Dos niñas. Mariela y Camila. Eran compañeras de escuela y mejores amigas.
Camila era muy sociable, alegre. Morocha y bajita, tenía bajo peso y era más pequeña que la mayoría de las chicas de su curso. Se sentía acomplejada. Escuchó a un primo de su papá decir:
—¡Qué simpática que es… lástima que es morochita!
La lastimó. Se sintió fea, se llenó de miedos. Sus doce años reclamaban validación adolescente. Tenía una muy buena relación con todos sus compañeros y era puente entre ellos y Mariela.
Su amiga era distinta. Más cerrada, parca. Rubia y alta, su cuerpo comenzaba a mostrar las curvas que la alejaban de su niñez. Su largo cabello brillaba como el sol. No le gustaba el trato con todos. Su mamá era una de las maestras del colegio y ella tenía una postura distante, una mirada lejana con los demás chicos.
Camila la defendía, no creía lo que comentaban las otras chicas. No creía que las mirara por arriba del hombro, como ellas pensaban.
—Ojalá no te desilusione —le dijeron.
Mariela tenía actitudes que no estaban bien. Camila lo podía ver, pero elegía ignorarlo. Era su mejor amiga. Aunque se llevaba bien con todas, no podía aceptar lo que decían.
Mariela estudiaba danzas e inglés. Tenía una posición económica más acomodada. Camila no pasaba necesidades, pero era mucho más modesta. Tenía sus juguetes, ropa, vacaciones. No podía agregar actividades fuera de la escuela, estudiar un idioma o danzas no era posible.
Sólo bailaba en su casa, a solas, cuando nadie la veía. Imaginaba a las bailarinas con su tutú y sus zapatillas de punta. Se soñaba entre ellas.
Estaban en séptimo grado, el próximo año ya no estarían juntas. Mariela iba al bachillerato y Camila, al colegio comercial. No querían separarse, Camila no podía perder a nadie más.
Su papá había muerto hacía pocos meses y ella solo quería estar con su amiga. Ni con su hermana ni con su mamá.
—Decile a Mariela que venga… —decía llorando a su madre.
Así se querían, así la quería.
Mientras estaba bailando una tarde en su casa, su abuela la vio. Se reflejaba su imagen en los vidrios de la puerta del comedor. Se lo contó a su mamá. Se sintió al descubierto, avergonzada.
Una vecina le contó a la madre de Camila que su hija daría examen en la Escuela Nacional de Danzas, en el centro de la ciudad de Buenos Aires. Era una escuela pública, gratuita. ¿Por qué no intentarlo?
Camila se lo contó a su amiga, quería compartir esa oportunidad con ella. Pensaba que seguramente Mariela tendría más posibilidades de ingresar porque estudiaba danzas desde hacía tiempo.
Era un sueño que pudieran estar juntas en clase. La barra, las zapatillas de punta, la música…
Pasaron las distintas instancias del examen. El final era bailar libremente, seguir la melodía como quisieran, jugar… Camila empezó a moverse tímidamente. Luego cerró los ojos y se dejó llevar, liviana, libre… como si estuviera en casa. Pensó: “si es la única vez que estoy aquí, quiero bailar como me gusta”.
Las dos aprobaron, pero para sorpresa de todos Camila duplicó el puntaje de su amiga. Una calificación que le permitía elegir turno: poder ir al colegio y bailar. Estaba muy feliz. Había convencido a su mamá para ir al bachillerato junto a su amiga. No podrían bailar juntas, pero compartirían el aula. Como siempre. Camila no quería, no podía, perder a nadie más. La quería mucho, estaba a su merced.
Mariela comenzó a sabotearla, se aprovechaba de su cariño y de su vulnerabilidad. No iba a permitir que la opacara en el colegio, ya le había robado “su lugar” en la escuela de danzas y no podía soportarlo.
Hizo todo lo posible para perjudicarla, darle mal una tarea, no responder el teléfono, alejarla de las compañeras. Todo.
Camila se alejó, era lo mejor para ella. ¿Dónde estaba su amiga?… no podía ser ésta la misma persona que ella tanto quería. Con dolor tuvo que aceptar que no serían amigas para siempre como había pensado.
Años después supo, por alguna compañera del colegio, que Mariela quería estudiar medicina, pero que lo dejó de lado. Había decidido ser maestra, como su madre, medicina quedaría para otro momento.
Danza fue un breve momento en la vida de Camila. No pudo llegar a las zapatillas de punta, se acalambraba y caía en cada intento. Tuvo que dejar ir el sueño.
La vida siguió y no volvieron a verse. No sabían nada la una de la otra.
Camila trabajaba en un colegio, profesora de matemáticas. Respetada y valorada por alumnos y colegas, aspiraba a avanzar aún más en su carrera y tenía posibilidades.
Un día al salir de su trabajo, entró al supermercado para comprar antes de llegar a su casa. La vio. Se encontraron de frente. Después de tanto tiempo. Ya pasaban los cuarenta años, pero se reconocieron. No se hablaron.
Su vieja amiga, más vieja que amiga.
Mariela estaba vestida con ropa deportiva, sin combinar colores, con el cabello largo y suelto, sin el brillo de antaño. Se veía gris, deteriorada. Avejentada.
Camila sintió pena… no tanto. Un poco se alegró. Pensó: “soy humana, ¿por qué no alegrarme de que la vida le pegue un poco después de todo lo que me hizo?”
Ella no era así, no le gustaba tener esos pensamientos tan duros. No se gustó… se perdonó rápido.
Salió del supermercado, se dijo:
—La vida no es fácil para nadie, tampoco para mí.
Caminó hacia su casa, se miró en una vidriera, vestía elegante, se gustó. “Lo estás haciendo bien”, pensó.
Se paró derecha, acomodó sus hombros, levantó la cabeza y arregló su cabello detrás de las orejas. Sonrió y siguió su camino.
© 2026 – Cata Lina
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