Loose Screws_parte 4 de 4

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RuB

30/08/2026

Capítulo 16

La hora de entrar en combate les había llegado por fin. Aunque Shad sentía un miedo atroz hurgándole las entrañas, se preparó a conciencia para lo que se avecinaba nada más escuchárselo decir al general en persona. Antes de subir a la cabina, se tomó un pequeño momento a solas para probar suerte llamando por el coms a Nanelia, quien en aquella ocasión, para su sorpresa, aceptó la llamada al instante.

—Tengo que despegar ya, Nane… pero antes de cortar quiero decirte que lo siento mucho por todo, y que te quiero —soltó el chico a toda prisa, atropellándose con las palabras—. Escucha, ya sé que no lo he pensado bien y que es una auténtica locura, pero ya me conoces… Así que, cuando vuelva, ¿qué tal si nos casamos?

Nanelia se quedó completamente en blanco al otro lado de la línea. Sin duda alguna, Shad lo había vuelto a hacer: dejarla sin palabras en el momento más inesperado. Con la voz entrecortada por la emoción y los nervios, tan solo fue capaz de responderle que ella también lo quería con locura y que se asegurase de regresar de una puta pieza para poder casarse con él importándole una mierda estar en mitad de un pasillo médico lleno de heridos, con sus compañeros rompiendo a aplaudir y vitoreándolos a todos como locos, ya que tenía el manos libres del terminal activado.

Significativamente más relajado por la respuesta de su ahora prometida, Shad subió a los mandos de su «cobarde» nave de carga, aprovechando esta que se estaba abrochando los arneses de seguridad del asiento para insinuarle la posibilidad de desertar, dado que los otros dos miembros de la tripulación seguían fuera, en la pista, ultimando los preparativos técnicos para el despegue.

«Aún estamos a tiempo de encender reactores, despegar y escondernos en algún sector remoto hasta que pase el peligro, esmirriao. Verás, no sé si lo sabes, pero no muy lejos de aquí, a unas tres horas de vuelo, hay unas montañas con unos cañones profundos ideales para…».

—Cobarde —la cortó Pip, entrando de golpe en la cabina con una caja de herramientas bajo el brazo.

«¿Cobarde yo? No, niñata, sensata», replicó la IA aún bastante molesta con ella empleando un azul muy oscuro en su interfaz para demostrarla lo en serio que estaba hablando.

Con Shad ocupando firmemente el puesto de piloto principal, Pip acomodada en la antigua habitación de Mol —ahora reconvertida a toda prisa en una estación improvisada de monitoreo, ataque electrónico y control de contramedidas— y Cowboy sentado junto a él como copiloto táctico, la CL-32 modificada despegó del hangar.

Enseguida se unió a ellos en el aire el resto de los componentes de los Loose Screws. Fieles a su estilo , ninguno se había subido a las cabinas sin pasarse antes por la cantina de la base en tromba y gritando para saquear toda la bebida y comida que pudieron para el viaje. Antes de encender los motores principales, todo el escuadrón se había hecho una promesa solemne por el canal de radio: alzar al aire una lata de cerveza y dar un buen trago largo a la salud de los camaradas antes de morir frente al enemigo. Todos juraron cumplir el pacto, encontrando una sola y tajante objeción: la de Nell.

«Si vosotros queréis morir como idiotas, adelante, por mí encantada; os firmo la baja ahora mismo. Pero dejad que os aclare una cosa: ¡yo sigo sin querer morir!».

Botella de alcohol en mano, el almirante Sovis Silu les deparó a aquellos pintorescos valientes que conformaban los seis escuadrones su beoda bendición, bebiendo a morro directamente de la botella desde la terraza de observación de la torre de control mientras todo su cuerpo vibraba por la brutal onda de choque provocada por el despegue simultáneo de tantísimas naves de diversa procedencia.

¡Eh tu , el de hay arriba. Agáchate que te van a atropellar!

Para evitar problemas mayores en pleno vuelo, Pip desactivó manualmente varias subrutinas del núcleo de Nell para que esta neurótica IA no la liase, lo que acabó convirtiendo el momento del despegue en un auténtico infierno de falsas alertas, berrinches digitales, insultos aleatorios y un sinfín de amenazas de muerte cibernéticas en tanto la nave rompía la atmósfera y alcanzaba el vacío exterior ya que Shad y ella llevaban muy mal lo del espacio.

