No sé en qué punto de la vida uno se vuelve merecedor de alguien como vos. Sospecho que no lo soy. Pero también sospecho que nadie lo es, y que el amor es ese malentendido maravilloso, una decisión obstinada de seguir ahí, de codo contra el mundo, incluso cuando todo empieza a temblar como un disco viejo. Quizás el amor no tenga nada que ver con merecimientos, sino con esa voluntad de no soltarse cuando el suelo cede.
A veces pienso que no nos sostiene la luz, sino la persistencia. No la de los libros épicos, con trompetas y banderas, sino esa otra: la cotidiana, la que no tiene fotógrafos. Esa forma de quedarse cuando lo más sensato sería soltar y marcharse a tomar un café a otra parte. Y ahí estás vos, siempre, como una afirmación que no necesita gramática. Tu presencia lo dice todo, sin reclamos, con una serenidad que me deja siempre un poco a la intemperie, pero a salvo.
Hay días en que el mundo se vuelve áspero, una constelación de torpezas crueles. En esos días yo miro alrededor y encuentro que la única cosa que no se muerde, que no se desmorona como un castillo de azúcar, sos vos. No porque seas invulnerable – qué aburrimiento sería eso – sino porque tenés esa forma rara de estar, esa manera de acompañar sin invadir, de sostener sin ponerle nombre a las cosas. Una forma extraordinaria, casi animal, de amar.
No sé si sos consciente del efecto que tenés en mí. Te movés por el mundo como si cuidar fuera un acto reflejo, como si la ternura fuera un idioma que aprendiste antes de saber hablar. Yo, que me fabriqué entre dudas y defensas, me quedo mirándote, tratando de imitar ese dibujo que hacés en el aire, esa gracia que te sale sin esfuerzo y que a mí me cuesta media vida alcanzar.
Hubo momentos en los que yo mismo me perdí, me desdibujé hasta casi no encontrarme. Y vos no viniste con discursos ni con salvavidas de plástico; hiciste algo mucho más difícil: te quedaste. No como quien soporta un chaparrón, sino como quien elige la lluvia. Sin promesas grandilocuentes, simplemente estando. Y esa presencia fue el suelo, el único pedazo de tierra firme cuando todo lo demás era barro.
Intento ser mejor, sí. No por redención ni por miedo, sino porque algo en vos me despierta esa necesidad, como si tu mirada me recordara que todavía puedo aspirar a una versión más limpia de mí mismo. Si a veces doy un paso adelante, si intento esquivar mis propias trampas, es porque algo de vos me empuja sin tocarme, me guía sin mapas. Y eso es inmenso, es casi todo.
Me duele pensar que no llegás a dimensionar lo que sos. Vivís tu bondad como algo natural, como si fuera lo mínimo que cualquiera haría, pero yo, que conozco bien las mezquindades del mundo, sé que lo tuyo es un milagro artesanal.
A veces me sorprendo imaginando una vida en la que no estés, y es como intentar respirar bajo el agua: una imposibilidad absurda, una negación de lo que sostiene. No porque sin vos no pueda existir, sino porque con vos todo tiene un pulso distinto, una temperatura más justa, un modo más amable de hacerse real. Es como si el mundo tuviera una textura distinta desde que estás conmigo, como si la realidad, de golpe, hubiera encontrado un modo de no lastimar tanto.
Y hay noches – sobre todo esas noches en que el silencio parece un animal enorme que se acuesta sobre la casa – en las que me descubro pensando que, de todo lo que hice, de todo lo que fui, de todo lo que se me rompió y de todo lo que me salió mal, lo único que realmente valió la pena fue haber coincidido con vos. No porque seas un premio ni una compensación, sino porque sos una verdad. Una de esas verdades que no se negocian ni se explican: se viven.
Si alguna vez dudás de lo que sos, quiero que me mires a los ojos. Ahí vas a ver a la mujer que me enseñó que la ternura es la única forma de valentía que vale la pena. Me duele el pecho de tanta suerte, Estefanía; esa sensación de que todo lo que viví – lo bueno, lo roto, lo olvidado – fue apenas un prólogo para este presente de manos que se buscan.
Gracias por existir así, sin artificio, con esa manera tan milagrosa y tan simple que me obliga a querer ser mejor. Porque al final, amarte no es encontrarte; es reconocer que ya estabas en mí, como una música que mi sangre tarareaba mucho antes de conocer tu nombre.
Y si alguna vez el tiempo nos pasa por encima como un tren sin estaciones, si la memoria empieza a perder esquinas y los nombres se nos vuelven frágiles, quiero que sepas que igual te voy a buscar. No con la lucidez de hoy, quizás, sino con algo más antiguo: con ese instinto que ya no responde a la razón, con esa obstinación que no sabe olvidarte aunque todo lo demás se vuelva bruma. Porque hay amores que no dependen de la claridad sino de la raíz, y lo nuestro ya está plantado en un lugar que no entiende de calendarios.
Si algún día se nos gasta la voz, si la risa se nos vuelve recuerdo, si las manos ya no tiemblan por deseo sino por los años, igual voy a querer quedarme. No por costumbre ni por miedo a estar solo, sino porque hay una forma de paz que solo existe cuando estás cerca. Y aunque el mundo cambie, aunque yo cambie, aunque cambie todo lo que creemos firme, esa certeza no se va a mover: donde estés vos, ahí voy a intentar estar yo.
Y cuando llegue el final – sea lo que sea que eso signifique- no voy a pensar en lo que faltó, sino en esto: que hubo una vida en la que te encontré. Y que en medio del ruido, del daño, del cansancio del mundo, existió este milagro discreto que fuimos nosotros, insistiendo. No perfecto, no limpio, no sin heridas, pero real. Y eso, aunque nadie más lo entienda, habrá sido suficiente.
Y si un día el mundo nos empuja hacia lugares que todavía no imaginamos, si el tiempo nos va cambiando el rostro y el pulso, si aquello que fuimos se nos vuelve memoria y no presente, quiero creer que igual va a quedar intacto ese gesto pequeño, casi secreto, de reconocernos. No importa si el ruido nos cansa, si la vida nos va tallando con sus preguntas o si el cuerpo se nos vuelve un territorio más lento; hay algo en lo que somos juntos que no depende de la fuerza ni de la juventud, sino de una especie de fidelidad silenciosa que no sabe de rendiciones.
Puede que un día ya no tengamos la misma velocidad ni la misma claridad, y que el mundo se nos haga un poco más ancho y un poco más difícil. Puede que lo que hoy damos por cierto se vuelva duda, y que las palabras ya no alcancen para decir lo que antes decíamos sin esfuerzo. Pero incluso entonces, cuando todo parezca haberse corrido un paso hacia la sombra, yo sé que va a quedar esa certeza mínima y tenaz que siempre nos salvó: la manera en que te busco, la manera en que me encontrás.
Y si un día el mundo decide que ya no somos los mismos, si las cosas se vuelven más frágiles, si el cansancio nos dobla un poco, no voy a pedir nada más que esto: seguir encontrándote.
Porque entre todo lo que se pierde, lo único que me importa conservar es esa forma tuya de mirar el mundo y mi manera inevitable de buscarte en él.
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