El sonido del cuero chocando contra el guante de béisbol siempre había tenido un efecto casi hipnótico en mí. En el montículo del home, con la arcilla roja bajo mis tacos y el bate de aluminio pesado entre mis manos, el resto del mundo solía desaparecer. No importaban los balances financieros de mi padre, ni la sombra de Yale, ni el zumbido constante de mis propios pensamientos. Allí dentro, la vida se reducía a una trayectoria, una fracción de segundo y un impacto.
Era la parte baja de la novena entrada. El marcador contra Snider High, sus eternos rivales de la ciudad, estaba empatado a cuatro carreras. Había dos outs y corredores en primera y segunda base. El partido del campeonato regional de primavera se decidía en ese turno.
Antes de acomodarme en la caja de bateo, levanté la mirada hacia las gradas metálicas que rodeaban el campo de Northrop High. El sol de la tarde comenzaba a ocultarse, tiñendo el cielo de Fort Wayne de un tono anaranjado y violeta. Busqué de manera automática el sector de la sección estudiantil.
La encontré de inmediato.
Angeline estaba allí, cumpliendo su promesa de asistir. Llevaba una gorra con el logo de la escuela y una sonrisa brillante. Pero mi pecho se contrajo al ver a la persona sentada justo a su lado. Alan. Llevaba su chaqueta de fútbol abierta, una rodilla apoyada de manera descuidada en la fila de adelante y su brazo izquierdo rodeando firmemente los hombros de Angeline. En cuanto mis ojos se cruzaron con los de ella, Angeline levantó ambos puños en el aire en un gesto de apoyo, sus labios modulando un silencioso «¡Vamos, Ed!». Alan, por su parte, se limitó a sostenerle la mirada con una expresión de absoluto aburrimiento, dándole un sorbo a una bebida energética.
Aparté la vista, respirando hondo. Sentí que la adrenalina se transformaba en algo más denso y oscuro. Un ardor frío en el estómago.
Me acomodé en mi postura de bateo, golpeando suavemente el home con la punta del bate. El lanzador rival inició el movimiento. El brazo se extendió, la bola blanca costurada de rojo viajó por el aire a noventa millas por hora, buscando la esquina exterior.
¡Swoosh!
—¡Strike uno! —gritó el árbitro.
Retrocedí un paso, sacudiéndome la tierra de los pantalones. Podía oír los gritos de mis compañeros desde el dugout, la tensión acumulada de toda la temporada flotando en el aire húmedo. Volví a colocarme. Tenía que concentrarme. No podía jugar por ella, tenía que jugar por el equipo. Pero la imagen de la mano de Alan descansando sobre el cuello de Angeline seguía grabada en mi mente.
El segundo lanzamiento fue una bola rápida, demasiado alta. La dejé pasar.
—¡Bola una!
El tercer lanzamiento fue un cambio de velocidad que casi me hizo perder el equilibrio, pero logré contener el swing en el último instante.
—¡Bola dos!
El lanzador se preparó para el cuarto envío. Ajusté el agarre del bate, apretando los dedos cubiertos por los guantes de cuero. Sabía qué lanzamiento vendría ahora. El lanzador estaba cansado; buscaría su tiro más seguro, una bola rápida por el centro.
La bola abandonó la mano del lanzador. Para mí, el tiempo pareció ralentizarse. Vi las costuras de la pelota girar, leí la trayectoria y descargué toda la fuerza de mis hombros y caderas en un giro perfecto.
¡CLACK!
El sonido fue limpio, seco, casi musical. Un eco que resonó con fuerza en todo el complejo deportivo.
La pelota ascendió en un ángulo perfecto, ganando altura a medida que cruzaba el cuadro interior, sobrevolando al jardinero central que corría desesperadamente hacia atrás. No necesité correr de inmediato; sabía que lo había logrado desde el momento del impacto. La bola superó la barda del jardín central, perdiéndose en los árboles que bordeaban el campo.
Un cuadrangular de tres carreras. Un walk-off home run.
El graderío estalló en un grito unísono. Mis compañeros de equipo salieron corriendo del dugout para esperarme en el home, gritando y saltando de alegría. Yo recorrí las bases con paso firme, el corazón latiendo a mil por hora. Mientras pisaba la tercera base, volví a mirar hacia las gradas.
Angeline estaba de pie, saltando y aplaudiendo con una felicidad genuina que iluminaba su rostro. Pero a su lado, Alan permanecía sentado, aplaudiendo con una desgana evidente, apenas un choque mecánico de palmas.