En cuanto cruzaron la línea orbital, las cosas se pusieron feas de verdad. ¡Aquello era un enjambre de naves  y drones Malmori para dar y tomar! Y fiel a su reputación de demente, ¡Chas comenzó a hacer el idiota de inmediato despresurizando la carlinga de su caza para sacar medio cuerpo al vacío y disparar a las naves enemigas con su pistola de mano!

«Eh, tú, Chas… al menos déjame algunos drones a mí con los que jugar, pedazo de loco», protestó Paddy por la radio de banda ancha, en tanto vaporizaba un caza dron Malmori de pura chiripa tras pasarse un buen rato persiguiéndolo en círculos, obviando otros objetivos mucho más grandes y fáciles que tenía a tiro.

—Uno… No está nada mal para empezar, Paddy, pero te apuesto una caja de whisky a que yo derribo muchos más —lo retó el Mayor a través del canal táctico, justo tras apuntarse su undécima victoria consecutiva en el marcador.

—¡Ahí están esos jodidos bombarderos Malmori! A las doce en punto, a cincuenta y seis mil kilómetros, treinta y siete grados abajo. ¡Van a toda hostia hacia la atmósfera! Comienzo el ataque electrónico de distorsión… ¡Ahora! —anunció Pip desde su estación, aporreando el teclado.

Comienza el espectáculo. ¿Os habéis cambiado de calzoncillos? Yo hace un mes que no.

Shad tenía el corazón desbocado por los nervios, pero pese a ello, logró apuntarse su tercera victoria personal, esquivando una ráfaga de disparos enemiga a continuación ejecutando un viraje con una agilidad sorprendente, permitiéndole colocarse en formación cerrada junto a Gelt y Saint-Exmin que iban a por los bombarderos, despachando a dos de ellos en la primera pasada gracias a los potentes láseres mineros instalados por los hermanos mecánicos.

—¿Se puede saber que has desayunado hoy chico?—.

“¡Lanzaderas de ataque rápido en pantalla! ¡Loose Screws, interceptarlas de inmediato antes de que desplieguen la infantería!” Se escuchó gritar al contraalmirante Ryd Wearn por el canal abierto de la flotilla.

El escuadrón de delincuentes se reagrupó lo más rápido que sus maltrechos motores les permitieron, siguiendo con precisión los vectores de aproximación que Pip les iba enviando en tiempo real a sus pantallas de navegación.

Para sorpresa de todos, la adrenalina pura del combate le estaba sentando de maravilla al «esmirriao». Nada de nervios paralizantes, nada de retortijones espantosos en la barriga… Solo una tremenda concentración, velocidad de reacción y disparos de una precisión matemática, siguiendo al milímetro las indicaciones de Cowboy desde el asiento del copiloto y apuntándose la destrucción de la primera lanzadera blindada Malmori. Todo era paz, tranquilidad y precisión en la cabina hasta que de pronto, sin previo aviso, aquel par de gemelas lunáticas se cruzaron a toda velocidad con sus naves justo ante las narices de Shad, obligándolo a tirar de la palanca de control con todas sus fuerzas para evitar una colisión, tocando con el antebrazo algo sin querer.

—¡Hostia puta! ¿Qué haces…?!

Capítulo 17

La presencia del emperador Sador imponía respeto en el puente. Ninguno de todos aquellos hombres y mujeres le miraba, ya que toda su atención estaba centrada en coordinar el devastador ataque sobre Akir de forma holográfica, dirigiendo cada uno de ellos cientos de cazas dron y bombarderos, recayendo en manos de los más experimentados las tareas de control y protección de las naves factoría.

—Recuerden: no se trata de aplastar, sino de presencia. Que vean de lo que es capaz el Imperio Malmori.

