Aquellas pequeñas cosas

Aquellas pequeñas cosas

Ojo de Gato

20/06/2026

Hace unos años viajé a España con un par de amigos.

Uno era Carlos, aunque decirle Carlos es casi una falta de respeto. Para nosotros es el Bala. Mi amigo de toda la vida. En realidad, mi hermano. No de sangre, pero sí de esos pactos invisibles que uno firma en la infancia sin saberlo y que duran cincuenta años y más. Con el Bala hemos compartido colegio, calles, risas, silencios, estupideces, consejos no pedidos y seguramente muchos malos ejemplos.

El otro era James, a quien recién conocí en el viaje. Era muy amigo del Bala, así que venía con recomendación. Y cuando un amigo de toda la vida te presenta a otro amigo, uno confía. Es como comprar un vino por sugerencia del mozo: puede salir bueno, puede salir regular, pero al menos alguien da la cara.

El viaje fue extraordinario. Nos fuimos algo de veinte días y visitamos Barcelona, Madrid y Lisboa. Tres ciudades maravillosas y, por lo visto, también, tres excusas perfectas para beber vino con rigurosa disciplina, casi como preparándonos para las olimpiadas.

Al final hicimos un conteo serio, matemático, preocupante: más de cincuenta botellas entre los tres.

Cincuenta y tantas.

Dicho así parece un informe médico. Pero en España todo suena mejor. No es alcoholismo, es cultura. No es exceso, es experiencia enológica. No es “nos hemos pasado de la raya”, es “hemos explorado los matices de la uva ibérica”.

La cuenta salía más o menos a una botella diaria por cabeza. Para un español seguramente eso es hidratación moderada. Para nosotros era una hazaña. Si el hígado hablara, habría pedido asilo político en clara discrepancia con el corazón que más bien, celebraba.

Pero qué bien la pasamos. Cada botella tuvo su historia. Algunas con tapas. Otras con jamón. Otras con esa frase mentirosa que uno dice siempre:

—Mañana bajamos el ritmo.

Mentira cochina.

Al día siguiente aparecía una terraza bonita, una copa brillante, un plato de aceitunas y uno volvía a caer con la dignidad de un santo tentado por el demonio.

Para mí, viajar a España siempre tiene algo especial. No solo por la comida, la historia o esa manera tan española de vivir como si el reloj fuera una sugerencia. España me toca por la música. Me une a dos hijos de la madre patria: Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat.

Sabina es el compadre de bar, el que te invita un trago, te cuenta una tragedia y te hace matar de risa. Serrat es distinto. Serrat entra por otro lado. Serrat no te toca la puerta: se sienta en la sala de tu memoria y empieza a cantar bajito.

Además, Serrat me une con mi viejo, el Gato Mayor. A mi papá le gustaba mucho, en especial, dos canciones suyas: Cantares, que en realidad nace de un poema de Antonio Machado, y Aquellas pequeñas cosas, esa canción que debería venir con advertencia: “No escuchar si es medio llorón, si extraña a alguien o si tiene varias copas de vino encima”.

Y yo tenía las tres condiciones.

Barcelona fue la primera ciudad del viaje. Visitamos lo obligatorio: la Sagrada Familia, Gaudí, el Barrio Gótico y varios sitios donde uno camina con la boca abierta y el celular en la mano, como turista primerizo. Barcelona tiene eso: es simplemente bella. Elegante, rebelde, un poco despeinada. Como una señora culta que fuma a escondidas.

Un día llegamos al Museu Nacional d’Art de Catalunya. Al frente tiene unas gradas inmensas, como si la ciudad hubiera construido un anfiteatro para mirar el mundo desde arriba. Mis amigos se quedaron en la parte superior. Yo bajé hacia el malecón que rodea la fachada del museo.

Ahí lo vi.

Un hombre de unos sesenta y tantos años, sentado con su silla, su guitarra, su micrófono, su parlante y su sombrero en el piso. El clásico artista callejero. Ese sombrero era su caja registradora, su esperanza y su declaración de principios. Él cantaba, muchos lo escuchaban sentados en las graderías, otros solo pasaban, algunos se detenían, otros dejaban monedas y otros se llevaban gratis un pedacito de canción.

