Rupturas en tu imagen

Rupturas en tu imagen

Entera

23/03/2023

 
Fragmento de «Abstinencia» por Paula Sosa (Entera). 


Rupturas en tu imagen

Luana es una moza de 20 años de edad. Trabaja en un lugar que realiza comidas rápidas, ubicado a orillas de la ruta, donde asisten comensales distintos cada día. Allí inició su vida laboral e hizo una amistad. Su amiga Carla trabaja en aquel sitio desde sus inicios y es quien asume el rol de velar por la seguridad de Luana, que, sin embargo, posee la habilidad de detectar riesgos en el sentir de su piel. Aún así, las jóvenes se acompañan de forma mutua.

El cotidiano de la veinteañera transcurre en la rutina, donde el despertar, desayunar, trabajar y retornar a su hogar se transforma en un ritual. Contempla que la diferencia la hace su trato con extraños. Sí, aunque forme parte de la secuencia, ella observa en su quehacer lo singular de cada contacto. Nunca es la misma proximidad o el mismo saludo, porque algo de sí misma percibe a sus clientes desde la particularidad. Sabe sobre la existencia de «aquello» que en pocas ocasiones le ha fallado. Así, las personas se sienten distintas y sus presencias marcan una diferencia. Pero un momento bastó para que esta natural distinción se anulara.

Lo común en Luana siempre fue captar de cada persona su esencia, característica que permeó su mirada con respecto a la humanidad, logrando que sus interacciones no se tornen repetitivas más allá de que así han sucedido en realidad. Este sentir se adormeció, cuando, durante la noche en la cual atendió el lugar, un joven de ojos misteriosos ingresó al local. El muchacho, al atravesar por la puerta, le provocó un gran impacto porque su enigmática mirada la enfocó de una manera que antes no había registrado en otras personas. De esta forma, la joven moza decidió acercarse a los fines de atenderlo. Momento previo a tomar rumbo hacia la mesa del potencial comensal, Lua se percata de su inquietud. Entre sus ansiosos pensamientos brota el deseo de averiguar acerca del mismo… «¿Quién es? ¿De dónde viene? ¿Lo ha visto antes?» Entonces, en ese breve lapso de tiempo, entre su preparación y la caminata dirigida hacia el sector donde se encuentra el varón, como de costumbre inicia la conversación.

―Hola ¿Cómo te va? ¿Pensaste qué te gustaría comer o te interesa ver la carta menú?

―Buenas noches, ¿todo bien? Quiero ver la carta ¿Para vos qué es más rico? Seguro siempre te dicen qué es lo mejor de acá. –asevera el muchacho levantando su mirada del celular a través de un sutil movimiento.

―Con frecuencia los clientes ordenan la hamburguesa completa con papas fritas más una gaseosa. –responde sin esperar dicha valoración.

―¿Vos la probaste? Parece que tenes idea del menú. Confío en tu elección.

―¿Vas a pedir la completa con papas y gaseosa?

―¡Como vos lo has dicho! –exclama el joven, interrogando–. ¿Cuál es tu nombre?

―Me llamo Luana. La comida estará lista en 20 minutos porque tenemos demora –afirma disimulando la sorpresa.

―Está bien Luana, mi nombre es Alan. –contesta, mientras en su rostro se delinea con armonía una sonrisa que sostiene hasta el retiro de la moza.

Ella, al emprender su camino de vuelta a la sección de la caja registradora, nota en su interior la motivación por retornar hacia la mesa. Pocas veces se ha encontrado con seres tan confiados de otros y, en el fondo, dicha característica le resulta atractiva. Mientras tanto, anota el pedido y camina a la cocina, situada detrás del lugar de la caja, para dejarlo en manos de Lisandro, su compañero de trabajo. Allí detalla lo ordenado, con destino para la mesa número 10.

Entre estos movimientos, el turno laboral nocturno sigue su curso y la chica se ocupa de los quehaceres. Son las 21:45, momento de entregar el pedido. Por lo tanto, retorna hacia el sector, pero Alan se levanta apresurado del asiento para recibir su comida y abonar el pago correspondiente. De modo que se disculpa ante su apuro y pregunta con rapidez cuál es el contacto del local comercial, solicitud a la que Luana reaccionó con inmediatez.

