1. Colegio Militar de la Nación (1986)

Nunca entendí por qué Yul no se retiró del Colegio Militar. Contrario a mi viejo, yo sí sé por qué ingresó; él mismo me lo contó: se sentía incomprendido en la casa, quería independizarse y hacer con su vida lo que le viniera en gana; pero era menor de edad, así que pensó en irse con los milicos, estar un año ahí y luego, al cumplir la mayoría de edad, dedicarse a recorrer la Argentina y quizás Latinoamérica con sus amigos.

Ahora que lo pienso mejor, esta es la cosa más loca que un pibe puede pensar. Claro está, tampoco era una idea pensada enteramente por él. El que lo convenció de llevar a cabo este absurdo plan fue el Negro. Fue él quien le dijo que iban a aprender cosas nuevas, que iban a independizarse de sus padres, que podían hacerse de unos mangos solo por estar de cadetes y, lo más importante, es que con esos uniformes les iban a llover las minas.

Presentaron las pruebas un mes de abril, a espaldas de mi viejo. El Negro se llevó a toda la barra: Al Ruso, al Colorado, al Beto y a mi hermano Yul, a quien ellos llamaban el Turco. Es increíble cómo yo heredé a toda la barra y cómo dejé de ser el Nene para convertirme en el Turquito, después de que mi hermano murió. No fue lo único que heredé: de tanto estar con ellos me gusta el rock; ahora bien, en el amor por Boca no tuvo que ver Yul, eso viene de familia, de mis abuelos.

De la barra, mi hermano, el Turco, fue el único que pasó las pruebas; pero cuando se lo dijo a mi papá se armó un gran quilombo. Mi viejo le dijo que él no había criado a ningún milico represor; sin embargo, para mi sorpresa, de todas maneras mi hermano ingresó en el Colegio Militar de la Nación los primeros días de febrero del año 1979. No sé cómo hizo para que mi papá le firmara los documentos de ingreso, porque él no quería saber nada de esa situación. Me imagino que fue su compadre, cuyo hermano era oficial, quien lo terminó de convencer.

Para mí Yul era un gran pelotudo: ¿cómo iba a cambiar la comodidad del hogar por ir a un sitio donde lo iban a tratar mal, donde estaría encerrado, donde no iba a tener ningún tipo de libertad, donde no iba a ver a sus amigos y, lo peor de todo, donde no iba a poder ir a La Bombonera para ver al club de sus amores, Boca Juniors?

Todo lo que yo pensaba de él cambió el 20 de Junio durante la Jura de la Bandera. Mis padres también cambiaron de parecer; se sintieron muy satisfechos al verlo uniformado junto a sus camaradas. Ahí estábamos nosotros tres, su familia; pero también estaban los pibes de la barra. Todos sorprendidos por el increíble cambio del Turco. Debo decir que también me sentía muy orgulloso de él; nunca pensé que él aguantaría ni un mes en ese sitio. Más aún cuando me contó cómo fue ese “período de adaptación”: las actividades físicas que los ponían a hacer, la disciplina ahí adentro y cómo fue “bautizado” por los cadetes superiores.

Ese día de juramentación salió mi hermano por primera vez desde que entró en la milicia. Mi viejo nos llevó a todos a La Cabaña, en el barrio Monserrat. Él estaba feliz, nunca vi a mi papá más feliz, y yo hasta sentí envidia de Yul por eso. De ahí en adelante, él siguió siendo el mismo: salía los fines de semana, se juntaba con los chicos; cuando podían iban a la Bombonera o estaban al pedo en el barrio, o quizás escuchando un poco de rock en la casa de alguno. Sí, seguía siendo el mismo de siempre, aunque ya no era un melenudo.

A partir de ese momento todo en la casa giró en torno a él. Los fines de semana, cuando no salía de permiso, mi vieja le llevaba la heladera entera para que se diera un atracón. Cuando salía, en casa le hacían un asado especial para que se diera una panzada. Por su parte, mi padre le daba el coche a Yul para que saliera con sus amigos y procuraba darle guita para que el fin de semana se divirtiera. Yo también me sacrificaba por él: tuve que darle la Spica, que se la llevó a la milicia, para que sintonizara Radio Rivadavia y así escuchara al Gordo Muñoz relatando los juegos de Boca. En casa tenía que cederle el Winco para que escuchará sus bandas de rock, y la tele para sus programas favoritos.