Aquel mensaje era el rutinario. Siempre que Sador ordenaba lanzar el ataque final se ponía a recitar poemas que nadie entendía y, cómo no, aquel día no fue una excepción, extrayendo del ancestral internet terrestre uno sin pies ni cabeza de una web llamada beyondlanguagepoetry.com. ¿El elegido para aquel momento? Uno posteado el 28 de mayo del lejanísimo 2013:

Quiero quitarle al mundo su capacidad de piedra. Amarrarle las alas y fugarme con la luz tibia de un detalle. Siempre encontré este terreno bastante invisible. Gris y buscando un frío de fresca tristeza. Sintiéndome como una vela apagada en una nocturna nada. Estos dientes saben morder la idea. Con furia pero lenta la misma desnuda invisibilidad del concepto. Es ahora cuando quiero quitarle al mundo su temblor de océano. Amarrar el fondo del colibrí al barco que lleva mi edad. Ahí está todo tan espejo que no deja rastro como una música durmiéndose. Es hoy cuando le quito al mundo su esqueleto de astros para por fin derretir su vacío sobre mis ojos.

Gesticulando de forma exagerada, se dejaba el cuerpo y el alma en aquellas estupideces suyas y, aunque nadie aplaudió cuando concluyó, sí que hubo jaleo en el puente, ya que algún imbécil decidió que era una buena idea estrellarse en aquel preciso momento contra el puente de mando y control de la nave insignia del Imperio, llevándose por delante a casi todos los que estaban en él a causa de la repentina descompresión.

Sin saber cómo, Sador acabó bajo uno de los pesados mamparos tras unos angustiosos segundos de ingravidez. Estaba atrapado y le costaba respirar. ¿Sería aquel su final? Pensando que así era, intentó conservar la calma en tanto examinaba el puente buscando a los equipos médicos, unos que no llegaban, lo cual no era extraño ya que el lugar que ocupaban hasta hacía nada las compuertas de acceso había sido reemplazado por una nave de carga de lo más horrenda.

—¿Están… todos bien? —preguntó un jovenzuelo acojonado, empapado en vómito y que parecía haberse meado encima al asomarse por la compuerta de carga de aquel montón de chatarra con cuernos.

«¡¿Cómo que si están bien?! Serás imbécil. Mira lo que has hecho, esmirriao. Me has abollado el casco y provocado una arritmia neuronal de infarto, cabronazo. Espera un segundo… ¡Ahhh, mis barquillas!», protestó furiosa una voz de mujer muy peculiar, exigiendo a continuación a quien fuera que le cortase los huevos para que no volviera a follar con una tal Nanelia.

Desde su lamentable punto de vista, Sador no pudo hacer otra cosa más que reírse al preguntarse quién de los dos lo tenía más jodido, decidiendo levantar el brazo que no se había roto para pedir ayuda.

—¡Cowboy, Pip, venid rápido!

«¡¿Rápido?! ¡La madre que te parió! ¡Primero repárame a mí y no a los putos malos!», protestó Nell en tanto Shad realizaba un triaje a los heridos.

«¡Ehh, vosotros, Malmori! Que sepáis que el responsable del accidente es él. Yo no tengo nada que ver con que se haya equivocado con los controles, así que apuntaos sus datos para el seguro: Nombre: Shad Wearn. Dirección: la granja de sus padres. Sí, como lo oís, veintisiete tacos y aun viviendo en casita de papá y mamá…».

Nell no se dejó ni el número de cuenta de su pobre piloto mientras este cubría heridas y cortes con el material que le fueron pasando los otros dos miembros de la tripulación, sintiendo de pronto aquel viejo almirante una profunda admiración por su ahijado. Por lo visto, estaba hecho de otra pasta, sin duda una de mucha más calidad que la suya, ayudándolo sin protestar en aquellas labores de primeros auxilios.

—Espera, chico, que este es el jefe. Vaya, vaya… Mira por dónde, si es el maldito Sador en persona. ¿Qué tal si lo dejamos aquí para que se pudra?

—¡De eso nada! ¡Ayúdame a levantar esto y carguémoslos a todos en Nell!

«¡¿Queeeee?! ¡De eso nada, pedazo de excremento, que su sangre se va a filtrar hasta en mi puto núcleo de procesado!», protestó la IA sin éxito, ya que veinte minutos después despegaron a base de tirones de aquel lugar, llevándose consigo innumerables sistemas esenciales entre chispas y vibraciones entretanto, Pip decidía por si acaso lanzar un potentísimo PEM a través de los cuernos de Nell que no habían resultado apenas dañados, dejando a la flota invasora inoperativa en tanto Shad exigía un curso rápido al hospital más cercano, ya que llevaban a bordo una veintena de heridos graves.

