Mi tío Coco Álvarez no era mi tío de sangre, pero eso es un detalle menor que solo le importa a los notarios, a los árboles genealógicos y a la gente que no entiende nada de la vida. Para mí era mi tío. Punto. Así, sin ADN, sin papeles, sin prueba de laboratorio ni esas cosas modernas que ahora sirven para confirmar lo que antes bastaba con sentir.
Era lasallano como yo, amigo entrañable del Gato Mayor, y pertenecía a esa categoría especial de hombres que no necesitaban decir mucho para hacerse querer. Mi viejo, el Gato Mayor, tenía esa manía maravillosa de rodearse de personajes que parecían salidos de una novela arequipeña escrita en una servilleta de bar: el tío Gato Carrillo, el Flaco Bezold, el tío Coco. Todos amigos suyos. Todos, de alguna manera misteriosa, terminaron adoptándome como sobrino engreído.
Y yo, como buen gato chico, me dejaba adoptar sin oponer resistencia. Tampoco era tonto.
Mi tío Coco tenía dos hijas, Ursulita y Adri, que en ese tiempo eran todavía muy pequeñas. Pero, por alguna razón que recién ahora entiendo mejor, yo también tenía mi sitio en esa casa, como si hubiera un banco reservado para mí en la mesa del cariño. Tal vez porque mi tío tenía un hijo viviendo en Argentina y, al no tenerlo cerca, yo terminé ocupando un pedacito de esa ausencia. Uno nunca sabe en qué lugar del corazón de alguien termina sentándose. A veces llegas de visita y, sin darte cuenta, te hacen un sitio.
Mi tío Coco me recogía de mi casa en La Aurora. Y no lo hacía en cualquier carro. Lo hacía en su Toyota Corona negro, que para mí era una especie de nave espacial con placas arequipeñas. Tenía aros anchos, deportivos, niquelados, brillantes como si hubieran sido lustrados por ángeles mecánicos del Parque Industrial, lunas polarizadas y un equipo de sonido Pionner que retumbaba el habitáculo del auto. Ese carro no entraba a La Aurora: hacía presencia. Uno no se subía a ese Toyota Corona. Uno abordaba.
Yo salía de mi casa sintiéndome importante, casi como si me estuvieran viniendo a buscar para una misión secreta. No sé si yo caminaba o desfilaba. Seguramente desfilaba. Los niños tenemos esa capacidad ridícula y maravillosa de creernos protagonistas de una película con solo subirnos al carro de un adulto.
Mi tío Coco manejaba siempre acelerado, con esa seguridad de quien conoce las calles, la vida y a medio Arequipa. Porque mi tío Coco conocía a todo el mundo. O al menos esa era la impresión que yo tenía. Donde entraba, alguien lo saludaba. Donde compraba, le servían mejor. Donde llegaba, siempre había una sonrisa esperándolo.
Primero me llevaba a su casa, en el edificio Nicolás de Piérola. Allí estaba la tía Tula, su esposa, que me recibía con una frase que todavía escucho clarita, como si el tiempo no hubiera pasado y yo siguiera siendo un chiquillo con cara de travesura:
—¡Hola, Gatitooooooo!
Así, con varias “o”, porque la tía Tula no saludaba: cantaba el saludo. Tenía una voz particular, algo gruesa, pero siempre cariñosa, siempre con la sonrisa dibujada en los labios. Era de esas personas que hacían sentir que uno llegaba a un lugar donde ya lo estaban esperando desde antes de tocar el timbre.
Me servían algo de comer. No recuerdo exactamente qué, porque la memoria a veces guarda más los olores que los menús, más las voces que los platos. Pero sí recuerdo el premio mayor: un vaso de Coca Cola.
Y ojo, no estamos hablando de la Coca Cola de ahora, esa que viene en botellas gigantes como para hidratar a un batallón romano. En ese tiempo había tamaño mediano y familiar. Y la familiar era menos de un litro, creo. Pero alcanzaba para toda la tribu. Misterios de la economía doméstica antigua. Una botella familiar se repartía entre varios, con hielo, sin hielo, con mirada vigilante de la mamá o la tía para que nadie se sirviera como si hubiera descubierto petróleo en el vaso.
Después venía el paseo grande: mi tío Coco me llevaba a ver los karts al Parque Industrial. Allí corrían sus hermanos, Javi y Chobe. Para un niño, eso era entrar al mundo de la velocidad, del ruido, de la gasolina, de los cascos, de los boxes, de los carritos que rugían como si fueran Ferraris en miniatura y con complejo de grandeza.
Yo caminaba por la zona de boxes sintiéndome parte del equipo. No hacía nada, por supuesto. Pero los niños tienen una habilidad extraordinaria para sentirse indispensables incluso cuando solo estorban. Estar a un paso de esos karts me parecía emocionante. Los veía pasar, bajitos, rápidos, nerviosos, como cucarachas metálicas de competencia. El ruido me sacudía el pecho. El olor a gasolina se mezclaba con el polvo, con el sol arequipeño, con esa sensación de estar viviendo algo que ningún colegio podía enseñar.
Mi tío Coco me había abierto una puerta a un mundo distinto. Y eso no se olvida.
Cuando terminaban las carreras, me llevaba de regreso a casa. Pero a veces había una parada estratégica, “una escala técnica” como decía mi tío, de esas que la memoria guarda con papel manteca y olor a pan caliente: la Salchichería Alemana.
