, vemos cómo sí existe una predisposición en los bomberos a leer libros. Sea esto de esta forma Mildred no puede sentir la misma curiosidad o los mismos sentimientos que tiene Montag por los libros. En Mildred la pregunta de «¿Qué habrá en estos libros que quemo?» no existe. Tampoco el remordimiento de la muerte de aquella mujer que prefirió suicidarse a que se le despojase de su biblioteca. No sólo la culpa de su muerte, pese a que fue indirecta, recae en Montag, sino que esta muerte acentúa fuertemente la pregunta anterior, algo importante habrá en los libros como para que esta mujer haya decido morir por ellos. Mildred, nuevamente, no tiene posibilidades aquí.

El último paso que Montag da, posterior a estos detonantes, es el encuentro con Faber. Montag descubre que luego de toda una vida alejado de los libros no le es posible entender lo que lee. Es normal. Sin un hábito de lectura adquirido o, más aún, sin una educación donde la compresión lectora se enseñe, lo verdaderamente extraño aquí es que sepa leer siquiera. Pues si se quiere evitar que se lea no se le enseña a leer primeramente. Esta es una incongruencia aceptable. Si se es detallista no hay letras por ninguna parte, pero también si es detallista, sobre todo en el discurso que da el capitán Beatty, sabremos que los libros han desaparecido salvo en su vertiente más inocua y vacía, sí, los libros no han muerto del todo. ¿Y qué más americano que los comics? Por supuesto que estos permanecen, y permanecen con sus respectivos diálogos, por lo que no es extraño que la gente no se haya olvidado de leer. Otra forma de explicar esto es que esta es una distopía mucha más temprana en su ejecución que las demás, es mucho más temprana que 1984 y que Un Mundo Feliz sin duda. El mundo de Fahrenheit 451 está aún en formación, todavía no se ha logrado la verdadera distopía, quizás, en el «futuro», no haga falta ya ni las historietas y así se elimine completamente la escritura, teniendo por fin la falta de necesidad y uso de los libros u dejando de una vez por todas a los bomberos sin trabajo.

El capítulo del libro que explica este intento de aprendizaje de Montag se llama atinadamente El tamiz y la arena. Montag está en el proceso de meterse de lleno en el contenido de los libros, de querer comprender a base de fuerza bruta. Leer, leer, leer y, cuando no se pueda más, entonces leer todavía más con el fin de que alguna de esas oraciones quede dentro de su mente, la asimile y le de un sentido lógico. Fracasa. No puede obtener otro resultado.

Es entonces cuando busca a Faber de entre sus anotaciones de personas sospechosas para pesquisas futuras. El cómo se da este encuentro y cómo consigue lograr que éste le ayude de buena gana no es tema de este ensayo, tampoco lo es dar un resumen pautado de cada apartado de la novela. Si hasta ahora me he detenido en explicar estos hechos es que todos están relacionados en el despertar de Montag y son oposición a Mildred a la vez que averiguamos si estos mismos hechos pueden darse en ella. Ahora bien, hasta ahora pareciera que, dado al avance de la historia, todo deviene en los libros, cosa natural, puesto que es el leitmotiv de la obra. Sin embargo, este «despertar» al que me refiero no concierne a los libros como fin, sino como medio. También en la obra se da este mismo camino, el asunto es tanto más complejo que la sola censura de libros. Eso lo descubre Montag por parte de Faber y este es su aporte a la novela como personaje.

El tema de este ensayo es, dando una respuesta específica, la comunicación en Fahrenheit 451 y más adentrados en ella el entendimiento de la amistad como una consecuencia o una forma más elevada, si se quiere, de comunicación. Es por ello que nos centramos en los responsables de que en el mundo de Fahrenheit 451 no se logre una comunicación efectiva. Nos centramos, entonces, en los medios de evasión de este mundo en proceso distópico y en cómo ellos han deteriorado la capacidad de pensar de las personas y con ello su capacidad de comunicarse.

En cuanto a la comparativa de Mildred y si los detonantes de Montag son factibles en ella, es fácil inferir que este más que todos los anteriores no sería factible. No hay manera de que ella, teniendo el círculo de amistades que tiene, pueda cruzarse con alguien del perfil de Faber. Una vez más, su oficio de bombero en Montag lo predispone a este tipo de posibilidades. Porque suponiendo que los detonantes anteriores, más posibles que este sin duda, puedan ser aprehendidos por Mildred, llegado el tiempo de la maduración no podría avanzar más, se toparía con el muro infranqueable de su falta de compresión lectora. Si seguimos suponiendo que las condiciones anteriores se siguen cumpliendo, a pesar de no poder regresar al modo de vida anterior, seguiría sin comprender lo que lee dando con el tiempo la razón a lo que la sociedad dice de ellos: que no dicen nada. Es, pues, una lucha de desgaste que terminaría por perder.

Hemos repasado entonces todos los caminos que Montag ha recorrido y que ahora comprobamos que no pueden ser recorridos por Mildred o por cualquiera que no sea bombero en el mundo de Fahrenheit 451. No tomamos en consideración a los anteriores restos de personas supervivientes del antiguo mundo antes de la conversión, tal sea el caso de Faber y sus conocidos. Pero qué es esta enseñanza que le imparte Faber a Montag sobre los libros y lo que contienen, sobre lo que verdaderamente importa no son los libros, sino las experiencias que contienen.