Me acerqué para darle unas monedas. Nada más. Un gesto simple.

Las dejé en el sombrero y le pregunté cómo se llamaba.

—Joan —me dijo.

Joan.

Tocayo de Joan Manuel Serrat.

A veces uno cree que las coincidencias son casualidades. Pero hay momentos en que la vida se pone muy obvia. Casi te guiña el ojo y te dice: “Gato, no seas bruto, acá hay algo”.

Entonces se me ocurrió una idea. Una de esas ideas que parecen geniales cuando uno está emocionado, de viaje y con el alma ligeramente macerada en vino.

Le dije:

—Joan, ¿me prestas tu guitarra y tu silla para hacerme una foto?

Joan me miró como quien ya ha visto de todo: turistas bailando flamenco sin saber, señoras preguntando dónde queda la playa desde una montaña, japoneses fotografiando palomas y peruanos con complejo de trovador catalán.

—Claro que sí —me dijo.

Me senté. Agarré la guitarra. Y por un instante me sentí importante. No demasiado, tampoco hay que exagerar. Pero sí lo suficiente como para pensar que, con buena luz y desde lejos, podía parecer músico.

Joan me preguntó:

—¿Sabes tocar?

Y yo respondí con la valentía irresponsable del aficionado:

—Un poco.

Esa frase, “un poco”, ha arruinado matrimonios, parrillas, karaokes y reuniones familiares. Uno dice “sé tocar un poco” y de pronto está a punto de enfrentar a un público internacional en Barcelona.

Le conté que me gustaban mucho las canciones de Serrat.

Joan sonrió y me empujó al precipicio:

—¿Y por qué no cantas algo? Mira toda la gente que está mirando.

Miré alrededor.

Había público.

No era el estadio de Wembley, claro. Tampoco el Festival de Viña. Pero había gente. Turistas, parejas, niños, curiosos, algún español sospechando que estaba por presenciar una desgracia musical.

Me dio vergüenza. Pero ya estaba sentado. Tenía la guitarra. Estaba en Barcelona. Frente al museo. Con un señor llamado Joan. En la tierra de Serrat.

Hay momentos en que uno no decide. La escena decide por uno.

Entonces miré hacia arriba y grité:

—¡Balaaaaa! ¡Graba, por favor!

El Bala levantó el teléfono.

Yo lo vi apuntándome.

Y cometí el error más grande de la tarde: confié.

Uno puede confiar en el Bala para muchas cosas. Para una amistad de cincuenta años. Para una carcajada. Para un consejo. Para una travesura. Incluso para que te acompañe en una borrachera decente. Pero para grabar un momento histórico con un celular… ahí ya estamos jugando con fuego.

Empecé a cantar.

Canté Aquellas pequeñas cosas.

La canté como pude. Con emoción, nervios, una guitarra prestada y seguramente algunos acordes que hicieron que Serrat sintiera una punzada en la distancia. Pero la canté con el corazón. Y el corazón, aunque desafine, a veces sostiene la canción mejor que la técnica.

Mientras cantaba, algo se me movió adentro.

No era solo el vino. Era mi viejo.

El Gato Mayor.

De pronto no estaba cantando para los turistas. Estaba cantando para él. Una de sus canciones preferidas. En Barcelona. En la tierra de Serrat. Me lo imaginé sentado en alguna butaca del cielo, con una copa de vino en la mano, mirándome y diciendo:

—Este cojudo se cree Serrat.

Pero sonriendo.

Porque los padres que ya no están tienen esa manera rara de volver. No vienen con truenos ni señales luminosas. Vuelven escondidos en una canción, en una frase, en una esquina del recuerdo. A veces aparecen justo cuando uno menos se defiende.

Se me escapó una lagrimita por el ojo derecho. Una lágrima discreta. Nada de telenovela turca o mexicana. Una lágrima educada, casi catalana.

Cuando terminé, pasó algo que no esperaba.

La gente aplaudió.

