El zumbido del motor de la máquina de lanzamientos era el único ritmo constante en la tarde gris de Fort Wayne. Cada cuatro segundos, un pistón neumático se activaba con un suspiro metálico y una pelota de béisbol de costuras rojas salía disparada a ochenta y cinco millas por hora hacia mi zona de strike.

¡Clack!

El impacto del bate de aluminio contra el cuero resonó en la jaula de bateo, enviando la bola directo a la red del fondo. Me acomodé de nuevo, sacudiendo la tierra de mis tacos y ajustando mis guantes de bateo de cuero blanco.

Fuera de la jaula, sentada en la grada metálica más baja y resguardada de la brisa húmeda por el alero del almacén de equipo, estaba Angeline. Tenía un cuaderno de espiral sobre el regazo y un enorme libro de literatura abierto, concentrada en el ensayo de literatura que debía entregar al día siguiente. Llevaba un suéter gris que le quedaba grande y un lápiz amarillo sostenido entre los labios mientras analizaba una página llena de anotaciones.

—A ver, genio de las finanzas —dijo ella, retirándose el lápiz de la boca y alzando la voz para superar el ruido del motor—. «La angustia del protagonista en la obra no es una elección, sino un síntoma de su entorno» —leyó Angeline en voz alta, sin levantar la vista de la página—. ¿Crees que eso suena demasiado pretencioso, o es solo una obviedad?

Me concentré en el sutil destello blanco de la siguiente pelota que asomaba por el alimentador de la máquina.

—Suena a verdad, Angie —respondí, secándome el sudor de la frente con el dorso de la mano—. A veces, el entorno no te deja otra opción. El personaje no es libre porque no sabe que tiene una salida.

La bola salió disparada. Rotación lateral, curva hacia adentro. Di el paso de apoyo, giré las caderas y descargué el golpe.

¡Clack!

La pelota golpeó el centro de la red.

Ella levantó la vista, dejando el bolígrafo sobre el cuaderno. Sus ojos castaños brillaron con esa curiosidad que siempre me hacía sentir que me estaba escaneando el alma.

—Eso es exactamente lo que quería decir. Pero mi profesor quiere una estructura más lineal, y yo… yo solo quiero hablar de cómo el protagonista está atrapado en una jaula que él mismo ayudó a construir sin darse cuenta.

Angeline soltó una risa suave, anotando algo en su cuaderno con rapidez.

La máquina lanzó otra bola. No me moví; la dejé pasar. El ruido metálico de la pelota golpeando la red me hizo estremecer. Angeline se puso de pie, cerró el cuaderno y caminó hasta la malla, quedando a escasos centímetros de mí.

—Deja de golpear cosas un momento —dijo, con una sonrisa que suavizó la intensidad del momento—. Ayúdame con el párrafo de la conclusión. Siento que me falta el cierre, esa sensación de que, al final, la libertad tiene un precio que no todo el mundo está dispuesto a pagar.

Me quité el casco y me acerqué a ella, separándonos solo por el tejido de alambre.

—El precio no es lo que pierdes, Angie —dije, bajando el tono mientras el zumbido de la máquina se apagaba por un segundo—. El precio es el miedo a que, una vez que seas libre, descubras que ya no sabes quién eres. Pero el protagonista de tu ensayo… él empieza a saberlo en el momento en que deja de intentar agradar a su entorno.

Ella apoyó una mano sobre la malla, justo donde mi mano descansaba. El contacto, incluso a través del metal frío, me recorrió como una descarga eléctrica.

—Entonces, ¿la conclusión debería ser que la libertad comienza cuando aceptas la pérdida? —preguntó ella, observándome con una vulnerabilidad que no esperaba.

—Debería ser que la libertad comienza cuando decides que, aunque pierdas todo lo demás, al menos te tienes a ti mismo —respondí, sintiendo que hablaba tanto de su ensayo como de mi propia vida.