No son libros los que usted necesita, sino algunas de las cosas que hubo en los libros. Lo mismo podría verse hoy en las «salas». Radios y televisores podrían proyectar los mismos infinitos detalles, pero no. No, no, no son libros los que usted busca. Puede encontrarlo en muchas otras cosas: viejos discos de fonógrafo, viejas películas y viejos amigos; búsquelo en la naturaleza y en su propio interior. Los libros eran sólo un receptáculo donde guardábamos algo que temíamos olvidar. No hay nada mágico en ellos, de ningún modo. La magia reside solamente en aquello que los libros dicen…

Montag acude a Faber con el fin de que le enseñe a comprender lo que lee, cosa que no puede adquirir de inmediato y que al saberlo bien Faber no intenta forzar el engaño ni ocultarlo. Lo que le responde es que su enfoque está mal desde el inicio y que los libros que busca entender no son importantes como tal, lo que ha perdido sumado a su incapacidad de comprensión es su capacidad de reflexión. De vuelta a los libros, dado que esta era la pregunta original de Montag, Faber nos resumen en tres puntos las cosas que le faltan:

Primero: ¿Sabe usted por qué un libro como este es tan importante? Porque tiene calidad. […]. Los buenos escritores tocan a menudo la vida. Los mediocres la rozan rápidamente. Los malos la violan y la abandonan a las moscas. […]. Bueno, eso es lo primero que necesitamos, me parece. Calidad, textura de información.
      —¿Y lo segundo?
      —Ocio.
      —Oh, pero disponemos de muchas horas libres.
      —Horas libres, sí. ¿Pero tiempo para pensar? […]
      […]
    —Dentífrico Denham, no trabajan, ni hilan —entonó Montag con los ojos cerrados—. ¿A dónde iremos ahora? ¿Nos ayudarán los libros?
       —Solo si conseguimos la tercera cosa necesaria. La primera, como dije, es la calidad de información. La segunda: ocio para digerirla. La tercera: el derecho a obrar de acuerdo con lo que nos ha enseñado la interacción de las otras dos. Y me parece muy difícil que un hombre muy viejo y un bombero descontento logren algo a estas alturas.

Esto en cuanto a los libros, hasta aquí termina el aprendizaje de Montag. Puedo llegar a la conclusión, dado todo lo expuesto, que para alguien como Mildred, es decir, para cualquiera que no sea bombero en el mundo de Fahrenheit 451, le sería imposible escapar de esa realidad frívola y entregada al ocio vacío. Sin embargo, nosotros, aunque tengamos varias similitudes con Mildred, no somos Mildred. Las exageraciones propias de una obra de ficción distópica nos limitan, no obstante, hay puntos de unión importantes.  

Sobre la posibilidad de la amistad remota por medio de la tecnología

Para empezar, a pesar de las coincidencias referidas a los medios de evasión actuales tales como la ya antigua televisión, las redes sociales y los servicios de streaming, el punto de vista de Bradbury está un poco sesgado en base a sus temores, no por nada decía Bradbury que la obra de un escritor está hecha de la vida de su autor, y de aquello a lo que teme cuando por las noches apaga la luz.

Comenta sobre esto Laura Fernandez: «¿Temía, el bueno de Ray, que alguien incendiaria libros? No, lo que temía era lo que estaba ocurriendo, en la primavera de 1950, cuando empezó a escribir el borrador de Fahrenheit 451. Que la televisión acabase con la reflexión, que narcotizase el pensamiento y dejase a sus victimas, los felices espectadores, en manos de cualquiera que quisiera utilizarlos para acabar con el Pasado, en mayúsculas, y el Futuro».

Neil Gaiman nos recuerda asimismo que las opiniones de un autor con respecto a lo que se trata en sus historias siempre son válidas, pero que el autor es una criatura de su tiempo y que ni él mismo sabe de todo lo que ha tratado su libro.

Propongo entonces, sumado a la buena interpretación de Laura y apoyándome en lo que el buen Neil alega, que más que los problemas con las censuras y que el acabose de la reflexión lo que más temía Bradbury era a la tecnología en sí misma y que en esa competencia, tecnología frente a conocimiento tradicional, perdieran los libros. Este sería una buena generalización del temor personal de Ray.

Esto lo reafirma el mismo Bradbury teniendo opiniones luditas. Rodrigo Fresán, considerando esto en su prólogo de Crónicas Marcianas, así lo refiere en uno de sus desmesurados pie de página: «A lo largo de su vida, Ray Bradbury fue un conocido y apasionado ludita. Se sabe que recién se subió a su primer avión en 1982 con setenta y dos años de edad ([…]); que despreciaba la cultura de las armas de fuego ([…]); que no confiaba en las computadoras («No veo nada bueno en ellas»); que los libros electrónicos le parecían un absurdo («Eso no es un libro: es televisión con letras. No puedes sostener un tus manos uno de estos dispositivos del mismo modo en que sostienes un libro. Y no huelen. Un libro nuevo huele genial. Un libro viejo huele aún mejor. Huele a antiguo Egipto. Y te lo metes en el bolsillo y te acompañará el resto de tu vida»); que la reproducción artificial le parecía un despropósito ([…]); que los automóviles que jamás aprendió a conducir le provocaban una mezcla de desprecio y aprehensión («Vi un terrible accidente de tránsito cuando tenía catorce años. Vi a una mujer morir sobre el pavimento y no he dejado de pensar en ella desde ese día…»)[…]».

Este modo de verse con la tecnología explica la disidencia que existe entre Bradbury y ella, también de paso explica el episodio de Montag huyendo de un automóvil en las partes finales del libro y, si se quiere, el porqué Clarisse fue muerta justamente por un automóvil. Esto está muy bien para entender parte de las ideas primarias en la concepción del libro, y, a su vez, nos sirve de punto de ilación para unir nuestro presente al futuro distópico que Bradbury creó.

Este ensayo no se refiere a los libros o a la tecnología que los desplazó, sino a la comunicación en Fahrenheit 451 extendida a nuestro presente y si esta puede devenir en una amistad remota usando como medio la tecnología. Nos referimos a ello en el primer apartado del ensayo, pero más que una mirada general era una distópica. Lo real es que cualquier medio tecnológico tiene fines de uso diversos y sí es verdad que pueden ser usados para evadir también los son para unir y, además, enseñar.

