EL REINO OSCURO DE LA MUERTE
En el Reino Oscuro de la Muerte
el tiempo de los relojes se para,
la existencia, truncada, se detiene,
el ímpetu, las ansias, los anhelos se acaban.
Todo es pena, todo es llanto,
todo es miedo y espanto.
Nada surge o crece en el desierto de arena,
cuyo calor abrasador siempre quema.
El resplandor del fuego envenena
las miradas de los ojos cansados
y acalla las risas de los seres condenados,
su esperanza, su consuelo, su sonrisa.
En el Reino Oscuro de la Muerte,
donde el tiempo de los relojes se para,
no amanece, no hay vida, solo la negra tumba
que envuelve a los espíritus abandonados a su suerte.
Son los cuerpos fríos, congelados,
sumergidos en el Lago de la Muerte,
como sombras que duermen, inertes,
por los seres del abismo olvidados.
La noche, la luna y la tormenta
rodean este reino hecho de rocas y piedras,
de murallas y de cárceles sin puertas,
de donde ya no sale quien allí entra.
En el Reino Oscuro de la Muerte,
donde no amanece y el alba se detiene
la lluvia y la niebla, inquietantes, acompañan
a las almas que buscan refugio, penitentes.
Mas no encuentran nunca el cálido abrigo,
el abrazo de una madre amorosa,
o el consuelo reconfortante de un amigo,
solo el temor, el dolor y la derrota.
En el Reino Oscuro de la Muerte,
la Vieja Dama se prepara para cruzar el puente
hacia las tierras donde habitan los que aún viven
y llevárselos consigo para siempre.
RECUERDA QUE MORIRÁS
(MEMENTO MORI)
La vida es fugaz, se escapa de las manos.
Son tiempos difíciles para el ser humano.
Por ello, aprovecha siempre el momento,
porque los años que se han ido no volverán.
Recuerda, cristiano, vas a morir pronto.
Y no importa que seas rico o pobre,
clérigo, soldado, campesino o artesano.
Pues la muerte iguala a todos como hermanos.
Siempre está presente, desde el mismo nacimiento.
Va llegando poco a poco, amenazante.
Aunque no sea sentida por las gentes todavía,
como la vida que transcurre en la inocente lejanía.
Pero sabed que llegará el día en que ya será tarde para todos.
¿A qué esperáis? Ya es el final, ya es el momento.
Pedid perdón y arrepentíos, ahora que estáis a tiempo.
Pues el sombrío esqueleto vendrá de todos modos.
Un hombre, un desalmado ser, ha perecido en su cama.
Y su alma, ensuciada de viles actos, espera
a ser conducida, inexorable, a una desconocida esfera.
Allí encontrará una vieja e inquietante dama.
Ella le hablará con severidad de sus miserias,
de su comportamiento ruin, mezquino, detestable.
Se presentará con su negro traje, implacable.
Y nada podrá hacer aquella alma para salvarse.
Reposarán tus huesos en el lúgubre cementerio,
en el sepulcro duro y frío que, si pudiera hablar, diría
“el tiempo vuela” y “aprovecha el día”,
pero ya no tendrás el deseado descanso eterno.
Tú que en vida lo has sido todo,
fuerte y sano, importante y exitoso, rico y poderoso,
aunque también egoísta y cruel con los más débiles,
acepta tu destino, ahora olvidado y solo.
Aquella criatura lóbrega y oscura
se acerca ahora al lecho del fallecido
y de su horrible boca salen sonidos
que despiertan del sueño a la inerte figura.
Y el espíritu, por la incansable viajera
y por los seres de las tinieblas, se siente llamado.
Ven con nosotros, alma pasajera,
acompáñanos en este viaje poco afortunado.
Y el hombre que ha muerto ve con ojos desorbitados
a la siniestra silueta a la que nada detiene,
como sombra que se acerca hacia el amenazado.
Pero él quiere hablar alto y que sus palabras resuenen.
Ya has llegado, viajera, puntual.
Has venido a llevarme contigo.
¿Y tú crees que yo quiero ir?
¿Por qué partir de este bello mundo, sin motivo?
¿Por qué me arrancas, traidora, de aquí?
Vienes con tu oscuro disfraz, negrura infame.
Llevas consigo tu nombre clavado en el rostro.
Como la cicatriz que surca el semblante, camino sangrante.
Porque eres macabra calavera, la Eterna Visitante.
Te acompañan los cuervos, las arañas, los murciélagos.
Sombríos seres de la muerte, salvajes animales.
¿Y tú crees que estoy preparado para morir? Jamás.
Pero llegó la hora, inesperada cazadora, sorpresivo final.
Sí, dices bien, yo soy la Muerte
y debo llevarte conmigo,
arrastrándote, si es preciso,
por las sendas de la infausta suerte.
No haces bien tratando de negar
lo que nadie ha podido evitar.
Arrepiéntete, desdichado mortal, infeliz humano,
de malvadas acciones de tus manchadas manos.
En estos difíciles tiempos, oscuros momentos,
recuerda que morirás (memento mori),
no seas soberbio, pues sucederán tristes lamentos,
la noche y la luna, los truenos y lluvias sobrevendrán.
La existencia en la Tierra, caduca y efímera,
es solo preparación para la auténtica vida,
para la esencia verdadera que nunca termina,
donde se acoge cálidamente a las almas divinas.