Luego de esa noche, tres días pasaron hasta que el joven nuevamente se manifestó. Es lunes y la muchacha conduce en su vehículo hacia el trabajo, mientras oye música a un volumen intermedio. Durante el camino solitario, envuelta en el trance musical, recuerda esa mirada. Los ojos de Alan están fijos en ella, mirándola sin inhibición alguna, en total confianza. Lua observa el asfalto a través del parabrisas y cómo éste desaparece en el horizonte oscuro mientras avanza. Son las 20:43. Continúa su viaje, donde el escenario contemplado se funde con la visión de ese recuerdo. «¿Qué hay detrás de esa confianza?», se pregunta a sí misma, al compenetrarse entre la música, el camino y su memoria. Es allí, en cuestión de segundos, que, cubierta por la penumbra del invierno nocturno, la imagen de dos puntos brillantes se avistan a más de 100 metros de donde se encuentra. Razón por la cual, decide interrumpir su andar junto a la música. Sola, permanece quieta a merced del silencio y de esas pequeñas esferas inmóviles que se asemejan a luces con escasa energía, como si estuvieran por apagarse. Y así sucedió, el brillo se opacó hasta disiparse en el espesor del ocaso, significando para la moza una señal de avance hacia su destino; el local de comidas. Frente a ello, encendió el coche y avanzó ese segmento de la ruta, que siempre está a oscuras, donde, sin previo aviso, los círculos con poca luz la atravesaron cual neblina. A causa de dicho episodio, se detuvo otra vez hasta tranquilizarse y así poder llegar para cubrir el turno.

Más allá de los inconvenientes presentados durante el viaje, Lua concretó el objetivo y llevó su presencia al sitio sin más complicaciones. Aunque, todavía sentía la incomodidad de ese momento. Experimentó aquella sensación hasta que, luego de transcurridos 10 minutos allí, Alan hizo aparición y, este suceso, tranquilizó a la joven porque volvió a enfocar su atención en el misterio del muchacho. Para esta ocasión, el joven se aproximó a la sección donde se ubicaba la moza, con la intención de saludarla.

―¡Hola! Quise contactarme antes pero no me atendías.

―Sucede que aún no había llegado, entonces el celular estaba apagado y el teléfono fijo tampoco se había habilitado –responde la muchacha.

Entonces Alan la miró y, por segunda vez, le sonrió, igual que en su primer encuentro.

―Me imaginé algo así.

―¿Qué querías pedir? –pregunta Luana.

―Lo mismo de la vez pasada y… hacerte una invitación.

―¿De qué se trata? –interroga la joven.

―Hay un evento a donde van muchas personas, es como una feria grande que tiene de todo… música, platos, venta de ropa… y queda a unos kilómetros de acá, por mi pueblo.

Al escuchar el dato, ella reflexiona, «no pertenece a la zona», mientras renueva las preguntas.

―¿A cuántos kilómetros vivís del negocio? ¿Y en qué fecha y horario pensas asistir?

―Vivo a 32 kilómetros de acá, generalmente la feria se hace desde la tarde hasta la noche durante la semana.

Siguieron dialogando hasta pactar reunirse el miércoles de la presente semana, lo cual le permitió a Lua planificar la salida porque, según los cálculos, ella tendría que conducir 60 kilómetros desde su lugar de residencia hasta el pueblo que habita el muchacho. Resultando aquel sitio de comidas en un punto intermedio entre los domicilios de cada uno.

Llegó el día y la moza, una vez preparada, puso en marcha su vehículo sobre las calles de la ciudad para llegar a la ruta. En mitad del camino, el reloj de su celular señala las 21:04, donde la oscuridad ha cobrado protagonismo. Así, el trayecto solitario una vez más se torna monótono, situación que tiempo atrás no la hubiera angustiado, llevándola a encender la radio. Intenta sintonizar alguna emisora con poco éxito hasta que, luego de insistir reiteradas veces, capta un programa de música aleatoria. Entretenida, visualiza el paisaje en piloto automático; está presente manejando aunque concentrada en el sonido y en algún pensamiento. Dicho estado de divagación se transformó en momento de pánico cuando un animal con el vehículo hizo colisión. Se trataba de una vaca que, al cruzar la ruta, corría desde el lado derecho sin que la joven pudiera detenerse. Luana terminó ubicada en la zona izquierda del asfalto y no sufrió daños físicos. Sin embargo, tomó su teléfono de forma inmediata con el motivo de contactar a Carla. Mientras esperaba en la llamada, salió del coche a observar cómo se encontraba el rumiante pero se estremeció al ver que yacía sin aliento. Entre lágrimas, recorría la vera del camino, mirando el panorama y esperando a ser atendida. Allí, todo frente a sus ojos era angustia y tiniebla. La densa neblina bajaba del firmamento y a cada objeto iba cubriendo. La muchacha se encontraba sola pero no así las tinieblas. En ellas, se dibujó una figura que, desde el área derecha del camino, aumentaba de tamaño. Crecía cuando menos distancia guardaba de la muchacha y, ella, al percatarse de su progresiva cercanía, comenzó a caminar lejos del sitio en reversa. La silueta no se detenía y, antes de que otro vehículo se hiciera presente, pudo observar en su rostro esos dos círculos esta vez ricos en brillo. Durante ese instante, a espaldas de Luana, se manifestaron personas en automóvil que lograron asistirla y, en simultáneo, pudo escuchar del otro lado del móvil la voz de su amiga. Ya en compañía, al voltear su cabeza hacia el frente, la criatura había desaparecido.