En retrospectiva, pienso que nuestras atenciones y nuestro manifiesto orgullo fueron las causas que provocaron que mi hermano culminara la carrera y no se fuese de baja como pretendía. Eso, además de un exacerbado sentimiento patriótico que él desarrolló y que lo hacía ver que la Argentina estaba en peligro y flanqueada por enemigos que la acechaban.

Yul no era político. En casa ninguno era político; sin embargo, sí sabíamos lo que pasaba. Para el momento en el que Yul entró en el Colegio Militar, nuestros vecinos Marcelo y María Fernanda Martínez tenían dos años en las listas de desaparecidos; sus dos hijos, que no pasaban de los cuatro años de edad, estaban siendo buscados por sus abuelos ya que estuvieron en manos de las autoridades por dos días y luego no se supo nada de ellos: nadie dio respuesta de esa familia.

Por historias como esta había cierta tensión en la casa. Yul se molestaba cada vez que mi viejo recordaba que los milicos desaparecieron a los Martínez. Por su parte, mi hermano, le respondía que las Fuerzas Armadas eran la única garantía de que Chile no nos quitara territorio. Él se estaba apegando a su uniforme, a su Colegio Militar. Mi papá trataba de no provocarlo y las discusiones no pasaban a mayores.

2. Las Malvinas (1982)

Papá, mamá, Paola y Yoz

Esta carta la empecé en Malvinas. Al principio era un diario personal para recordar esta experiencia. Cuando regresé al continente me di cuenta de que no quería acordarme de absolutamente nada de la guerra. Fue en ese momento que pensé que esto tenía que ser mi testimonio para que entendieran lo que pasé y comprendieran que, aunque mi cuerpo está bien, mi mente y mi espíritu no lo están. Cuando lean esto, ya habré hecho la única cosa que me puede dar paz. Espero que, después de leer, me entiendan.

Al poco de entrar en el Colegio Militar ya se sabía que pronto se avecinaba algún tipo de hostilidad contra la nación. Esto nos lo decían nuestros instructores porque nos querían preparar en cuerpo y mente para lo que se nos venía. Los cadetes pensábamos que sería contra Chile, por las disputas fronterizas. Nos sentíamos preparados y listos. Soñábamos con un cruce de los Andes como San Martín. ¡Que ignorantes éramos de la realidad de la guerra!

Nunca le comenté esto ni a ninguno de ustedes. Los pibes de la barra sí sabían cómo se estaba viviendo todo en el Colegio y me pedían que saliera; pero yo sentía que cumplía mi deber, creía que me iba a convertir en héroe nacional y, por eso, nunca me pasó por la mente pedir la baja. La Argentina me necesitaba y yo quería sacrificarme por mi familia, por mis amigos, por la Patria; y este era el sentir de la mayoría de los cadetes.

Yo no sobresalía del resto de mis camaradas. Era uno más dentro de mi promoción; sin embargo, en mi interior creció un espíritu patriótico que hasta a mí me sorprendía: quería dar la vida por mi país. Era capaz de ofrecerme voluntario ante cualquier peligro. Yo tenía la marca del héroe en mi sangre, o quizás la del mártir.

Cuando faltaba menos de un año para graduarme, estalló la guerra. Fui uno de los 160 cadetes que fueron enviados a los frentes de combate en Las Malvinas. Estaba orgulloso de eso. Recuerdo claramente cuando les di la noticia: mamá estalló en llanto; papá lanzó su típica frase de desahogo, “la puta madre”, pero después pude ver su cara de orgullo, que me inspiró para ir a combate.