Pero si has pecado gravemente contra la divinidad,
no serás parte de este mundo ultraterreno,
otro ámbito, también eterno, te acogerá,
un lugar donde se pierde toda compostura y dignidad.
Un lugar donde horribles gritos resuenan,
procedentes de las almas en pena,
donde las desgarradoras quejas no son escuchadas,
y el sufrimiento, inconsolable, conduce hacia la nada.
El alma humana, perdida, sigue a la Muerte
resignada, atormentada, vencida,
a través de túneles y oscuros recovecos,
como un infeliz y desdichado cuerpo inerte.
En este inhóspito viaje de desmanes y locuras
se les van apareciendo horrendas criaturas,
cuyas formas y apariencia son inimaginables,
y provocan el llanto de aquel hombre abominable.
Cruzan puentes sobre abismos,
suben montañas elevadas e interminables,
un sinfín de peligros les acechan como espejismos
que les llevan a huir sin aliento como animales.
Pero la Muerte está tranquila e impasible,
pues es autoridad en este mundo.
Es el hombre el que pide compasión,
la misma que se negó a dar a débiles y moribundos.
A los mismos que hizo daño y perjudicó,
que mil veces le pidieron ayuda,
pero él siempre denegó.
Y en su conciencia por fin remordimientos se auguran.
Ahora llora como un niño y se pregunta
cuándo va a terminar este tormento,
esta andadura de desesperación y amargura,
estas visiones que atormentan y torturan.
Y ante sí se despliega como un cuento
toda su vida, su despreciable existencia,
y él sabe que ha llegado el momento
de rendir cuentas al Señor con su presencia.
Pronto, humano y Muerte, se suman,
presos de la ínfima negrura y sin vida,
a la extraña y sombría comitiva
que se desplaza en macabros bailes.
Son las Danzas de la Muerte,
son los que bailan, infames,
como larga cadena unida en carnes
que se pudren y descomponen, lívidas.
Mirad el ataúd, lecho del eterno final.
Sentid el tiempo, marcado por el reloj de arena.
Recibid las flores marchitas, que a los tristes corazones llegan.
Preparaos. Todo acaba. Recordad, almas impuras,
que acabaréis siendo mortales, condenadas criaturas.
EL JOVEN DE LA LUNA
(LUNA DE MUERTE)
Muchacho, muchacho, de verdes ojos azulados,
yo te quise más que a nadie en el mundo, ¡ay muchacho!
Yo me enamoré de tu risa de colores, de tu mirada vergonzosa,
de tus mejillas calientes, de tus manos hermosas.
Te preparé una cuna, te invité a mi regazo.
Yo por ti dejé de guiar las mareas y escondí mi luz en la noche,
te agasajé con regalos, te regalé mi ternura, mi misterio y mi locura,
descuidé a los hombres en sus sueños, en mis caricias de madre,
en el flujo de la energía, en la expresión de sus emociones.
Solo tenía ojos para ti, ¡ay muchacho!
Pero tú no me amabas, de mí te alejabas, sumido en el miedo,
dispuesto a la huida, como un caballo desbocado, sin salida,
despreciando mi anhelo de volver a verte, cerca del cielo.
¡Ay muchacho! Si supieras cómo así te acercabas a la muerte
de mí no te hubieras apartado, yo solo deseaba quererte.
Pero un día, una cruel fecha que acabé maldiciendo, lo hice,
acabé con tu vida, si no eras para mí, para nadie más serías.
Te ahogaste en las aguas que convertí en tormenta,
en aquella barca de curtidos pescadores, de odio estaba sedienta.
¡Ay muchacho! No hay cosa de lo que más me arrepienta.
Pero el mar consiguió lo que yo no pude, en su hogar te acogió.
Y ya de ti mis deseos detuve, por los cielos castigada.
Ahora las mareas siempre me recuerdan que tú yaces allí,
Subes y bajas, te acercas y te marchas de nuevo de mí.
Nunca te detienes, bailas con las olas, cumpliste tu venganza.
LA MUERTE, TAN LEJANA, TAN CERCANA
Eres, muerte, tan lejana, tan cercana.
Eres, muerte, tan presente, tan ausente.
Eres, muerte, el cuerpo, el alma.
Eres, muerte, la quietud del cuerpo inerte.
Eres lo contrario al nacimiento.
Eres la culminación de la vida.
Eres irrecuperable y definitiva.
Eres el aliento que expira.
Eres el cuervo que anuncia el mal presagio.
Eres el buitre que espera la carroña.
Eres la araña que enreda y envenena.
Eres el murciélago, vampiro que vuela.
Eres la calavera y la guadaña.
Eres el tiempo del reloj de arena.
Eres el gato que se acerca al moribundo.
Eres la tumba que encarcela al difunto.
Eres la enfermedad y la epidemia.
Eres el corazón roto del enamorado.
Eres la desesperación y el pesimismo.
Eres la oscuridad del negro abismo.
Eres la destrucción y la guerra.
Eres el asesinato y la venganza.
Eres el desierto y la reseca arcilla.
Eres los malos sueños y las pesadillas.
Eres, muerte, el frío en la mañana.
Eres, muerte, la noche y la tormenta.
Eres, muerte, tan presente, tan ausente.
Eres, muerte, tan lejana, tan cercana.
RECONOCIÉNDOME
Mis pasos me empujan y me llevan
siguiendo los caminos de antaño.