Esto rompe con la idea de Fahrenheit 451 de narcotizar el pensamiento, cuya consecuencia más próxima es la de atrofiar la socialización. Clarisse explica en cómo se da esto es su mundo:

—Oh, no dejan de vigilarme —dijo Clarisse—. Dicen que soy insociable. No me mezclo con la gente. Es raro. Soy muy sociable realmente. Todo depende de lo que se entienda por social, ¿no es cierto? Para mí ser social significa hablar con usted de cosas como esta. —Hizo sonar unas castañas que habían caído del árbol en el jardín—. O hablar de lo curioso que es el mundo. Me gusta la gente. Pero no creo que ser sociable sea reunir un montón de gente y luego prohibirles hablar, ¿no es cierto? […] ¿Y sabe una cosa?
       —¿Qué?
       —La gente no habla de nada.
       —Oh, tienen que hablar de algo.
       —No, no, de nada. Citan automóviles, ropas, piscinas, y dicen ¡qué bien! Pero siempre repiten lo mismo, y nadie dice nada diferente, y la mayor parte del tiempo, en los cafés, hacen funcionar los gramófonos automáticos de chistes, y escuchan chistes viejos, o encienden la gramola y las formas coloreadas se mueven arriba y abajo, pero son sólo figuras de color, abstractas. ¿Ha estado en los museos? Todo es abstracto. Mi tío dice que antes era distinto. Hace mucho tiempo los cuadros decían cosas, y hasta representaban gente.

Claramente es una mirada pesimista del rol tan importante que la tecnología juega en todos los aspectos de nuestro presente contando en ellos, tal como lo desarrolla Clarisse en su vivencia, la educación. Pero ¿no fue en esta época de pandemia y cuarentena obligatoria donde ahora más que nunca la educación remota se ha apoderado de la enseñanza como salvadora ante la crisis sanitaria? Es más, la base de la educación actual es la participación del alumno y la retroalimentación por parte del docente a las respuestas que éstos dan, sean buenas o malas. Es un método proactivo que lo aleja más de la fantasía distópica Bradburiana. Con ello vemos que el temor de Bradbury, al menos en su generalización en el tema de educación, es sólo una añoranza a los libros y su miedo a perderlos. Se podría resumir esta victoria de la tecnología en la definición de libro que uno de los personajes de Bradbury nos da al final, cuando señala que no debemos juzgar los libros por las cubiertas, y que algunos libros existen entre cubiertas en forma de ser humano (o, en este caso, forma de unos y ceros electrónicos). Aun cuando Bradbury no piensen eso, es lo suficientemente sincero para verter el sentir de sus personajes, estos ya escapan a su opinión.

Que se merme la socialización es otra forma de decir que la comunicación ha decaído. Clarisse dice que es insociable, se extrapola de allí que tampoco tenga amigos. En un mundo donde nadie habla, ¿cómo tenerlos? Mildred dice que la gente de las pantallas son su familia, se habla a diario con ellos, pero no son «familia» realmente. Que de una comunicación vacía devenga una amistad es también inviable. Nosotros, para el caso planteado en la primera parte del ensayo y que tiene su desarrollo aquí, ¿podemos construir una amistad mediante las pantallas? Me valgo del ejemplo de la incapacidad del contacto físico que hubo de darse durante la cuarentena, así como de la gruesa mayoría de personas con que se interactúa en las redes sociales, que muchas veces hay países y hasta continentes de distancia entre ellas. Para Bradbury o, más exactos, así no se polemiza, para Fahrenheit 451, no es posible.

Aquí no se habla de una amistad extendida de la real, de la prolongación de relaciones que al no poder congregarse físicamente lo hacen mediante la tecnología, sino de formar una nueva con gente cuya reunión física es casi imposible. Pero ¿qué se entiende por amistadSi he dejado hasta aquí esta pregunta tan necesaria en este ensayo es porque los protagonistas de Fahrenheit 451 no la conocen, al menos no la precisan en su definición, y es a lo largo de la novela que Montag, a través de Clarisse, llega a ella al menos de forma empírica. Entonces ¿qué es la amistad para Fahrenheit 451? Las definiciones sobre la amistad son tan diversas como las personas que las viven, pero, acertadamente, todas se parecen entre sí. Montag llega a poner en palabras su relación con Clarisse con ayuda de un libro; ¡qué más apropiado para una obra como Fahrenheit 451!

—«No sabemos en qué preciso momento nace una amistad. Cuando se llena una vasija gota a gota, una de ellas rebasa al fin la vasija; así en una serie de actos bondadosos hay al fin uno que enciende el corazón.»
        Montag se quedó escuchando la lluvia.
        —¿Es esto lo que pasó con la muchacha de al lado? Es tan difícil saberlo…

Esta definición no se aleja de las tantas otras, para este autor citado la amistad es una serie de actos bondadosos y desinteresados entre dos personas que devienen en el afecto mutuo. Fue así cómo se construyó la amistad de Montag y Clarisse, entre conversaciones casuales y encuentros de no más de diez minutos al día. 

Sobre la amistad, ningún asunto, además del amor mismo, ha propiciado a los hombres a escribir cosas tan hermosas. Los griegos que han reflexionado a su vez mucho de los afectos de los afectos tienen también sus definiciones. «La amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas», dijo Aristóteles. Por otra parte, Fahrenheit 451 propone la búsqueda de la felicidad como razón que justifique la abolición de la reflexión, socialización y por ende la amistad. Lo dice Beatty de esta forma:

¿Qué queremos en este país por encima de todo? Ser felices, ¿no es verdad? […] «Quiero ser feliz», dicen todos. Bueno, ¿no lo son? ¿No los entretenemos, no les proporcionamos diversiones? Para eso vivimos, ¿no es así?, para el placer, para la excitación. Y debes admitir que nuestra cultura ofrece ambas cosas, y en abundancia. […] Somos los Muchachos Felices, el Conjunto dek Buen Humor, tú y yo, y todos los demás. Somos un dique contra esa pequeña marca que quiere entristecer el mundo con un conflicto de pensamientos y teorías. Sostenemos el dique con nuestras manos. No lo sueltes. No dejes que un torrente de melancolía y filosofía lóbrega invada el universo.