Mi tío Coco pedía dos sándwiches de jamón inglés. Dos. Uno para él y uno para mí. Pero como él era conocido ahí —porque, repito, mi tío Coco parecía tener visa permanente en todos los lugares buenos de Arequipa— nos ponían el doble de jamón. Doble. No como ahora, que te dicen “doble” y te ponen una lámina transparente que parece una radiografía de cerdo. No. Doble de verdad.
Ese pan casi no cerraba. Era un sándwich con sobrepeso, un monumento al jamón inglés, una arquitectura imposible sostenida por la buena voluntad del pan. Yo lo miraba con la misma emoción con que un explorador mira una montaña que está a punto de conquistar. Y lo mordía con respeto, porque había cosas que en la infancia uno sabía valorar: un vaso de Coca Cola, un paseo en un Toyota Corona negro y un pan con tanto jamón que parecía haber ganado la lotería.
Mi tío Coco también contribuyó a mi colección de apodos. Yo ya venía bien servido: Gatito, Saqra… y él me agregó uno más: Bombín.
Nunca supe exactamente por qué me decía Bombín. Tal vez por la cabeza, por la pinta, por la gracia, por alguna ocurrencia suya. Los apodos en la familia y entre los amigos no siempre tienen explicación. A veces nacen de un segundo, de una mirada, de una tontería, y se quedan para siempre como si hubieran venido escritos en la partida de nacimiento. Yo era Bombín para él, y eso bastaba.
Mi tío Coco tenía además una manía que recuerdo con nitidez: movía la boca como si tuviera una gomita de mascar pequeñita. Era un movimiento leve, casi imperceptible. Como si estuviera conversando por dentro con algún pensamiento secreto. No era exagerado ni molesto. Era suyo. Una firma. Hay personas que uno recuerda por la voz, otras por las manos, otras por la risa. A mi tío Coco lo recuerdo también por ese gesto mínimo de la boca, como si estuviera saboreando una memoria, una broma o una preocupación que no quería decir en voz alta.
Con los años uno entiende cosas que de niño las solo recibía. Yo recibía cariño, paseos, comida, Coca Cola, carreras de karts y sándwiches descomunales. Pero detrás de todo eso había algo más grande: había presencia.
Mi tío Coco aparecía. Me buscaba. Me sacaba de mi casa. Me llevaba a la suya. Me hacía parte de su mundo. Eso parece simple, pero no lo es. En la vida adulta, cuando uno anda corriendo detrás del trabajo, las cuentas, las preocupaciones, el tráfico y las propias tonterías, se olvida de lo importante que es ir por alguien. Tocar la puerta. Llamar. Decir “vamos”. Hacerle sentir a otro que no está de adorno en nuestra memoria.
El Gato Mayor tuvo amigos de esos que no solo compartían mesa, bromas o colegio. Tuvo amigos que también se asomaban a la vida de sus hijos. Y eso dice mucho de mi padre, pero también dice mucho de ellos. Porque querer a un amigo también es querer un poco a su familia. Es hacerle espacio al hijo del amigo. Es invitarlo al parque industrial, darle un pan con jamón inglés y ponerle un apodo nuevo, como quien le cuelga una medalla invisible en el pecho.
Hoy pienso en mi tío Coco y me da risa imaginar ese Toyota Corona negro, con aros anchos y niquelados, paseándose por Arequipa como si fuera auto de película. Me da hambre recordar esos sándwiches imposibles de jamón inglés. Me da ternura escuchar todavía a la tía Tula diciendo “¡Hola, Gatitooooo!”. Me da emoción verme de niño, caminando por los boxes, creyendo que la vida siempre iba a oler a gasolina, pan caliente y Coca Cola servida en vaso.
Y lo mejor de todo es que mi tío Coco sigue aquí. Está bien. Sigue siendo parte de esta historia, no como recuerdo lejano, sino como presencia viva. Y eso cambia todo. Porque a veces uno escribe sobre la gente querida cuando ya no puede llamarla, cuando ya no puede tocarle la puerta, cuando ya no puede decirle “oye, ¿te acuerdas?”. Pero esta vez no. Esta vez todavía se puede.
Y ahí está la enseñanza, simple como pan con jamón inglés, pero más importante que cualquier sermón: no esperemos a que la gente se nos vuelva nostalgia para recién quererla bonito. No esperemos a que una foto se ponga amarilla para decir cuánto significó alguien en nuestra vida. No dejemos que el cariño se oxide en silencio, como aro niquelado sin lustrar.
Yo voy a empezar a llamar más seguido a mi tío Coco. Así, sin motivo especial. Para saludarlo, para molestarlo un rato, para preguntarle por sus cosas, para recordarle que este Bombín sigue por acá. Y cuando vaya a Arequipa, voy a buscarlo. Porque eso también se aprende de los tíos buenos: que el cariño no solo se recuerda, también se visita.
Mi tío Coco hacía eso conmigo cuando yo era niño. Venía, me recogía, me llevaba, me devolvía a casa. Simple. Sin discursos. Sin frases grandilocuentes. Sin publicar nada en redes. Solo aparecía.
Y a veces, aparecer es la forma más bonita de querer.
Por eso hoy, cuando pienso en él, no lo imagino como alguien del pasado. Lo imagino como siempre: llegando a La Aurora en su Toyota Corona negro, moviendo apenas la boca como si masticara una gomita invisible, bajando la ventana y diciéndome:
—Vamos, Bombín.
Y yo, que todavía tengo un niño escondido por ahí, salgo corriendo.
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