Por el contrario, mi amada Paola trató en vano de persuadirme de no ir. Flaca, yo se que no compartías el fervor por la guerra que se sentía en la calle; tú tenías razón. Me rogaste que me fuera contigo del país. Estuviste a poco de convencerme, pero yo no quería ser un cobarde, un perseguido, un desertor. Te convencí de algo que yo mismo creía: que nada iba a pasar, los ingleses no iban a venir con sus tropas, ni sus aviones. Lo único que teníamos que hacer era mantener el control de las islas y esperar a que los diplomáticos y políticos hicieran su trabajo. Era una guerra ganada, como nos dijeron nuestros superiores.

Todo comenzó con alegría: me dieron despacho de subteniente; pero, con la salvedad que, al terminar la guerra con la victoria Argentina, tendríamos que regresar a culminar nuestra formación y yo volvería a ser el sub brigadier Yul Camargo hasta que el periodo de formación culminara.

Partimos de Buenos Aires en avión. Este viaje fue muy incómodo: estaba llena la aeronave y no nos podíamos ni mover. Uno de los cadetes se la quiso dar de gracioso y dijo algo que nos heló la sangre: “Tranquilos muchachos, en el viaje de regreso estaremos más cómodos; en ese regresaremos muchos menos”. Ya para ese momento se intuía que sí podía haber combate.

El 20 de abril todos los cadetes, como grupo, nos encontrábamos recibiendo instrucciones de nuestros oficiales en la ciudad de Río Gallegos. Después de esto nos asignaron a las unidades de acuerdo a nuestras especialidades; la mía es ingeniería. A partir de ahí comenzaría nuestro despliegue.

Para el 29 de abril ya me encontraba en Puerto Argentino, en el ex cuartel Moody Brook de los Royal Marines, integrando la Unidad a la que me habían asignado. Mi cargo era el de Jefe de sección y a mi mando tenía un suboficial y 31 soldados. Me recibió un clima horrible: estaba lloviendo, más bien era un aguanieve; hacía un clima extremo y yo solo cargaba una chaqueta de servicio que protege para un frío porteño, pero no para ese frío glacial.

Fui designado a sentar plaza en la Compañía de Ingenieros 9, adscrita a la IX Brigada. Nuestra primera misión fue reforzar un campo minado cerca de Puerto Argentino; eso fue por pocos días y luego nos enviaron a Monte Longdon, donde se encontraban unidades de artillería y de infantería. Ahí nuestro trabajo fue preparar las posiciones defensivas, colocación de obstáculos tácticos e instalar campos minados por donde se suponía que llegarían los ingleses .

El contraste con el Colegio militar fue inmenso; sin embargo, para comenzar, en Puerto Argentino teníamos nuestras tres comidas. De vez en cuando podíamos bañarnos y pude recibir las primeras cartas que me enviaron ustedes. Ahí los oficiales me trataron como un cadete más y me metieron en la cabeza que a la tropa había que disciplinarla, porque si no iba a tener muchos problemas.

En Monte Longdon todo fue muy distinto. Apenas llegué me di cuenta de las paupérrimas condiciones: tuve que meterme en una covacha primero y luego en un pozo de zorro que siempre estaba húmedo; por lo que mis Borceguíes vivían escarchados. Tuve muchos soldados con pie de trinchera. Cuando nos llegaba comida, era una sola vez al día, por lo que muchos soldados se iban a robar a los depósitos en Puerto Argentino, que estaban a 10 km, o a los kelpers en sus granjas. Mi Comandante de Compañía me formó un quilombo cuando me agarró cuereando una oveja con los soldados. Hasta me amenazó con reportarme en el Colegio Militar para que me expulsaran.

A partir de ese momento sentí la necesidad de cambiar. Empecé a tratar a los de la colimba como delincuentes. Apoyado con el suboficial, un tipo macanudo, sancionamos severamente a los que se iban a buscar comida, a los que se quedaban dormidos en la guardia, a los que no tenían sus pozos de zorro desarreglados y a los que tenían sus fusiles sucios. Las sanciones iban desde incrementar el número de guardias hasta estaquear en el piso a los que peor se portaban.

No me siento orgulloso de lo que hice, pero en ese momento sentí que debía hacerlo porque quería quedar bien con mis superiores. Quería que, al regresar al continente, ustedes escucharan del capitán que yo me comporté como todo un oficial. Quería que se sintieran orgulloso de mí y pensé que ese era el modo de lograrlo.