Posterior a la ejecución de los trámites producidos por el accidente, la joven eligió pasar el resto de la noche en compañía de su amistad. Carla, cuatro años mayor a Lua, convive junto a su pareja en un departamento situado por la misma ciudad de la muchacha y, en la ausencia de su novio, le ha dicho que puede quedarse si lo desea. Ellas comenzaron su relación hace dos años atrás, a inicios de la vida laboral de Luana, y tal lazo se ha vuelto resistente. Siempre comparten diálogo sobre cuestiones varias, actividad en la cual, ahora, Carla presta su oído al otorgar la palabra a Lua.

―Todo pasó con mucha rapidez… la pobre vaca, el auto fuera de control, la oscuridad y la niebla… nada de eso estaba en mis planes y menos estar acá, pero esto último es lo mejor de todo –afirma mientras sonríe con gratitud.

―¿Cuáles eran tus planes de la noche? Nunca me dijiste que hacías ese tipo de viajes, me da curiosidad saber lo que te llevó a viajar sola durante estas horas.

―Pensaba llegar a un pueblo, sobre las 22, para ir a una feria con alguien… se llama Alan y me interesa porque tiene algo.

―¿Algo? –interroga su compañera.

―Sí, es un misterio de persona y eso lo hace distinto.

―¿Cómo se apellida? Y físicamente hablando ¿Cómo es?

Luana responde con el apellido del muchacho y explica que quizás mida más de un metro y ochenta centímetros, que su contextura es media y presenta tez trigueña, cabello oscuro y ojos color miel, «armónicos pero inquietantes».

―Suele presentarse con una expresión de tranquilidad y confianza, tanto en sí como en otros, que cautiva… llama la atención.

Carla se preocupó después de oír acerca de las características mencionadas. Le hizo saber que, allí en la ciudad como en el pueblo del joven, circulan rumores negativos sobre él. Uno de ellos narra la historia de un vínculo de pareja. Cuenta que hace cinco años atrás, el joven comenzó a salir con una muchacha de nombre Mara y, al pasar tres meses, iniciaron la convivencia en el hogar de la chica. Las cosas marcharon bien hasta que, dos meses más tarde, ella enfermó de manera crónica, empeorando con rapidez, y él ya no quiso acompañarla. Todos acuerdan que el punto de quiebre fue la complicación de la enfermedad y eso le bastó a Alan para terminar la relación. Mientras otros rumores hablan sobre sus relaciones establecidas con asociaciones ilegítimas e incluso con cultos extraños. Sin embargo, Carla considera que los rumores podrían no ser ciertos. Pero, resalta la importancia de atender sus actitudes.

Sostuvieron la conversación hasta retirarse al sueño. En la mañana, iluminadas por el blanco de las nubes, despertaron temprano y, a causa del accidente, Luana no realizó su jornada laboral del jueves. Por lo cual, Carla la trasladó en su coche hasta el domicilio y luego se marchó al trabajo.

Ya cómoda en casa, Lua recibió un mensaje de Alan respecto a lo sucedido con la propuesta de visitarla. Aunque, la joven prefirió que se reunieran en la zona céntrica de la ciudad, alternativa a la que el muchacho accedió. De esta manera, la moza ocupó su día en el descanso.