Cuando pisé el home, fuí sepultado por una marea de palmadas en el casco, empujones afectuosos y gritos de felicitación. Ganamos el partido. Habíamos clasificado. Pero mientras caminaba hacia los vestidores rodeado del festejo de mi equipo, sentí una extraña soledad. La victoria, aunque dulce en los periódicos locales del día siguiente, se sentía increíblemente vacía.
El vestidor masculino de Northrop High apestaba a desodorante en aerosol, sudor y el persistente aroma a humedad de las duchas calientes. Los gritos de celebración de los jugadores de béisbol resonaban contra las taquillas de metal. Me tomé mi tiempo para cambiarme. Me senté en el banco de madera, desabrochando los botones de mi uniforme embarrado y retirándome las vendas de las muñecas.
—Gran juego, Cordell. Mañana serás el héroe en el desayuno de la junta directiva de tu viejo —bromeó Carter, el receptor del equipo, dándome una palmada en la espalda antes de meterse a las duchas.
—Gracias, Carter. El lanzamiento fue perfecto —respondí con una sonrisa forzada.
Una vez que la mayoría de los chicos se habían marchado a las duchas o a celebrar al estacionamiento, me quedé solo junto a mi taquilla, colocándome una sudadera gris limpia. En ese momento, la puerta de los vestidores se abrió suavemente.
—¿Se puede? —preguntó una voz femenina que reconocería en cualquier parte.
Levanté la vista. Angeline asomaba la cabeza por el marco de la puerta. Al ver que solo quedaba yo, entró por completo, pero no venía sola. Alan la seguía de cerca, con las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta del equipo y una expresión de incomodidad que intentaba disfrazar con desinterés.
—Angie. Hola —dije, poniéndome de pie y tomando mi toalla—. No pensé que los dejarían pasar aquí.
—Técnicamente no nos dejan, pero le sonreí al guardia de la entrada y nos dejó pasar dos minutos —dijo ella con una risa nerviosa, acercándose para darme un abrazo rápido.
El contacto duró apenas un segundo, pero fue suficiente para que sintiera el contraste de su piel fresca por el viento del exterior contra mi propio cuerpo todavía cálido por el juego.
—Estuviste increíble, Ed. Ese jonrón… de verdad pensé que se iba a salir del parque. Sabía que lo harías —sus ojos brillaban con ese entusiasmo que siempre deseaba conservar solo para mí.
—Gracias, Angie. Significa mucho que hayas venido —desvié la mirada hacia Alan, que permanecía de pie junto a la puerta de entrada, observando las taquillas con aire crítico—. Alan. No sabía que te gustaba el béisbol.
Alan dio un paso adelante, ensanchando los hombros de manera inconsciente.
—Vengo por ella, Cordell. Angie insistió en que tenías un «gran juego» y, bueno, el entrenamiento de fútbol terminó temprano. Además… —Alan miró de reojo la sudadera de marca y el costoso maletín de equipo—. Buen golpe. Supongo que tanto entrenamiento privado con bates de quinientos dólares termina dando resultados, ¿no?
La tensión en el vestidor se volvió instantáneamente fría. El cumplido de Alan llevaba el filo habitual de su resentimiento de clase.
—El dinero compra el equipo, Alan, pero no el swing —respondí con voz tranquila, manteniendo una calma ensayada que sabía que irritaba a Alan más que cualquier insulto—. Eso requiere algo llamado disciplina. Aunque me alegra que hayas venido a aprender un poco de ello.
Alan soltó una risa seca, dando un paso más hacia mi espacio.
—¿Disciplina? Por favor. Tú juegas para divertirte mientras esperas que tu papá te compre un puesto en Wall Street. Algunos de nosotros jugamos para sobrevivir. Así que no me vengas a dar discursos sobre el esfuerzo, Cordell.
—¡Alan, basta! —intervino Angeline, colocándose físicamente entre ambos, con el rostro tenso de frustración—. Vinimos a felicitar a Edgar, no a esto. ¿Puedes esperarme afuera un segundo? Por favor.
Alan la miró, visiblemente molesto por ser corregido frente al «chico rico». Apretó la mandíbula, pero al ver la firmeza en la mirada de Angeline, retrocedió.
—Como quieras. Te espero en el auto, nena. No te tardes, mis papás esperan que lleguemos a cenar —Alan me miró una última vez, con una hostilidad directa—. Felicidades por tu jueguito, Cordell. Disfrútalo mientras dure.
Alan se dio la vuelta y cruzó la puerta de salida, azotándola ligeramente al salir.
El silencio que quedó en el vestidor fue pesado, interrumpido únicamente por el goteo constante de las duchas al fondo. Angeline se frotó las sienes con cansancio, exhalando un suspiro tembloroso.
—Lo siento, Edgar. En serio lo siento. No debió decir eso.
