Aventura mensual: Super Perico y Un amo digno de su sirviente (29 de 32)

Aventura mensual: Super Perico y Un amo digno de su sirviente (29 de 32)

Arte Lancelot

14/06/2026

Las aventuras de Super Perico


Un amo digno de su sirviente

Primer movimiento


Vigésimo noveno movimiento: Desesperanza

Versión en audio:

Durante los tres meses siguientes Super Perico se comportó como un fiel y abnegado ayudante de investigación. Sin duda el más optimista del grupo y el más entusiasta en todo momento.

En cuanto a las cuatro niñas su ánimo y disposición se tambalearon constantemente. Si el primer mes fue de esperanza, en el segundo reinó el aburrimiento y en el tercero prevaleció la desesperanza y las lágrimas. 

No solo Mariazinha lloraba entonces. A escondidas y por las noches, todas las demás sufrían amargamente ante la perspectiva de un futuro fracaso en el plazo de seis meses.

Ninguna sabía como hacer para encontrar a una madre secuestrada. El perico menos… Tenían la conciencia tranquila como para poder afirmar que lucharon contra un fracaso inevitable. Mayor honor que muchos, pero la disposición nunca fue suficiente para ganarle a la realidad. Quizá, Chloe tenía razón: solo eran unas niñas ridículas que jugaban a imitar a la policía.

Nuevamente, se sentían traidoras de la misión del CPAN. Habían perdido la fe en sus objetivos. Investigaban sin rumbo con un corazón seco y decepcionado de sí mismas. Cumplían cuotas, planes, repartían lo que hubiera que repartir; y preguntaban lo que hubiera que preguntar. Pero en su alma dominaba la desesperanza, mientras se limitaban a obedecer sus propias directrices.

Organizaron un barrido por las montañas de Egeria, pero la zona de investigación era enorme. La mayoría de los entrevistados, no era capaz de decir nada a partir de las fotografías. Poco aportaban a los recuerdos y pistas que escasamente pellizcaban con mucho esfuerzo y determinación. 

Fueron concienzudas en su búsqueda. Pero su progreso era tan escaso, que conforme pasaban las semanas se convencían más y más de que solo seguían una rutina y se engañaban a sí mismas con sus mutuos alientos.

Para abarcar más terreno se repartieron en dos grupos, las parejas se rifaban cada día. Super Perico las transportaba de dos en dos con ayuda del pericomóvil. Ambos grupos barrían en paralelo zonas adyacentes, de forma que al ave no le tomara mucho tiempo volar desde una pareja a la otra.

—¿Las hadas unicornios no tendrán un plan en algún capítulo de secuestro? —le preguntó Mariazinha a Melody; en un turno que les correspondió colaborar juntas. 

En su pasada aventura, tomar consejo de las caricaturas infantiles les había funcionado. Una idea, podría ser mejor que ninguna. Pero Melody ya se le había adelantado.

—Es inútil. Fue lo primero que intenté. He repasado varias temporadas de unicornios, pero no encontré casi nada. Solo un episodio, pero es completamente diferente a nuestra situación actual. 

Ante la insistencia de Mariazinha, Melody narró el episodio en cuestión. Al menos, el cuento les serviría de entretenimiento para la caminata por las vías solitarias.

—Hoshi siguió el carruaje de la princesa malvada Crisantemo, y luego utilizó una piedra mágica para inmovilizar a los malos —contó Melody. Ambas disfrutaban plenamente, casi cualquier asunto que proviniera de la serie televisiva de moda en la escuela para niñas Dayamai—. Pero todos los unicornios conocen y distinguen el carruaje de lapislázuli de la princesa Crisantemo. Astrid no sabe nada de automóviles, y todos los carros son iguales tanto para ella como para mí.

—Y para mí también —admitió Mariazinha comprendiendo lo absurdo de su conversación. Que distinto sería todo, si los secuestradores tuvieran un carro hecho de lapislázuli.

Super Perico se estaba contagiando por el desánimo. Su mayor esperanza era su capacidad políglota incrementada con sus superpoderes. En todos los hogares existe algún animal, un ratón, o un pajarito que toque la ventana. Tal vez una zarigüeya que moleste caminando por el cielorraso. Tarde o temprano alguno de estos animalitos debería haber visto a la madre de Astrid. Y en cuanto uno de estos conversara con sus aliados, el caso quedaría resuelto.

La lógica de la paciencia y la perseverancia aseguraban un éxito futuro. Tal vez un mes, tal vez dos… ya contaban tres meses sin resultados.