Angeline sonrió, y por un momento, el campo de béisbol, los entrenamientos y el peso de mis responsabilidades desaparecieron. Ella abrió el cuaderno en la página en blanco y empezó a escribir con rapidez, dejándose llevar por la conversación.

—»La libertad no es una conquista, es un acto de honestidad» —murmuró mientras escribía—. ¿Qué te parece?

—Es perfecto —dije, admirando no solo su escritura, sino la forma en que ella siempre lograba encontrar la luz incluso en los temas más oscuros.

Angeline cerró el cuaderno, volvió a sentarse y me miró con un desafío divertido.

—Ya tienes el ensayo listo, señor Cordell. Ahora, ¿qué tal si me demuestras que tu precisión con el bate es tan buena como tu capacidad para filosofar?

Regresé a la caja de bateo, sintiéndome más ligero. La máquina volvió a cobrar vida, pero esta vez, cada golpe que daba a la pelota no era para impresionar a un buscador de talentos o para cumplir con un entrenamiento. Era para demostrarle a Angeline, en cada movimiento, que por fin estaba listo para salir de la caja y dejar de golpear el aire. Ella me miraba desde el margen, y en su mirada encontré, por primera vez, el público que realmente me importaba.

—Eres insoportable, Cordell. No tienes derecho a ser el bateador estrella del equipo y comprender literatura al mismo tiempo. No es justo para el resto de los mortales.

—Tengo un buen maestro de en casa. Henry Cordell no tolera los ni el más mínimo error —respondí. El comentario, aunque intentaba ser ligero, arrastró un sutil velo de frío sobre mi voz al recordar la rigidez de mi padre.

Angeline notó el cambio de tono al instante. Dejó el lápiz sobre el cuaderno y me miró con esa ternura limpia y silenciosa que siempre lograba desarmar mi coraza.

—¿Sigue muy difícil la situación en tu casa, Ed? —preguntó en un susurro, acortando la distancia física al inclinarse hacia la jaula de bateo.

—Lo normal, Angie —dije, intentando restarle importancia mientras me colocaba en posición de bateo otra vez—. Mi padre solo habla en porcentajes de efectividad y cartas de presentación para Yale. A veces siento que si no entro a la Ivy League, simplemente dejaré de existir para él.

—Tú vas a entrar, Ed. Y no porque él lo exija, sino porque eres brillante —dijo ella, y la absoluta certeza en su voz me entibió el pecho de una manera que ningún calefactor de mi mansión podría lograr jamás.

Me giré para mirarla a través de la red protectora de la jaula. Estábamos a escasos metros. Sus ojos castaños, libres de la agitación de los pasillos de la escuela, me sostenían la mirada con una devoción tan real que sentí que la gravedad del momento nos atraía de manera inevitable. Quise apagar la máquina de lanzamientos, salir de la jaula, sentarme a su lado en la grada metálica y tomar su mano para decirle que ella era la única constante en mi propia ecuación de equilibrio.

Pero la realidad nunca nos permitía conservar la tregua por mucho tiempo. El chirrido metálico de la verja del campo al abrirse de golpe rompió el hechizo. El sonido rítmico y pesado de unos tenis sobre la grava húmeda nos obligó a girarnos.

Alan se acercaba por el sendero lateral. Venía del campo de fútbol americano, con la sudadera de entrenamiento húmeda por el sudor y el casco colgando de su mano izquierda por la correa de plástico. Tenía el rostro encendido por el esfuerzo físico, pero al vernos tan cerca en la penumbra de la jaula de bateo, su expresión se tornó instantáneamente hostil.

—¿Qué hacen aquí todavía? —preguntó Alan, deteniéndose a un par de metros de la grada de Angeline. No me miró; fijó sus ojos azules en ella con un tono de posesiva impaciencia—. Te estuve buscando en la cafetería, Angie. Dijiste que me esperarías en la entrada del gimnasio cuando terminara el entrenamiento.

Angeline se tensó visiblemente. Cerró el libro de química con un golpe seco que levantó una mota de polvo en el aire y se puso de pie rápidamente.

—Estábamos estudiando para el examen del viernes, Alan —explicó ella con voz tranquila, intentando amortiguar la molestia de su novio—. Edgar me estaba ayudando con el comportamiento de las soluciones amortiguadoras. Se me pasó el tiempo, lo siento.

—Sí, bueno, tu mamá llamó al taller de mi papá —dijo Alan, dando un paso al frente para acortar la distancia física con ella, interponiéndose deliberadamente entre Angeline y la jaula de bateo—. Dijo que tus hermanos ya salieron de la escuela y que necesita que vayas a ayudarlos con la cena porque ella tiene un turno extra en la tienda. Vámonos.

Angeline miró hacia abajo, con los hombros caídos bajo el peso de sus eternas responsabilidades familiares. Comenzó a meter el cuaderno de espiral y el pesado libro en su mochila.

—Claro. Vamos —murmuró.

—Felicidades por tu práctica, Cordell —soltó Alan de golpe, girándose hacia mí con una sonrisa falsa y afilada que no le llegó a los ojos—. Espero que toda esa teoría te sirva para el partido del viernes. Aunque dudo que el lanzador de Snider High te tire bolas tan predecibles como las de tu maquinita de juguete.

Mantuve los dedos firmes alrededor del agarre de mi bate, obligándome a respirar con lentitud para no perder esa calma que sabía que lo irritaba.

—La física del impacto es la misma, Alan, sin importar quién lance —respondí con una cortesía impecable—. Aunque entiendo por qué te preocupa la imprevisibilidad. Debe ser difícil jugar en un campo donde no tienes el control de nada de lo que pasa a tu alrededor.

El rostro de Alan se tornó de un rojo violento. Dio un paso hacia la jaula, pero Angeline se colocó rápidamente en medio, tomándolo del brazo con firmeza.

—Alan, por favor. Vámonos. Mi mamá me está esperando —suplicó ella, mirándolo con esos ojos llenos de una muda disculpa que a mí me dolió presenciar una vez más.

Alan la miró, apretó la mandíbula y finalmente asintió, dejándose querer mientras pasaba su brazo izquierdo sobre los hombros de ella, atrayéndola contra su costado en ese habitual ademán de propiedad.

—Nos vemos en clase, Cordell —dijo Alan, dándose la vuelta.

Angeline caminó a su lado, adaptando su paso al andar pesado de él. Antes de cruzar la verja del campo de béisbol, se giró levemente y me dedicó una última mirada rápida por encima del hombro; una mirada cargada de gratitud por la tarde de estudio y de una silenciosa tristeza por tener que volver a su propia tormenta.

Me quedé solo en la jaula de bateo. El motor de la máquina sigue zumbando, expulsando una última pelota que pasó de largo por el home y golpeó la lona del fondo con un impacto que resonó como un eco vacío en el campo desierto. Apoyé la frente contra el metal frío del bate, sintiendo que la química de nuestra tarde se había disuelto por completo en el aire húmedo de Fort Wayne.

El aire de la mansión tenía esa cualidad estática y fría que siempre me recibía tras la práctica de béisbol. Al entrar, mis zapatillas de deporte, todavía con restos de tierra roja de Northrop, chirriaron sobre el mármol impoluto del vestíbulo. Cerré la pesada puerta de roble detrás de mí, deseando simplemente llegar a mi habitación, pero el destino, o mejor dicho, el despacho de mi padre, tenía otros planes.

Henry estaba allí, de pie junto a su escritorio, con una luz de lámpara de escritorio bañando un sobre blanco que descansaba sobre la superficie como una sentencia de muerte. Su rostro era una máscara de disciplina inquebrantable.

