Cuando finalmente salgo a tomar un poco de aire fresco, las calles de Gemina están casi repletas debido a que aún es momento para disfrutar de la tarde. Inhalo con fruición, llenando mis pulmones. Sé que ahora soy libre y quiero aprovechar cada segundo ausente de compromisos y deberes.

El ocaso que se desborda por el cielo es hermoso. Sus colores van del lila al rosado, e incluso, las nubes se enfilan para acompañar a los últimos rayos del sol. Los pedales de la bicicleta en la que voy son ligeros, no requieren de mucho esfuerzo para moverse, por lo que me otorgo el derecho de no apurarme y transitar por senderos escasamente poblados.

Quiero alejarme del ruido de la ciudad, y si es posible, de todo.

¿A dónde podría ir? ¿Una montaña solitaria, un bosque siendo víctima de un aguacero torrencial, una playa antes del amanecer? Indeciso, dejo de pedalear y me detengo cerca de un parque. Mi mirada permanece fija en un punto indeterminado mientras le permito al cansancio del trabajo y de la vida huir de mi cuerpo.

Trato de concentrar mis cavilaciones antes de perderme en el abismo del olvido, cuando de pronto, una intensa luz nace desde las ventanas de los edificios cercanos y me ciega con fulgor. Enseguida me cubro con los brazos, pero es tan brillante que me veo obligado a cerrar los ojos. Sin darme la oportunidad de pensar en lo que está sucediendo, un agudísimo pitido sin origen aparente comienza a zumbar por toda la inmensidad, perforando mis oídos. Grito de dolor mientras abandono la bicicleta, y atarantado, me protejo las orejas con ambas manos lo mejor que puedo.

El pitido se dilata hasta fusionarse con mi propia existencia. Y así, nos convertimos en uno solo.

De golpe, abro los ojos, como si hubiese despertado de un profundo sueño. Respiro por la boca y trago saliva con dificultad en lo que trato de habituarme a mi nuevo alrededor, a mi nueva realidad. Los árboles, el atardecer, las calles pavimentadas; todo ha desaparecido. Mi antiguo conocimiento se perdió junto con el bullicio citadino. En cambio, mi presente fue reemplazado por un techo y paredes monocromáticas.

No reconozco nada de esto. No reconozco el peso de mi cuerpo, el traje sintético de color negro que me arropa, ni la humedad cimentada en mi piel. Me toco el rostro para sentir algo con certeza, porque sé que mis ojos estarán ahí y que mi boca exhalará aire real.

Aún intranquilo, miro a mi derecha. El pitido anterior ahora es pausado y tenue, proviene de un monitor que registra un ritmo cardiaco. A mi izquierda, se halla un electroencefalograma que dibuja picos muy altos y continuos; mismos que incrementan con violencia tan pronto como caigo en la cuenta de que se trata de mí.

Desesperadamente, me quito los electrodos de la cabeza, así como las agujas en mis brazos y el tubo que se conecta en mi ombligo. Ignoro todo el dolor que aquello me ha provocado. Después, bajo de una especie de camilla en busca de respuestas; no obstante, me detengo al divisar una fotografía mía en una hoja de papel. Con el cuerpo tenso me acerco, cojo el papel (es un expediente) entre mis manos, y leo:

Proyecto Cryosalide

Identificación de la biomasa: HR18

Fecha de creación: Mayo 3021

Estado: activo

En ese instante comienzo a sentirme mareado. Dejo los papeles sobre la mesa mientras mi mente da vueltas, no tiene ningún sentido lo que acabo de leer. ¿Biomasa? Pareciera que se estuvieran refiriendo a un… experimento. Pero está mi foto ahí y yo no soy ningún experimento. Yo soy alguien real. Además, tiene escrita la fecha de Mayo 3021. Eso no puede ser posible, yo nací el… ¿Cuándo fue? ¿Yo tuve un nacimiento? Por supuesto que sí, soy una persona. Sin embargo, por alguna razón no lo puedo recordar. Parece que tengo agujeros negros incrustados en mi memoria, pues tampoco poseo recuerdos de lo que hice ayer, o el día anterior, o varios rostros de mis seres queridos.

Sacudo la cabeza con intenciones de echar a volar todos esos pensamientos y continúo con mi búsqueda. Para mi sorpresa, descubro que no soy el único ahí. Cientos de camillas separadas por paneles esmerilados se alinean en filas interminables. Es entonces cuando reparo en que las camillas son en realidad cápsulas, cada una con una persona dentro.

Percibo nerviosismo y temor en mis pasos conforme voy eliminando la distancia con una de ellas. Puedo sentir cómo los vellos de mi nuca se erizan a solo unos cuantos centímetros, y entonces…

—¿Qué…? ¿Qué mierda?

La persona oculta por la cápsula es exactamente igual a mí.

Sus ojos están cerrados y tiene un semblante indiferente a la cruda realidad que lo rodea. Inclino el rostro un poco más, solo para cerciorarme de no estar equivocado. Mi cuerpo entero tiembla debido al pánico que me abruma por esta perturbadora revelación. Llego a un ángulo donde su rostro y el mío se empalman y son tan idénticos que pareciera que me estuviera viendo en un espejo. La única diferencia es que mis ojos están abiertos. Y yo lo estoy contemplando desde un indeseado despertar.

Rápidamente, corro hacia las otras cápsulas. Todas son las mismas personas, todas son yo; réplicas mías sumidas en un profundo sueño. ¿Qué mierda está pasando? Seguramente estoy delirando, sí, eso debe ser.

Escucho el rechinido de una puerta metálica abrirse y en el siguiente instante dos siluetas aparecen sin percatarse de mi presencia. Me agacho para evitar ser descubierto y en silencio gateo hacia la puerta. Antes de poner un pie fuera de la habitación, alcanzo a escuchar que dicen:

—…código 46… transferencia de memoria… experimento MR17…

Echo a correr a través de un largo pasillo iluminado por pequeños focos esféricos. Parece ser un hospital, pero hay muchas cosas que no concuerdan. El aire huele a una sustancia almibarada y vendajes usados; las puertas son metálicas y el silencio es interrumpido a intervalos por el murmullo de la maquinaria que opera tras los muros. Debajo de esa plácida superficie, encuentro la barahúnda que magulla mi mente, sin mencionar que las imágenes de esas personas en las cápsulas no dejan de atormentarme.

Cuando doy vuelta en una esquina me detengo en seco. Una joven de cabello azabache se queda mirándome con una expresión indescifrable. Lleva puesto un traje que le cubre desde los hombros hasta los tobillos, es de color negro con detalles grises y en un costado a la altura de su pecho se encuentra un número impreso: MR17.

Yo la conozco. La reconocería aun si estuviéramos en otro mundo. Entonces, me apresuro a cerrar la distancia y la abrazo con fuerza mientras susurro su nombre.

—Me alegro tanto de verte, Astra.

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