1. 1986
Yosip vaga por las calles sintiendo la misma desazón y frustración que se apoderó del país desde el pitido final del partido. La ciudad está de luto, nadie transita por las avenidas. Los comercios cerraron. De edificios y casas se removieron las banderas argentinas que el día anterior ondeaban previo al juego. Las avenidas Corrientes y 9 de Julio, las que se cruzan en el obelisco, están totalmente vacías. Esta derrota, a pesar de que fue en cuartos de final, pesa más que la del 78, porque fue frente al país que humilló a Argentina hace cuatro años en Las Malvinas .
Al pasar por la plaza República, sintió nostalgia al revivir lo que fue la celebración por el triunfo en los octavos ante Uruguay. Aquello fue apoteósico, sobre todo por el rival que se venía. Para el gobierno, los jugadores y la sociedad, aquello era una suerte de revancha por todos los caídos. La nación entera quería sacudirse el espíritu pesimista y melancólico tan arraigado en el argentino. Un espíritu que parecía llegar en los barcos con los inmigrantes españoles e italianos a principios de siglo, y que terminó de definir la personalidad de los habitantes de este país. Sin embargo, cuatro días después de vencer a sus vecinos, los argentinos entendieron que ese sino trágico estaba insertado en el ADN y en los tuétanos y ningún Maradona iba a poder contra eso. La reciente derrota frente a los británicos es una catástrofe, más aún por el precedente militar que había entre las dos naciones.
Cuando tomó rumbo a la calle Sarmiento, Yoz cayó en cuenta que hacía dieciocho horas había salido de su casa; pero estaba seguro que nadie se había preocupado por su ausencia. La noche de despecho había dejado una gran resaca en él. Al llegar a casa se fue directo al cuarto. Su madre en la cocina ni siquiera notó su entrada. Su padre, sentado en la sala frente al televisor, solo le preguntó dónde se había metido durante todo el día anterior.
-Estuve con el Ruso y el resto del grupo, tratando de pasar la bronca
Pasó por el pasillo y se detuvo un segundo frente al retrato de su hermano, como siempre le hizo el saludo militar y continuó a su propia habitación. Se acostó en la cama, se ajustó los audífonos del walkman y se dispuso a escuchar Serú Girán, tal como lo hubiese hecho Yul. Estaba cansado, pero no tenía sueño. Una sensación por la que había pasado innumerables veces.
-Yul, nos faltó un poquito de suerte y de huevos- dijo en voz baja, pero como si él estuviese en la habitación
Se quedó viendo la bufanda de Boca extendida en la pared y recordó cómo celebraron juntos el campeonato del 81, con Maradona en el equipo. La Libertadores del 77 y la del 78, así como la Intercontinental ante el Mönchengladbach. Eran tiempos felices cuando salían de la Bombonera para recorrer, junto a una multitud, las calles Almirante Brown, Brandsen y Del Valle Iberlucea, en una procesión de oro y azul, en una fiesta colectiva. Esas celebraciones quedaron en el pasado.
Así como el país, la casa de Yosip o Yoz como le dicen sus allegados, estaba paralizada. Su familia estaba en un letargo anímico y sentimental desde ese fatídico 3 de febrero de 1983, cuando les fue comunicado que el cuerpo del Teniente Yul Camargo había sido identificado y enterrado en el Cementerio de Darwin en las Islas Malvinas.
Pero es que, después de la derrota ante la Holanda de Cruyff en la final del 78, Argentina no ha tenido nada por lo que celebrar. Apenas terminó el Mundial, empezaron a salir a la luz pública los casos de tortura, como el de la Escuela de Mecánica en la Armada y otros tantos que indignaron a la sociedad. A partir de ese 25 de Junio de 1978, todo se fue al caño. La sociedad se empezó a fracturar y terminó de romperse con la Guerra de las Malvinas.
Por eso es que ahora, el Gobierno del Teniente General Reynaldo Bignone, confiaba en que, con la base del 78 y la inclusión de Maradona, está Copa vendría por primera vez a la Argentina; con lo que su cuestionado mandato podría tomar cierto aire. Pero más allá de eso, todo el pueblo argentino estaba esperanzado en que el triunfo constituiría la piedra angular para el renacer del sentimiento nacional, el inicio del engrandecimiento de la patria, después de años de traspiés deportivos, militares, económicos, políticos y sociales.
2. Colegio Militar de la Nación
Nunca entendí porque Yul no se retiró del Colegio Militar. Contrario a mi viejo, yo sí sé porque ingresó, él mismo me lo contó: se sentía incomprendido en la casa, quería independizarse y hacer con su vida lo que le viniera en gana; pero era menor de edad, así que pensó en irse a la milicia, estar un año ahí y luego, al cumplir la mayoría de edad, se dedicaría con sus amigos a recorrer la Argentina y quizás Latinoamérica.