—Llegas tarde, Edgar —dijo, sin apartar la mirada de unos documentos—. Y, por lo que veo, tu dedicación al campo de béisbol es inversamente proporcional a tu rigor académico.

Me detuve en seco, sintiendo cómo el cansancio físico de la práctica se convertía en una tensión eléctrica. Sabía exactamente a qué se refería.

—El entrenamiento se extendió más de lo planeado, papá.

—¿El entrenamiento? —Henry se giró, y sus ojos grises se clavaron en los míos con una gélida precisión—. He recibido el reporte de calificaciones de este periodo. Química. Una A-.

La forma en que pronunció esa letra parecía un insulto. Para cualquier otro, una A- era un logro. Para un Cordell, era una mancha, un indicio de mediocridad que amenazaba con tumbar la estructura que él había erigido.

—Es un examen difícil —respondí, manteniendo la voz firme aunque sentía el pulso acelerado—. La mayoría de la clase obtuvo una C o una B.

—No me interesan «los demás», Edgar. Me interesa tu posición —Henry caminó hacia mí, invadiendo mi espacio personal con ese aroma a tabaco y autoridad que siempre lograba hacerme sentir pequeño—. Estamos a meses de las admisiones de la Ivy League. Yale no admite jóvenes con «excusas». Admiten a los mejores. Cada A- es una grieta en tu expediente, una señal de que te estás permitiendo distracciones, de que estás bajando la guardia.

—No es una distracción —dije, y el recuerdo de Angeline en el dugout, con su cuaderno y su inteligencia, me dio un valor inesperado—. Es parte de mi vida. Necesito un equilibrio.

Henry soltó una risa seca, desprovista de cualquier rastro de humor.

—Equilibrio. Esa es la palabra que usan los mediocres para justificar su falta de ambición. ¿Crees que yo construí este imperio con «equilibrio»? ¿Crees que la excelencia se logra repartiendo tu atención entre un bate de béisbol y una chica que te distrae con sus ensayos de literatura?

Me tensé. Mis manos se cerraron en puños dentro de los bolsillos de mi chaqueta.

—¿Cómo sabes lo del ensayo?

—Tengo ojos en todas partes, Edgar. Especialmente en los lugares donde tu juicio empieza a fallar —se acercó aún más, bajando la voz a un susurro gélido que retumbó en las paredes de mármol—. Tienes un destino, un camino pavimentado con décadas de esfuerzo y conexiones. Yale es la llave, y la Ivy League es el territorio donde perteneces. Si crees que voy a permitir que arruines tu futuro por un romance de preparatoria y una calificación mediocre, te equivocas profundamente.

Me quedé en silencio, observando el rastro de la lámpara sobre su rostro severo. Por un instante, el joven que había compartido una tarde de honestidad con Angeline quiso gritar, quiso romper la armonía de ese mármol y decir que no le importaba ni Yale ni su maldita Ivy League. Pero la vieja voz de la obediencia, esa que él había cultivado en mí desde que mi madre murió, luchaba por mantenerse a flote.

—Corregiré la calificación —dije, con la voz plana, anulando cualquier emoción.

—No solo la corregirás —sentenció Henry, dándose la vuelta para regresar a su despacho—. Te asegurarás de que no vuelva a ocurrir. No me obligues a tomar medidas drásticas, Edgar. Esta casa te da todo, pero también puede quitártelo todo.

Me quedé solo en el vestíbulo, con el eco de sus pasos alejándose. Miré hacia arriba, hacia la escalera que conducía a mi habitación, y por primera vez, la mansión no se sintió como un hogar, sino como la jaula de oro que tanto temía. Subí las escaleras, sintiendo la tierra roja de Northrop todavía pegada a mis zapatos, y supe, con una certeza absoluta, que la A- en mi expediente no era el problema; el problema era que, por primera vez, mi padre se había dado cuenta de que yo ya no estaba tratando de complacerlo.

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