Yo veía todo como en cámara lenta. Las manos juntándose, las caras sonriendo, algunas personas acercándose al sombrero de Joan para dejar monedas. James aplaudía desde arriba. El Bala seguía con el teléfono levantado, apuntándome, se creía Almodovar dirigiendo.

Agradecí, devolví la guitarra, abracé a Joan y subí las gradas con el pecho inflado. También con las piernas reclamando, porque la emoción no elimina la edad.

Arriba me esperaban James y el Bala. Nos dimos la mano, un medio abrazo, de esos abrazos masculinos donde uno quiere decir “te quiero” pero prefiere golpear la espalda del otro como si estuviera apagando un incendio.

Yo estaba feliz.

Había vivido un momento perfecto.

Entonces dije:

—A ver, Bala, muéstrame el video.

El Bala miró el celular.

Tocó la pantalla.

Frunció la cara.

Mala señal.

Ese gesto es el mismo que pone el mecánico antes de decirte: “jefe, esto va a salir caro”.

—No puede ser —dijo.

—¿Qué pasó?

—Creo que no grabé.

Silencio.

Barcelona se detuvo.

Gaudí se tapó la cara.

Serrat dejó de cantar.

El Gato Mayor, desde su palco celestial, seguramente pidió otra copa.

El Bala no había grabado.

Había tomado una foto.

Una sola foto.

Una miserable foto.

La escena más emotiva de mi viaje, mi debut callejero internacional, mi homenaje secreto al Gato Mayor, mi conexión espiritual con Serrat, los aplausos, las monedas, Joan, James, Barcelona entera… todo reducido a una foto de un peruano sentado con guitarra ajena.

—¡Bala, carajo! ¡Te dije graba!

—Pensé que estaba grabando.

—¡Pero no estaba grabando!

—Pero salió foto.

—¡Foto de qué, huevón! ¡era video!

Vinieron las puteadas correspondientes llenas de carcajadas. Puteadas necesarias. Carcajadas terapéuticas, esas tan cotidianas en una amistad de cincuenta años.

El Bala intentó defenderse:

—Me emocioné, pues.

Y esa frase me desarmó.

Porque tal vez era verdad. Tal vez mi amigo también se emocionó. Tal vez mientras yo cantaba pensando en mi viejo, él miraba desde arriba a su amigo de toda la vida haciendo el ridículo más hermoso del mundo. Tal vez el dedo se equivocó porque el corazón estaba ocupado.

A veces la emoción también tiene mala puntería.

Seguimos riendo como tres idiotas felices en Barcelona. Porque también había que reconocerlo: era graciosísimo. Había tenido mi gran momento Serrat y el único registro era una foto que podía titularse: “Señor peruano usurpa silla de músico catalán”.

Seguimos caminando. Seguramente tomamos vino después, porque todo duelo merece maridaje.

Con los años he pensado mucho en ese momento. Al principio me dio pena no tener el video. Me hubiera encantado verlo mil veces, mandarlo a mis amigos, subirlo con una frase dramática y esperar aplausos digitales de gente que probablemente lo habría visto sin sonido.

Pero ahora creo que está bien que no exista.

Porque al no haber video, el recuerdo quedó más puro. No lo puedo reproducir en el celular, pero lo puedo ver por dentro. Veo a Joan, su sombrero, su guitarra. Veo las gradas del museo. Veo a James aplaudiendo. Veo al Bala destruyendo la evidencia con una seguridad admirable. Y veo al Gato Mayor sentado en el cielo, levantando su copa.

Para Joan, aquello era cotidiano. Sentarse, cantar y ganarse unas monedas. Para mí fue extraordinario.

Y quizá la vida es eso. Lo que para uno es rutina, para otro puede ser milagro.

Una guitarra prestada.

Una canción de Serrat.

Una lágrima que se escapa.

Un amigo que no graba.

Un padre que vuelve por tres minutos.

Son aquellas pequeñas cosas.

Las que no salen en los tours.

Las que no se planean.

Las que no se graban, aunque uno grite desde abajo:

—¡Balaaaaa, graba!

Y tal vez por eso se quedan.

Porque no todo lo importante necesita video.

A veces lo más importante se pierde en el teléfono, pero se queda para siempre en el corazón.

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