—Loose Screws, formación cerrada. Protejamos a Nell de vuelta a casa —ordenó el Mayor.

El viaje fue animado a más no poder, esquivando los restos de la batalla, y aunque Shad necesitaba los ojos de la IA para sortearlos, este se tuvo que contentar con su instinto y los consejos de Cowboy, ya que por lo visto Nell estaba más preocupada por otras cosas.

«Eh, tú, como te mueras y se atreva a pasearse por aquí tu puto fantasma, te juro que le meto una sonda por el culo y lo electrocuto. ¿Me has entendido? » Amenazó la interfaz a uno de los oficiales del puente capturados a través de un parpadeo verde ácido que mutó a un amarillo azufre igual de desagradable, pasando acto seguido a incordiar al resto examinándolos muy despacio, en tanto el emperador hacía lo que podía por respirar y aguantar los pinchazos, ya que sufría un severo neumotórax.

Recibida la autorización, pusieron rumbo al hospital de campaña indicado, volando lo más rápido que pudieron en tanto Nell se realizaba constantes diagnósticos, culpando al pobre Shad de hasta el más leve fallo.

—Vale, entendido, pesada. Cuando los dejemos en el hospital te repararé, pero ¡cállate ya y deja de molestarlos, coño!

«Y una puta mierda… ¡Alarma! ¡Uno de ellos se ha cagado encima!».

Tras aquello, la IA se puso a recitarle el material que necesitaría adquirir para la limpieza en profundidad, pero en vez de escucharla, Shad, más concentrado que nunca, realizó el reingreso sin sentir náuseas —todo un logro—, tomando tierra como lo hacía durante su servicio en el Cuerpo de Búsqueda y Rescate.

Primero les aparcas en el puente y ahora te los llevas al hospital. Pobres malos, no saben la suerte de tener a un santurrón en el otro bando aunque sea sin cobrar porque ya me diréis vosotros que mierda de héroe es este.

La nave no había tocado suelo y frente a ella ya estaban esperando los servicios sanitarios, logrando evacuar a los heridos en cuestión de pocos minutos pese a que estos eran todos Malmori, terminando únicamente escoltado Sador más que nada para evitar que algún exaltado lo matara.

«No ha estado nada mal el paseo, Shad, pero te recuerdo que ahora te toca limpiar la porquería, así que agarra unos trapos», le comentó Nell en tanto Cowboy, Shad y Pip se daban un fuerte abrazo de grupo por el trabajo bien hecho, antes de que subiera el general Silu a felicitarlos.

—Eso es nuevo. ¡Joder, qué bien suena mi nombre cuando lo dices sin emplear ese jodido tono, so cabrona!

—Gracias, general. Ha sido un trabajo en equipo muy bien orquestado por el comandante Wearn —le explicó Cowboy, jodiéndole Nell el momento de gloria al pobre Shad ante el general.

«De eso nada, macho, deja de mentirle a ese otro, que lo que ha pasado es que el esmirriao se ha liado con los controles y se ha estrellado con la nave. ¿No me crees? Pues mira la holo».

—¿Qué holo? —preguntó el general extrañado, quedándose mudo ante lo que aquella inteligencia artificial le mostró ¡en todos ellos, sin olvidarse de los de la base!

Aquellas grabaciones terminaron filtrándose a la prensa en cuestión de pocos segundos. ¿Gracias a quién? A Nell, cómo no, ya que la muy cabrona se había colado en el sistema de seguridad de la base y, por pura casualidad, se topó con algo insólito pegado a la pantalla de la terminal de uno de aquellos oficiales de despacho tan estirados y secos: su clave de acceso, 123456789, provocando que la población al completo de Akir se partiera de risa.

Ridiculizado de nuevo por su propia nave, Shad se largó a dar un paseo para aplacar los nervios. En la entrada este de la base se encontró con su padre, un más que orgulloso contraalmirante Wearn que, nada más ver a su hijo, se dejó de formalidades para encasquetarle un abrazo de los gordos.