Este argumento ataca a la reflexión cómo la causa de la infelicidad y sostiene que el acto del pensamiento vuelve a la gente melancólica, viven para el placer sin considerar a la amistad como una de las fuentes más dichosas y sanas de la vida. Dividen el acto de ser feliz con el de conservar una amistad cuando estas dos cosas son parte de lo mismo. No por nada Aristóteles, en su obra Ética a Nicómaco, en donde se dedica dos partes de la misma enteramente a la amistad y a hablar de las características de una relación amistosa, nos dice:

Los amigos se necesitan en la prosperidad y el infortunio, puesto que el desgraciado necesita bienhechores, y el afortunado personas a quienes hacer bien. Es absurdo hacer al hombre dichoso solitario, porque nadie querría poseer todas las cosas a condición de estar solo. Por tanto, el hombre feliz necesita amigos. 

Aquí no sólo se nos relaciona la amistad con la felicidad, sino que prueba que de la reflexión no sólo surge melancolía, sino la reafirmación de la felicidad y el cómo llegar a ella. Es una respuesta directa a la distopía de Bradbury.

Con ello como base, y metiéndonos de lleno en la amistad remota. ¿Es factible aquello? Podríamos llenar páginas y páginas de definiciones y ejemplos sobre la amistad. Desde la concepción del amor platónico hasta el aforismo de Empédocles de «Lo semejante atrae a lo semejante»; ensayos complementarios, hay muchos. Mas podemos valernos en su medida de las pocas presentes aquí y de la misma dada en la novela.

El inicio de toda amistad, ya sea remota o convencional, requiere el encuentro, primero, espontáneo y no forzado y, segundo, una prolongación del mismo. Para que la amistad nazca la interacción no tiene que interrumpirse demasiado en el tiempo. Por eso mismo son los lugares típicos de socialización tales como escuelas, centros de trabajo o vecindad donde estos ocurren en su mayoría. Bien, pero ello no basta para formar una amistad, hace falta de la inocente y desinteresada frase de «Me gusta tal persona»; simpatía, camaradería, interés mutuo y afinidad también son imprescindibles. Desde las más pueriles conjunciones de intereses en la infancia hasta una uniformidad de pensamiento crítico (con disidencias) sobre un tema en la adultez; intereses comunes, generalizando. Esto, hasta hace unos años pareciese que sólo podría ser obtenido con encuentros físicos y con la conversación hablada, pero ahora el nuevo paradigma de nuestra época no es la tecnología, sino la posibilidad de una amistad remota por medio de ella. Así, pues, el contacto físico y la conversación pueden ser traspuestas a un medio digital tal como cualquier red social o aplicación de mensajería instantánea. ¿Qué no hay contacto físico? Pues claro que no, acaso cuando departes con un amigo estás, en suma, «tocándolo«. Lo que comúnmente se entiende por contacto físico es otra forma de decir que lo estás viendo y, más específicamente, que están compartiendo un mismo espacio, siendo este físico. Ahora es hasta posible ver a tu «amigo remoto» vía streaming. En contacto físico, el contacto visual, se da. Se comparte un mismo espacio, pero esta vez uno digital. La conversación hablada también es resuelta por este medio, mas lo que comúnmente prima, puesto que nadie en su sano juicio está todo el tiempo haciendo videoconferencias, es la conversación escrita. Es así como surgen las relaciones hoy.

De nuevo, una vez más, esto no es nada nuevo. Ya se decía que el futuro es el presente (o en este caso el pasado) exagerado. ¿No nos trae a colación este nuevo tipo de amistad a los ayer tan famosos amigos por correspondencia? Hay incluso un subgénero literario sobre este, el epistolar, donde son publicados, en una especie de memorias, estas correspondencias entre amigos apartados por la distancia o de relaciones más formales, pero en las que se interviene de manera más intelectual. El valor literario queda al margen de lo que atañe a este artículo, pero se sabe por las pocas epístolas que han alcanzado su publicación por este valor que Kafka mantenía una amistad remota con Milena Jesenská; que Gustave Flaubert lo hacía con George Sand; que a su vez Mary McCarthy lo hacía con Hannah Arendt, etc. Para estos casos la correspondencia es una prolongación de sus encuentros físicos, ahora sí entendiéndose lo físico por el acto de compartir un espacio, escuchar una voz y ver un cuerpo. De haber contado estas personas con las herramientas disponibles hoy en día está demás decir que no solamente las hubiesen utilizado, sino que gracias a la instantaneidad tan característica del mundo digital, algo que Fahrenheit 451 desprecia mucho, hubiese aumentado mucho su correspondencia y, cómo no, su amistad. La particularidad de los amigos por correspondencia es que están limitados a por lo menos un encuentro físico donde surge un indicio de empatía que ambos consideran debe continuarse a pesar de la distancia, esto para los encuentros nuevos. Quizás una reunión en una conferencia académica, quizás una persona que conocimos en un viaje a miles de kilómetros de distancia a la que sabemos no volveremos a ver o, quién sabe, a una persona distinguida a la que nos es imposible llegar por otra forma, pero que a través de su obra comprobamos un interés común o una relación de admiración. Todas requieren un encuentro por lo menos. En cuanto a las posibilidades  actuales son un poco más caóticas. No sólo no es necesario un primer encuentro físico, sino que se interactúa partiendo del anonimatoPartiendo de esta terminología, el actual amigo por correspondencia ha devenido en el amigo por correspondencia instantánea. Ahora no existe la espera de semanas e inclusive meses que nuestros ancestros tenían que pasar mientras eran transportadas sus cartas, sin contar las que terminaban extraviadas o interceptadas por azares del destino. Ahora se puede conversar prácticamente de forma fluida sin necesidad de hablar. No hay necesidad de ningún encuentro físico para encontrar personas con las que conversar, no hay ni necesidad de preguntar sus intereses o aficiones, basta con el entrar al perfil de su usuario y husmear por todas sus publicaciones, comentarios y publicaciones compartidas para hacerte una idea de sus gustos. Esto para las cuentas de redes sociales públicas, pues es necesario hacer una precisión a este punto. Están las redes sociales que son de contenido público y a las que todos pueden ver el contenido de todos, y están los servicios de mensajería instantánea donde las conversaciones son privadas, en su mayoría sólo entre dos personas. Muchas veces las segundas son incluidas en las primeras como un servicio adicional: twitter, facebook, discord, etc., con sus mensajes privados y viceversa: whatsapp, signal, telegram, etc., con la creación de grupos. Cuando la conversación deviene en amistad también se profundiza en la intimidad de estos mensajes, por lo que no es raro que llegado a un punto unas dos personas pasen de hablarse públicamente a íntimamente y de manera privada, sea cual sea el servicio de que se utilice.   