Ahora que lo pienso mejor, esta es la cosa más loca que un pibe puede pensar. Claro está, tampoco era una idea pensada enteramente por él. El que lo convenció de llevar a cabo esta absurda idea fue el Negro. Fue él quien le dijo que iban a aprender cosas nuevas, que iban a independizarse de sus padres, que podían hacerse de unos mangos solo por estar de cadetes y, lo más importante, le iban a llover las chicas.
Presentaron las pruebas un mes de abril, a espaldas de mi viejo. El Negro se llevó a toda la barra: Al Ruso, al Colorado, al Beto y a mi hermano Yul, a quien ellos llamaban el Turco. Es increíble como yo heredé a toda la barra y como dejé de ser el Nene para convertirme en el Turco, después que mi hermano murió. No fue lo único que heredé, de tanto estar con ellos me gusta el rock; ahora bien, en el amor por Boca no tuvo que ver Yul, eso viene de familia, de mis abuelos.
De la barra, mi hermano, el Turco, fue el único que pasó las pruebas; pero cuando se lo dijo a mi papá se armó un gran quilombo. Mi viejo le dijo que él no había criado a un asesino represor; sin embargo, para mi sorpresa, de todas maneras mi hermano ingresó en el Colegio Militar de la Nación los primeros días de Febrero del año 1979. No sé cómo hizo para que mi papá le firmara los documentos de ingreso, porque él no quería saber nada de esa situación. Me imagino que fue su compadre, cuyo hermano es oficial, quien lo terminó de convencer.
Para mi Yul era un gran pelotudo, como iba a cambiar la comodidad del hogar por ir a un sitio donde lo iban a tratar mal, donde estaría encerrado, donde no iba a tener ningún tipo de libertad, donde no iba a ver a sus amigos y lo peor de todo, donde no iba a poder ir a La Bombonera para ver al club de sus amores, Boca Juniors.
Todo lo que yo pensaba de él cambió el 20 de Junio durante la Jura de la Bandera. Mis padres también cambiaron, se sintieron muy orgullosos al verlo uniformado junto a sus camaradas. Ahí estábamos nosotros tres, su familia; pero también estaban los pibes de la barra. Todos sorprendidos por el increíble cambio del Turco. Debo decir que también me sentía muy orgulloso de él, nunca pensé que él aguantaría ni un mes en ese sitio. Más aún cuando me contó cómo fue ese “Período de Adaptación”, las actividades físicas que los ponían a hacer, la disciplina ahí adentro y como fue “bautizado” por los cadetes superiores.
Ese día de Juramentación salió mi hermano por primera vez desde que entró en la milicia. Mi viejo nos llevó a todos a La Cabaña en el barrio Monserrat. Él estaba feliz, nunca vi a mi papá más orgulloso y yo hasta sentí envidia de Yul por eso. De ahí en adelante, él siguió siendo el mismo: salía los fines de semana, se juntaba con los chicos, cuando podían iban a la Bombonera o estaban al pedo en el barrio, o quizás escuchando un poco de rock en la casa de alguno. Sí, seguía siendo el mismo de siempre, aunque ya no era un melenudo.
A partir de ese momento todo en la casa giró en torno a él. Los fines de semana, cuando no salía de permiso, mi vieja le llevaba la heladera entera para que se diera un atracón. Cuando salía, en casa le hacían un asado especial para que se diera una panzada. Por su parte, mi padre le daba el coche a Yul para que saliera con sus amigos y procuraba darle dinero para que el fin de semana se divirtiera. Yo también me sacrificaba por él: tuve que darle la Spica, que se la llevó a la milicia, para que sintonizara radio Rivadavia y escuchara al Gordo Muñoz relatando los juegos de Boca. En casa tenía que cederle el Winco para que escuchará sus bandas de rock; y la tele para sus programas favoritos.
En retrospectiva, pienso que nuestras atenciones y manifiesto orgullo fueron las causas que provocaron que mi hermano culminará la carrera y se graduara de subteniente. Eso además un exacerbado sentimiento patriótico que él desarrolló y que lo hacía ver que la Argentina estaba en peligro y franqueada por enemigos que la acechaban.
Yul no era político. En casa ninguno era político. Por mi padre sabíamos de las atrocidades de la Junta militar. A esta la aborrecíamos todos, pero el Colegio Militar sacó en mi hermano un fuerte sentimiento nacionalista y esa convicción de que debíamos luchar por una patria grande y un futuro de libertad. Estoy convencido que él quería ayudar a llegar a esto y esta fue la motivación para graduarse.
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