—Ha sido increíble. Increíble, Shad, y espera a que se enteren tu madre y Mol. Demonios, deben de estar al llegar.

Pocos minutos después ambas llegaron, pero no solas, ya que traían a cuatro soldados de élite Malmori atados entre ellos y con muestras de haber recibido una buena somanta de hostias, entregándoselos al personal de seguridad allí presente mientras degustaban unas figuritas de jengibre.

—Esperadme aquí que enseguida vuelvo. Por cierto Shad, ¿Dónde está Nell? Le pregunto Morwen a su hijo mayor antes de largarse sin más hacia el hangar donde la base entera estaba celebrando la victoria alrededor de una pletórica Nell.

—¿Y ese casco, Mol? Quiso saber Shad intrigado ya que este parecía tener restos de sangre.

Un casco muy bonito Mol, aunque me parece un poco inquietante lo de toda esa sangre.

—Un regalo de navidad. ¿A que estoy guapa?

Capítulo 18: Hora y media antes

Para tratar de evitarle a la pequeña un trauma por culpa de la guerra y en espera de noticias, Morwen decidió que lo mejor era celebrar una pequeña fiesta, dejando que su dulce hijita escogiera la temática que, cómo no, acabó siendo la navideña por las riquísimas figuritas de jengibre de mamá y los regalos; a pesar de faltar nueve meses, casi nada.

Escuchando la típica música navideña, madre e hija se pusieron manos a la obra con la decoración, sin olvidarse de un solo detalle. En tanto introducían un par de nuevas bandejas en el horno, escuchaban los típicos villancicos sin saber que, gracias a Shad y Pip, los Malmori ya eran historia.

Que bien una fiesta. ¡Camarero, gasolina!

O casi. Porque una lanzadera de asalto alcanzada por nada más y nada menos que Paddy —el grandullón tontorrón— en aquellos momentos se dirigía a toda velocidad hacia su propiedad mientras comían patatas fritas y el horno trabajaba, terminando por estamparse contra el suelo a escasos quinientos metros de la vivienda.

—Apaga las luces y escóndete en la despensa, corre —le ordenó Morwen a su hija en voz baja nada más asomarse por una ventana de la cocina y ver que cerca de aquella nave había soldados Malmori muy bien equipados y que, tras unos instantes de confusión, se dirigían hacia la casa.

—Despliegue en V. Ryss, Chang, asegurad el perímetro mientras nosotros tomamos el control de la casa —ordenó el oficial al mando de aquella unidad como buen profesional, pensando en la idoneidad de aquella apartada granja para atrincherarse en espera de recibir nuevas órdenes.

—Mis petunias… Cabrones —susurró Morwen apretando los puños, furiosa, ya que llevaba todo el año cuidándolas con mimo para presentarlas a un certamen, y acababa de ver cómo uno de aquellos tipejos las pisoteaba sin más, llamándolas «hierbajos».

Moviéndose a gatas y en absoluto silencio, la señora Wearn, ejemplar ama de casa, reptó hasta la habitación del matrimonio para extraer de la caja fuerte la pistola para situaciones de emergencia, en tanto aquellos desconocidos alumbraban con las linternas de sus armas hacia el interior de la vivienda.

—Vía libre, entramos —les indicó por señas su líder.

La mitad de ellos, más los dos pilotos, se dirigieron a la puerta de la cocina coordinándose como de costumbre por la radio, sin saber que allí mismo Morwen ya los estaba esperando.

—¡Tres… dos… uno… Ahora! —ordenó el oficial.

Pero mientras aquel oficial y su grupo echaban la puerta abajo, el otro se topó de bruces con una mujer que les cortaba el paso en la cocina.

—¡Al suelo, al suelo!

—Habéis destrozado mis petunias, cabrones. Preparaos a morir.

Sin provocación alguna, aquella maldita mujer le propinó un contundente golpe en la garganta a Chang con su propio cuchillo kukri al ir este a ponerle unos grilletes, logrando por muy poco no decapitarlo antes de desaparecer entre las sombras de la cocina, consiguiendo que los atacantes abriesen fuego.

«¡No estamos solos, repito! En la casa hay alguien y…».

«Repita, Seg. ¿Qué ha dicho?».

