Caminar, caminar, caminar, caminar.
Definitivamente, algo que disfruto sin duda. Con cada choque de la zapatilla contra el cemento, miles de cosas explotan en mi cabeza. Algunas se desprenden de mi mente y desaparecen, a lo que yo llamo… barrer la mugre de dentro. Por otro lado, las cosas importantes quedan; las atesoro, aprendo y, si es necesario, las mejoro.
Aprovecho que me estás leyendo, y aún no pierdo tu atención: ¿a vos te gusta caminar?
Claramente sabés mi respuesta, pero me interesa la tuya… ¿acompañado o solo?
Desde mi visión, las dos maneras de caminar tienen su belleza y disfrute particular. De manera solitaria, lo describí en el principio, y no gastaré los caracteres que me restan de atención para describir lo mismo. En cuanto a caminar acompañado… eso tiene otra magia, ¿no?
Todo dependerá de quién te acompaña… mamá y sus consejos, tu hermana con sus luchas, una amiga contando sus victorias, un desconocido que busca llamar tu atención y quién sabe, una persona nueva que no para de sorprenderte, pero que aún cierto abismo no permite coordinar los pasos. Me detengo unos minutos en este último punto.
Una persona nueva, con anécdotas que nunca escuchaste, con experiencias de vida que verdaderamente te interesan, una persona que no te molesta escucharla… hasta simplemente querés escucharlo.
Caminan y caminan.
La conversación fluye, las risas brotan, las miradas pícaras son una batalla constante, el sonrojo es inevitable, los ojos cómplices, los roces de mano que prenden miles de chispas en el interior y, ante todo, el corazón, en su latir más leve… al fin está tranquilo.
Un caminar que se siente seguro, no quiero que se termine, deseo seguir caminando, qué lindo es caminar con vos.
Luego de unos cuantos kilómetros caminados, entre la persona nueva y vos, el abismo se siente reducido. Los pasos comienzan a coordinar y la caminata es cada vez más cómoda.
Atte
Facundo Verardo D’Agostino
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