Una extraña atracción me guía
por calles de sueños de asfalto.
Pero la confusión me abruma.
Creo recorrer las sendas del destino.
¿O me equivoco?
Nadie contesta a mis preguntas.
Arrastro mis pies como un loco.
¡Pobre criatura!
Deambulo entre la marabunta de gentes
en medio de miradas ausentes,
entre risas y palabras de espuma
de dientes y labios cortantes.
No hay respuestas. No hay ninguna.
Pero yo sigo este mundo ajeno.
¿Hasta cuándo?
Es un secreto no desvelado.
Persigo la ayuda que no se me concede.
Escupo lamentos entre ecos deshumanizados.
Gentes asombradas.
Multitudes mirando.
Aquel cuerpo inerte.
Aquel coche destrozado.
Pero yo nada reconozco.
¿Quién será?
Un impulso irrefrenable
me empuja a actuar.
Me abro paso entre las gentes.
¡Dios mío! ¡Traspaso sus cuerpos!
Observo mis manos.
Observo mi pecho.
Observo mis piernas.
Observo mis pies.
Sin duda, este cuerpo me pertenece.
No noto mis manos.
No noto mi rostro.
Mi corazón late con fuerza.
Mis sospechas se han confirmado.
Soy una inmaterial presencia.
Aquella ambulancia frente a mí.
Aquellos sanitarios reanimando aquel cuerpo.
Las respuestas se suceden.
Son respondidas las preguntas.
Aparece la conciencia.
Aquel rostro apagado y sin vida
es mi propio rostro.
Aquel cuerpo inmóvil e inerte
es mi propio cuerpo.
Por fin me reconozco.
Terminó la incertidumbre y la extrañeza.
Ya surge la verdad de mi vida eterna.
Esta es mi identidad verdadera.
Ahora sé quién soy y quién he sido
durante toda la existencia.
Aquella luz de allí me busca
para llevarme con ella.
Pero no estoy muerto.
Pues la muerte no existe.
Ahora camino hacia mi verdadero yo.
Conociéndome.
Identificándome.
Reconociéndome.
PAISAJES DEL OTRO LADO
Paisajes del Otro Lado reciben a las almas
y sumergen al espíritu en viajes etéreos.
Hay amor, hay ilusión, hay consuelo y hay perdón.
Hay innumerables estancias, de matices y elegancias.
Escaleras audaces que conducen a las alturas.
Puertas que custodian las divinas entradas
Bóvedas que culminan los palacios celestes.
Jardines de hermosas flores, de colores infinitos.
Plantas y árboles que destilan esperanza.
Perfumes de pasión y embriagadoras fragancias
Firmamentos tornasolados de luces crecientes
que respiran el aire de atmósferas sagradas.
Resplandecientes suelos de hojas secas otoñales.
Arcoíris en el cielo.
Criaturas celestiales cuya presencia deambula
entre nubes nacaradas que vuelan y flotan.
Son paisajes del Otro lado que reciben a las almas
en la vida que transcurre tras la muerte.
Estrellas, planetas, galaxias, universo de inmanencia.
Un nuevo amanecer más allá de la existencia.
ANTES DE QUE LA LUZ SE APAGUE
¡Qué frío hacía en la noche de San Silvestre!
La última noche del año.
Empezaba a oscurecer.
Y nevaba. Como antaño.
Una niña estaba en plena calle y sufría
porque sus fósforos no vendía.
Niña de rubios cabellos, y pobre,
de rizos sobre el cuello,
sentada sola en el duro suelo.
¡Perdí mis zapatillas!
Pensaba.
¡qué frío hacía!
Sus pies desnudos encogía
tanto cuanto podía
sentada en el duro suelo.
Estaba descalza.
¡qué frío hacía!
Pensaba.
¡Qué voy a hacer ahora!
¡No he vendido ni un solo fósforo
en todo el día!
Se lamentaba.
¡qué frío hacía!
Pensaba.
¡Qué voy a hacer ahora!
No me atrevo a volver a mi hogar.
¡Mi padre me pegaría!
También mi casa está fría.
Pensaba.
¡qué frío hacía!
¡Si me atreviese a encender
un solo fosforo
de aquel manojo!
¡Cuánto me aliviaría!
Mis dedos calentaría.
Pensaba.
La niña sacó una cerilla.
Contra la pared la frotó.
Una llama chispeante le ofreció su calor.
La resguardó con la mano.
Alivió su dolor. Y exclamó:
¡Qué luz maravillosa! ¡Qué resplandor!
La voz narradora se identifica.
Me presento ante vosotros.
Soy un ángel. Un ángel del señor.
Testigo de la vida y de la muerte.
De cuantos viven y perecen
en este mundo, a veces triste,
a veces alegre,
y que podría ser mejor.
Soy testigo de otro ángel,
de una infancia de desesperanza.,
De esa niña cuyos fósforos
nadie compró. Su niñez arrancada
de la dicha que no vivió.
Y que ahora ya camina
por el cielo que tanto soñó.
La luz de las cerillas que la niña enciende
Ilumina su existencia de esperanza y amor.
Son imágenes que trascienden,
como alma que asciende,
y la acercan a Dios.
Pero antes de que la luz se apague
quiero contar lo que la niña vio.
El primer fósforo le presenta
una gran estufa de hierro.