Seg no estaba para repetir nada, ya que Morwen lo acababa de despachar clavándole una varilla para pinchos por cada lado de la garganta tras combinarle varias llaves de combate, dejando al pobre con el aspecto de un pollo listo para ser puesto a dar vueltas en el horno. Acto seguido, se echó encima del que tenía más cerca para emplearlo como escudo humano, uno que recibió bastantes disparos por parte de sus propios compañeros en tanto Morwen vaciaba el cargador de su arma contra aquellos cabrones, disparándoles primero en los genitales y luego en la cabeza para rematarlos.

Sin munición, aquella pacífica y amable ama de casa pasó a emplear sus manos y aquel cuchillo de combate, abriéndose paso hacia el salón a base de patadas, más golpes en la tráquea y precisas cuchilladas sin que sus contrincantes pudieran hacer nada.

«¡Equipo a la cocina, ya!», ordenó el líder de aquella unidad de asalto Malmori, bastante alterado por el escándalo proveniente del otro lado de la casa, haciéndoles señas a sus hombres para que se dispersaran.

Oculta en la despensa, Mol se preguntaba qué estaba pasando sin sentir miedo alguno, ya que mami la protegía; pero como le picaba la curiosidad, decidió asomarse por la puerta tras meterse en la boca una nueva patata frita.

—¡A tus seis, mami! ¡Acaba con ese hijo de puta!

Rauda y veloz cual soldado profesional, Morwen reaccionó lanzándole el kukri a aquel pedazo de mierda clavándoselo en la garganta —un lanzamiento de diez—, antes de pasar al siguiente cliente el cual se la encontró de frente y murió por culpa de ¡una puta sartén!: aquella que agarró Morwen y le estampó en la cabeza en repetidas ocasiones hasta ponerse pérdida de sangre, huesos y materia gris.

¿A sartenazos? Por la presente queda inaugurado el Club de Fans de Morwen

—Silencio, Mol. Luego hablaremos de tu lenguaje.

—Me lo enseñó Nell. ¿Para qué quieres el rodillo? Quítales las armas.

—¿Nell? Yo la mato… Y ahora, silencio —le exigió Morwen a su hija, en tanto pensaba en la manera más cruel de acabar con el tipejo que había llamado «hierbajos» a sus petunias, escuchando de fondo cómo Mol masticaba una nueva patata frita.

Cuando haces crunch hay un fiambre tirado en el suelo más. Buen eslogan para unas patatas fritas.

¿Quitarles las armas? Buena idea, sin duda, pero para aquella ex miembro de los Shark de Akir eso era rebajarse demasiado, así que ¿qué mejor que darle por fin un buen uso a aquella horrorosa vajilla que le regaló su fallecida suegra  diez años atrás?

Enseguida, los fragmentos de todos aquellos platos de porcelana se convirtieron en armas letales, mientras de fondo Mol ponía la banda sonora al masticar sus patatas fritas. Los trozos de vajilla tan pronto cortaban como se clavaban profundamente en el cuerpo o simplemente desgarraban la carne de aquellos intrusos, consiguiendo que los únicos cinco soldados que seguían con vida se rindieran, terminando atados entre sí en mitad del salón.

—¡Se han cargado el holo, mami! Anuncio Mol disgustada ya que estaba a punto de comenzar su serie favorita.

—¿Será posible? Esto lo vais a pagar muy caro, ya lo creo que sí, malditos hijos de puta —les explicó a los cinco supervivientes tras quitarles un par de cuchillos a los cadáveres, dos nuevos y excelentes kukri, fijando después su mirada en el tipo que estaba al mando.

¡Espere, por favor! ¡Que yo solo soy un extra… ¡No tengo ni seis líneas de diál…!

¿Alguien más está pensando en Sean Bean? Aunque admito sugerencias como por ejemplo Mando. Digo… Pedro Pascal.

El imbécil perdió la cabeza por el doble golpe, así de simple y tajante, ofreciéndoles Morwen a los otros cuatro una salida de lo más pintoresca y, al mismo tiempo, grotesca por su exagerado cambio de actitud:

—Si limpiáis la casa y os deshacéis de los cadáveres, os invitamos a nuestra pequeña fiesta. ¿Tú qué dices, Mol?