—Tú lo trajiste, Angie —dije con suavidad, aunque la decepción en mi voz era innegable—. Te invité a ti. Me dijiste que vendrías. No pensé que necesitaras un chaperón para ver un partido de béisbol de tu mejor amigo.
Angeline bajó la mirada, jugando con el borde de su sudadera.
—Él… él vio tu mensaje en mi teléfono. Se puso furioso porque no le había contado que vendría. Dijo que si insistía en venir a verte jugar, él vendría conmigo. No quería tener otra pelea de tres días en casa, Edgar. Fue la única forma de mantener la paz.
—¿Tu paz o la de él? —pregunté, dando un paso hacia ella. La cercanía en el vestidor vacío se sentía casi abrumadora—. Porque cada vez que intentas mantener la paz con él, terminas declarándome la guerra a mí. O a ti misma.
Angeline levantó la mirada. Sus ojos estaban cargados de una mezcla de disculpa y una profunda tristeza. Había un impulso invisible que la empujaba hacia mí, pero las cadenas de sus compromisos autoimpuestos la mantenían atada al suelo.
—Solo quiero que todos estén bien, Ed —susurró ella, su voz apenas un hilo—. No quiero que te odie. No quiero que tú lo odies a él.
—Eso es imposible, Angie. Y tú lo sabes —extendí la mano, rozando apenas la tela de su manga—. Él me odia por lo que tengo. Y yo lo odio por lo que no sabe valorar.
Angeline guardó silencio durante un largo instante. Sus labios se abrieron ligeramente, como si quisiera decir algo más, confesar algo que la atormentaba en mitad de las noches de insomnio. Pero el claxon del viejo sedán azul de Alan resonó desde el estacionamiento exterior, rompiendo el hechizo.
Ella se tensó, retrocediendo un paso para romper la cercanía.
—Tengo que irme —dijo en voz baja, con una media sonrisa triste—. Felicidades de nuevo, Ed. De verdad. Fuiste el mejor hoy.
Se dio la vuelta y caminó rápidamente hacia la salida. Al abrir la puerta, la luz del pasillo la bañó por completo antes de que se cerrara detrás de ella, dejándome una vez más en la penumbra del vestidor.
Me senté de nuevo en el banco de madera. Miré mis manos, que aún temblaban ligeramente por la adrenalina del juego y la cercanía de Angeline. Había ganado el campeonato regional de Northrop High, pero mientras escuchaba el motor del auto de Alan alejarse por el asfalto mojado, sentí que acababa de perder el partido más importante de mi vida.
Al llegar a la mansión después del partido, encontré el periódico dominical doblado con precisión quirúrgica sobre la mesa de caoba de la biblioteca. Henry Cordell estaba de pie junto a la ventana, observando la lluvia caer sobre el muelle. No se giró al escuchar mis pasos, pero con un leve movimiento de su mano, señaló la página de deportes.
—Un excelente desempeño en la novena entrada, Edgar —dijo su voz, pausada y desprovista de cualquier emoción real—. El decano de admisiones de Yale valora mucho el liderazgo deportivo. Demuestra que eres capaz de tomar decisiones de alta presión bajo la mirada del público. Es un activo que sabremos explotar en tu carta de presentación.
No hubo un «estoy orgulloso de ti», ni un «increíble batazo, hijo». Para Henry Cordell, mi cuadrangular de tres carreras no era una muestra de pasión o talento; era simplemente una línea más en mi currículum, un porcentaje de efectividad de cara a la Ivy League.
—Gracias, papá —respondí, sintiendo que el ardor frío se me instalaba de nuevo en el pecho—. Jugué lo mejor que pude.
—La excelencia no es una opción, es un estándar familiar, Edgar —concluyó, dando un sorbo a su trago—. Asegúrate de que este pequeño triunfo no te desvíe de tus tutorías de cálculo de esta semana. Los campeonatos de preparatoria se olvidan rápido; las calificaciones de Yale, no.
Esa era mi realidad. Una casa donde mis mayores logros eran analizados bajo un microscopio corporativo, y donde el único hombre que me quedaba en el mundo me miraba como a una inversión a largo plazo.
El lunes por la mañana, el vitral de la entrada principal de Northrop High proyectaba luces de colores sobre una nueva pieza en la vitrina de trofeos del vestíbulo. La copa de bronce del campeonato regional de primavera descansaba sobre el terciopelo azul, con el nombre de nuestra escuela grabado en letras góticas frescas.
Para el resto de los estudiantes, ese trofeo era un motivo de orgullo colectivo. Para mí, solo era un recordatorio metálico de que algunas victorias se pagan con un silencio demasiado caro.