La niña junto a ella sentada
siente el calor del fuego.
¡Ay, cómo calienta!
Dice feliz y aliviada.
Antes de que la luz se apague
desearía que el calor no cesara,
que su calidez me abrigara
como nunca antes lo he sentido,
que me ampare y proteja
como la mano de un fiel amigo.
Antes de que la luz se apague
alargaría los pies para calentármelos,
mis pobres pies descalzos.
Ya no sentiría el frío,
ni el gélido suelo,
Me haría un ovillo y dormiría.
Pero la cerilla por fin se apagó.
Y tuvo que encender otra.
En ella vio aquella habitación,
donde en la mesa puesta
un pato asado se dirigía hacia ella,
relleno de manzanas y ciruelas.
Antes de que la luz se apague
Aplacaría mi sed y mi hambre.
No hay nada como el placer de la comida.
Hacía tiempo que no lo sentía.
El sabor de un buen alimento.
La saciedad de un estómago hambriento.
Antes de que la luz se apague
también quisiera
que todos los niños del mundo comieran,
sin importar si son ricos o pobres.
Que un buen plato en la mesa tuvieran.
¡Qué felices comerían!
Pero la cerilla por fin se apagó.
Y tuvo que encender la tercera.
Se encontró sentada cómodamente
debajo de un árbol de Navidad,
adornado bellamente.
Levantó sus dos bracitos hacia la inmensidad.
Y las velitas del árbol, lucecitas de paz,
remontaron a lo alto, como destello fugaz.
Pero eran las estrellas del cielo. Una de ellas cayó
como estela en el firmamento,
anunciando que alguien se estaba muriendo,
pues su abuela le había dicho, con cálida voz:
Cuando una estrella cae, un alma se eleva a Dios.
Antes de que la luz se apague
yo quisiera volar
por ese cielo estrellado
cogida a una veloz estrella
que me llevara por las sendas más bellas
de la eternidad. Y así vería a mi estimada abuela.
Antes de que la luz se apague
mi abuela y yo iríamos cogidas de la mano
por el firmamento
en busca de la armonía y felicidad.
¡Sí, que es Navidad!
¡Cuánto echo de menos su bondad!
Pero la cerilla finalmente se apagó.
Y encendió la cuarta cerilla.
Por fin lo que había soñado se cumplió.
Apareció su abuelita ante ella
tan hermosa, tan dulce y cariñosa.
Nunca la había visto tan bella.
Antes de que la luz se apague,
como la estufa, el asado y el árbol
¡Abuelita, llévame contigo!
¡No dejes que aquí me quede!
Dame de tu mundo la llave.
Que me acoja y me dé su abrigo.
Antes de que la luz se apague
Yo tampoco quiero que tú te marches,
como la estufa, el asado y el árbol.
No deseo que desaparezcas en el aire,
que te apartes de mi lado
y me dejes aquí con mis pies descalzos.
Pero esta cerilla también se apagó.
Y a la pobre niña se le rompió el corazón.
¡No! ¡No! ¡Por amor de Dios, no te apagues!
Gritaba la niña con desesperación.
Y para no perder a su abuela
los fósforos que le quedaban encendió.
¡Qué maravilla lo que entonces aconteció!
Los fósforos brillaban mucho más que el día.
Su queridísima abuela en la luz se reflejó.
Más hermosa que nunca se le aparecía.
Y a la niña en el brazo la tomó.
Juntas estaban de nuevo, tanto se querían.
Emprendieron el vuelo hacia las alturas
En medio de un gran resplandor.
Tal gozo y amor sentían las dos.
¡Abuelita, ya no tengo frío, ni hambre, ni temor!
¡Soy tan feliz contigo, con tu cariño y ternura!
Y así ambas entraron en la mansión del Señor.
Esto presencié como ángel,
como un ángel de la divinidad.
Y esto es lo que vi a la madrugada,
en el frío amanecer que se desplegaba
ante las mujeres y los hombres
que aquel milagro observaban.
A pesar de que se halló a la niña muerta de frío,
en la última noche del Año Viejo,
sus sonrosadas mejillas y su sonrisa conservaba,
tan dichosa de este mundo había partido.
Allí estaba, con su paquetito de fósforos, sentada.
Casi todos consumidos, aunque algunos le quedaban.
La gente dijo que quiso calentarse,
ajenos sin embargo a todas las maravillas
que su alma fue capaz de ver cuando brilla.
Nadie supo nunca que pudo alegrarse,
sentir el gozo divino, emocionarse
en la gloria de Dios junto a su abuelita.
Ya nunca sentirá hambre y frío,
no estará sentada en el suelo
y sus pies, antes descalzos,
notarán el calor y el abrigo,
a que aspira todo ser vivo
rodeado de paz y consuelo.
Y ahora la pequeña está conmigo,
con otros ángeles como yo,
con otras almas que allí son eternas,
con su queridísima abuela,
que es un alma tan buena,
en la casa del Señor.
LA LLAMA INCOMBUSTIBLE DEL AMOR
El amor es un sentimiento que puede con todo,
capaz de vencer a la oscuridad y a las tinieblas,
a las grandes olas del mar,
al odio, la vileza y las malas acciones,
al fuego que consume la materia y la reduce a cenizas,
a los truenos y relámpagos en las tormentas,
incluso a la misma muerte,
porque el amor nos acompaña
más allá del gran misterio final,
al otro lado de la vida,
como la luz de una llama que nunca se apaga.