Sobre el sillón se encontraba la joven, de cara al televisor, suspendida en la calma. Cada una de sus extremidades reposaba en sensación de liviandad y, entre parpadeos, soltaba un bostezo. Acción que repitió mirando el muro y luego el techo, cuando, sin percatarse, se introdujo en el sueño. Por aquel escenario onírico, es verano y la muchacha conduce su automóvil, mientras disfruta de una suave brisa que la piel le acaricia. Su viaje finaliza en el local de comidas, momento donde abandona el vehículo e ingresa al comercio, sabiendo la hora de modo intuitivo; ha llegado a las 17. Allí inicia sus actividades de limpieza, atención y cocina, en una jornada agitada donde la cantidad de clientes aumenta. Nunca había experimentado tal intensificación del trabajo, a lo cual se añadió algo llamativo. Los rostros de las personas eran idénticos y en sus miradas la muchacha no hallaba vitalidad. Se encontró con expresiones vacías y oraciones repetitivas que la aturdieron y la colocaron al borde del colapso. Situación que no se extendió demasiado tiempo a causa de la desaparición repentina de los comensales. De pronto, se encontraba en un rotundo silencio y, una vez más, volvía a incorporarse en estado de paz. Contexto que halló inmediata disolución porque, de un instante a otro, los muros se agrietaron uno por uno desde el suelo mientras iban cayendo, haciendo que la joven corriera del comedor hacia el baño, el cual se hizo pedazos para casi desplomarse sobre ella. Los escombros no la alcanzaron debido a que, al intentar cubrirse, terminó en el perímetro de un área desconocida. Quieta, sobre su propio eje, observa el frío paisaje. Luana está posicionada en un monte cubierto de verde, sitio donde la ventisca, proveniente del mar, azota los pastizales sin alterar el profundo y opaco gris del cielo. Ella presiente una tormenta e intenta resguardarse sin lograrlo, ya que sus piernas no responden a la orden de movimiento y hay algo en ese lugar que la sujeta al suelo. Sin poder marcharse, inmóvil y absorta, escucha estruendos que se aproximan desde lejos. Aquellos ruidos estridentes, cuanto más se acercan, con mayor nitidez logran identificarse. No es una tormenta eléctrica sino una voz potente, la cual, al llegar donde está la muchacha, le ordena con rabia escuchar sus palabras.

―En donde te has parado, estás a un paso de romperte. Por mi hija, te ordeno que te hagas responsable de las consecuencias porque desde ahora él pasa a reinar tu vida.

Posterior al monólogo del ser no visible, la joven hizo aparición en una gran habitación con poca apertura de luz. Ahora, recuperada su movilidad, caminó a través de la penumbra motivada en averiguar qué había por el extremo del hábitat. La oscuridad se hizo espesa a medida que avanzaba, tropezando con un objeto que resultó ser la palanca de una pequeña ventana, a la cual manipuló para dejar ingresar algo de claridad. La poca iluminación alcanzó a visibilizar tres espejos que, cada uno apoyado sobre el pie de una cama, se disponían dos enfrentados y uno al centro formando una cruz. Montaje frente al cual Luana se quedó perpleja pero interesada. Entonces, ella se acercó hacia el cristal del centro y contempló la ausencia de su reflejo. Impactada, siguió esperando a visualizarse pero, en cuestión de segundos, la criatura de ojos brillantes se manifestó en su lugar y comenzó a golpear el frágil material.

Lua despertó apresurada al escuchar golpear la puerta de entrada. Mirando el techo, enderezó su cuerpo y se detuvo un momento. Mientras tanto, por segunda vez, oyó el llamado en la puerta que al correr de unos minutos atendió. Ya en la entrada, abrió dando con la presencia de Alan y, disimulando, observó la hora; las 22 pasadas; diciéndole al muchacho que no lo esperaba. Pero algo, dentro de sí, le dicta una cosa distinta porque siente la reiteración de su visita. Sin embargo, considera que ese no es momento de pensarlo e intenta enfocarse en atenderlo. El joven, de modo insistente, le expresa que podrían permanecer en la casa aunque la muchacha desea salir. Por lo tanto, siguiendo el pedido de la joven, se prepararon para dar un paseo.

Caminando hacia el parque central de la ciudad, Alan le pregunta a Luana sobre aspectos de sí misma y, entre los interrogantes, le comunica verla fatigada.

―Te noto la cara cansada.