Caminar por los pasillos ese día se sintió diferente. Las palmadas en la espalda de chicos con los que nunca había hablado, los susurros de admiración de las chicas de las filas delanteras y las felicitaciones efusivas de los profesores de educación física me rodeaban como un eco persistente. En la cartelera de anuncios de la entrada, un recorte del Fort Wayne Journal Gazette mostraba una fotografía borrosa de mi swing final bajo el titular: «Cordell sella el campeonato regional con un batazo de oro». Las estadísticas impresas debajo de mi nombre eran impecables, destacando un promedio de bateo de .412 durante la temporada regular y un porcentaje de carreras impulsadas del 85%.
Eran números perfectos. El tipo de números que a mi padre le gustaba ver en los informes anuales.
Pero mientras cruzaba el pasillo hacia mi casillero, mis ojos no buscaban la vitrina de trofeos, sino el final del corredor de casilleros del ala este.
Angeline no estaba allí.
Había pasado todo el domingo esperando que mi teléfono con teclado numérico vibrara con algún mensaje suyo, una rima tardía de su entusiasmo en las gradas o incluso una disculpa por el comportamiento de Alan en los vestidores. Pero el dispositivo se había mantenido tan frío y silencioso como mi casa. La noche anterior, la reacción de mi padre ante el campeonato había seguido el guion exacto que yo temía.
El timbre que anunciaba la tercera hora de clase me sacó de mis pensamientos. Caminé hacia la clase de Literatura Inglesa con el paso lento, sintiendo el peso de la mochila en mis hombros.
Al entrar al aula, la vi.
Angeline estaba sentada en su pupitre habitual de la segunda fila, cerca de la ventana. Llevaba un suéter de punto color crema y tenía la barbilla apoyada en la palma de la mano, mirando fijamente la madera gastada de su mesa. Parecía cansada, con unas sutiles sombras oscuras debajo de sus ojos castaños que delataban una mala noche.
Me deslicé en el asiento contiguo de la fila lateral, intentando no hacer ruido. Al notar mi presencia, ella se tensó sutilmente y giró la cabeza despacio.
—Hola, Ed —susurró, con una media sonrisa que no logró iluminarle la mirada—. Felicidades de nuevo. Toda la escuela sigue hablando de tu batazo. Saliste en el periódico y todo.
—Gracias, Angie —respondí, manteniendo la voz baja para no llamar la atención del profesor—. Pensé… bueno, pensé que me escribirías ayer.
La confesión se me escapó antes de que mi orgullo pudiera detenerla. Angeline desvió la mirada de inmediato, jugando con la esquina de su cuaderno de rayas. El sutil temblor en sus dedos la delató.
—Lo siento, de verdad —murmuró, su voz apenas un hilo de voz—. Alan estuvo… difícil todo el fin de semana. Después de lo que pasó en los vestidores, tuvimos una discusión terrible en el auto. Dijo que yo te miraba de una manera que a él no le gustaba, y que parecía que estaba celebrando tu victoria más que sus propios partidos. Pasé el domingo intentando calmar las cosas con él y con su mamá. No quería echarle más leña al fuego enviándote mensajes.
Sintiendo una punzada de amargura en la garganta, me recliné en mi asiento, cruzando los brazos. La «tregua» y el «lugar seguro» de los que tanto hablábamos volvían a estar condicionados por la sombra de Alan.
—Entiendo —dije con una cortesía que me dolió usar con ella—. Tu paz con él siempre tiene un precio alto para nosotros, ¿no?
—Edgar, por favor, no te enojes conmigo —suplicó ella en un susurro desesperado, volviendo a buscar mis ojos. Vi una vulnerabilidad tan real en su mirada que sentí que mi coraza de orgullo comenzaba a agrietarse de inmediato—. No es que no quisiera hablarte. Quería hacerlo. Recorté la foto del periódico y la guardé en mi libreta de bocetos. De verdad estaba muy feliz por ti. Pero es tan difícil intentar que todo el mundo esté bien.
—No tienes que hacer que todo el mundo esté bien, Angie —la miré de frente, sosteniendo su mirada con una seriedad que la obligó a contener el aliento—. Solo tienes que decidir qué es lo que te hace bien a ti.
Angeline abrió la boca para responder, pero el profesor golpeó el escritorio con un libro, dando inicio a la clase y sellando nuestra conversación en un silencio de palabras inconclusas.
Durante el resto de la hora, el murmullo de la lección de Hamlet se convirtió en un ruido de fondo. Angeline permaneció rígida a mi lado, y aunque nuestras manos estaban a escasos centímetros de distancia sobre el espacio vacío entre nuestros pupitres, la distancia real entre nosotros se sintió, una vez más, como un abismo de verdades que no nos atrevíamos a cruzar a la luz del día.
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