Al llegar a las islas aún conservaba las esperanzas de que no hubiese combate. Todavía tenía la ilusión que los políticos terminaran de ganar el territorio que ya teníamos conquistado; pero el 1ro de Mayo escuchamos los primeros bombardeos contra nuestras posiciones. En ese momento sentimos que ya todo era inevitable: Nos enfrentaríamos cuerpo a cuerpo con los ingleses.

Nuestras posiciones en Monte Longdon no sufrieron ataques esos primeros días y nos dedicamos a mejorar nuestra posición. El Comandante de la compañía me dio varias tareas para mejorar los obstáculos, los campos minados y las fortificaciones; pero me advirtió que al desembarcar los británicos, pasaríamos a combatir como las unidades de infantería.

Ellos desembarcaron el 21 de Mayo en San Carlos. En una semana bajaron a tierra la misma cantidad de gente que nosotros en un mes, repartieron el triple de comida y colocaron diez veces más artillería y municiones. Esa noticia cayó como una bomba sobre toda la sección y creo que sobre todo el frente.

Para ese momento el desgaste que sufríamos a diario era bárbaro. Los Harrier pasaban periódicamente llenándonos de bombas. Al lado mío vi como les caían sobre las camperas a algunos chicos y quemaban todo lo que llevaban puesto, hasta llegar a la carne. Creo que ninguno de los que estábamos metidos en ese infierno pensaba en otra cosa que no fuese en salvar el pellejo.

Esos días del desembarco, cuando se incrementó el bombardeo en nuestras posiciones, observé soldados llorando. Al suboficial le dio un ataque de pánico y tuve que agarrarlo, junto con varios soldados, para evitar que saliera del pozo. Fueron momentos interminables. Desde ese instante empecé a desear que terminara la guerra; ya no importaba mucho si ganábamos o perdíamos, todos queríamos salir de ahí.

Los colimbas buscaban todas las formas posibles para que los sacaran el frente. Vi soldados que se pegaron tiros en los pies, que comían alimentos podridos o bebían agua contaminada, todo para dejar la guerra. En las noches en las que no teníamos bombardeos se escuchaban a algunos lamentándose por la comida, por la falta de carta de las familias, por tener poco entrenamiento para el combate.

Hay que decir que hubo momentos en que pensamos que la fortuna nos iba a sonreír. Recuerdo cómo celebramos cuando vimos a uno de nuestros aviones bajar a un Harrier o cuando la radio informaba de supuestas victorias en otros frentes. Yo no se si seria verdad, pero esas noticias llegaban. Lo mismo que cuando corrió el rumor de que seríamos relevados después del 20 de mayo.

Lo del relevo resultó falso y eso nos desmoralizó. Por eso cuando nos enteramos del desembarco de las tropas inglesas y que con ellos venían los gurkhas, sentimos que el mundo se nos venía encima. Habíamos escuchado muchas cosas de los nepalíes: que combatían bajo los efectos de la droga, que eran temerarios y que no tomaban prisioneros.

Para ese momento mi pozo estaba bien. Era una posición muy segura, a buen resguardo de las esquirlas, y además se podía confundir tranquilamente con el terreno, no era fácil de descubrir. Tenía la fé puesta en que en los otros frentes fueran detenidas las tropas británicas. Estaban lejos de nuestra posición y, por varios días, nuestra preocupación seguiría siendo los bombardeos aéreos.

Pero el día en que vimos de frente a la muerte llegó, y fue en el peor de los momentos, aunque creo que ningún momento es bueno para ver venir a la muerte.

Ese día, más temprano, volví a agarrar al soldado Fabián regresando con comida robada y decidí estaquearlo: mandé a clavar 4 estacas en el suelo y lo amarré en forma de equis en el piso, sin botas y sin guantes. La sanción era dejarlo ahí por varias horas. Pensaba soltarlo a las 9 de la noche para evitar que se congelara. Yo estaba cerca de él para evitar que le diera hipotermia o algo peor.

Era una noche particularmente oscura, hacía un frío polar y estaba todo en silencio; nada presagiaba lo que se venía. De repente oí ruidos que, al poco tiempo, identifique como voces en inglés y, de inmediato, sentí proyectiles zumbando a mi lado. Eran los gurkhas que venían al frente. Parecían drogados. Avanzaban hablando, gritando, sin miedo. Si alguno de ellos era herido, ellos mismo lo remataban. Hacían honor a su lema: “Es mejor morir que ser un cobarde”

Como pude, junto con otros soldados, que también estaban fuera de su pozo, nos metimos detrás de unas piedras y empezamos a disparar a cualquier dirección. Nosotros no teníamos visores nocturnos, pero ellos sí. Casi que de inmediato gaste mis cinco cargadores del FAL. No se si le di a alguien; sinceramente, tampoco quiero saber eso. Me arrastré hasta mi pozo y, junto con otros tres soldados, nos quedamos ahí.

Fue la peor noche de toda mi vida. La pasé temblando, rogando que no nos descubrieran o que una granada no fuera a pegar justo ahí. Al principio sentíamos los pasos de los británicos arriba de nuestro pozo, pero no nos descubrieron y permanecimos los cuatro rogando a Dios por nuestras vidas.

Esperamos que amaneciera y decidimos entregarnos porque ya no teníamos munición. Los gurkhas habían pasado dejando una degollina a su paso. Salimos uno por uno, brazos en alto, muy despacio, y los policías militares ingleses nos apresaron.

La escena que observé me marcó la vida. Muertos por doquier; el suboficial de mi sección estaba en el piso, cerca de mi pozo sin vida. Y lo peor, lo que no se puede perdonar ni en esta ni en mil vidas más: el soldado que yo había estaqueado se encontraba amarrado como lo dejé y degollado.

Los tres soldados que estaban conmigo y otros tantos más que también fueron capturados, tuvimos que abrir una fosa común para enterrar a todos los muertos de la unidad. Ahí se encontraban sin vida el comandante de mi compañía, también estaba el teniente Baldini y, por lo menos, la mitad de los hombres que nos acompañaban. No paré de llorar desde que agarré la pala hasta que dejamos el cuerpo del último de nuestros compañeros.

Parecía que cada vez iba a ocurrir algo peor. Pero por suerte, al poco rato, para mí terminó todo. Me subieron a un helicóptero, me llevaron a Puerto Darwin, y me metieron en unos corrales de ovejas, donde estuvimos varios días. Para sorpresa de todos, ahí comimos mejor, pudimos bañarnos y dormir un poco.

Pronto nos embarcaron en el buque de transporte Canberra para trasladarnos a Puerto Madryn. De ahí seguimos en tren hasta Trewle y por último llegamos a Palomar, a la sede del Colegio Militar. En toda la travesía fuimos agasajados y tratados como héroes por la población. En el Colegio Militar nos condecoraron; pero sentí que yo no era ningún héroe y que tampoco me merecía el trato recibido.

Cada día que pasaba pensaba más en Fabian. Constantemente revivía en mi mente la última imagen de él: acostado en el suelo, con los brazos y piernas amarrados a las estacas, sin botas, sin guantes, gritando de frío y luego de miedo. Luego pensaba en cuando llegaron los gurkhas y salí corriendo a protegerme sin poder desatarlo, dejándolo ahí indefenso ante la muerte. Mi mente trata de recrear lo que le hicieron los británicos: cómo le dispararon a quemarropa en el pecho para después degollarlo.

Yo no puedo vivir con eso…

3. La derrota (1986)

Yosip vaga por las calles sintiendo la misma desazón y frustración que se apoderó del país desde el pitido final del partido. La ciudad está de luto; nadie transita por las avenidas. Los comercios cerraron. Las banderas argentinas se arriaron de casas y edificios, las mismas que se habían izado previo al juego. Las avenidas Corrientes y 9 de Julio, las que se cruzan en el Obelisco, están totalmente vacías. Esta derrota, a pesar de que fue en cuartos de final, pesa más que la del 78, porque fue frente al país que humilló a Argentina hace cuatro años en las Malvinas .