Dije que teníamos suficiente de definiciones sobre la amistad por ahora, pero creo que una más es necesaria no por apartarse mucho de las otras, sino por explicar lo que sucede con la amistad por correspondencia, válida también para la instantánea. Dijo Isabel Núñez en un artículo rotulado como Cartas de escritores en la revista Letras Libres (2012): «Podría decirse que la amistad es una conversación a lo largo del tiempo y, si es así, la correspondencia contaría la historia de esa amistad, de esa conversación siempre interrumpida y vuelta a reanudar a lo largo de los años». Eso último me parece lo más valioso, siempre interrumpida y vuelta a reanudar. Ocurre así en cualquier conversación hablada, pero es más fáctica en la escrita, puesto que siempre se puede volver los pasos al último mensaje dejado para continuar el tema anterior o cerrarlo si no lo está, mientras que en la hablada no es posible tener este registro exacto y muchas veces en lugar de reanudar el tema anterior con la exactitud inicial se parte de otro o se intenta llegar a él desde otro punto. No obstante, esto son sólo detalles sobre la manera de abordar la comunicación. Que se llegue a la amistad en estos medios digitales es lo realmente importante y lo que me interesa particularmente en este ensayo. O que no se llegue a él, podría ser también una conclusión final.

Mencioné casi como una curiosidad que se parte del anonimato en los medios digitales, pero no es sino hoy en día, para los usuarios finales, donde se interactúa a ciegas. No es ya el destinatario quién considera que mantener el anonimato frente a un desconocido sea lo más prudente, sino que éste mismo, cuando se convierte en emisor, también lo hace anónimamente. La norma pareciere ser la creación de alter egos en el mundo digital; no hay nombres, hay pseudónimos. También hay formas; avatares que reemplazan al aspecto físico en la foto de perfil que curiosamente fue pensado para colocar una foto real del usuario. Lo más alarmante, sin embargo, es la capacidad de desaparecer (o desaparecer, ya sea por voluntad propia o no, del alter ego) sin dejar rastro. No me refiero a la pérdida de conexión, puesto que este ensayo abarca a las zonas urbanas y sin problemas de esta índole. En tales circunstancias, aunque la pérdida del servicio de internet es posible: mudanzas, impago del servicio, cortes de mantenimiento, etc., son recuperados no mucho después. No me refiero a ellos. Me refiero a las personas que eligen desaparecer por su propia voluntad de la red social o servicio de mensajería instantánea. También es válido para los que decidan reiniciar todas sus relaciones y simplemente dar de baja a su alter ego y crear uno nuevo con otro pseudónimo y otro avatar o imagen de perfil. Así, ¿para algo tan frágil en sus inicios como son las relaciones humanas, si los cimientos de la posible amistad construidos a base de la frecuencia de los encuentros y conversaciones son cortadas intempestivamente y muchas veces sin previo aviso, se podría justamente para evitar estas pérdidas negar la amistad antes de su concepción? ¿La amistad podrá nacer en un medio así de inestable? Si lo hace, entonces se la ha subestimado.

Primero que nada, nadie calcula una amistad. El inicio de ésta no puede ser controlado, se da por las circunstancias y, es verdad, por la frecuencia de los encuentros. Fuera de dramas, con la misma facilidad conque una persona en la red desaparece otra es registrada. Hay usuarios por montones y los hay también personas con múltiples cuentas de usuario en una misma red social. Lo que abunda no son las relaciones profundas, sino un montón de interacciones pasivas que pasan a ser rutinas donde por el mismo hecho de compartir intereses y gustos, y hasta una determinada hora en la que conectarse, son reunidos por el algoritmo de la red social. Cada persona, por más ocupada que esté, tiene tiempo para uno mismo. No es extraño que dedique ese tiempo al ocio, y qué mejor ocio que el ocio instantáneo y fácil de las pantallas. El teléfono inteligente ha llevado este ocio a ocupar todos los tiempos muertos del trabajo, del estudio, de las esperas, de la necesidad de hacer algo cuando se tendría que hacer nada, porque a veces hacer nada es necesario, pero nada de a de veras como le imagino decir a Clarisse en una cita que nunca existió. Pues bien, retomando las desapariciones en la red, a pesar de lo dicho éstas no ocurren muy seguido, de hecho es hasta difícil que ocurran, y si lo hacen, se dan en las cuentas de usuario secundarias de la red social en la que se navega menos; sí, cada persona maneja más de una, es imposible darse abasto con todas o, al menos, con la misma intensidad. Siempre hay una predilecta por los motivos que sean: las usuarios únicos que se conectan a ella, las particularidades en su diseño, las opciones de contenido que se ven, etc. Las otras, que son dejadas en el olvido, quedan inactivas y desactivadas por la falta de uso. Pero el principal motivo por el que es difícil que una desaparición como tal, voluntaria y premeditada, se de, es que el ser humano es una criatura de costumbres. Cuando el hombre ha creado su rutina, se vuelve devoto a ella. Sobre todo cuando esta aparenta ser de poca importancia y de índole lúdica. Nunca surge de nuestra intención crear un espacio donde compartir nuestros intereses y ver a los mimos usuarios, día a día, compartir cosas relacionadas a estos. Hasta adquirimos muchos nuevos gracias a esta interacción. Estos usuarios reunidos por el azar o el algoritmo pasan luego a ser «seguidos» o «amigos» en las redes sociales; el término difiere, pero el trasfondo es el mismo. Ello significa ver de forma específica en un mismo espacio todas sus publicaciones y todas las que ellos comparten de terceros que bien podrían ser unos futuros seguidos y amigos. ¿Y para qué borrar nuestra existencia de un espacio complementario al que podemos simplemente dejar de lado unos días, semanas e incluso meses para retomarlo cuando mejor se crea conveniente? ¿Total, se tiene relaciones convencionales que son las principales… o no?