LA MUERTE QUE EXHALA VIDA
Soy la muerte, pero no me temáis,
pues soy la muerte que exhala vida.
En cada rincón de la existencia
estoy con vosotros
como fiel compañera.
Solo soy la certera puerta
que conduce al Otro Lado,
la Dama que acompaña
a las almas pasajeras
en el tránsito final
hacia la vida verdadera.
No. No me temáis,
pues soy la muerte que exhala vida.
No soy el final, soy el principio
de una nueva era.
Compartamos alegrías, no penas.
Pues soy la Dama que conduce al firmamento,
una mágica esperanza
que redime el dolor y el sufrimiento,
allá donde incontables pensamientos
se unen y conectan.
Son las almas que despiertan.
Soy la muerte, pero no me temáis
pues soy la muerte que exhala vida.
Soy el puente por el que cruzáis
hacia donde están aquellos que amáis
que antes partieron.
Soy la Dama que une ambos mundos,
el de la Tierra y el del Cielo,
allá donde incontables pensamientos
se unen y conectan.
Son las almas que despiertan
y comparten el amor de la auténtica existencia.
TODO LO QUE EXISTE
Eres la luz clara y sincera, eres la esencia divina
que se acerca, que me envuelve y me domina.
Eres la entrada a la auténtica existencia,
profundo y extenso mar de aguas abiertas
que acoge el misterio de la vida que despierta.
Eres toda sustancia, toda conciencia, toda presencia,
lo singular y lo plural de la divina esencia.
Eres todo lo que existe, el ser único e infinito,
la unión de todos los espíritus diversos,
una única energía, una reunión de universos.
Eres invierno y verano, otoño y primavera
Un tiempo mejor, la espera que venciste,
los momentos que no avanzan ni detienen
en el reloj eterno de mirada perenne,
el instante congelado de todo lo que existe.
Porque no hay paso del tiempo allá por donde pasas,
solo la morada acogedora, la casa sagrada,
el hogar de los que un día recibiste,
de las almas cansadas que pronto acogiste,
de lo único, de lo múltiple, de todo lo que existe.
LA ÚLTIMA DESPEDIDA
Amor, ya se apagó tu efímero ser, tu corazón mortal.
Me dejaste en la orilla, te adentraste en el mar.
Me miraste una última vez, anhelante y sediento,
antes de partir hacia las aguas eternas,
antes de poder saciar tu sed en el mundo sin tiempo,
en el sagrado Reino de la Muerte,
donde reposan tus ojos cansados, tu último aliento,
donde tu espíritu es libre de las pesadas cadenas,
de la pena y el sufrimiento, del dolor y del lamento
y donde ahora solo hay días felices y noches serenas.
Te despediste de mis brazos, que te acogen y te abrazan,
de mis manos que acarician, que te toman y te atan,
de mis lágrimas perdidas, que te inundan y te queman,
de una voz que ya no implora, solo llora y exclama.
Te apagaste, te consumiste, en el mar te adentraste
dejándome en la orilla, sola y a merced del viento,
en la última despedida, en el último momento,
ya tu vida convertida en un pájaro del cielo
que te lleva consigo en el último viaje, lejos del suelo,
en la vorágine de infinitas sendas y caminos de sueños.
Te despediste de mis brazos, que te acogen y te abrazan,
de mis manos que acarician, que te toman y te atan,
de mis lágrimas perdidas, que te inundan y te queman,
de una voz que ya no implora, solo llora y exclama.
Y ahora, mi fiel amigo, que ya no estás conmigo,
contesta a mi pregunta de triste animal herido:
¿Por qué te vas? ¿Por qué te has ido?
Es un desgarrado quejido que se instaura en mi alma,
que no es respondido, que clama al vacío en la nada,
donde solo hay silencio, silencio y silencio. Solamente silencio.
TE ESPERARÉ EN EL JARDÍN DE LOS SUEÑOS
La primera vez que te vi lo supe,
tenías que ser para mí
tenías que ser mi reina.
Yo sería tu vagabundo
en aquel reino de cuentos
que en realidades se transformaban.
La primera vez que sentí tu perfume
todo tu ser me embriagó.
Era una desconocida fragancia
que me transportó a un extraño mundo,
allá donde se halla el amor.
Cuando mi mente volvió de aquellos confines
noté de nuevo el calor,
que se posaba dulcemente en nosotros,
en aquellos preciosos jardines.
Había retornado a mi universo,
de reuniones de amigos y largos paseos,
de sentidas caricias
y de mágicos besos.
Solo que allí estabas tú,
mirándome a lo lejos,
con aquella linda mirada,
a la que yo también correspondí.
Fuimos entonces dos corazones,
entrelazados y juguetones,
que algo empezaban a compartir,
una energía sincera y potente
que nos unió como si fuéramos uno.
Desde ese momento nunca más nos separamos.
Yo te esperaba cada día con ansia,
anhelando tu alegre presencia,
en aquellos jardines de juegos
y de caricias de enamorados.
Siempre lo imaginé, siempre lo supe,
que estábamos predestinados
a encadenar nuestras vidas,
siendo yo tu rey, siendo tú mi reina.
Es este el Jardín de los Sueños,
felizmente me decías,
y yo reía con tus ocurrencias,
pero también yo lo creía.