Al pasar por la Plaza República, siente nostalgia al revivir lo que fue la celebración por el triunfo en los octavos ante Uruguay. Aquello fue apoteósico, sobre todo por el rival que se venía. Para el gobierno, los jugadores y la sociedad, aquello era una suerte de revancha por todos los caídos. La nación entera quería sacudirse el espíritu pesimista y melancólico tan arraigado en el argentino: un espíritu que parecía llegar en los barcos con los inmigrantes españoles e italianos a principios de siglo, y que terminó de definir la personalidad de los habitantes de este país, o al menos eso es lo que pensaba el padre de Yoz.

Sin embargo, cuatro días después de vencer a sus vecinos rioplatenses, los argentinos entendieron que ese sino trágico estaba insertado en el ADN y en los tuétanos. Ningún Maradona podía contra eso. La reciente derrota frente a los británicos fue una catástrofe, más aún por el precedente militar que había entre las dos naciones.

Cuando tomó rumbo a la calle Sarmiento, Yoz cayó en cuenta de que hacía dieciocho horas había salido de su casa; pero estaba seguro de que nadie se había preocupado por su ausencia. La noche de despecho había dejado una gran resaca en él. Al llegar a casa se fue directo al cuarto. Su madre, en la cocina, ni siquiera notó su entrada. Su padre, sentado en la sala frente al televisor, solo le preguntó dónde se había metido durante todo el día anterior.

―Estuve con el Ruso y el resto del grupo, tratando de pasar la bronca.

―Nada, hasta me alegra un poco lo que pasó. Bignone creía que con un juego de fútbol se iba a arreglar el país. Él pensaba que eso nos iba a hacer olvidar todo lo que han hecho los milicos ―le contestó el padre.

Yoz siguió por el pasillo y se detuvo un segundo frente al retrato de su hermano; como siempre, le hizo el saludo militar y continuó a su propia habitación. Se acostó en la cama, se ajustó los audífonos del walkman y se dispuso a escuchar Serú Girán, tal como lo hubiese hecho Yul. Estaba cansado, pero no tenía sueño: una sensación por la que había pasado innumerables veces.

―Yul, nos faltó un poquito de suerte y de huevos ―dijo en voz baja, pero como si él estuviese en la habitación.

Se quedó viendo la bufanda de Boca extendida en la pared y recordó cómo celebraron juntos el campeonato del 81, con Maradona en el equipo: la fiesta de papel picado por toda la casa, los dos corriendo por la calle, sin camisa, pero con los colores de Boca pintadas en el pecho. Recordó también las celebraciones de la Libertadores del 77 y la del 78, así como la Intercontinental ante el Mönchengladbach. Eran tiempos felices cuando salían de La Bombonera para recorrer, junto a una multitud, las calles Almirante Brown, Brandsen y Del Valle Iberlucea, en una procesión de oro y azul, en una fiesta colectiva. Esas celebraciones quedaron en el pasado.

Así como el país, la casa de Yosip —o Yoz como le dicen sus allegados— estaba paralizada. Su familia estaba en un letargo anímico y sentimental desde ese fatídico 3 de septiembre de 1982, cuando llamaron por teléfono del Colegio Militar a la casa, para comunicar que le había ocurrido un accidente. Fueron los tres para recibir la noticia que produjo el colapso familiar: El sub brigadier Yul Camargo se había quitado la vida con su fusil, mientras hacía su ronda como cadete de guardia.

Pero es que, después de la derrota ante la Holanda de Cruyff en la final del 78, Argentina no había tenido nada por lo que celebrar. Apenas terminó el Mundial, empezaron a salir a la luz pública los casos de tortura, como el de la Escuela de Mecánica de la Armada y otros tantos que indignaron a la sociedad. A partir de ese 25 de junio de 1978, todo se fue al caño. La sociedad se empezó a fracturar y terminó de romperse con la Guerra de las Malvinas.

Yoz finalmente se durmió con los auriculares puestos. Al despertar, horas después, la casa seguía en silencio. En la cocina, su madre sollozaba pensando en su hijo ausente, como diariamente lo hacía. Mientras tanto, su padre se debatía internamente entre la rabia que le tenía a los militares y la tristeza que sentía por la derrota.

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