—Tarde o temprano algún animalito verá a tu madre y nos lo dirá —Super Perico intentaba infundirles esperanza como podía—. Hemos hecho muchos amigos, los secuestradores serán derrotados. Solo necesitamos paciencia…

—Pero tu plan nunca funcionará si mi madre está muerta. Ningún animalito puede encontrar un cadáver enterrado mucho tiempo —admitió Astrid amargada por la tristeza.

Era la primera vez que Super Perico escuchaba la palabra muerte en boca del CPAN. Pero adivinaba que había circulado por el cerebro de todas desde hacía muchos meses. Sería acaso la teoría de la muerte, la que había predominado entre la policía y el ejército. De tal forma, que descalificaran el caso como un asunto perdido; al menos, en lo que a las víctimas se refería. 

Las cuatro lloraron en esa ocasión. El pajarito intentó alegrarlas, pero el optimismo sabía a ofensa delante de tan oscuro desenlace. 

El plazo de seis meses, que ellas mismas se dieron, evitó que se rindieran y le pidieran a Super Perico que buscara otro caso que resolver. Aunque perdieran las esperanzas, estaban decididas a cumplir religiosamente los seis meses de búsqueda. Sin importar que todas o ninguna creyera en lo que estaban haciendo, el CPAN haría honor a su propio reglamento. Al menos, no permitirían que el desánimo que entonces las dominaba; saboteara reuniones, planes o impidiera seguir preguntando y buscando por la montaña.

Una noticia les alegró luego de terminar los primeros tres meses de investigación del secuestro. La Cooperativa de ahorro y socorro de los policías aficionados o CASPA; los había aceptado como miembros luego de una rápida convalidación del arresto de los cuatreros. El juicio todavía estaría pendiente por algún tiempo, pero su conclusión no era necesaria para que el juez permitiera el pago por el arresto.

En la sentencia que liberó la recompensa retrospectiva, se consideró que la evidencia incriminatoria era suficiente para que se pagara a los policías aficionados por su trabajo. El tribunal declaraba el pago como legalmente justo, independientemente de que un juicio posterior declarara a los acusados culpables o inocentes. 

La resolución fue suficiente para que Super Perico, Mariazinha, Melody y Chloe quedaran inscritos como miembros de la CASPA. No así Astrid, que guardaba reserva por su condición de fugada del hospital y de su hogar.

Chloe recogió los bastones policiales retráctiles y grabados, que la CASPA obsequiaba como distintivo de sus miembros. El bastón servía como identificación en los trámites y ante las instituciones. Como arma cumplía los requisitos reglamentarios, aunque se recomendaba utilizar otros modelos. Por su diseño cabía escondido en una cartera. Pero la cartera infantil de Mariazinha resultó demasiado pequeña y tuvo que conseguir una nueva.

El dinero de la recompensa se repartió entre las niñas y el perico, incluyendo extraoficialmente a Astrid. Se dice que Super Perico lo primero que compró con el dinero humano, por el que tanto sentía curiosidad, fueron unos fósforos. Tales artefactos le resultaron maravillosos y fascinantes. Esperando compartir su entusiasmo por el fuego envió muchas cajitas a sus amistades en el Palacio de los Pericos. 

Las niñas aprovecharon la oportunidad, para comprar alguna ropa nueva. Habían destrozado una buena cantidad de zapatillas y accesorios en sus andanzas por el terreno quebrado de las montañas.

Se concedieron un par de días libres en su actividad policíaca para hacer las compras. Experiencia que disfrutaron enormemente, aunque no recobraron esperanzas. Al menos les restablecía fuerzas para continuar. Las suficientes para tocar puertas y preguntar; una, otra y otra vez…

—Todas las casas son visitadas, por las buenas o por las malas, por algún animalito. Si tu madre está en estas montañas. Alguno de mis aliados la encontrará, es inevitable —afirmó el pájaro. Pero la seguridad de sus palabras era planeada. Ya casi no le salía del corazón.

Quizá por tener menos esperanzas, o quizá porque ya habían agotado todas las comunidades de cierto tamaño. Decidieron que trabajarían unidos en un solo grupo; en vez de separarse en dos como habían hecho hasta entonces.

Cada vez que llamaban a la puerta de una casa: pedían consejos, enseñaban fotografías, pedían pistas, rumores, lo que fuera. Pero nada…

Un día como cualquiera, encontraron a un campesino que fanfarroneaba como si pudiera reconocer a un malhechor por su forma de vestir y extravagancia de costumbres. Parecía muy seguro de sus propios prejuicios de culpabilidad y de identificación de delincuentes. Al contrario de la mayoría, en un momento de exagerada presunción se aventuró a decir: 

—Por supuesto que sé quiénes son los secuestradores. Si es verdad que viven en estas montañas, tiene que ser esa gente.

