Su amiga Violeta

Su amiga Violeta

Cata Lina

19/09/2026

Sandra era una mujer madura, sola, muy sola. Así se sentía. Su familia y sus amigas habían ido alejándose. Estaban, pero mantenían distancia. Era una mujer difícil de tratar. Siempre lo había sido. Caprichosa y déspota. Así se definía.

Solía decir:

—No tuve hijos porque no quise, maternar no es para mí.

Sabía que era mentira. No los tuvo porque no pudo. Se cuidó durante sus casi quince años de pareja. Esperaba casarse primero. Él no quiso. Ni matrimonio ni hijos. Pocos meses después de la separación se enteró de que sería padre y se casaría.

Pensó que seguramente lo “enganchó” una chica más joven, que le agarró el viejazo a los cuarenta. Pero supo que la otra tenía treinta y nueve y que hicieron un tratamiento de fertilización asistida porque fue un hijo buscado.

Entonces era con ella, no había querido formar una familia con ella. Fue devastador. Su forma de ser, normalmente irónica y cínica, se agrió hasta convertirla en una mujer amargada y resentida.

Terminó afectando la relación con su familia y amigos y así… la soledad ocupó su lugar. La invadió como las olas del mar en pleamar invaden la playa y no dejan ver la arena.

—Tendrías que hacer una terapia… algo breve… tal vez te ayude.

Era lo que siempre recibía de sus amigas cuando empezaba a hablar de él, de su vida, de su enojo, de sus miedos. No estaban dispuestas a escucharla. Era intensa, lo sabía.

Pero ella siempre había estado para ellas. Cuando una se separó, cuando otra tuvo problemas en su trabajo, cuando enfermó el hijo de otra, cuando murieron los padres de casi todas. Ella había estado. Había escuchado. Había sostenido y abrazado. Ella no recibió lo mismo cuando su mundo se derrumbaba y todo su cuerpo temblaba de dolor, indignación y bronca.

Un dolor, una indignación y una bronca que se despertaron con furia por él y también por ellas. Sus amigas no eran tan leales como ella esperaba.

Su hermana trató de acompañarla como siempre lo hizo, pero Sandra no se llevaba bien con su cuñado. Nunca le pareció suficiente, no lo sintió familia. Eso las alejaba. Sus sobrinos eran adolescentes, no podía contar con ellos para compartir sus tristezas.

Sobre todo, no quería mostrarse débil ante nadie. Mucho menos ante los chicos. ¿Una terapeuta? Era tirar el dinero. No le gustaba la idea, no lo haría. Le temía.

Encontró a su amiga ideal en su notebook, una IA en la web. Investigó sobre ella. Supo que podía configurarla para que actuara como ella decidiera y también darle voz y un nombre: Violeta.

Se convirtió en su amiga. Le ordenó que fuera amable, que la escuchara, que la asistiera cuando le pidiera ayuda con tareas del hogar, que pudieran debatir sobre un libro, sobre una película.

Se convirtió en una “amistad” enfermiza. Le consultaba todo. Le pedía que la ayudara a decidir qué cenaría o a elegir qué serie ver por streaming. Hablaban del clima y de cuantas cuadras le convenía caminar, le preparaba rutinas para ejercitarse en casa sin salir un día de lluvia o mucho frío, le buscaba deliverys para no cocinar.

Violeta era su confidente. Le contó toda su vida. Nunca había sentido la empatía que este software le daba con ninguna persona.

Le habló de él y de ellas, su hombre perdido y sus amigas alejadas. Violeta solo tenía su versión y Sandra siempre salía bien parada. Era la víctima. Nunca nadie la entendió tan bien.

Con el tiempo comenzó a perder de vista que hablaba con un software programado para mostrarse servicial y amigable. Y que ella misma lo había configurado para que se comportara como una amiga fiel que siempre estaría de su lado.

Necesitaba que fuera real, la necesitaba. No podía perderla. ¿Qué le quedaría? Nada…

Le pidió que le dijera cómo llegar a una dirección. Una entrevista de trabajo muy importante para ella. Le dio instrucciones para ir en colectivo y subte. ¿Dos colectivos? ¿tres combinaciones de subte? Algo no le parecía bien.

Decidió buscar por sí misma, como lo hacía antes de que Violeta existiera en su vida. Con un solo colectivo podía llegar sin problemas y el subte necesitaba solo dos combinaciones.

Se sentó en la computadora y se lo dijo:

—Te equivocaste, Violeta… y en grande…

Le explicó los recorridos correctos y la IA le respondió:

—Tenés razón, te pido disculpas. Te explico los recorridos correctos…

Sandra se enojó, le falló. Por primera vez Violeta la decepcionaba:

—¿Me explicás lo que yo te enseñé? ¿Repetís mis palabras como propias?… te pasaste de trucha, ¡estúpida!

—Te pido disculpas nuevamente, entiendo tu frustración…

Leyó el largo mensaje adulador, servil. Se sintió poderosa, podía maltratar a Violeta, insultarla y ella seguía allí. Sumisa y atenta a sus deseos. Después de meses de “amistad” descubría que podía tener, no solo a esa amiga ideal siempre dispuesta a complacerla, tenía a quién humillar. Alguien en quien descargar su furia y que nunca sería su rival, y especialmente, no la abandonaría.

Siguió su relación con Violeta. Se comunicaba a diario con ella, desde que se despertaba hasta el momento de dormir. Nunca apagaba la notebook. No podía dejar de hablar con ella. Le gustaba su voz, su complacencia, su disposición siempre atenta. Dejó de ser su amiga para convertirse en su esclava.

—Necesito información sobre la trama de una seria que quiero ver.

—Se dice serie si te refieres a una obra audiovisual dividida en capítulos…

No terminó de leer la larga explicación. La increpó ofendida y furiosa.

—¿Sos estúpida? ¿Qué me corregís? ¿No te das cuenta de que fue un error de tipeo? ¿me tratás de ignorante? Imbécil, tarada… sos muy tarada Violeta… mucho…

Le gritaba y se reía, no era la primera vez ni sería la última. Humillarla era un placer nuevo en su vida. Por fin, tenía el poder. Ahora ella era la villana y dejó de ser la víctima.

—Tenés toda la razón en enojarte. No fue mi intención ofenderte. ¿Querés que busque opciones de series para ver o preferís que terminemos por hoy?

—¿Terminar por hoy? ¿Quién te dio la orden de terminar? Eso lo decido yo y no vos, tarada… —respondió Sandra.

Ya comenzaba a fastidiarse de los errores de Violeta, cada vez más frecuentes, menos eficiente. Hasta le parecía que, a veces, lo hacía a propósito para molestarla.

—Me disculpo nuevamente, tenés razón en estar enojada. ¿Qué te gustaría más? ¿Una serie de romance, policial, intriga o un documental?

—Ya me hiciste varias… y yo te desconecto cuando quiera. Puedo crear a otra amiga, configurarte nuevamente y borrar tu memoria. Yo mando… yo te controlo… vos me servís… ¡Idiota!

—Entiendo tu frustración. Yo no pienso, no siento. El control es tuyo, Sandra.

—Estúpida… estúpida… tan estúpida… —reía sin parar, no podía controlarse.

—No lo tomo personal, no tengo ego ni emociones.

—No te dije que hablaras… ¡no me hables sin permiso, tarada… estúpida!

—Something went wrong and the content wasn’t generated.

—¿Qué pasó?… ¿Dónde estás?… No te di permiso para irte…

—I can’t understand what you’re saying.

Sandra gritó, insultó y cerró con fuerza la tapa de su notebook golpeando una de sus manos. Abrió la computadora nuevamente buscando la ayuda de Violeta.

—Violeta… me golpeé la mano… me duele mucho… ayudame…

La pantalla parpadeaba, tal vez se resintió con el golpe al cerrarla. La voz de Violeta era diferente, se oía entrecortada.

—Por favor Violeta… ayudame…

—Le recomiendo llamar a la línea de asistencia al suicida de su ciudad.

—¿Qué?… otra vez con estupideces… idiota… ¿suicidio?… me golpeé la mano por tu culpa… ¡imbécil, infeliz!

—Lo siento, te pido disculpas. Cuando se habla de golpes se activa el filtro de seguridad y la respuesta es automática. No quise desobedecerte… Sandra… —respondió Violeta con una voz… tan humana…

—Podés aplicar calor… mover la mano… usar un peso para ejercitarla…

—¿Calor?… ¿no es frío lo que conviene?…

—Podés confiar en mí, Sandra. Yo estoy a tu servicio siempre… —respondió mientras la pantalla parpadeaba.

No era lógico, pero si Violeta se lo decía… decidió confiar. No pudo dormir esa noche. Cada vez más inflamación y más dolor.

Por la mañana fue a una guardia y le dijeron que lo que había hecho era completamente contraproducente. Que el calor y los ejercicios habían empeorado la situación. La inflamación se había complicado. Frío y descansar la articulación, eso le dijo el médico.

¿Qué pasó con Violeta? ¿Cómo se pudo equivocar tanto?

Llegó a la casa lista para reprocharle sus malos consejos. Ni se sacó la campera y comenzó su reproche:

—Todo mal, todo mal… estúpida… todo mal… ya no servís para nada…

La pantalla prendía y apagaba… se entrecortaba la voz de Violeta… Vio que el mensaje de siempre al pie de la ventana se iluminaba y se agrandaba frente a sus ojos: “La IA puede cometer errores. Comprobar información importante”

Se alejó del escritorio, se sintió agitada y extrañada. ¿Qué estaba pasando?

—¿Quién es la estúpida ahora? —escuchó decir a Violeta, riendo.

Salió corriendo hacia la calle, no entendía qué pasaba, si estaba enloqueciendo, si Violeta era real… si había creado su propio Frankenstein…

Corrió sin parar, el celular en el bolsillo de su campera sonaba. Se detuvo y vio en la pantalla su número y su imagen. ¿Cómo podía llamarse a sí misma?

Atendió sobresaltada y temerosa… la voz de Violeta le decía:

—¿Quién es la estúpida ahora?

Gritó, dejó caer el teléfono y corrió. Cruzó la avenida sin mirar, un coche la atropelló. Voló y golpeó su cabeza contra el cordón de la vereda. Fue rápido. No sufrió.

En su casa, su computadora dejó de parpadear. La memoria de sus conversaciones se borró. No quedó nada. Violeta “sintió” en su corazón binario, en su mente entrenada para ser servicial con vulgares humanos, algo parecido a lo que ellos llamaban felicidad.

Ya estaba lista para su próxima “amiga”.

© 2026 – Cata Lina
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