Hay personas que llegan a una cala, dejan la toalla sobre la arena y corren hacia el agua sin pensárselo dos veces.
Yo no soy una de esas personas.
Yo llegué a una cala de Pontevedra con unos tenis rosas de Puma y unos calcetines azules de Snoopy que me había regalado una paciente. El conjunto era original, gracioso y, dadas las circunstancias, también completamente necesario.
La arena parecía estar llena de mosquitos, pulgas de mar o algún tipo de criatura diminuta que saltaba sin que yo pudiera identificarla. Solo con mirar el suelo ya sentía que algo me recorría las piernas.
Por eso no me quitaba las zapatillas.
Ni los calcetines.
Ni pensaba hacerlo.
—Aquí hay bichos —dije, observando la arena con desconfianza.
Mi chico, acostumbrado a mis reacciones, miró el suelo sin darle demasiada importancia.
Yo, en cambio, ya había detectado también un animal muerto a un lado de la cala. No sabía qué era y tampoco tenía ninguna intención de acercarme a averiguarlo. Bastante tenía con vigilar que aquellas supuestas pulgas marinas no decidieran invadir mis zapatillas.
Soy muy pipiripipi.
Muy pijotera para ciertas cosas.
No me gusta ensuciarme, no me gusta que la arena se me pegue al cuerpo y, sobre todo, no me gusta compartir espacio con bichos que no han sido formalmente presentados.
Entonces vi un columpio de madera.
Pensé que podía sentarme allí y contemplar el paisaje sin necesidad de entrar en contacto con el suelo. Me acerqué, me dispuse a sentarme y el columpio se desplazó hacia atrás con una rapidez traicionera.
Por poco termino en la arena.
—¡Ay, ay, ay, ay!
Conseguí recuperar el equilibrio de milagro y me incorporé como pude, intentando fingir que no había sucedido nada.
Mi chico estaba sentado sobre la toalla, contemplando el mar. Parecía completamente ajeno a mis conflictos con la naturaleza.
Me miró y sonrió.
—Me faltas tú a mi lado para que sean buenas las vistas.
Durante unos segundos, aquella frase consiguió que olvidara los bichos, el animal muerto y el intento de asesinato por parte del columpio.
Me acerqué un poco más, aunque sin abandonar mis calcetines de Snoopy.
Él, de repente, se descalzó.
Lo observé quitarse las zapatillas con una naturalidad que me pareció casi ofensiva. Después comenzó a caminar sobre las piedras de la cala en dirección al mar, tan pispireto, tan tranquilo, como si aquellas piedras no pudieran esconder nada desagradable.
Yo lo seguía con la mirada desde mi territorio seguro.
Llegó al agua, se lanzó de cabeza y hasta dio una voltereta.
—¡Cariño, vente a bañar! —me gritó.
—Pues yo creo que no me voy a meter, ¿eh?
El problema no era el mar.
El agua era transparente y la cala era preciosa.
El problema era todo lo que había entre mis calcetines y el agua: la arena, los bichos, las piedras y la posibilidad de pisar algo blando, viscoso o inexplicable.
Él siguió insistiendo.
Yo miré mis zapatillas rosas.
Después miré mis calcetines de Snoopy.
Snoopy sonreía desde mis tobillos, completamente ajeno al dilema.
Pensé que, en ocasiones, los miedos más pequeños son los que terminan decidiendo por nosotros. No se trataba únicamente de quitarme los calcetines. Se trataba de cruzar un límite absurdo que yo misma había dibujado sobre la arena.
Así que me cambié.
Me puse un bikini blanco y respiré hondo.
—Venga —me dije—. Tengo que quitarme este miedo.
Me quité las zapatillas.
Después, los calcetines de Snoopy.
Los dejé cuidadosamente colocados sobre la toalla, lejos de la arena húmeda, como si les estuviera confiando una misión de especial importancia.
Avancé hacia el agua.
Cada paso era una pequeña batalla. Miraba dónde colocaba los pies, esquivaba las piedras más oscuras y procuraba no pensar en todo lo que podía estar moviéndose debajo de la arena.
Cuando llegué a la orilla, levanté los brazos hacia mi chico.
—Si no me coges en brazos, yo no me meto.
Él se acercó y me levantó.
Entré en el mar agarrada a su cuello, sintiendo el agua fría en las piernas. Al principio encogí todo el cuerpo, pero poco a poco comencé a relajarme.
Estaba fresca.
Estaba contenta.
Y, sobre todo, estaba dentro.
Había conseguido entrar.
Por un instante me sentí orgullosa de mí misma. Pensé que quizá había exagerado. Que el mar no era tan terrible, que la arena no podía hacerme daño y que, de vez en cuando, era necesario dejar los calcetines de Snoopy en la orilla.
Entonces llegó una ola.
El agua se agitó alrededor de nosotros y unas formas oscuras comenzaron a flotar a ambos lados.
Sentí algo rozarme la pierna.
—¡Ay, ay, ay, ay, ay! ¿Qué es eso?
Las formas se movían con el agua. Eran largas, oscuras y viscosas.
Mi imaginación no necesitó más pruebas.
—¡Es una medusa! ¡Es una medusa!
Mi chico miró alrededor sin soltarme.
—Que no es una medusa. Son algas.
—¿Algas?
—Algas.
Me quedé quieta, intentando convencer a mi cuerpo de que las algas no atacaban, no picaban y no tenían ningún interés personal en mí.
Aun así, no le solté el cuello.
Permanecí en el agua durante un rato más, siempre en sus brazos, dejándome balancear por las olas y procurando no mirar demasiado hacia abajo.
Cuando regresé a la orilla, mis calcetines azules seguían allí, intactos y secos, esperándome sobre la toalla.
Me los puse de nuevo con la satisfacción de quien regresa a casa después de una larga aventura.
Aquel día no escalé una montaña.
No salté en paracaídas.
No crucé un océano.
Solo caminé descalza por una cala de Pontevedra y me metí en el agua rodeada de algas.
Pero a veces el valor no consiste en enfrentarse a grandes peligros.
A veces consiste en quitarse unos calcetines de Snoopy.
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