El valor de cualquier cosa difiere de acuerdo al grado de importancia que le da cada persona en particular. Las personas introvertidas no son producto de nuestra época, siempre las han habido, pero ahora éstas son más visibles al contacto de las que no por los medios digitales, por lo que se piensa erróneamente que sus cifras han aumentado peligrosamente. El introvertido que le rehúye a un encuentro social convencional tal vez se sienta más cómodo, menos expuesto, en uno digital. La facilidad de cortar la comunicación o las relaciones que se establecen en estos antros es un salvoconducto no posible en la realidad para ellos. Porque cuando no se quiere hablar con alguien no se le puede dejar plantado sin más, resultaría bastante incómodo para ambos, pero ello no ocurre desde una conversación pausada y continuamente retomada en la red, pues es la usanza habitual. Tal vez, paradójicamente, en caso la amistad nacida enteramente desde la red sea posible, les haya permitido a este tipo de gente ser más sociable a su manera. Una de las ventajas que más valoran los introvertidos es el registro de las publicaciones de los demás, sobre todo cuando son personas que aún no conocen, pues pueden sondear sus gustos y opiniones antes de cualquier contacto, es como ponerse un salvavidas antes de saltar al mar. Así que cuando inician el contacto, tienen el panorama general. Es posible que se lleven bien.

Siendo así, para este tipo de personas estas relaciones (llamarlas amistades aún es adelantar opinión) son de igual importancia que las convencionales por no decir que lo son más. Unos párrafos atrás se habló de la desaparición voluntaria de estos sitios, que se dan. Ahora vemos que un tipo de personas da más importancia a este tipo de relaciones que el otro, por lo que no es errado decir que estas desapariciones son más frecuentes para los que las consideran secundarias; sin embargo, son para los que más las valoran las que más sienten su pérdida; hasta comparable a la ida de un amigo convencional. ¡Cuánto más trágico para el que se conecta un día cualquiera a su red social y no se encuentra, como era costumbre, al usuario con el que tantas veces ha compartido conversaciones amenas! Por supuesto, en un inicio nunca se puede hablar de una desaparición como tal. Es lo normal no poder conectarse a diario, unas semanas también ocurre, a veces, incluso, meses por mudanzas. Pero el tiempo pasa y el usuario no vuelve a aparecer; nunca hubo un mensaje de despedida, al revisar el perfil tampoco hay un indicio de malestar ni molestia, todo iba normal en el desarrollo de los días y, no obstante, un día no aparecen y no sabes qué fue de aquella persona. Estas son las desapariciones que duelen. Posibles amistades son cortadas de esta forma en algún lugar del mundo mientras se lee este ensayo, no hay porque mostrarnos patéticos, ocurre lo mismo en la cotidianidad, sólo que con menos frecuencia por el carecer de la instantaneidad brindada por la tecnología.

Pero parece que nos hemos adelantado hasta el punto donde el vínculo es suficientemente fuerte como para sufrir su pérdida, una especie de duelo virtual. Antes de eso, los usuarios tienen que formar un vínculo no ya duradero, pues se ha dejado en claro que la rutina juega un papel inercial aquí, sino significativo y que aporte a ambas partes. La interacción en la virtualidad es constante y multifacética, se aborda (o se aparenta abordar) muchos temas sin profundizar en ninguno. La red demanda velocidad, no hay tiempo para pensar en una respuesta a un tema cuando se está siendo bombardeado con otros muchos más mientras se intenta pensar en el primero, la tentación por ver los otros es muy grande. El timeline de Twitter, el muro de Facebook, la home de Embers, están pensando para ir bajando en scrolling text hasta saciarse de contenido. Ya lo decía bien la novela:

El hombre del siglo XIX —dice Beatty—, con sus caballos, sus carretas, sus perros: movimiento lento. Luego, el siglo XX: cámara rápida. Libros más cortos. Condensaciones. Digestos. Formato chico. La mordaza, la instantánea. […] Cámara rápida, Montag. Rápida. Clic, pic, ya, sí, no, más, bien, mal, qué, quién, eh, uh, ah, pim, pam, pam. Resúmenes, resúmenes, resúmenes.   