―En general, siempre siento agotamiento y, supongo, que es normal. Pienso que la gente no me ha dicho algo al respecto porque opinan que tal vez no sea apropiado… o en esta ocasión es notorio –responde la muchacha.

―¿Te referís a que siempre te ves así, pero ahora lo sentís más?

―No sé. No creo poder responder a tu pregunta con honestidad porque no lo he pensado. Quizás, en los últimos tiempos, siento un letargo que no me es familiar.

―¿Letargo? –pregunta el joven, desviando la mirada hacia su interlocutora.

―Desde hace unos días estoy funcionando en piloto automático. Camino, pero no pienso y solo veo. Conduzco y atiendo el camino sin sentirlo. Tampoco mi atención a las personas se diferencia de eso… Porque, en el fondo, últimamente las cosas parecen iguales –concluye la moza.

Al llegar al parque, tomaron asiento sobre unos bancos de madera. La muchacha con su mirada extraviada, sumergida en la tranquilidad, observa delante de sí. Alan gira la cabeza hacia el sitio donde yace su acompañante y extiende una mano sobre el antebrazo de la misma.

―Puede que te sientas así, media rara. Si necesitas algo, yo te lo puedo dar.

Ante dicho mensaje, en el rostro de la joven se trazó una media sonrisa. No vio el propósito en contestar debido a que estaba en paz. A lo cual, Alan reaccionó.

―Lo único que necesito es que me digas que lo aceptas.

Luana dejó de contemplar el horizonte, desviando su foco visual hasta el muchacho, asintiendo con la cabeza.

―Aceptas –afirma el joven.

―Gracias por tu respaldo –contesta Lua.

Guardando silencio por un breve intervalo, durante ese tiempo, la moza se encierra en sus pensamientos. Quiere realizarle preguntas a su interlocutor acerca de sí mismo, pero no está segura de hacerlo. Medita unos segundos y, lista para hablar, escucha una voz conocida detrás. Carla se encuentra comprando golosinas en un puesto de calle, razón por la cual Luana voltea.

―¡Pequeña mía! –entona alto Carla–. ¡Vengan para acá!

La muchacha se levantó de la banca e invitó al joven, aunque éste se mostró algo reticente. Debido al gesto, ella se encargó de saber si él estaba incómodo, pero no fue el caso. Su motivo es que esperaba pasar el momento sólo con ella. A causa del comunicado, la joven medita qué hacer y, aunque no cumpliera con dicha expectativa, le propone cenar los tres en su casa. Al escuchar la idea, aquella expresión pensativa de Alan se transformó y, sin titubear, manifestó estar de acuerdo. Así, se puso de pie y, junto a la chica, iniciaron el paso hasta el lugar donde se hallaba Carla, quien los trasladó en su vehículo al domicilio de Luana.

Llegaron e ingresaron al hogar. Sin embargo, más allá de que la joven tuviera la iniciativa de retornar a casa en compañía, se encontraba incómoda porque no le era frecuente invitar a alguien poco conocido. Junto a ello, sintió una transformación en su atmósfera cotidiana, algo que hacía días no experimentaba, mientras preparaba aperitivos hasta que la cena estuviera lista. Entre tanto, Alan y Carla dialogaban situados en el living.

Al comienzo tuvieron una conversación trivial, que Carla, con gran cautela, fue orientando hacia un tema en particular. Buscando asegurarse de la integridad de su amiga, a través del diálogo partió desde las relaciones laborales para llegar a los vínculos personales. El objetivo fue saber si los rumores sobre su antigua pareja eran ciertos. Así, supo lo siguiente desde lo narrado por el muchacho.

―Hace cinco años yo tenía 21 y en ese entonces nos mudamos juntos, después de que no aceptara hacerlo antes… En esos meses, por mala suerte, se enfermó y me dijo que no podía estar así.

―No entiendo bien –manifiesta Carla.

―Me dejaba a mí porque estaba enferma, explicando que así como la veía no podía atender nada –aseveró el muchacho.

Esas palabras a Carla le resultaron inacabadas. En su juicio, carecían de consistencia y, aquella percepción de inconsistencia, no se debía a la negación del rumor sino a la postura tomada por Alan. Juzgó que el joven habló acerca de su vivencia mediante un comportamiento evasivo, desde cierta posición de ocultamiento. Y, aunque a la joven le provocó desconfianza, no se sujetó a la posibilidad de que el muchacho omitiera información porque representaba un peligro. Ya que, existían otras posibilidades por las cuales ocultar detalles.