Sé por qué dices eso,
felizmente te decía yo.
Es aquí donde los deseos se cumplen,
donde lo que se sueña se hace realidad.
Pues un día tuvimos un sueño,
el afán de la felicidad.
Fue el destino el que nos atrajo,
el que nos ató con abrazos
y marcó nuestro camino.
Y así nuestra dicha era plena.
Por fin fuiste para mí,
por fin fuiste mi reina.
Pero un día de invierno
te esperé largo rato,
te anhelé como nunca
en los jardines soñados.
Jamás volviste a aparecer
alborozando mi existencia,
ya no supe más de ti,
de tu imprescindible presencia.
¿Qué ocurrió? ¿Qué te hice
para abandonarme de esta manera?
¿Acaso no eras feliz conmigo?
¿Acaso no me quisiste?
Vuelve conmigo, mi pedazo de cielo,
no seas un trozo de nieve,
no te transformes en hielo.
El Jardín de los Sueños se ha convertido
en un reino de muerte,
cruel y desconocido.
Amada mía, mi enamorada,
¡Vuelve conmigo!
¡De nuevo sé mi reina,
que yo seré tu bandido!
Pronto enmudecí de pena,
de dolor y de llanto.
Mi sangre estaba hecha de hiel,
mi cuerpo, de gangrena.
No me importa dónde estés,
mi dulce amada, yo no te olvido.
Te esperaré en el Jardín de los Sueños,
toda la vida, hasta vernos de nuevo.
Sé que un día nos veremos.
Y otra vez juntos nos reiremos,
siendo yo tu rey, siendo tú mi reina.
Y pasaron los días, de nostalgia perdida.
Y pasaron los meses, vacíos y ausentes.
Y pasaron los años, de vida y vejez.
Pero yo sin descanso acudía
al esperado Jardín de los Sueños,
y allí te esperaba, mi dulce amada,
primavera y verano, otoño e invierno.
Aquel fue desde entonces mi mundo,
hecho de tristeza y esperanza,
trazado de soledad y añoranza.
Te esperaré en el Jardín de los Sueños,
pensaba.
Allí yo también dormía.
Y en mis sueños te miraba,
y te sentía, aunque lejana.
Porque allí yo también soñaba.
Allí veía a los niños jugar y reír,
a las gentes amar y vivir,
y a las almas como yo, lentamente morir.
Una noche te soñé muy cercana.
Eran sueños de mi vida terminada,
Pero donde ya podíamos vernos
en aquel reino perpetuo.
Finalmente regresaste,
acudiste a mi llamada eterna,
me buscaste en el Jardín de los Sueños,
y volviste a ser mi reina.
El largo tiempo ha terminado.
Volvemos a estar encadenados
en el final que nos espera,
allá en la eterna primavera.
Unidos nos iremos al Cielo de los Perros,
con otros canes hermanos
y nuestros dueños humanos.
LA MUERTE ME ACOMPAÑA
¿Qué eres, muerte? ¿Por qué me persigues?
Deja que mi alma repose
escondida en el débil cuerpo,
oculta entre las carnes y las pieles
de mi existencia carcomida.
Yo ya sé que soy un cadáver viviente que camina
hacia el final inminente
de un lejano despertar que ya termina,
cuyos ojos lloran penas y ríen glorias.
Pero dame más tiempo
en el mundo de las luces y las sombras,
donde estoy a la vez feliz y malherida.
Deja que continúe explorando los senderos
de tus bosques y tus selvas
a pesar de tu constante presencia.
Pues yo sé que tú sabes que nosotros los humanos
tan solo somos seres que nos sentimos superiores
y en el fondo solo somos tristes perdedores,
que ensalzan sus instintos de primitivos animales,
pero que pronto nos convertiremos en polvo.
¿Quién eres, muerte?¿Por qué me vigilas?
Deja de cercar mi existencia,
aunque sea aquella que pretenda perpetuarse
a través de los ciclos de la vida,
a pesar de sufrir los rigores del tiempo
y experimentar crueles tormentos,
a pesar de yacer destruida
por los más duros momentos.
Yo ya sé que la muerte me acompaña
desde el más puro nacimiento
y vamos juntas recorriendo las sendas
de la dicha y la agonía,
de la desesperación y la sonrisa.
Solo dime lo que quieres de mí.
Solo dime por qué tú y yo estamos unidas
como las dos caras de una hoja en blanco,
por qué nos complementamos
como la noche y el día,
como el sol y la luna,
como la luz y la oscuridad
y nada puede librarme de ti
hasta el instante final.
Yo solo quiero saber
por qué la muerte me acompaña.
LAS PEQUEÑAS MUERTES DE CADA DÍA
Cada día, cada noche
sufrimos pequeñas muertes,
no las que nos alejan de la vida,
sino aquellas que nos privan de la alegría,
de la sonrisa, de la esperanza, de la suerte.
Cada noche, cada día,
cada momento en que no somos fuertes,
ese instante en el que el alma se pierde
y el impulso que nos guía desaparece,
deteniendo nuestra alma, inerte.
Cada día, cada noche.
Esa pena diaria es como una condena,
cada pequeña muerte de la existencia,
es esa voluntad que decae y se tuerce.
Cada día, cada noche.
Y nos recuerda lo pequeños que somos,
lo fácil que es abandonar nuestros sueños,
caer en las trampas que nos acechan,
sufrir el dolor, las penurias y los problemas,
sucumbir al odio, al llanto, a la tristeza y las mentiras.