Esta última cita, aparentemente desfasada en cuanto se la excluye de su mensaje de velocidad para ir a comparar sus ejemplos, ¿no nos trae a colación este último desplazamiento de la más grande página web de vídeos como lo es Youtube frente a su competidor más condesado que es TikTok? El mundo actual es pragmático en sus formas. Para qué gastar más de diez minutos de nuestro tiempo en algo que te puede entretener sólo en uno, así hasta hay más «tiempo» de «ver» más «contenido». La respuesta de Youtube, y de muchos otros, no es la de competir en su formato, sino copiar. Después de todo, la gente ya ha decidido. ¿No es por eso que Youtube ha implementado el espacio de Shorts en su plataforma, no ha hecho lo mismo Facebook con Reels? Es esta misma velocidad que trae como consecuencia la rapidez de las interacciones entre los usuarios. No hay ni tiempo de comentar una publicación, para eso existe las reacciones y los me gusta. ¿Cómo así entonces es posible forjar una amistad sustancial en la red? Esto trae a colación a Fahrenheit 451. ¿Cómo no? Si esta velocidad a fin de cuentas lo abarca todo. Aun cuando existe la posibilidad de comentar una respuesta tan elaborada y larga como se quisiese, ello casi nunca se da y cuando sucede muchas veces no hay una contestación adecuada, casi como si no se esperase primeramente una respuesta. «Nadie escucha a nadie» diría Faber. La anterior cita vuelve entonces a estar vigente, la comunicación a base de interjecciones, onomatopeyas, risas… Y ¿cómo así? ¿Acaso se publica algo fuera del humor burlesco o imágenes de naturaleza erótica? ¿Cómo responder a eso fuera de unas risas o un piropo? Pues aunque se esté seguro de lo contrario, no todo en internet es porno; de la misma forma, no todo en las redes sociales son memes y erotismo, increíblemente este es un mundo de extremos. Las redes sociales también son campos de batalla, son luchas indomables de opiniones opuestas que aún sabiendo no llegar a un acuerdo se porfía en el cinismo del evangelizador. Es una guerra de heridos. Aquí sí que las respuestas y opiniones son muy elaboradas, dejemos de lado que éstas se basen en información errónea o tergiversada, pero elaboradas, elaboradas son. Entonces, ¿esto acaba con la banalidad de las interacciones? ¿Los debates enriquecen la comunicación y, en todo caso, promueven las relaciones interpersonales? Esto sería cierto si se buscase debatir, pero lo que más abunda es el querer imponer la opinión frente a las demás o el querer hacer cambiar de opinión al contrario. Ninguna de esas cosas funciona si el otro usuario busca lo mismo, ello sólo lleva a intercambiar sus puntos de vista como verdades y, después, al ver que el otro hace lo mismo, ir a la ridiculización o incurrir en falacias para hacer «caer» al otro. Generalmente esto termina mal, del agudo sarcasmo al insulto, del responder con una imagen irónica hasta el bloquear al usuario al verse «superado» o «molesto», cosas como esta son normales. No obstante, la usanza habitual, lo que permite al usuario común que no busca ser conflictivo, pero que a veces cree necesario dar su opinión, es la de ignorar. Se podría pensar que ello incumbe sólo a la gente más joven, pero no. Aún en la madurez ocurren casos similares, después de todo es imposible saber a ciencia cierta la edad en la red, tal vez ocurran estos malentendidos por la brecha de edad, tal vez se quiera razonar seriamente con un niño o adolescente que sólo quiere pasarla bien siendo cínico a propósito, nunca es posible saber del todo cuales son las intenciones que encierran las palabras escritas. Tal vez es cierto que sea necesario el encuentro físico para conocer a la persona realmente. Encuentro que puede suplirse también en la red, pero que no se le concede al usuario común.

Caemos entonces en la lucha de extremos, de la frivolidad de la comunicación por monosílabos y reacciones a la cruenta lucha de los discursos de opinión y odio. Sin duda internet o, mejor dicho, el anonimato, saca lo peor de nosotros. Nos muestra como realmente somos, desinhibidos, en una ebriedad de impunidad y pase libre para ser lo que queramos. La clave está en ese «lo que queramos», no me voy a detener (a pesar de que es un tema muy rico del que hay mucha tela que cortar) en discurrir sobre las posibilidades de esta última afirmación, pues es común que el alter ego en la red sea una idealización de la persona en cuestión. Puedes crear un yo distinto en la red, a veces de manera inconsciente; un nuevo mundo, para un nuevo comienzo. ¿Verdad que da para un ensayo completamente nuevo cuyo tema centrar sea ese? Nos basta para nuestro fin afirmar una de esas tantas posibilidades del yo en la red, el ideal del compartir verdaderamente el «como soy yo» en internet que quizás por diversos motivos esté cohibido en el mundo real. Decir las cosas no ya con el fin de ofender o convertir, sino por el mero hecho de compartir tus opiniones y encontrar gente afín a ellos que enriquezca o rebata esta opinión, pero de forma respetuosa y enriquecedora.

Fuera de esta última conclusión pareciese que muchas de la anteriores convergen en desestimar la amistad remota como algo soluble, pero todas ellas, aunque profundizándolas por separado parezcan alejarnos de ella, cada apartado, siquiera un poco, nos da las herramientas para que una amistad propiamente dicha sea posible. Un entorno donde interrelacionarnos, la capacidad de departir sobre temas afines, la interacción en tiempo real, la prolongación en el tiempo de esta interacción y la oportunidad de profundizar este vínculo si se quiere agregando voz e imagen. Las dificultades son varias, sí, pero ¿no es así también en la vida real? Que el anonimato hace imposible la confianza para crear una amistad, pero ¿no toda amistad parte del anonimato? Demorará mucho más generar confianza en la red, pero ¿eso no quiere decir que esa relación es más trabajada y por ende más firme? Que la frivolidad y rapidez de las interacciones no permite profundizar en las relaciones, pero ¿no están las herramientas dadas para elegir no serlo? A fin de cuentas es el usuario mismo quién decide el tiempo que le dedica a sus interacciones, desde la conexión puramente lúdica para «gastar» un tiempo muerto y donde no se busca hablar con nadie, sino del entretenimiento, hasta la conexión más pausada donde hay comentarios y respuestas a publicaciones sobre temas que son de interés. Que las desapariciones intempestivas cortan las relaciones negando su profundización. Y lo hacen, pero que se corte la relación no quiere decir que no se haya formado un vínculo, que se deje de ser amigo de alguien no significa que alguna vez no lo haya sido. 