Continuaron hablando en lo que duró la cena hasta la 1:00, cuando Luana se percató de lo tarde que era. Motivo por el cual les solicitó a sus invitados que le permitieran descansar. Primero pidió a Alan que se retirara, dado que Carla permanecía en el baño. De esta forma, lo acompañó hasta la puerta y, previo a la despedida, él le aseguró que con gusto volvería a verla. Ella captó el sutil mensaje impregnado de seducción. Sin más, le agradó que fuera dirigido a su persona y esperaría revivir esa sensación provocada por el evento. Luego de la retirada del joven, su amiga, antes de abandonar la casa, le señaló sobre la impresión que éste le generaba, sugiriendo que lo observe con atención.

Una vez sola, Luana se recostó sobre la cama sin acomodar las sábanas. Sentía que su cuerpo pesaba más de lo usual, haciendo de cada mínimo movimiento un gran esfuerzo. Se encontraba tan cansada que no le molestó dormir sobre la superficie de las colchas. Así, por vez renovada, se transportó al plano onírico. En esta ocasión, transitaba a pie sobre un camino oscuro y en apariencia solitario. Está asombrada de cuán frío se encuentra el suelo y, al bajar la mirada, se ve descalza. Sus pies desnudos la congelan al punto de comenzar a trotar en búsqueda de aumentar la temperatura corporal. La muchacha avanza con rapidez hasta que halla su coche. Al verlo, toma consciencia de que está recorriendo la ruta donde sufrió el accidente. Sin embargo, quiere llegar a donde permanece el automóvil para resguardarse de las bajas temperaturas y, en su intento por alcanzarlo, realiza unos pasos pero retrocede al mismo lugar. Acción que repite innumerables veces, provocando su cansancio. Ante el hartazgo, la joven se detiene un momento y, cuando retoma su paso, oye un crujido cerca del auto. Aunque recuerda haberlo escuchado, el origen del sonido es para ella extraño y le urge la necesidad de averiguarlo. Persiguiendo su objetivo, por vez consecutiva, busca llegar al vehículo pero despierta.

Luana permaneció mirando el techo en quietud, atravesada por un estado de confusión e inundada en el silencio. Pensaba sobre la rareza de aquel sonido, del que no lograba identificar su fuente, aunque le fuera conocido. Quería recordar en dónde lo había oído hasta que se manifestó en su cercanía. Supo que provenía del baño, así que decidió levantarse y ver qué estaba pasando. Al asomarse en la entrada, observó un daño en el espejo. Por lo que se aproximó con precaución hacia el mismo y, al reflejarse en él, una grieta se dibujó al instante siendo acompañada del misterioso sonido. Frente el suceso, encendió la linterna de su móvil; acto seguido; alumbrando al objeto, la grieta llegó hasta el polo opuesto de dónde partió, dejando al descubierto un rostro que comenzaba a acercarse hacia la muchacha. Sus ojos comenzaron a brillar cual luciérnagas, pero mostrando un tenue color ámbar que la aterrorizaron. Era esa criatura, a la cual, semiparalizada, comenzó a gritarle.

―¡No! ¡No vas a pasar!

Y, a causa del espanto, descolgó el cristal que contra el suelo estampó.

Su conmoción la superó, quedando inmóvil varios minutos. No podía pensar ni retirarse del área. Motivo por el que no realizó llamado alguno y, al paso de varios minutos, lo único capaz de hacer fue el retornar a la cama.

Permaneció acostada hasta la siesta, habiendo dormido una hora, despertando veinte minutos antes para dejar su hogar e ir a trabajar. Debido a que ya no contaba con movilidad autónoma, Lisandro se ofreció a interrumpir su jornada laboral con el objeto de trasladarla. En cuanto llegó, dió aviso a Luana presionando la bocina, quien, con rapidez, al salir del domicilio aseguró la entrada con llave y subió a la motocicleta saludando a su compañero de manera inexpresiva. Él se extrañó ante el inhabitual modo de conducción que la moza ejecutó, pero decidió no hablar al respecto sino hasta que llegaran al local. Así, luego de acondicionar el sitio, la interrogó.

―¿Te pasó algo con ese chico?

―¿Qué chico? –respondió confundida.

―Con el que estabas sentada anoche.

―Oh, él… ¿Por qué me preguntas eso?