Cada noche, cada día.
Las pequeñas muertes de cada día
nos acompañan en la mañana al despertar,
recordando lo débiles que somos, nuestra fragilidad,
que solo somos un punto en medio de la inmensidad,
que la felicidad y la dicha no son eternas
y lágrimas de pesar nos inundan de pena.
Pero nuestro espíritu también nos dice
que tras cada pequeña muerte
surge otra pequeña vida, un nuevo comienzo.
Que cada día y cada noche nuestro corazón sigue latiendo.
RECUERDOS DE UNA MUERTE OLVIDADA
¿Quién se acordará de ti, pequeña?
Yaces bajo la tierra seca de algún lugar de África.
Tu inocente cuerpo convertido ahora en carne pútrida y huesos carcomidos y polvorientos ya clamó piedad hace tiempo y no obtuvo respuesta.
Lloró de hambre y gritó de sed bajo aquella choza olvidada y oscura,
marcada por las ansias de una vida mejor.
Tus manos se clavaron en el cuello de tu madre, implorando una esperanza que no llegó, que poco a poco se fue alejando, dominada por ese universo de muerte e incertidumbre.
Habitas un mundo remoto, lejano y cruel para un niño necesitado.
Dime, ¿quién se acordará de ti, niña?
Emergen recuerdos de una muerte olvidada de todos, del mundo, del futuro.
Yaces bajo la tierra seca, tristemente abandonada.
Solo la luz del cielo eterno te sonríe y te pide que te acerques a las Tierras del Otro Lado, donde eres acogida, comprendida, reconfortada.
Allí donde nunca más te olvidarán, donde saciarás tu hambre y calmarás tu sed. Donde el futuro te acompañará por siempre.
Allí donde tu esencia siempre será recordada, pequeña e inocente,
dulce niña africana.
UNIDOS A LA MUERTE
Estamos unidos a la muerte
a través del aliento que exhalamos
y por las sendas del tiempo inerte
todos al fin caminamos.
El barco en la tormenta.
El soldado en la guerra.
El anciano al final del camino.
El aventurero al que vence el destino.
El niño enfermo que ya no te mira.
El ser desvalido que renuncia a la vida.
La enfermedad que con nosotros termina.
El hombre sediento en el desierto.
El terremoto que se lleva a los espíritus rotos.
El vehículo que choca en la carretera.
La existencia triste del que nada espera.
Los cazadores cazados por sus presas.
El condenado a muerte en la prisión.
El asesino vengado que pide perdón.
Aquellos que sucumben a la inanición.
Los humanos que a la deriva navegamos.
Todos al fin caminamos.
Estamos unidos a la muerte,
dormidos en las sombras,
sin que nada nos despierte.
SOLO ESPERO TU REENCUENTRO
El espejo lo mira. Refleja sus cabellos blancos. Sus arrugas vencidas.
Sus ojos cansados. En los momentos finales del final de la vida. Cuando los pensamientos lo atrapan. Cuando los recuerdos lo atan. Cuando las fuerzas se agotan. Y el recorrido del tiempo termina. Es la esperanza que yace escondida. Es la añoranza que despierta en las esquinas. Y evocan a su querida esposa, la que duerme en las estancias rotas, entre paredes distantes de una esencia culminante.
Porque la memoria de la existencia es lo único que cuenta. Es lo único que camina por los senderos que culminan. Aquellos caminos que conducen a la muerte. A través de aquel puente. El que une los extremos del pasado y del presente. El ahora de las vivencias que lloran. Las lágrimas que mojan el rostro inerte. El de un alma que se ahoga.
Y el alma solitaria habla. A través de su boca octogenaria. Palabras que hieren, discursos que matan el futuro. Que invitan a razonamientos oscuros. Solo espero tu reencuentro, mi querida amiga, mi amada, mi amor ausente. Mi espíritu navega a la deriva. Se acerca a la isla desierta. Allá donde el corazón herido desespera. Allá donde solo deseo que tu recuerdo no muera. Pues son solo tus recuerdos los que me mantienen vivo. Más allá de las malezas que brotan. Lejos de los abismos del olvido. Solo espero tu reencuentro. Solo tu reencuentro te pido. Yo, tu amante, tu enamorado, tu amigo.
Y LLEGAMOS AL CAPÍTULO FINAL
Nacemos esculpidos de inocencia,
caminamos por senderos de incertidumbre,
rehuyendo los reveses de la existencia,
escalando montañas, navegando océanos
donde habitan los monstruos y las bestias.
Nuestros pasos nos conducen lentamente
hacia aquel Reino Oscuro de la Muerte.
Cada día que pasa está más cerca.
Lo que sigue es el ocaso, el vacío inerte.
No podemos escapar de su regazo.
Y llegamos al capítulo final
de la novela de la vida,
en el cuento que termina,
en la historia que se acaba.
Nuestra alma adormecida.
Palpita el corazón del anciano.
Sus latidos despacio se oxidan.
Poco a poco hacia el óbito caminan.
En el Otro Mundo deposita sus manos.
Hacia el Reino de la Muerte nos encaminamos.
El espejo es testigo de la aciaga suerte.
Allí las arrugas de la vida se reflejan.
Allí las lágrimas lloran a escondidas,
alejadas del dulce recuerdo y la memoria,
que es lo único que nos hace fuertes.