—¡Siii! Y como es Navidad, me quedo con el casco de este como regalo. Caray, cómo pesa… Mami, ¿puedes sacar la cabeza? —preguntó su hija.

Aquella pregunta terminó de aterrorizar a sus pobres e indefensos invitados. Por puro pánico a lo que aquellas dos psicópatas pudieran hacerles, los soldados, sin más, se esmeraron al máximo en las tareas que les encomendaron antes de recibir su merecido premio: unas figuritas de jengibre recién salidas del horno.

—Hecho. ¿Y ahora qué tal si damos los seis un paseo?

—¡Un paseo, un paseo! ¡De puta madre, mami! —se puso a gritar la pequeña Mol tras colocarse en la cabeza aquel enorme casco que casi le cubría por completo la cara nada más sentarse en su asiento del AirCar familiar sin temor alguno a aquellos cuatro traumatizados soldados.

—Es oficial: Nell va a morir.

Capítulo 19

Una vez en el box de urgencias, el emperador Malmori fue desvestido sin compasión ni cuidado alguno dado la gravedad de sus lesiones. Cada vez le costaba más trabajo respirar y, tras un rápido examen, la doctora que lo atendía le informó de forma cercana y amable que tenía que ser sometido a dos ciclos en la cápsula regeneradora de inmediato, ya que sus lesiones eran más graves de lo que parecían a primera vista por culpa de los elevadísimos niveles de radiación absorbidos durante los años.

Asustado, Sador le hizo ver que la había comprendido asintiendo con la cabeza. ¿A punto de morir por culpa de vivir en el espacio? Su mente necesitaba tiempo para asimilarlo, pero le era imposible pensar con semejante escándalo, girando en un momento dado la cabeza hacia el lugar del que provenía aquel alboroto.

Lo que pudo ver lo dejó más paralizado que el diagnóstico: ¡allí había niños! ¡Niños heridos llamando a sus madres entre lloros y lágrimas!

—No tenemos tiempo. ¡Eh, Melvin! ¡El doce a la cápsula!

—Espere un momento, doctora. Primero ellos.

—De eso nada, ¿me oyes? Primero vas tú.

—No me lo merezco. Soy el responsable de su dolor, así que les cedo mi turno.

—Ni hablar. Esos niños solo tienen heridas superficiales y tú unos niveles de radiación altísimos, así que me importa una mierda que seas el puto emperador Sador de los Malmori. Como doctora hice un juramento sagrado: asistir a los enfermos sean quienes sean, y tú no me vas a joder la estadística, ¿te ha quedado claro? ¡Melvin, llévatelo de una vez!

Durante el tiempo que Sador pasó en aquella infernal máquina estuvo pensando en todo el dolor que había causado, sintiendo una profunda tristeza al recordar la imagen de aquellos niños. ¿De qué servía el poder si en su búsqueda se provocaba tanto sufrimiento a los más indefensos e inocentes?

Día tras día meditaba en silencio sobre ello en su celda o en la sala donde, una vez sanados, él y sus pocos hombres y mujeres fueron sometidos a juicio, sin decir una palabra hasta que se le permitió hablar antes de que el jurado dictara sentencia.

Pensando en aquellos pobres niños, Sador habló desde el corazón aceptando los crímenes de los que se le acusaba. Nada de poemas, nada de pompa ni florituras verbales… nada. Tan solo palabras de pésame por las muertes provocadas por su locura y cariño hacia todos aquellos niños a los que había hecho sufrir; palabras que sorprendieron más a sus subordinados que al resto, terminando por dar las gracias a la joven doctora que estaba allí, en aquella sala… ¡justo al lado del cabronazo que decidió aparcar su horrorosa nave en su mismísimo puente de mando y control!

Las leyes establecidas en Akir desde que era una simple colonia terrestre dictaban que los jueces solo podían ser nombrados por su sabiduría, así que aquellos pocos Malmori supervivientes al «Holocausto Esmirriao» —como se bautizó aquella improvisada proeza de Shad— fueron condenados a servir a la comunidad de por vida, comenzando por participar en la limpieza de restos en todo el sistema solar solicitando a continuación poder enviar un mensaje a sus tropas, cosa que la sala aceptó aunque con bastante recelo.