Entonces, Lisandro se limitó a contar lo que observó en horas previas.

―Vino esta mañana, cuando terminaba de tomar el pedido de una mesa…

Relató que Alan tomó asiento pero no quiso ser atendido porque se encontraba a la espera de alguien. Una de las razones por la cual, junto a la presencia de pocos clientes, se concentró en él hasta que le llamase. Sin embargo, al llegar una joven, esté aún no lo llamaba y, por ello, el compañero de Lua volvió a la zona de la caja registradora. Desde allí, pudo oír que el muchacho estaba dispuesto a reanudar su noviazgo con la chica, pero ella no compartía su idea, argumentando cuánto se había «apagado» junto a él y cómo su familia, en especial quienes la criaron, se oponían a dicho vínculo.

Posterior a lo narrado, Lisandro aguardó la respuesta de su compañera pero se produjo un breve silencio mientras Lua miraba el mostrador. La joven moza, sin manifestarlo, permanecía en estado de shock. De manera progresiva, elevó su mirada y se dedicó a formular preguntas.

―¿Qué pasó después?

―Tamara, así se llama su ex, estaba levantándose de la silla pero él no paraba y le dijo que lo perdone porque ella lo mueve y si se va no podría seguir… algo así, escuché lo que pude –comentó Lisandro.

―Está bien, me parece bueno que lo hayas contado. Gracias.

Posterior a la conversación, la muchacha se retiró al baño, sin despegar los ojos del suelo. No podía reponerse de lo escuchado; de la profunda confusión causada por el relato, acompañada de su escaso descanso. Deseaba abandonar el lugar y no relacionarse con nadie, sea quien fuera, hasta recuperarse. Aunque, al no poder hacerlo, resolvió continuar con las actividades, sabiendo que debería tomar cartas en el asunto.

Luego de cumplir con las horas laborales pautadas, Carla la trasladó para su vivienda. Cuando ingresaron, al circular por el pasillo, su amiga observó el espejo destrozado y preguntando acerca del mismo, la joven contestó que durante la madrugada le ocurrió ese accidente a causa de una distracción. Respuesta que convenció a su compañera porque le hizo saber que se veía estresada.

―Parece que no durmieras hace días.

―Pero yo duermo –refutó Luana, y levantando su voz continuó–. Me sentía bien, en realidad, todo estaba bien; el trabajo; mi auto; yo misma estuve bien; hasta dar con Alan.

Frente a la expresión de ira, ambas se miraron un momento. Debido a la reacción sorpresiva, con preocupación, Carla dio unos pasos hasta la muchacha y, estirando el brazo sobre su hombro, se sentaron sobre el sillón. 

―Algo no me cerraba de él pero tengo que saber si te hizo daño.

―Buscar a su ex novia mientras muestra interés por mí… Es una razón suficiente para no dejarlo entrar en mi vida.

―Concuerdo con vos… ¿Qué vas a hacer?

―No verlo más –determinó Luana.

Ese fue el final de una relación fugaz. No bastaron ni el intenso interés de la muchacha, ni su profunda curiosidad, para mantenerse en cercanías de Alan. De ese modo, en el transcurso de los días, no respondió sus mensajes y, cuando él comenzó a reiterarlos, bloqueó su contacto en todos los medios posibles. Solo así, creó un espacio donde pudiera mejorar.

Dos meses después, durante la primavera, encontró la tranquilidad. Podía pensar con acertividad sobre lo que había atravesado y, sin haberlo analizado antes, se dio cuenta de algo muy extraño. A la distancia del joven, el ser de ojos brillantes dejó de encontrarla. También, supo que mientras más frecuentaba al muchacho con menos energía contaba. Fue ante dicha conexión entre fenómenos que comprendió por qué todo, en aquel momento, se veía igual. De alguna manera, él con su presencia había adormecido su sentido de la singularidad y, de no ser así, ella hubiera captado su esencia. Sin embargo, los sucesos ya eran cuestión del pasado y consideró no repasar los altibajos.

De vuelta a su rutina, Lua se encuentra trabajando y, siendo momento de rotar el turno, espera a la llegada de Carla. Una vez presente, su compañera, le habla acerca de un trágico suceso. En las últimas horas se conoció el deceso de Tamara a causa de su enfermedad. Supo que, semanas posteriores a retomar el noviazgo con Alan, se hallaba en estado crítico y durante ese día por la mañana ya no había despertado.

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