Y llegamos al capítulo final
de la novela de la vida,
en el cuento que termina,
en la historia que se acaba.
Nuestra alma adormecida.
Los hay que no quieren perderse
entre los universos de la oscuridad
y luchan sin descanso y sin cesar
contra un destino que siempre vence,
porque solo somos pequeñas figuras sin consolar.
No importa que luchemos sin aliento.
Da los mismo que el endiablado mar atravesemos.
Aunque creamos que ganamos al enemigo,
es la Vieja Dama y su guadaña
la que nos espera al final del camino.
Y llegamos al capítulo final
de la novela de la vida,
en el cuento que termina,
en la historia que se acaba.
Nuestra alma adormecida.
LA PARTIDA DE LA MUERTE
(Inspirada en la película “El Séptimo Sello”)
***
Hola, Caballero, te estoy esperando.
Hola, Muerte, estaba jugando.
¿Tú solo? Ya lo veo.
También te espero a ti, Muerte:
Juguemos al ajedrez, probemos suerte.
¿Un Caballero contra mí?
Sabes que yo gano siempre.
Pero yo en esto soy el primero,
casi mejor que como Caballero.
A pesar de ser fiero y fuerte.
Como tú quieras, elige tú las piezas.
Como soldado, deseo las blancas.
Sé que como Muerte, quieres las negras.
Es obvio, pero eso de mí no te aleja:
Prepárate bien, prepara tu estrategia.
Guerrero ¿Por qué jugar la partida?
No deseo morir tan joven.
Deseo alargar mi vida.
Todos decís lo mismo
y al final caéis en el abismo.
Deseo que mi vida tenga sentido.
Necesito un propósito para vivir.
Quisiera ver mi objetivo cumplir
antes de que me lleves contigo.
Solo pido hallar algo que llene este vacío.
Muerte, está muriendo mucha gente.
La Peste Negra por el mundo se extiende.
Entonces, Caballero, todo es cuestión de tiempo.
La vida pasa en tan solo un momento.
Ahora vives, mas luego estás muerto.
Vengo de muy lejos, vengo de Oriente.
Hui de la guerra, luché en las Cruzadas.
Por fin he llegado a mi tierra soñada.
Pero ya veo, Muerte, que aquí estás muy presente.
Muchos conocidos ahora están ausentes.
Estoy organizando mi jugada maestra.
Aquella que acabará contigo, oscura calavera.
¿De verdad crees que me vencerás?
Mejor prepárate para la otra vida que te espera.
Jaque mate, Caballero, te convertiste en mi siervo.
No te apures, ya te sigo, mi eterna Dama.
Siempre cumplo mi palabra, doy fe en ello.
¿O acaso no soy un ferviente Caballero?
Tómame de la mano, soldado, baila conmigo.
en las Danzas de la Muerte que sentencian a los vivos.
Nadie puede con la Muerte,
nadie se libra de la eterna Dama.
Aunque la humanidad se esconda
todos perciben su guadaña.
Vivimos hoy para morir mañana.
EL GUERRERO CRUEL DEL AMOR PERDIDO
Dicen que era un fiero señor feudal,
intrépido guerrero, voraz justiciero,
desalmado con sus enemigos,
lleno de odio y de maldad,
por todos temido y detestado,
carente de corazón, cruel soldado,
asesino sin escrúpulos,
oscura alma sin piedad.
Ahora vive en el Reino de la Muerte,
en la eterna y lúgubre noche,
lejos de su castillo y de sus gentes,
purgando sus pecados y sus culpas
de un pasado de batallas y luchas,
de venganzas injustas,
de clemencias ausentes,
de castigos atroces.
Dicen que solo a una persona amó
en una vida sin misericordia.
A su fiel compañera, amanecer de cada día,
a su enamorada hermosa, su devota esposa,
aquella dama de intensa mirada,
de voz delicada, de gracia en el habla,
de existencia truncada
que la enfermedad arrebató.
Era demasiado joven para morir.
Su fulgor, su luz, su sol, su inacabable resplandor
ya se apagó, ya se alejó de su amado.
Y nunca más la encontró a su lado.
Es un castigo de Dios, por mis atrocidades, pensó.
A partir de ese momento se creyó condenado,
del mundo se apartó, se encerró apenado.
Ya no salió del castillo. Murió sentenciado.
Desde entonces su alma inconsolable
la busca sin tregua
por los rincones del inframundo,
por los infiernos y los más lejanos mundos.
Llegó incluso a las puertas del cielo,
sabiendo que allí la podría encontrar,
mas, aunque lo quiso, no pudo entrar.
Le dijeron los ángeles: aleja de aquí tu espíritu fiero.
El guerrero cruel del amor perdido
Jamás haya la paz,
llora y se lamenta de su destino
y piensa: ¿por qué no elegí otro camino
lejos de la sinrazón y la violencia?
Yo solo deseo tener a mi princesa,
yo solo quiero que cese su ausencia,
que sus recuerdos no sean lo único que posea.
El guerrero cruel del amor perdido
recorre las tierras interiores del profundo abismo
sin descanso, deambulando sin cesar,
protagonista de un terrible destino,
de un destierro inacabable, de un castigo divino.
Y, a pesar de todo, él la busca
y persigue su amor y beldad
por los tiempos infinitos de la eternidad.
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