Era perpetuamente la hora dorada. El valle se extendía inmenso, más bello que cualquier memoria, por donde alcanzaba la vista. La sesgada y tenue luz solar volvía el mar en lentejuelas de sepia que relumbraban como escamas en la lejanía, y de vez en cuando la lluvia caía fresca, mas nunca helada, trayendo el olor...
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