Por su porte de hablador; ni las niñas, ni el perico le creyeron gran cosa. Pero obviamente, había que dejarlo hablar y explicarse:  

—Bueno, no lo sé en realidad. Pero esos tipos son malos, que me perdone Dios si son angelitos —explicó el campesino.

—¿De quién sospecha usted? —preguntó Astrid.

—Hay una hacienda muy sospechosa. Ellos deben ser los culpables. Está llena de cámaras. Aquí en esta montaña la gente deja las puertas abiertas —agregó como si tales asociaciones fueran bien convincentes—. Todos dicen que los delincuentes son los que le tienen miedo a la gente decente. Ellos deben ser los tipos que andan buscando.

Ante la falta de ideas, le hicieron caso por probar. Investigarían la supuesta casa sospechosa señalada por el campesino. El inconveniente fue que no estaba cerca, pero Super Perico podía llegar fácilmente guiado por las señas. 

Volvió en poco tiempo. Nuestro héroe retornó satisfecho, porque a su entender la pista resultó mejor de lo que hubiera esperado:

—Tiene usted toda la razón. Por las señas, el hombre es culpable pero no de secuestro —dijo el periquito para satisfacción del campesino, que se alegró de verificar sus propios prejuicios.

La supermascota terminó su informe de la breve inspección:

—Es la hacienda Amadi y son las fincas del Amigo. Ya la he revisado varias veces. Sé que ese hombre es un malvado. Pero no creo que esté involucrado en el secuestro —concluyó Super Perico.

El campesino estaba feliz que su sospechoso fuera declarado culpable inmediatamente, aunque de otros cargos bien diferentes. Ante su éxito detectivesco, bien podría hacer un segundo intento. Se animó entonces a proponer una extravagante sugerencia para dar con el culpable:

—Pues Super Perico, si quieres encontrar a tu secuestrador. Hay un método que creo te podría funcionar. Busca la casa con más cámaras en la región. Si la primera es la del tal Amigo, entonces busca la segunda. Muy simple, allí encontrarán al menos, otro culpable de algo—afirmó el campesino muy seguro de la practicidad de sus métodos.

Como por entonces no se les ocurría nada mejor, Chloe había permanecido callada. Pero consideró que ya era hora de despedirse y continuar con su búsqueda.

—Podría ser también del ejército, o un vendedor de joyería, son puros prejuicios —protestó Chloe, tratando de apresurar la despedida. Pues los demás parecían más entusiasmados de lo que debieran.

Sin embargo, ocurrió algo que nadie se esperaba. Astrid rompió a llorar, y para sorpresa de todos afirmó dominada por una fuerte emoción interior:

—El hombre tiene razón. El secuestrador vive en la casa con más cámaras. El secuestrador está obsesionado con su propia vigilancia.

Entonces las lágrimas asfixiaron por completo sus palabras. Su llanto se había transformado en una confusa mezcla de tristeza, horror y una alegría siniestra.

Nadie comprendió porque afirmaba tal cosa y con tanta seguridad. Como podía estar tan segura o ser tan prejuiciada, como para culpar al hombre con más cámaras.

Una mueca que mezclaba una tristeza y una alegría un tanto maligna se dibujó en su rostro. Su expresión no dejaba duda de que hablaba en serio.

—¿Por qué dices eso? —le preguntó Super Perico.

—Lo había olvidado completamente. La verdadera razón por la que el carro me pareció tan raro. Había dos cámaras laterales vigilando a los pasajeros, definitivamente no podría tratarse de nada bueno… y luego…

Chloe se puso a saltar de alegría. Las demás niñas comprendieron el gran descubrimiento y la razón de su repentino entusiasmo.

Astrid y Chloe se abrazaron entre ellas con abundantes lágrimas. Mariazinha y Melody hacían otro tanto. El campesino prejuiciado, aunque algo corrido, también participó a su manera en las celebraciones; autoproclamándose el autor intelectual de la solución.

Ante las miradas de interrogación de Super Perico, que no entendía tanto aspaviento, Chloe le explicó el motivo de su alegría:

—¡Bingo…!, ahora si vamos a atraparlos. En Haram nadie o casi nadie pondría una cámara vigilando a los pasajeros en un auto corriente, ni los taxistas hacen eso. Esos idiotas pusieron dos. Definitivamente, si encontramos un vehículo con tales cámaras. Encontramos a los culpables.


—Siguiente entrega disponible el 15 de julio del 2026
—Libro completo disponible en octubre del 2026


Ver también: Un amo digno de su sirviente, Arte Lancelot

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS