Elena, una mujer tímida, en sus treintas, bien parecida, pero que hacía lo mínimo por su aspecto, ropa fuera de moda, que no le quedaba bien, un aspecto desalineado, aunque limpio. Era la jefa en una gran biblioteca de su ciudad; una biblioteca de grandes proporciones, puertas de cristales enmarcaban la entrada que daban paso a una escalera gigantesca para llegar al centro del lugar, abarrotado de mesas entre las cuales apenas si hay paso y culminando esa obra estanterías de libros que parecían vigilarlo todo abarcaban lo largo y alto del lugar. Ese era su refugio, ahí su timidez se sentía natural, no importaba, pasaba desapercibida.

Su vida siempre había sido algo solitaria y eso nunca le había molestado, pero desde hace un tiempo soñaba con un amor de esos que se narran en los grandes clásicos que custodiaba; un encuentro predestinado, una mirada en un salón de baile o ahí mismo, en su terreno, en su biblioteca. Pero Elena no iba a bailes y su círculo social era un punto tan minúsculo que ni siquiera existía en el mapa. Su anhelo estaba confinado en la estantería de poesía romántica, su rincón favorito, un santuario de finales felices en papel.

La rutina, su fiel compañera, se rompió con la llegada de un hombre, lector que se había vuelto habitual en las últimas semanas, consultaba diferentes libros, pero el qué revisaba todos los días; “Meditaciones” de Marco Aurelio, todos los días, sin falta desde hacía más de un mes, Martín consultaba uno de los tomos de la obra.

Martín se levanta de su silla y revisa el lugar como buscando algo hasta que se topa con el perfil de la desalineada trabajadora de la biblioteca. Caminó con paso firme hacia ella.

—Disculpe. — alargó su mano para tocarle el hombro. —Estoy atascado. Marco Aurelio dice aquí que la felicidad es un proceso, una búsqueda activa… pero si busco la serenidad interior, ¿no debería ser más bien una renuncia? La búsqueda me parece… ruidosa. ¿Existe algún autor que argumente la contradicción del estoicismo desde la pasividad? Estoy buscando algo que hable de la tranquilidad como un no hacer.

Elena se sobresaltó al toque de Martín, pero en seguida se recompuso y dejó de lado el carro de devoluciones, su mente, entrenada en la cartografía de la literatura ya sabía la respuesta. El miedo a la interacción social era una cosa, pero su dominio del acervo era otra, su conocimiento del tema la hacía tener seguridad en sí misma.

—Entiendo su conflicto señor Martín. —Con una voz baja pero nítida que denotaba que ese era su dominio. —El estante 72, subsección de Filosofía Oriental, podría ofrecerle una perspectiva distinta. No es una contradicción directa al estoicismo, sino un camino paralelo.

Elena echó a andar y Martín la siguió en silencio.

Elena le indicó con un movimiento de su mano el lugar donde se encontraba lo que Martín buscaba.

—Lao-Tse y su concepto de Wu Wei. El no esfuerzo o acción sin acción en su libro “Tao Te Ching”, es la antítesis de la búsqueda activa. Sugiere que la tranquilidad y la felicidad se encuentran al alinearse con el flujo natural, al dejar de intentar.

Martín retiró el tomo, sus ojos brillando con el asombro del descubrimiento. La admiración era palpable, no solo por la respuesta, sino por la persona que la había dado.

—Eso es precisamente lo que buscaba. ¡Gracias! —dijo, sonriendo de una manera que desarmo la habitual compostura de Elena. Él se detuvo y la miró. Su mirada era cálida y prolongada, leyó el nombre que ponía en su placa. —Elena, usted no solo conoce estos libros, los vive. Ahora que he terminado mi consulta… y antes de que me sumerja en el no esfuerzo de Tao, ¿podría invitar a la jefa de la biblioteca a tomar algo? Podríamos hablar de la acción y la no acción, en un rincón donde el ruido de la cafetería nos permita hablar de un tema tan interesante como el de estos libros.

Elena sintió que su rostro se calentaba. El cumplido, el coqueteo cauteloso era tan directo que no podía huir. Esta era su oportunidad de vivir su cuento de hadas que tanto quería.

—El Wu Wei permite que las cosas sucedan. —Respondió ella alzando la comisura de sus labios, la primera sonrisa genuina que le regalaba a un extraño en años.

—Acepto su invitación a la hora de mi descanso.

Y con eso Elena, la guardiana de lo escrito, dio su primer paso hacia su propia aventura no escrita.

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