No veo entonces impedimentos reales para que la amistad no se de en la red, las circunstancias son otras y como tales sus dificultades también, ocurre lo mismo en la realidad. Sobre todo porque parece que se está compitiendo entre estas cuando no tiene que ser así, pues son complementarias; sin embargo, las similitudes son tantas que se tiende a comparar una con la otra, así se ha llegado a la conclusión tácita de que una amistad tiene que seguir las reglas de la realidad para formarse. Se ha hablado ya de cómo la virtualidad aspira a lo real emulando su entorno. El streaming lo hizo llevando ambos: voz e imagen, en tiempo real. Se pensaba que era la cúspide la inmersión. Ahora, no obstante, el campo de la realidad virtual es un terreno aún inexplorado para dar el siguiente salgo de virtualidad, pero todavía nos falta pericia para llevarlo a la práctica. Con esto quiero decir que estas herramientas posibilitarían las relaciones tal y como se dan en la realidad y con ello se llega a la conclusión errada de que para que el siguiente paso de la formación de la amistad se de, esta tiene que ser una copia en sus formas de la real. Es decir, solamente una vez se haya «conocido» a la persona a través de voz e imagen en tiempo real o de lo que sea que fuese que la tecnología tenga para nosotros en el futuro se puede terminar de formar la amistad. Esto es falso. La amistad no está supeditada a ser presa de nuestra realidad sólo porque nosotros seamos los que la habilitan. La amistad nace de las relaciones humanas, ese es el punto de partida. Que estas se den en un entorno físico sólo es así porque nos tocó habitar el mundo. En cuanto a la amistad, esta es de orden metafísico, y con esto no pienso divagar, digo esto simplemente porque la amistad no obedece a ninguna unidad escalar, usted no puede medir la amistad. Entonces pensar en qué medios físicos se necesitan para formarla es un sinsentido, basta conque las relaciones humanas sean factibles. Es por eso que ahora mismo, aún cuando existe la posibilidad de verse y oírse, muchos usuarios prefieren evitar estos medios y continuar su comunicación mediante la escritura, es posible que ambos se consideren amigos a pesar de ello. Ese sería un buen punto de partida para el nacimiento de una amistad, que ambos se reconozcan como amigos aún sin saber que el otro ha hecho lo mismo. Después de todo, ¿a cuántos de nuestros amigos se ha llegado a consolidar el vínculo mediante una petición? Esto no ocurre de ese modo.

Del mismo modo la amistad, a pesar de involucrar una empatía y una congruencia en el modo de ver el mundo, no obedece a una uniformidad de criterios físicos y temporales. Montag llegó a ser amigo de Clarisse a pesar de su diferencia de edad y lo diferentes que eran físicamente, en cuanto al tiempo que les tomó ser amigos, este, como ya se dijo, fue apenas con conversaciones matutinas de diez minutos de camino al trabajo durante unos días. ¿Dónde está, pues, la profundización de las relaciones y la eliminación del anonimato? Por supuesto, este puede que sea un ejemplo no válido porque parte de la ficción, pero casos así son posibles aún en la realidad a pesar de que parezcan improbables, me basta dejar en evidencia la cantidad de personas en el planeta y la cantidad de relaciones que puedes formarse entre ellas, me parece que estadísticamente es posible. Y si esta misma situación se extrapola a la red, entonces es todavía más viable, no ya como solución estadística, sino que el mismo entorno promueve que relaciones como la de Montag y Clarisse surjan. Amistades nacidas de interacciones cortas y sinceras, puesto que en la red no hay necesidad de guardar las apariencias; diferencias de edades producto del anonimato (o de la privacidad) del usuario que, sin saberlo, nos acerca con personas afines sin tener en cuenta la edad. Ambas características están presentes en la red, así como muchas otras. 

La amistad, en suma, es caprichosa. Cada amistad nueva puede considerar diversos causales para formarse, puede necesitarse mucho tiempo o surgir al instante como una epifanía. Puede darse sólo a través de conversaciones escritas o mediante la voz. Puede darse jugando, tanto en la realidad como en la red. Puede surgir entre gente joven y gente mayor. Entre hombres y mujeres. Puede, también, no darse. No hay que hablar de extremos, así como en la vida real se forman o se truncan amistades ocurre lo mismo en la virtualidad. Tal vez sus complejidades y los recursos de las interacciones sean propias de cada entorno, pero todas tienen por fin mantener una interrelación y comunicar algo a alguien. Surgirá la amistad allí entonces. Porque, y esto hay que tenerlo bien en claro, el progreso tecnológico no espera a nadie. Llegará el día en que la ciencia avance tanto que la realidad virtual tendrá su espacio como ahora lo tiene la red, en la que la inteligencia artificial se desarrollará tanto que será indistinguible con una persona real. Entonces esta, quizá, será probada en la red incógnitamente como un primer acercamiento al usuario común, se preguntará entonces si usted, efectivamente, se ha hecho amigo de una I.A. sin saberlo.




Fuentes de Información

  • Fahrenheit 451, novela de Ray Bradbury (traducción al español por Francisco Abelenda, 2020)
    1. Prólogo, Laura Fernandez, 2020
    2. Introducción de Neil Gaiman, 2013 (traducción de Joan-Josep Musarra Roca, 2020)
    3. Postfacio de Ray Bradbury, Fuego Brillante (traducción de Francisco Abelenda, 2020)
  • Crónicas Marcianas, novela de Ray Bradbury (traducción de Francisco Abelenda, 1995)
    1. Prólogo, Rodrigo Fresán, 2020
  • Letras Libres, revista. Artículo escrito por Isabel Núñez, 2012
    1. https://letraslibres.com/revista-espana/cartas-de-escritores/
  • Ensayo sobre la amistad, ensayo de Alberto Nin-Frías.
    1. http://www.autoresdeluruguay.uy/biblioteca/Alberto_Nin_Frias/lib/exe/fetch.php?media=nin_-_sobre_la_amistad_en_pegason63.pdf
  • Ensayo sobre la amistad, ensayo de Orlando Cáceres Ramírez, 2019
    1. https://www.aboutespanol.com/ensayo-sobre-la-amistad-2879581 

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