¿Es el enemigo? A vale que vosotros solo vendéis pizzas. Pues querríamos pedir una docena con todo, incluidas unas cuantas balas por encima para poder continuar con la guerra.

«Soy Sador II Malmori, último integrante de la familia Malmori. Este mensaje es para todos vosotros, mis leales hombres y mujeres. Devolved el control a quienes deben tenerlo, disculpaos con ellos, ayudadlos a reconstruir sus hogares y regresad a casa; no a la del Imperio, sino a las vuestras. Regresad con vuestras familias y vivid en paz disfrutando de cada momento por el resto de vuestras vidas. Adiós».

Sin tonterías, las palabras de Sador llegaban hasta el alma y todo aquel que lo escuchó emitirlo acabó emocionándose, desapareciendo toda duda sobre sus intenciones de inmediato. Muy pronto llegaron noticias de otros sistemas solares acerca del repentino y extraño cambio de actitud de las tropas Malmori.

—Espero que no se acuerde de mí. Oh, no, está mirando hacia aquí. Mierda, mierda… y ahora se acerca a saludarte. Joder, joder… —susurró Shad asustado, impidiéndole salir corriendo su prometida al tenerlo bien cogido de la mano.

—¿A dónde se cree que va, almirante Esmirriao? Usted se queda aquí a mi lado o le juro que le pido a Nell que le vuelva a fustigar el trasero con su sonda eléctrica.

—Lo que usted diga, almirante.

Acojonado, aquel cincuenta por ciento del mando de la nueva unidad creada para operaciones de rescate de alto riesgo —teniendo como personal rescatista a los integrantes de aquel escuadrón tan peculiar— aguantó la conversación dándole la mano de forma tímida y nerviosa al responsable de todo aquel mal, el cual portaba una vieja caja de madera.

—¿Están todos bien? Jamás en toda mi vida he escuchado semejante mensaje de victoria, muchacho, jamás; pero gracias a vosotros dos aún sigo vivo, lo cual dice mucho sobre lo buenas personas que sois. De guerrero a guerrero… Ten.

Animado por su prometida, Shad contempló el regalo de Sador, su revólver Colt Peacemaker de 1873, agradeciéndoselo de la única manera que supo: con una enorme sonrisa de oreja a oreja.

¡Menudo pistolón! Aunque yo tengo algo mejor, a mi gato que tiene unas garras…

Desenlace

Mol estaba muy alegre y guapa con su vestido nuevo. ¡Era la encargada de entregar los anillos a los novios! Y aunque se tropezó con la alfombra un par de veces, asustando a los invitados, las alianzas llegaron sanas y salvas a su destino: los dedos de la pareja de tortolitos que, en lo alto de la rampa de acceso a la bodega de Nell, se dieron el «sí, quiero» entre vítores y aplausos, Mientras tanto, el nuevo núcleo flotante de la IA giraba sobre los asistentes —incluidos los miembros del escuadrón y un Cowboy postrado en una silla de ruedas por culpa del implacable avance de su enfermedad— en total libertad del dichoso raíl; su interfaz destellaba en un rosa magenta vibrante salpicado de blanco puro, haciendo que saltaran alegres chispas de sus nuevas sondas. Tras suavizarse apenas un instante en un matiz dorado al pasar sobre el viejo almirante, el núcleo se encendió en un rojo neón festivo.

¡Me cago en la puta. Menuda pinta más guapa que tiene ahora Nell! Sin duda Esmirriao se merece un aumento de sueldo y no lo digo porque en estos momentos Shad y su madre me estén sonriendo de forma siniestra armados con cuchillos kukri. Escucha Morwen, ¿No querrás asesinar a tu mayor fan, verdad?

—¡Ay, qué emoción! ¡Un bodorrio! ¡Que se nos ha casado el esmirriao, el peor piloto de la galaxia, joder! ¡Que empiece la fiesta! ¡Pip, pon música! —Gritó Nell, cuyo fuselaje —ahora de un rojizo de rescate descolorido— mostraba en letras bien grandes a ambos costados unas iniciales: CSAR, haciendo juego con la ocurrida idea de Ryd, aquel noise art en el que se podía leer: 


Loose Screws


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